“En el lenguaje es la guerra”, dice el filósofo Henri Meschonnic. ¿De qué guerra se trata? De la guerra por traer mundo u ocultarlo. Por mirar como víctimas o como sujetos. Por contagiar el miedo o la confianza.
Gente moviéndose, ocupando, haciendo vida, barrio y lugar allí de donde no eran con las partes culturales de los lugares de donde se han ido. Una experiencia básica y compartida hoy, de la que hemos tratado abundantemente en Alexia (con notas sobre Grecia, Hungría, Alemania). Pero qué difícil restituirla mediante el lenguaje. Hay, en primer lugar, mucho por desprogramar: estereotipos que pasan el miedo, nombres que despotencian la experiencia, etiquetas que des-singularizan las historias de vida.
La poeta Luz Pichel, en el libro reseñado aquí, pone en marcha algunas operaciones de ensanchamiento de la realidad (en, con, a través del lenguaje): no definir a los que migran desde las nacionalidades, sino como “caminantes”; no enunciarlos como crisis o problema, sino desde la acción y la decisión; trazar conexiones entre los caminantes de varias épocas (el mundo migra desde que es mundo); hacer resonar a los que viajan de varias formas (entre las edades, entre los géneros, etc.).
María Salgado, también poeta y comprometida también en esta práctica de la poesía como restitución de mundo, nos acompaña a mirar en esta reseña algunas de las operaciones que en el libro de Luz se despliegan para construir otro relato del siglo, otra realidad.
María Salgado

Luz Pichel es una poeta nacida en Galicia en 1947. Desde 1970 vive en Madrid. Ha ganado premios en lengua castellana como el Ciudad de Santa Cruz de la Palma, por El pájaro mudo (1990), y el Juan Ramón Jiménez, por La marca de los potros (2004), además del Premio Esquío en lengua gallega por Casa pechada (2006). Cativa en su lughar, su penúltimo libro publicado (2012), es una reescritura de Casa pechada en castrapo, el castellano hablado por personas del medio rural gallego que no son completamente bilingües. Tra(n)shumancias, publicado en 2015 dentro de la colección eMe de ediciones La Palma, no contiene lengua castrapa de modo principal, aunque por partes mezcla gallego y castellano, mientras mantiene idéntico compromiso con las historias, culturas y sujetos no oficiales que aparecen en Cativa. Resulta difícil imaginar que cualquiera de los dos últimos libros de Pichel hubiera podido ganar premio alguno de acuerdo a los estándares monoglósicos del sistema literario español. No obstante se encuentran en la península pocos poemarios más atrevidos con la lengua ni más comprometidos con el relato de fondo del tiempo histórico en el que estamos inmersos que Tra(n)shumancias. Ésta es que sigue es una reseña a destiempo de un libro que llegó incontestablemente a tiempo.

Tra(n)shumancias es un libro del año 2015 en el que aparece una parte de esa parte del mundo que no puede tener casa y a duras penas conserva la vida biológica pegada a la piel. Esa parte del mundo que aquel año ocupó y aún hoy ocupa algunas franjas de programación televisiva dentro del sintagma nominal de “crisis de refugiados”, en el libro de Pichel ocupa varias decenas de versos como “caminantes cargados con la vida buscan la cascada […] los cuerpos se retuercen / pasan bajo los troncos / los esquivan / se alzan un cuerpo se reconoce / en el esfuerzo del otro cuerpo”. Estos versos permiten comprender de un vistazo cómo Pichel, por un lado, renuncia a definir a las personas mediante sus nacionalidades y, por otro, elige reenfocar la agencia de quienes están en tránsito, es decir, decide no enunciarlos desde un problema (o crisis) para Europa, sino desde su propia acción y decisión como personas a la busca de una vida mejor. El cambio de enfoque resulta notable a poco que se compare con las formas de enunciar de los canales masivos de descripción de la realidad. En vez de sirios y afganos, en el libro aparecen “caminantes”. En vez de causas geopolíticas estrictamente actuales, en el libro se remite a los problemas de fondo que históricamente han movilizado a las poblaciones en peligro, cualesquiera que fueran: “Fame traballo lama” (hambre, trabajo, barro).

Pero “esto no es sencillo / isto non é doado”. Procurar que las series de sentido previamente configurado (o pre-grabado) por las series de sustantivos de la programación prime-time se desplacen a través de la humilde materialidad de otras series de sustantivos grabados (o memorizados) por unos poemas, es una operación cultural muy valiosa en estos tiempos. Un logro notable del plan de desprogramación semántica dispuesto por el último libro de Pichel es construir una descripción del mundo que no reproduzca en ningún caso, a ningún nivel, el reparto de papeles producido por el orden social. Como ya ocurría en Cativa en su lughar, en Tra(n)shumancias nunca se cae en la oposición de totales, por ejemplo nacional vs extranjero, rural vs urbano, culto vs analfabeto, etc. En este sentido, en el libro no se divide la transhumancia económica de la política, ni la exterior de la interior.

Este libro describe en el mismo conjunto el viaje en busca de prosperidad, seguridad y hospitalidad, de los cuerpos por los caminos, porque, entre otras cosas, participa de un relato histórico de más largo plazo. El barrio de Entrevías, Vilaverde y el Pozo en el libro aparecen sobre el mismo paralelo que la Venezuela o la Argentina a las que viajaron los gallegos que hablaban castrapo, sobre la misma línea de ferrocarril de los estados negros de los Estados Unidos sobre los que la luchadora antiesclavista Harriet Tubman dormía, todas al sur, en ese gran Sur de la migrancia, que lleva más de un siglo a pleno rendimiento. La historia de fondo relatada por Pichel nos recuerda que mucho antes de que “la generación más preparada” tuviera que irse del país, heredando por arriba el “problema de España” con el talento ilustrado, generaciones sin apenas “problema” (¿ni país?) enunciado cruzaron un océano en barco, bajaron de los barcos a ciudades bastante más modernas que por ejemplo Madrid, regresaron, dejaron hijos, hicieron fortunas o murieron de enfermedad, hicieron de criadas cuidando a los hijos de otras mujeres, importaron objetos e imaginarios, y hasta deseos, si es que una, dos o tres décadas después no se trasladaron desde los mismos núcleos rurales hasta los bordes de la ciudad desarrollista donde tenían nacionalidad pero no los derechos sociales y materiales necesarios para ejercer ciudadanía: “un registro de migraciones en el olvido / rastreable el dolor / te era tan desconocido como una carta que no se leyó nunca”. De esta historia de gente moviéndose, ocupando, haciendo vida, barrio y lugar allí de donde no eran con las partes culturales del lughar de donde se habían ido, es de la que el escritor italiano Erri de Luca, a su paso por el Círculo de Bellas Artes en 2009, en una entrevista con César Rendueles, afirmaba:

“Creo que la emigración es el elemento histórico principal de nuestro tiempo. Por primera vez en la historia, se han desplazado millones de seres humanos de un continente a otro vaciando algunas zonas y llenando otras. En Argentina se instalaron tres millones de italianos y Nápoles era uno de los puntos de partida, un puerto que vivía de explotar la emigración. Siempre se habla de nuestra emigración a Norteamérica, pero también hay una grandiosa diáspora al sur del continente que a mí me interesa más. En general, la modernidad se ha caracterizado por esta clase de migraciones, desplazamientos de millones de seres humanos, pueblos enteros, que han cambiado la faz del mundo. En estos movimientos se encuentran las mayores narraciones épicas imaginables, esas vidas contienen gigantescos relatos de aventuras. El que escribe historias debería salir a pescar, ¿no? A mí me gustan esas grandes historias mucho más que la introspección psicológica que inventó la literatura del pasado siglo. No me interesa hurgar en las vísceras de las persona, me interesa lo que sucede ahí afuera”

La poesía contemporánea que participa del relato del siglo requiere menos de tramas que de lengua, pedazos de voz o cruces de dialectos; pero igualmente enfrenta el problema de apertura de una introspección que desde el XIX le es aún más característica que a la narrativa. ¿Cómo se construye un “yo” lírico no burgués? ¿Cabe la posibilidad de reescritura de una lírica (si no) popular (al menos) interferida por el afuera? Tra(n)shumancias está lleno de personas hablándose, diciendo, respondiendo. Gente tan poco principal que el libro se inicia describiendo a una que se encuentra “sentada nun banco da beirarrúa / na beiramar na beiravía no bordo na marxe / (disque a un ladiño)”. Tra(n)shumancias está lleno de otros que se hacen y hablan al lado de esta primera figura, y que son, por ejemplo: el niño que le da una flor a la abuela, conectando las edades de la especie en algo muy frágil, las chicas que en el metro gritan por la mañana tras una noche de fiesta, porque también viajan entre edades, de la infancia a la juventud, saliendo de las familias, Eulalia, la que se esfuerza en cumplir la norma de hablar bien, mamá Patricia y mamá Álvaro, es decir, las que cuidan sin importar el género en el que nacieron, las que viajan del género asignado al género sentido, Harriet Tubman que nació Amarinta Ross, cualquiera que vino aquí sin ser de aquí o quienquiera que en el libro hable bien cerca de los otros como en un vagón, o en una era, o en una plaza, como en una continuidad no estereotipada ni clasificada por tramos de voto: “é doado buscar sentido noutros / abeces é fácil é barato facer o caldo así coas fabas / da veciña xenerosa”. Hay una noción de otredad irreductible a las categorías identitarias de clasificación de la que este libro es militante. Hay una práctica de la igualdad ganada mediante la construcción activa de situaciones de habla horizontal (también en los poemas) y la escucha sensible de cualquier emisión (en habla o en poema) de la que este libro es ejemplo.

Y no obstante la mejor noticia de que exista un libro como Tra(n)shumancias podría muy bien ser que Tra(n)shumancias tan sólo muestra la punta del iceberg de la escritura tan valiente y oportuna que Luz Pichel ha venido practicando después. Quienes asistimos a su emocionante performance dentro de las Picnic Sessions celebradas en el Centro de Arte 2 de Mayo el último mes de junio, lo sabemos. Aquel día la poeta salió a tartamudear un texto escrito en gallego rural, dicho con pleno acento de zona ante unas trescientas personas mayormente castellanohablantes. La dificultad traída por el tartamudeo y la opacidad semántica traída por el dialecto en cuestión se ofrecieron no como obstáculos de entendimiento sino como medios para potenciar una escucha muy activa y lingüísticamente consciente de lo que allí se estaba contando. El resultado de una escucha así de atenta fue la meridiana claridad con que el texto se nos apareció a todos los presentes que quisimos ponernos a hacer sentido de los trozos de lengua que ella nos lanzaba y de los nuestros a su lado, sentados todos en un margen bastante exterior de lo que suele sonar por los canales de actualidad. El que viene, Co Co U, es uno de esos libros imposiblemente nacionales que tan importantes le resultan a la lengua de la poesía, y al relato del fondo histórico del paso del siglo XX al XXI, ganen o no ganen premios, sean o no sean leídos a tiempo.