En junio de 2013, a raíz de unas protestas que fueron convocadas por el aumento del transporte público, dio comienzo un ciclo de movilizaciones que se expandió y multiplicó por todo Brasil. Ese momento de experimentación política se proyectó más tarde en protestas como las que se produjeron contra el Mundial de fútbol de 2014, las ocupaciones de escuelas o la campaña “Dónde está Amarildo”, en la que se pone sobre la mesa el problema gravísimo de violencia cotidiana a manos de la policía. El movimiento de Junio escapó a la polarización entre gobierno y oposición constituyendo un “tercer lugar” desde el que reinventar la política. Otra mirada, otra actitud, otra racionalidad. La represión policial, la polarización gobierno/oposición y la continuidad de las políticas de austeridad parecen haber agotado a día de hoy la energía de Junio, pero queda una memoria de nuevas formas de hacer que atraviesa a toda una generación y puede activarse en cualquier momento.
Salvador Schavelzon es Doctor en Antropología Social por el Museo nacional de la UFRJ (2010) y es profesor e investigador en la Universidad Federal de San Pablo. También cuenta con publicaciones sobre Cosmopolítica Indígena, Antropología del Estado, Estados Plurinacionales, América Latina y Teorías Nativas sobre el Estado. Aquí pueden leerse varios artículos sobre procesos políticos actuales en Latinoamérica.
Todas las imágenes son de Sergio Silva, fotoperiodista que perdió un ojo en la represión policial de Junio.
Salvador Schavelzon

¿Sigue vivo, y cómo, el legado de las plazas? 

El fuerte movimiento que hubo en Brasil en junio de 2013 fue más de calles que de plazas. En 2011 decenas de ciudades se sumaron a las acciones del movimiento global, en 2012 varias movilizaciones llamaron la atención en las grandes ciudades, pero sería en 2013 cuando estallaron unas jornadas de lucha sin precedentes en un Brasil de poca tradición insurrecta (en comparación al menos con otros países de la región). Las protestas fueron convocadas contra el aumento del precio del transporte público. Un aumento de rutina, respondido también automáticamente por el Movimiento Passe Livre que demanda transporte gratuito, disparó inesperadamente un ciclo de movilizaciones que se expandió y multiplicó de forma intensiva por todo el país, sumando sectores de la población y abarcando distintas causas y sensibilidades. Las protestas marcaron el tiempo político de forma contundente, con efectos de difícil seguimiento pero que años después todavía siguen presentes.

La velocidad con la que las protestas se reprodujeron por cientos de ciudades, grandes y del interior, llenando las calles durante varios días consecutivos, hicieron de “Junio de 2013” un evento que puede verse como contra-imagen de otros dos fenómenos: por un lado, la polarización que se impondría en la campaña para las elecciones de 2014, cuando el PT (Partido de los Trabajadores) vio peligrar su continuidad; y por otro lado, el impeachment de Dilma Rousseff, que opondría un proyecto con foco en la inclusión social a las las viejas élites políticas, con las que el PT cogobernó desde el primer día pero que en cierto momento vieron la oportunidad de hacerse directamente con el poder.

Por último, Junio de 2013 podría verse también como la contra-imagen de un fascismo molecular que hoy aparece en primer plano con la forma de consensos conservadores, racistas, contrarios a los derechos de las minorías y las mujeres, o en el rechazo de parte de la población a programas sociales y a la territorialidad indígena reconocida, y que tiene reflejo en un Parlamento con agendas ultraliberales, de moralidad conservadora y discursos anacrónicos sobre “familia, tradición y propiedad”, violencia policial incentivada, concentración de la riqueza y un Estado rehén de los lobbies empresariales.

Junio de 2013, como evento en el que confluyen elementos que sin duda estaban anteriormente en el aire, activa un momento de experimentación política que sigue abierto y que quizás siga abierto para siempre, en el sentido de que no es un impulso que busca realizarse en términos de la política dominante actual, de su racionalidad e instituciones. Se le exige “racionalidad” a Junio -y a protestas y luchas asociadas, como las que se hicieron contra el Mundial de fútbol o la ola de ocupaciones de escuelas que se inició en diciembre de 2015 y continúa hasta ahora (mayo de 2016)-, pero Junio sigue vivo sin necesidad de responder a la exigencia de programas, demandas y líderes que desde la prensa, la política institucional y el debate político se presenta como algo necesario para ser considerado una alternativa legítima. Se demanda una transformación de la energía en propuesta institucional como único camino viable, pero no es lo que se está explorando exactamente desde las luchas que se podrían asociar al espíritu de Junio.

Se critica a Junio y a sus herederos muchas cosas: la falta de pragmatismo, no sumarse a tal o cual movimiento de la vieja izquierda o incluso su ausencia en la lucha contra el “golpe” al gobierno del PT (impeachment). Se acusa a Junio de haber sido tan ambiguo que abrió las puertas de la calle a la derecha. Pero la política que se presenta con fuerza en Junio es una política que debe medirse en una temporalidad diferente, sin narrativas y relatos pre-configurados. Es una política que tiene métodos y formas, infraestructuras de decisión y organización, elementos de sentido común para los más jóvenes y todo ello en un arsenal sin dueño, disperso y en desarrollo. No hay una única racionalidad ni una dirección de todo esto.

Es muy visible cómo el periodismo y la política institucional viven buscando equivocadamente personajes destacados, convirtiendo estos movimientos en sectores políticos tradicionales que tendrían demandas concretas que una vez atendidas se desmovilizarían. Por supuesto que hay ideas sobre cómo las cosas podrían ser diferentes, por supuesto que hay articulación con otras luchas y personas fundamentales. Pero es importante hacer el esfuerzo de ver cómo la riqueza del espíritu de Junio se mide desde otra racionalidad, como posibilidad de otra representación y de otras instituciones.

Tampoco los viejos movimientos (los que en los años 80 y 90 fueron llamados “nuevos movimientos sociales” y los sindicatos) saben lidiar con Junio. Los Black Blocs que emergieron en esta época son sistemáticamente excluidos por algunos movimientos, además de ser criminalizados por la prensa. Otro ejemplo muy gráfico: un grupo de jóvenes de escuelas de arte fabricaron recientemente una gran rata con ventiladores y bolsas de basura. Con ella buscaban intervenir en las protestas a favor y en contra del impeachment de la presidenta Dilma. Parodiaban a los manifestantes derechistas contra el pago de impuestos, que tienen como símbolo muñecos inflables gigantes con forma de pato (dicen que no quieren “pagar el pato” de los impuestos cuando el dinero se va en corrupción). Pero fue la izquierda sindical afín al PT la que decidió destruir aquella rata de siete metros. Era muy ambigua y no se entendía claramente su presencia en la manifestación contra el golpe. Estos malentendidos son típicos del choque entre distintas racionalidades políticas. La posibilidad de conexión entre formas nuevas e instituciones, subjetividades y memorias de lucha anteriores se está mostrando difícil de concretar.

¿Cuáles han sido los efectos, los logros o las victorias (más o menos visibles) de los movimientos de las plazas? 

El gobierno tuvo que retroceder en decisiones concretas (por ejemplo, anuló el aumento del precio del transporte), y cuidarse y limitarse luego en lo que iría a proponer, pero donde yo prefiero ver los efectos y logros de Junio es en la creación de una memoria de resistencia que se expande y permanece en toda una generación. Junio implicó un nuevo contingente de personas sumadas a la movilización, que conocieron la fuerza de lo colectivo y la efectividad de la protesta. Desde las movilizaciones de 1991 y 1992 a favor del impeachment de Collor de Melo, no había movilizaciones significativas en las ciudades brasileras.

En otro nivel, podemos decir que Junio es hoy sobre todo un lugar para pensar. En el callejón sin salida de un sistema con una falta radical de alternativas ante los consensos que son comunes a todos los representantes políticos, y la sobreactuación ficticia de una izquierda y una derecha que se oponen sólo de manera ritual, Junio aparece como un lugar para encontrar caminos políticos que empiecen a desenredar unas luchas de izquierda que se encontraban frente a un muro inexpugnable de bloqueo político.

Manifestación y policía

¿Cuáles dirías que han sido las características del movimiento que pueden ser más importantes, más fecundas, para el futuro de la política de transformación social?

Junio es presente. Es política del presente. Más que anticapitalismo, concepciones teóricas o propuestas concretas, se trata de una actitud desafiante y de una mirada de horizonte amplio que hace ver las cosas de manera diferente. En Junio encuentro una nueva forma de pensar la política que ahora está en el aire como opción bien concreta. Desde este “lugar” se moviliza distinto, se expande y articula distinto. Hay otra idea de transformación social. La solución no está “allá”, al final del camino, hacia el que se avanza con un programa, etc. Este “lugar”  impulsa a que se rediscuta todo: el individuo, la sociedad, la naturaleza, el hombre. Los pueblos indígenas se han mostrado como buenos aliados para pensar una descolonización que vaya más allá de las formas de representación, consumo, Estado, orden moderno, desarrollo e individualismo.

Para el futuro, también nos queda una forma de conectar. A partir del reclamo inicial por el transporte, el movimiento sumaba demandas continuamente. Una foto que circuló bastante mostraba una multitud sosteniendo pequeños carteles con mensajes diferentes. Mostraba que no se trataba de una movilización organizada por las estructuras sindicales o por “sectores” y partidos, que suelen sumar filas detrás de una gran bandera o faja con mensaje unitario (o decidido desde arriba). Destacaban la espontaneidad y la participación de estudiantes y otros sectores que se sumaban sin un mensaje unificador, cada uno llevando su cartel, aunque primara un sentido común generalizado a favor de los derechos sociales.

Después de junio, este espíritu se proyecta a las protestas contra las obras del Mundial de fútbol de 2014, que implicó gastos millonarios, corrupción, favores políticos desde el gobierno a gobernadores aliados, dejando un rastro de violaciones de derechos, barrios humildes desplazados para realizar obras, etc. Pero diría que esta proliferación de reivindicaciones puede leerse también como una política donde no sólo está en juego una demanda que después un gobierno atenderá o no. Las distintas movilizaciones atravesadas por el espíritu de Junio afirmaban con fuerza una forma de ver, una mirada política que se dirigía críticamente a toda la clase política, sin distinciones entre gobierno progresista y oposición conservadora que, en el día a día, no mostraban diferencias.

Había partidarios del Partido de los Trabajadores (PT) que veían estas protestas como la exigencia de prolongar las transformaciones que el gobierno de Lula había iniciado. Pero si uno considera, por el contrario, que Junio de 2013 se inicia contra el aumento de las tarifas de transporte decididas por un alcalde del PT, en Sao Paulo, y que su mutación en 2014 apuntaba justamente al Mundial, que el PT presentaba como lo que sería su gran legado, tenemos que pensar más bien toda la energía de Junio pedía otra política. Y, de este modo, se cuestionaban los horizontes políticos compartidos por el PT y los partidos conservadores.

Es imposible resumir un movimiento tan amplio, que sumaba bases desencantadas del Gobierno y también sectores que más adelante serían parte de las protestas anti-corrupción contra el PT y a favor del impeachment. Pero me arriesgaría a decir que lo que Junio de 2013 tenía de original y de potente es lo que justamente no aparece en la dinámica de polarización que se impone después de la elección presidencial de octubre de 2014. La polarización entre los que defendían el legado del PT, que se planteaba en ese momento como alternativa al ajuste y a las políticas conservadoras, y entre los que veían al PT como origen de todo mal en la crisis política y económica que estalla en 2015. Entre ambos se encontraba Junio. El fracaso del progresismo o la izquierda en plantear una alternativa, después de 10 años de gobierno, había abierto la necesidad de buscar otra cosa.

Si tenemos que destacar algo del movimiento es esa mirada, esa lectura donde la política obtiene autonomía respecto al juego electoral y a una alternancia que aparecía como ficticia y alejada de las personas, de los deseos colectivos, de la voluntad de participar y construir un mundo diferente al de los negocios empresariales-partidarios, tan claros en la propuesta chovinista del Mundial de fútbol, en las relaciones del PT con empresas beneficiadas en su Gobierno y un largo etcétera.

Los movimientos de las plazas fueron acontecimientos que activaron una creatividad ilimitada. ¿Qué efectos ha tenido esta explosión en el campo cultural, en el campo de la creación y la expresión?

Está claro que hay formas de música, literatura, arte, escritura, ciencias sociales o pensamiento político abstracto que dialogan con lo que está pasando en las calles. La cultura de Junio, más que la cultura de mercado o la cultura del intelectual que explica los movimientos como si ellos mismos no pudieran hacerlo, es una cultura de las redes, de Internet y de circuitos de circulación alternativa. Junio tiene mucho que ver con una cultura del remix, de los hackers que desarman gobiernos antes que trabajar para ellos, de los graffitis y de la multiplicidad de artistas callejeros, de los trabajos artísticos que se conectan con el momento político, de la escenografía de las manifestaciones y del trabajo de investigación. De la misma forma en que Junio expande por afuera y por abajo una lucha sin antecedentes, también hace circular “cultura” o mensajes que no podemos llamar solamente culturales, sino también políticos, técnicos, espirituales, etc. Acá de nuevo, los pueblos indígenas y su cosmopolítica, o las religiones afrobrasileras, donde la política no puede ser pensada sin relaciones, sin cosmos, sin naturaleza y sociedad enhebradas, aparece como referencia que explica por qué la lucha indígena tiene también en esta época una fuerte expansión.

La politización nueva que se dio en las plazas, ¿qué cambios ha producido en la sensibilidad, en el sentido común, en los afectos?

Es importante hablar de un fuerte cierre, de una derrota. La nueva politización comenzó a desplegarse, pero se interrumpió. Entre la represión brutal en las manifestaciones contra el Mundial y la gran narrativa electoral polarizada, se dejó en fuera de juego la nueva politización. Ésta continúa de forma virtual, microfísica, en proyectos y también miradas políticas, en ese sentido podemos relativizar la idea de derrota. Pero si es verdad que se avanzó en varios planos respecto al desierto político anterior, no podemos negarnos a ver cómo eso que proliferaba se interrumpe.

Represión

¿Cómo se ha tratado de desactivar la potencia de los movimientos y de las nuevas formas de politización?

Hay formas directas de combatir las movilizaciones, con represión, criminalización desde la prensa, etc. Pero también hay formas más a tono con una sociedad de control. Existe una disputa de narrativas. Esto se vio claro en el Mundial, donde la necesidad de unidad del país, de vivir la fiesta del fútbol y de mostrar al mundo cómo Brasil organizaba un buen mundial, se contraponían a protestas que desde el impulso de Junio buscaban denunciar el despilfarro, la corrupción, los negociados y las violaciones de derechos. También las elecciones, poco después, pueden verse como la contracara de Junio. Si aquí se trataba de movilización espontánea, sin líderes ni calendario, las elecciones aparecen como canalización normalizadora de la participación organizada por las instituciones, con los rostros depositarios de toda la atención y construidos desde el marketing.

¿Se ha producido, en tu contexto, una contra-revolución autoritaria? ¿Por vías represivas tradicionales o de nuevo tipo?

Por un lado, hay una reacción represiva y criminalizadora. Los medios de derechas hablaban de “vándalos” a la hora de narrar las protestas, los medios de izquierda atribuyen a Junio el hecho de haber abierto las puertas a la derecha.

Por otro lado, hay una derecha movilizada que fue parte de Junio. Hubo un momento en que los grandes medios de comunicación convocaron a la calle contra el gobierno de Dilma y la corrupción.  De pronto se escuchaban en la calle críticas a la izquierda con sus tradicionales banderas rojas, gente que pedía que las manifestaciones fueran sin banderas, críticas incluso a la izquierda crítica del PT, todo ello junto y revuelto. Es decir, junto a la protesta contra el transporte había una derecha movilizada que se manifestaría luego con vestimenta verde y amarilla (por la bandera de Brasil) y que se dirigía exclusivamente contra Dilma, cuya popularidad según institutos de medición como Datafolha bajó a menos de un 10%, después de haber alcanzado 60% en su primer mandato.

Esa derecha se expresó también en grupos políticos de empresarios y jóvenes autodeclarados liberales que usarían técnicas de redes y mensajes próximos a los de Junio. Uno de los grupos con más impacto en las redes se llama MBL (Movimento Brasil Livre), que remite directamente al MPL (Movimento Passe Livre). Esta reacción a Junio, que abrió un ciclo político diferente, sobrepuesto pero diferente, es una reacción conservadora a un movimiento que surge pidiendo más derechos, nuevas instituciones y el fin de un Estado racista y elitista, desigualitario. Junio no tenía al PT como blanco, sino más bien a una clase política multipartidaria. Tenía un espíritu similar al “Que se vayan todos” del 2001-2002 en Argentina o al “Lo llaman democracia y no lo es” del 15M.

¿Cómo se ha introducido de nuevo el miedo en unas sociedades que se lo habían sacado de encima por un momento? ¿Logra instalarse de nuevo ese miedo o no?

Durante las movilizaciones no había miedo, sino osadía. Con el paso del tiempo, las movilizaciones convocadas contra nuevos aumentos del transporte y otros temas fueron duramente reprimidas y también se redujeron. Disputaban con un desplazamiento de la energía política hacia otros lugares. Algunos compañeros explican el reflujo como reacción a la represión. Pero había arrojo cuando éramos muchos. Si se redujo, y ahora tenemos miedo, es porque fuimos derrotados. No coincido con posiciones que niegan esa derrota sólo porque tuvimos un avance en términos de subjetividad, de una memoria de lucha que queda para siempre o de logros puntuales. No pudimos mantener la fuerza. Esa derrota es aprendizaje. Sabemos quiénes no son nuestros aliados en luchas de largo alcance y quiénes lo son sólo de forma coyuntural. En esta diferencia, y pensando en Spinoza, vemos que nuestra lucha no es la de la esperanza contra el miedo (este era un eslogan de campaña del PT), sino una lucha autónoma, de construcción y creatividad aquí y ahora. Eso es lo que ahuyenta el miedo. Delegar nuestra capacidad política en la esperanza de un gobierno que nos atienda no desplaza el miedo, sólo lo deja latente.

¿Dirías que las vidas han vuelto en general a la normalidad?

Un problema que tuvo nuestra insurgencia es que no llegó a alterar la vida de los subalternos como alteró las nuestras. Aunque en Junio se empezaron a ver movilizaciones en la periferia, los más pobres no participaron tanto como los jóvenes, las clases medias y la clase trabajadora de la ciudad. Por tanto, su estado de excepción, hecho de violencia policial continua y de ausencia de los servicios sociales más básicos, no fue alterada. Los que más sufren el transporte viajando seis horas por día en omnibuses que andan a 16 kilómetros por hora de promedio no se integraron a la rebelión. Ahí están nuestros límites, que no se resuelven con fórmulas políticas clásicas, como ir a hacer trabajo de base y concienciar, pero ahí también está la normalidad, siempre estuvo. La continuidad con el Brasil de la esclavitud es terrorífica y nuestros descubrimientos de lo común, de la fuerza de la movilización y de otra política, tienen que volver a esas mayorías todo el tiempo. Para hablar de normalidad, y nuestra vuelta a ella, creo que tenemos que pensar en esas anormalidades permanentes.

Junio permitió politizar una violencia cotidiana, de cinco muertos por la policía al día, de escuadrones de la muerte que matan civiles a mansalva por cada policía muerto por el narcotráfico. La muerte de Amarildo, un obrero secuestrado y asesinado, se visibilizó y politizó mediante la campaña “Dónde está Amarildo”, pero hay cientos de Amarildos asesinados por violencia policial no esclarecida cuya muerte no indigna ni llega a los diarios o a las redes. En ese sentido la anormalidad permaneció, la anormalidad naturalizada se impuso y mostró nuestra impotencia.

¿Crees que estos movimientos tienen “límites intrínsecos”? ¿Qué se pudo hacer mejor? Las “grandes ausencias” en ellos (ausencia de jefes, de programa, de estructuras…), ¿han sido potencias o límites?

¿Es posible imaginar asambleas permanentes, que no se burocraticen, que no vean aparecer pequeños jefes, que no se vayan extinguiendo poco a poco? Pienso en el infierno autoritario en que puede convertirse un proyecto o una casa autogestionada y en la dificultades que encontraron las experiencias horizontales que conocí, nacidas de la explosión de las calles y que trataron de sostenerse. Me resisto a pensar que la respuesta es que a la espontaneidad debe seguir la institucionalización. Pero es el problema del presente: cómo superar las formas burocratizadas sin perder efectividad para cambiar el mundo. Es cierto que los caminos institucionales muestran hoy límites de efectividad que nos dejan a todos en el mismo plano, el de las hipótesis y el desafío para nuestra generación de encontrar nuevos caminos políticos, nuevas formas de disputar con el fatalismo.

¿Cómo ha sido la relación de las plazas con la política que aspira a representarla o expresarla o traducirla electoral, institucionalmente? (Syriza, Podemos, Bernie Sanders, etc. )

Algunos de estos nuevos partidos (por ejemplo, Podemos en España) se presentan como una opción híbrida de partido/movimiento y señalan como prueba la incorporación de elementos participativos como herramientas digitales o programas colaborativos. En Latinoamérica, la idea de un nuevo partido es seductora, pero no queda claro si surgirá como la renovación de los partidos que fueron gobierno o contra ellos. Por otra parte, vemos cómo el MAS de Bolivia, el PT de Brasil o el kirchnersimo y el chavismo implementan ajustes de austeridad, reprimen protestas y se desconectan de los movimientos que los componen o les dieron origen y llevaron hasta el Estado. Si hablamos de estos actores, debemos afirmar que la parte-partido mata o vuelve insignificante la parte-movimiento.

Al mismo tiempo, estos partidos son, o fueron ya, la construcción de alternativas conectadas con calles y movilizaciones. Pero los gobiernos progresistas que surgieron en la década de los 2000, junto a movimientos ciudadanos, campesinos y sociales, se propusieron mucho más alcanzar el poder que modificar las formas del poder. El resultado se ve también hoy en Europa. Syriza puede gobernar, pero sólo para implementar un ajuste contrario a lo que dio sentido a su existencia y crecimiento. Podemos se encontró con que dependía del PSOE y dejó de lado muchas de sus posiciones iniciales. El peligro es ser transformados por el poder antes que trasformarlo, o volverse administradores de un Estado ajeno que neutraliza y termina por descartar el espíritu que sólo en las plazas vemos crecer en lugar de auto-limitarse.

En el “tiempo del después”, es decir, cuando ya no existe la plaza llena, o el movimiento como centro de energía, cómo continuar sin deprimirse, sin nostalgia?

Cuando hablamos de una política radical que rompa el tiempo político quizá tengamos que pensar en un plano donde presente, pasado y futuro no se organizan necesariamente de forma lineal. Podemos continuar en las plazas, aún sin manifestaciones, como lugar para pensar y fortalecerse. Seguir en Junio, o en el vacío que Junio dejó, es entrar en un plano de virtualidad, un devenir continuo y eso es lo que permite evitar la nostalgia, al mismo tiempo que preparamos una nueva embestida. Es difícil encontrar eventos (esos que nombramos con  números unidos a la letra inicial de algún mes: 9J, 20D, etc.) que sean más que una movilización sectorial, normalizada, y se transformen en un acontecimiento revolucionario. Algo así no se puede cocinar ni predecir, pero podemos actuar todos los días en un sentido que sea fiel a esos momentos revolucionarios fuera del tiempo y de la historia, donde las normas e instituciones, las burocracias y las violencias cotidianas se suspenden.

Con Turquía

¿Qué os sirvió de lo que visteis o supisteis que ocurría en otras plazas? ¿Qué crees que a otras plazas podría servirle de la experiencia de la tuya? ¿Tienes algún mensaje para ellas?

La recurrencia de movimientos con características similares ayuda a ver que no estamos locos y que hay una mirada compartida (no sólo en los países desarrollados o pobres). Creo que una de las características de estos movimientos es que emergen en el centro de las ciudades. Eso no garantiza universalismo. Es un centro geográfico de ciudades segregadas, donde muchas veces los más pobres fueron expulsados. Pero es el lugar donde está siendo posible pensar otra política. Paradojicamente, las plazas no buscaban la inclusión en el sistema, sino salir, mantenerse al margen, desde la singularidad, desde la diferencia. La fuerza de las plazas es su exterioridad, su no adaptación al orden establecido y su carácter salvaje.

Por eso no podemos exigirles a estos movimientos que se reduzcan a la participación institucional, a la búsqueda de cuadros o representantes que representen la multiplicidad en forma de políticas públicas o una gestión ética y responsable. Desde ese “afuera” se construyen nuevos mundos, e incluso un movimiento institucional que pretenda ser transformador tiene que asociarse o capturar algo de esta capacidad de invención, de destitución de lo existente e imaginación de algo nuevo. A posibles nuevos movimientos les diría que no renuncien a esa oportunidad de ocupar los centros de ciudades, aunque se vea como algo “muy de clase media” o muy limitado en sus posibilidades de afectar. En esas plazas hay lazos y consensos suficientemente fuertes para modificar consensos, derribar presidentes y pensar un mundo post-neoliberal construido desde abajo.

Postdata (septiembre 2016): tras la destitución de Dilma

La destitución de Dilma Rousseff se consumó. ¿Qué pasa entre la gente? ¿Qué pasa en la izquierda? Una de las luchas más persistentes e inspiradoras de los últimos tiempos, la de los estudiantes de Secundaria, se desarrolla con total indiferencia a la cuestión del impeachment. En cambio, el ámbito de la cultura, los artistas, cineastas y músicos que fueron en buena medida beneficiados por los programas de gobierno de los últimos años, se conformaron como la principal voz contra el golpe. Ocuparon espacios de cultura y lograron revertir la extinción del Ministerio de Cultura. Los movimientos sociales, que fueron muy poderosos en los 90, hoy aparecen desinflados, con actos poco concurridos y mucha nostalgia, sin lograr iniciar un ciclo de movilizaciones contra la destitución de Dilma.

De hecho, las mayores movilizaciones de los últimos tiempos fueron convocadas a favor del impeachment, pero estas abandonaron las calles y ya no hay movilizaciones por los casos de corrupción que afectan al nuevo Gobierno. La izquierda crítica del Gobierno del PT, como el PSOL (Partido Socialismo y Libertad), una escisión del PT de la época del primer Gobierno de Lula, se sumó al movimiento contra el impeachment y muestra hoy un crecimiento electoral en detrimento del PT. En cuanto a “las mayorías”, los pobres, las bases de los movimientos y sindicatos, no se sumaron a las movilizaciones. No llegó hasta ellos la discusión sobre si el juicio político por operaciones irregulares de crédito constituye un crimen de responsabilidad administrativo o un golpe.

En junio de 2013 se encontraron en la calle varios estilos políticos bien diferentes. Por un lado, los que hicieron la primera convocatoria y poblaron las primeras marchas, con predominio de movimientos nuevos y grupos de jóvenes sin partido, organizados horizontalmente, practicantes de la táctica Black Bloc, que son los que hoy ocupan colegios e inician otras luchas incipientes. Por otro, la izquierda partidaria, de banderas rojas, socialista y preocupada por los derechos sociales y la inclusión, pero no autonomista o con “trabajo de base”. Este es el grupo que grita primero contra el golpe, a favor de Dilma, y luego “Fora Temer”. Un tercer espacio es el que se convoca desde internet, más contra el gobierno que contra “todos los partidos”, e identificado con la bandera de Brasil, un discurso patriota y movimientos autodefinidos definen como liberales. Buena parte de este último espacio confluye con las movilizaciones a favor del impeachment.

En términos de posiciones, la izquierda “gobernista” pasó de defender la permanencia de Dilma a sumarse a un llamamiento de elecciones, con vistas a una candidatura de Lula en 2018. Esta posición tiene varios problemas: la posible impugnación de Lula en la justicia electoral; la dificultad de enfrentar las urnas nuevamente, cuando incluso dentro del PT hay movimientos de reacomodamiento en dirección a fundar nuevas herramientas políticas; y la dificultad de construir fuerza política sin ir más allá de la denuncia de ilegalidad en la destitución de Rousseff, que ya tiene poca convocatoria. Por otra parte, con un Congreso conservador, en el cual el PT no consiguió siquiera un tercio de los votos (que hubieran frenado el impeachment), el panorama es sombrío para convocar elecciones anticipadas, ya que se mantendría el mismo poder legislativo, con poder de veto a cualquier posibilidad hoy presentada como salida por el exgobierno como salida, como una reforma política o constituyente que permita reabrir un ciclo progresista.

Otra izquierda busca pensar la política desde un lugar distinto. En particular, el sector autonomista, conformado por una generación sub 25 que creció con el PT en el Gobierno, sin haber vivido las míticas campañas del candidato metalúrgico contra la red Globo y más bien habiendo conocido de cerca una izquierda que reprime manifestaciones y gobierna igual que la derecha. Este sector tiene una visión clara sobre las agendas que el PT dejó de lado, como la violencia policial racista en la periferia, que mata 60.000 personas por año, la destrucción de la Amazonia y la invasión de tierras indígenas a cargo de un desarrollismo anticuado que fomentan tanto la izquierda de gobierno como las élites de los grupos de empresarios con influencia en el Congreso.

Por otra parte, en lo organizativo, estos grupos ya operan de forma diferente, lejos del hiper-liderazgo que caracteriza a la izquierda social latinoamericana. La horizontalidad, los grupos de trabajo temáticos y una visión crítica de las prácticas de la izquierda tradicional construyen ya un mundo nuevo sin que la cuestión de las instituciones, las elecciones, el juicio político o el reclamo de destitución se constituyan en temas principales. Además de los hábitos culturales y sexuales, las formas de vida son bien distantes de las de los militantes de izquierda que hoy se suman al movimiento Fora Temer, aunque hayan estado en contra del Gobierno del PT.

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A pesar de sus efectos, la impresión es que lo vivido en Junio se cerró con las políticas de austeridad iniciadas por Dilma y continuadas por Temer. Esa continuidad le quita carácter a la denuncia de un golpe, incluso hay alianzas entre el PT y los partidos que lo destituyeron que continúan vigentes para las elecciones municipales de octubre de 2016 en más de 1600 municipios. El impeachment y la asunción del Gobierno Temer, formado por un primer gabinete sin mujeres, jóvenes ni negros, muestra una radicalización conservadora que no puede negarse. Sin embargo, el lugar de la resistencia y construcción política no parece ser el de la restauración de un progresismo demasiado cómplice con las lógicas políticas que hoy permanecen vigentes. El progresismo fue modificado por la máquina institucional en mayor medida de lo que este pudo modificarla a favor de un cambio.

Tres años intensos políticamente dejan un saldo de discusiones que permanecen en el aire, en una población que hoy es mucho más activa y está más interesada en el curso de los acontecimientos políticos. Como sucedió con el aumento del transporte en 2013, los más jóvenes pudieron hacer retroceder una reforma educativa en el Estado de São Paulo. Por otro lado, hay una clase media progresista que se ve aislada entre el Brasil de los poderosos y los ejércitos de emprendedores que luchan por poder volver a Miami por un lado, y por el otro, una clase trabajadora que accedió al consumo, considerada “nueva clase media” por el Gobierno anterior, que surge en los últimos años pero no muestra lealtad hacia los políticos progresistas que aseguran ser sus padres políticos. El PT, sus símbolos e iconos culturales representan, en buena medida, este Brasil que ya no existe entre esos dos espacios socioeconómicos dinámicos.

Estamos dejando atrás un Brasil que proponía la conciliación entre clases pero se entregaba al capitalismo brasilero, que desarrollaba políticas contra la miseria pero estaba encandilada con la “nueva clase media”. Y lo nuevo viene de forma desordenada. Por un lado, la incógnita sobre si explotarán nuevas luchas y movimientos que construyan herramientas políticas inéditas. Y por otro lado, el Gobierno conservador, producto de un Congreso reaccionario nacido de los sótanos de un Estado monstruoso. Todo ello en una sociedad desigual y en un capitalismo periférico pero emergente, donde los viejos poderes todavía están al mando, más allá de las sucesivas presidencias progresistas que fueron toleradas siempre y cuando aplicasen el programa al que supuestamente se oponían.

Índice del dossier: “De Tahrir a Nuit Debout, la resaca de las plazas”