Los amigos y las amigas cuentan cosas increíbles. Ya sea sobre un amor, sobre un lugar, sobre un suceso cotidiano o sobre una lucha. De viva voz o por mail, vía Facebook o Twitter, por whatsapp o telegram. Pero si uno les pide que lo escriban, porque sería interesante publicarlo aquí o allá, la respuesta más frecuente será seguramente: “Bah, pero si esto no tiene ningún valor” o “pero si eso no le importa a nadie” o “pero si yo no sé escribir”. Y así perdemos mucha realidad y muchas voces.
¡No puede ser! En Alexia nos gustaría acompañar lo necesario para que esos textos preciosos apareciesen. Por ejemplo, proponiendo a los amigos y las amigas (¡y también a los amigos y amigas que aún no conocemos!) que nos escriban “cartas”: una forma de escritura -entre lo íntimo y lo común, entre lo formal y lo informal- quizá más cómoda, más despreocupada, más accesible.
La primera carta se la hemos pedido a nuestra amiga Carolina. Con ella vivimos intensamente el 15M y compartimos la alegría por la aparición de nuevas formas de hacer, vivir y sentir lo político. Todavía con el clima 15M muy vivo, Carolina se marchó a Alemania, una más. Desde allí nos contaba el mundo que empezaba a descubrir, la dureza de un país demasiado insensible a la suerte que hacía sufrir a otros, la frialdad de las formas de activismo muy cerradas e identitarias -“pre-15M”, les decíamos en nuestras charlas.
Y entonces, los refugiados. El calor de las personas que llegan, la solidaridad de la ciudadanía alemana, una cierta apertura de los mundos activistas, todo en medio de las condiciones más duras. ¿Cómo es ser refugiado en Alemania? ¿Qué pasa con la extrema derecha en ascenso? ¿Cómo es la experiencia de quienes se enredan los refugiados en espacios comunes?
Carolina García

Hola, amigos:

Hace tiempo que quería compartir mi experiencia con los refugiados en Alemania, pero todo pasa muy rápido, así que lo he ido posponiendo hasta ahora.

Sabéis que aquí no es un tema nuevo, los refugiados llevan autoorganizándose bastante tiempo y han ganado varias batallas. Para mí, la principal es la de la presencia activa porque ahora mismo son el movimiento social más relevante. Otra batalla ganada ha sido poner sobre la mesa otras formas de hacer. Los campamentos contra las fronteras  y grupos autoorganizados de refugiados como The voice, de mujeres refugiadas como Women in exile y Refugees emancipation project llevan activos más de quince años. Es decir, ser refugiado en Alemania no es nuevo, y tampoco lo son las leyes represivas que, además de decidir quien se queda y quien no, definen cada faceta de la vida, dónde vives, cómo vives, cuándo puedes trabajar, qué comes, con quién, etc.

Personalmente, he seguido este tema de forma intermitente desde que estaba en España, pero hasta hace un año no me había metido de lleno. Fue entonces cuando empecé a apoyar directamente a un grupo de seis africanos que se habían quedado en la calle porque les habían prohibido la entrada en el espacio donde vivían. Ahí empezó a cambiar parte de mi vida. Suena de novela, pero ha sido así.

¿Y cómo se quedaron en la calle? Primero tendría que contar que hubo dos años de movilizaciones, con una marcha por toda Alemania hacia Berlín, la toma de la plaza Oranienplatz en el centro de Kreuzberg (que viene a ser el Lavapiés de aquí) y la okupación de una escuela para dormir (ya que el frío hacía difícil que todo el mundo permaneciera continuamente en la plaza). Y tras todo esto, llegó una orden de desalojo. Primero, se desalojó la plaza. Y, luego, la escuela okupada, que hasta entonces había estado permitida. Un día, de forma arbitraria, las autoridades prohibieron volver a entrar a la escuela a todo aquel que estuviera en ese momento fuera y, salvo unas 25 personas que ya estaban dentro, el resto (entre los que se encontraban quienes están ahora en mi casa) se encontraron, de repente, en la calle sin ninguna de sus pertenencias.

Durante varias semanas, la policía cerró, literalmente, varias calles que lindaban con la escuela y por allí no podían pasar ni coches ni personas. Incluso la gente del barrio tenía que enseñar su DNI para poder ir a su casa o a su local de trabajo. Todo muy loco, no os podéis imaginar lo que es ver, día tras día, 900 policías tomando esas calles.

Día del desalojo de Oranienplatz. Fuente: Iwspace

El caso es que, tras quedarse en la calle, una chica se encargó de encontrarles casa durante varios meses. Eso implicaba que cada dos o tres días o, con suerte, varias semanas, tenían de cambiar de casa y, mientras tanto, llegaba el invierno. Ya sabéis, ese invierno alemán, donde las noches duran 18 horas y las temperaturas no superan los cinco grados.

Esta chica entonces contactó con mi casa, que es un tanto especial, porque es un espacio que fue okupado, después comprado a través de una cooperativa y luego dado en usufructo a la asociación que gestiona la vivienda actualmente. Además, se considera un espacio de izquierda radical, antifascista, antirracista y autónomo y es parte de una red de casas proyecto. Bueno, pues entre todos se aceptó alojar a estos refugiados en nuestra casa, pero solo durante el invierno, ya sabéis, para que no se congelen, pero más allá de eso, no había ningún interés. ¡Primer shock! Desde un espacio político de izquierda radical (al menos en la definición) el término que utilizaban era simplemente “darles un techo”. Y ante la pregunta de cómo introducirles en nuestras vidas y redes, cómo facilitarles las cosas, la respuesta era “¡ah no!!, nosotros solo habíamos dicho que cedíamos la infraestructura”. Me quedé lívida, pero así son las cosas, ese era el compromiso. Y tras otra ronda de discusión surrealista, finalmente se aceptó que el espacio fuese utilizado permanentemente por los refugiados, pero la interacción entra la casa y los refugiados es básicamente nula.

Podemos decir que en el caso de este grupo han tenido suerte, tienen donde estar (al menos a medio plazo) y al ser un espacio independiente, eso les permite compartirlo con amigos y conocidos.

Sin embargo, son pocos los que pueden acceder a un espacio estable, la mayoría anda saltando de una habitación a otra, de amigos o desconocidos, parando en hostales, o durmiendo en la calle. Para que os hagáis una idea, cada refugiado tiene asignada una ciudad donde se tramita su asilo, eso quiere decir que todas las prestaciones están asociadas solo a esa ciudad o alrededores, con lo cual, si te asignan un pueblo de la Alemania profunda en mitad de la nada (la mayoría de los casos en mitad de un bosque), todas las gestiones las tienes que hacer ahí. Las opciones que tienen por ley para encontrar casa o trabajo fuera de los centros de “acogida” quedan restringidas a esas áreas, lo cual hace que muchos se muevan a ciudades grandes (donde el racismo y el aislamiento son menores y hay más oportunidades) perdiendo así todas las prestaciones. Así es la cultura de la bienvenida por aquí, aunque más bien parece el abrazo del oso. La integración pasa por la asimilación y el estar eternamente agradecido por estar aquí.

Es curioso, pero la primera conversación con cualquiera que esté pasando por la petición de asilo será algo así como “estamos muy agradecidos a que Alemania nos acoja, es un país increíble, etcétera”, pero cuando los interlocutores empezamos a ahondar un poco en las leyes y en sus condiciones, ya empiezan a contar todas las situaciones por las que pasan y entonces ya no paran: las malas condiciones habitacionales, la carencia de asistencia médica, el desconocimiento de cómo se desarrollará su proceso de asilo, las familias divididas burocráticamente, las agresiones e insultos por parte del personal de los centros, los comentarios racistas, el privilegio de unos refugiados sobre otros, el control de su actividad o, incluso, la expulsión de los centros si se considera que su actitud es de protesta o política.

Extrema derecha vs Acogida

Mientras, están tomando fuerza el fenómeno Pegida, que es un movimiento apartidista de “patriotas” europeos contra la islamización de Occidente, que se junta todos los lunes en las principales ciudades alemanas. Llegan a convocar a miles de  ciudadanos descontentos porque Alemania está siendo invadida, los políticos no les representan y la prensa miente. Y aumenta la popularidad del partido de extrema derecha AFD (que ya es la tercera fuerza política) en torno a discursos parecidos a los que tienen lugar en Francia, Holanda, etc., es decir, el odio hacia los extranjeros y la salida de la UE. Desgraciadamente, esto también responde a lo que está diciendo parte de la sociedad alemana, la más desfavorecida, sobre todo de Alemania del Este, que no sufrió una reunificación sino una asimilación.

En Alemania están prohibidas las huelgas generales. Sin embargo, en los últimos años, se están llevando a cabo huelgas en todos los sectores: transporte, correos, personal sanitario, guarderías… Hay despidos masivos planeados para los próximos años, especialmente relacionados con la industria automovilística y energética. Es decir, que si bien una parte grande de la sociedad vive todavía en el bienestar, no es oro todo lo que reluce. Mucho “bienestar” está camuflado en las ayudas sociales que, aunque permiten la supervivencia, estigmatizan socialmente a las personas y, salvo honrosas excepciones, yo diría que la mayoría de la gente lo vive como un enorme peso y conlleva entrar en un círculo del que no es tan fácil salir.

Así que sí, la extrema derecha da mucho miedo, los fantasmas de la historia están presentes y hay todavía mucho sin resolver. A esto esto hay que añadir que, en un año, se quemaran unos 200 espacios que iban a ser centros de refugiados. Nunca se sabe quién lo hace, es como si fuera cosa de chiquillos, que siempre queda en el olvido. Y los medios están jugando un papel increíble a la hora de estigmatizar a los refugiados como esas personas “peligrosas” que vienen a “invadirnos”. La “crisis de los refugiados” está presente 24 horas al día, en noticias, documentales y debates. La ruta de los Balcanes, el cierre de fronteras, la necesidad de “controlar” la cantidad de gente que viene, el “no puede ser” de la acogida, imágenes que a veces se intentan contrarrestar presentando a los “refugiados buenos”, esos que dicen que Alemania es lo “mejor que ha parido madre”, perdonadme la expresión, pero resulta enervante cuando la situación de la mayoría es tan tremenda.

También Merkel juega a dar esa imagen de que le interesan los refugiados, que Alemania es un país de acogida, pero, en realidad, es ella la que lidera un gobierno que está aprobando leyes que implican un retroceso en derechos ya ganados. Por ejemplo, en los últimos tiempos, la prestación social se daba íntegra en dinero, pero ahora solo quieren dar dinero de bolsillo (aproximadamente 150 euros al mes) y el resto en cupones para supermercados o en especie, es decir, los caterings asquerosos, el alojamiento en canchas o edificios de oficinas, etc. Esto ya existía hace unos años, pero se consiguió retirar después de muchas luchas porque, en muchos casos, implicaba que los refugiados revendieran los cupones a los alemanes por menos dinero, que se aprovechaban de la situación. Otro ejemplo es el hecho de que las enfermedades mentales ya no sean un motivo tan claro para otorgar el asilo y quieran designar un tribunal médico sin reconocer la competencia al resto de médicos.

Manifestación del movimiento Pegida. Autor: Guido van Nispen

Manifestación del movimiento Pegida. Autor: Guido van Nispen

También está planificado construir seis campamentos enormes, donde deberán estar todos aquellos que son “tolerados”, dado que no tienen pasaporte y, por tanto, no se les puede deportar. Cuando se habla de crear seis campos donde acojan masivamente a la gente, los imaginarios solo van en dirección a los campos de concentración, a esas mismas políticas y formas de hacer, ¡pero es que ponen complicado no pensarlo!!

Si me preguntáis qué salida puede tener esto, si soy sincera, creo que ninguna. Con todo, hay muchas gentes trabajando en el tema de los refugiados, ya sea desde el punto de vista asistencial, por ejemplo, las iglesias (evangélica y católica), ya sean activistas o ciudadanos que simplemente facilitan espacios, infraestructura o conocimientos para luchar contra ciertas leyes y a favor de unas condiciones de vida dignas para los refugiados.

Al menos, eso ocurre en Berlín, desde gente que ofrece temporalmente su tiempo o sus servicios, hasta vecinos que suelen ser voluntarios en las organizaciones que se ocupan de los centro de emergencia y de primera acogida. Sin ellos, no habría quien repartiera la comida, recogiera la ropa, enseñara alemán. También hay redes como en la que yo participo, con una idea política de autoorganización, de juntarnos y pensar juntos cómo podemos intentar mejorar la situación de la gente en los centros, dar información legal y médica, y abrir espacios en el barrio, donde hacer actividades que sirvan para hablar libremente de los problemas y necesidades, buscar las soluciones, tomarse un café, usar Internet, ver una película. Es decir, mezclarnos.

Escenas cotidianas con los refugiados

No quería despedirme sin antes contaros un par de pantallazos de la vida cotidiana en mi casa, donde vivimos, como os dije antes, con personas refugiadas.

Mi impresión es que cuando se tomó la decisión de ceder temporalmente un espacio de vivienda para los refugiados, se hizo desde “lo ideológico”, es decir, si había refugiados que necesitaban dónde vivir y alguien nos los había pedido, solo podíamos contestar que sí como espacio radical de izquierdas que somos. Pero no se ha pensado, ni creo que se quiera pensar, qué implicaba eso de acoger a refugiados que han pasado meses de una casa en otra, sin ningún tipo de estabilidad y sin casi perspectivas de que se vaya a facilitar desde el Estado que su futuro vaya a cambiar.

En un principio, tres o cuatro de nosotros dijimos que nos interesaba estar en contacto con ellos y decidimos hacer una cena de vez en cuando, para conocernos unos y otras. Y digo otras, porque el grupo que hace de puente entre la casa y los refugiados son solo mujeres. Un día, se hizo la cena en la terraza, y mientras íbamos y veníamos de la cocina, trayendo platos, ollas, vasos, se iban estableciendo las primeras conversaciones, ¿qué tal?, ¿cómo estás?, ¿dónde has estado?, y una vez estuvimos sentados en la mesa, nos lanzaron una pregunta directa: ¿Y los hombres, dónde están? Es lo que tiene la limitación del idioma, que al no tener palabras, simplemente se hacen preguntas directas. Y de nuevo, volvimos a caer que, incluso en este espacio híper-radical de izquierdas antifascista, antirracista y feminista, los cuidados recaen en las mujeres. Y lo único que pudimos contestar es “eso quisiéramos saber nosotras”.

Otra escena. Una noche bajé a lo que llaman “remise”, que no es más que una casita de una planta en mitad del patio. Se oía la música de Pape Diouf. Aquí siempre hay música, canciones africanas que rompen ese silencio extremo en el que viven los alemanes. Como siempre, alguien preparaba Ataya (la ceremonia del té ), mientras otro cocinaba y los demás andaban pendientes del móvil, hablando con su familia y amigos, viendo vídeos o hablando entre ellos. Lo que disfruto de estar con ellos es justamente eso, estar. A veces, hablamos, a veces, no. Hay una interacción discontinúa, llega el té, alguien alza la vista del móvil y te pregunta qué tal todo, mientras sigue leyendo y escuchándote. Cuando la cena estaba lista, todos se sentaron alrededor de un plato grande de arroz con salsa, y tantas cucharas como comensales. La comida siempre se comparte. Esa noche estábamos hablando de la situación de Europa y los refugiados, de la necesidad de organizarse aquí o en sus países. Generalmente, no entro mucho en este tema, pero viendo el empeoramiento de la situación en Europa, especialmente para los africanos, les pregunté si se podría cambiar algo directamente en sus países, desde aquellos ámbitos donde conocen los códigos. Y a diferencia de otras noches, surgió una discusión. Me preguntaban que para qué. Me decían que todas las dictaduras africanas son aceptadas y apoyadas por Europa, que son conscientes de lo que significa en Europa ser negro, y entonces surgió la frase: “Vuestra libertad está matando a África”. No lo decían desde la agresión, simplemente les salió desde muy dentro. Y esa sensación de que salía a la luz algo que estaba muy escondido me impactó. Esa frase quedó resonando en mi mente.

Y así van pasando los días, se multiplican las tareas, las necesidades, la urgencia, la impotencia, la frustración de ver que no hay situaciones excepcionales sino que eso ya es la normalidad: vidas truncadas, vidas que se tendrán que rehacer en condiciones hostiles. Y, sin embargo, con los refugiados es con la única gente con la que se puede sonreír, incluso reír a carcajadas, también hay miradas de esperanza y de ilusión, y avidez por conocer ese lugar al que han llegado. Compartimos momentos, curiosidad y ganas de estar juntos, así que, con todo, es un alivio poder estar ahí, en un sitio un tanto difícil, pero que también abre la mente a esos otros mundos que desconocemos, que no son los de las noticias, ni los de los periódicos. Mundos formados por personas, con otras realidades, otras culturas, otros tiempos. Y resuena una vez más eso de por un mundo donde quepan muchos mundos, ¿os acordáis?

Manifestación a favor de los refugiados en Berlín. Autor: Leif Hinrichsen

Manifestación a favor de los refugiados en Berlín. Autor: Leif Hinrichsen