Encuentros bellos, ricos, sonoros, sorprendentes, sensibles, muy cuidados. Euforia, belleza, magia, misterio y comunión en un mundo sin comunidad. Una ola de celebraciones rituales puebla las agendas de las instituciones culturales y artísticas, pero también de los espacios alternativos y al margen.
Rafael Sánchez-Mateos Paniagua, artista y doctor en Filosofía en la especialidad de Estética, observa este fenómeno desde la ciudad de Madrid (pero sin quedar limitado a ella). Él mismo está implicado en estas prácticas y es justo desde ahí, desde esa implicación, que se pregunta por las motivaciones históricas de este resurgir del rito, de la reunión ceremonial y la experimentación con uno mismo, los objetos y la realidad.
¿Tratan estos nuevos “ejercicios espirituales” de construir o reconstruir una experiencia de vida y comunidad de la que somos despojados cotidianamente? ¿Son estos rituales una forma de “política por otros medios” que trata de llevar la transformación de la sensibilidad y la percepción a la existencia? ¿O más bien son sólo compensaciones de la vida cotidiana empobrecida por el capitalismo, formas de espectacularización de lo comunitario, el disimulo de la herida?
Rafael SMP

Desde pequeño siempre sentí curiosidad, inclinación estética, personal e intelectual por los rituales y, en general, por lo religioso. No sé muy bien debido a qué. Quizá se deba a las gratas experiencias que viví en el entorno de la pequeña iglesia obrera construida en un garaje de mi barrio. Hace unos años, tuve la suerte de impartir una asignatura en una universidad privada llamada Hecho religioso. Por entonces se ejecutaba un despido colectivo de toda la plantilla de profesores de arquitectura y mientras cerraban cursos y algunos compañeros hacían cálculos de indemnización para presentarse voluntariamente al ERE, yo trataba de agarrarme como una garrapata a cualquier temario, pues me parecía que en el futuro iba a ser muy difícil poder trabajar en ese espacio mágico que es el aula, como efectivamente así sucedió y sucede.

Pero no fue únicamente oportunismo: impartir una asignatura así, a razón de mi curiosidad con el tema, podía resultar un experimento bien interesante. Durante un tiempo me pareció comprometedor decir por ahí que era profe de religión y más de una persona se sirvió de esto para neutralizar cualquier crítica o señalarme con el dedo, cosa que me pareció siempre bastante ruin. Lo cierto es que con el tema de la religión y la espiritualidad se multiplican los prejuicios, las incredulidades… Luego admití este feliz “accidente académico” con cierto orgullo y quizá como un punto pintoresco más de mi versatilidad disciplinar lo añadí a mi currículum. No recibí ninguna pauta para impartir esa asignatura (“háblales de arte” me dijo únicamente el director), ni en realidad la recibí nunca en mis ocho años siendo profesor de Análisis de formas en esa misma universidad.

Ese único año que impartí la asignatura, poco antes de ser despedido, estudiamos el hecho religioso y el fenómeno de la religión de un modo plural. No era, vaya, Doctrina social de la Iglesia, asignatura que recibían de un cura en segundo curso. Tras estudiar distintas culturas y sus continuidades/discontinuidades, y en general el sistema religioso como un medio de organización de la sociedad (y por lo tanto político), el proyecto final consistió en inventarse, desde cero, un nuevo panteón, unos nuevos diosecillos y diosas, unos nuevos ritos. Los estudiantes, provenientes la mayoría de clases adineradas y colegios de élite, sorprendidos al comienzo, se volcaron con el experimento después y hubo resultados sorprendentes. El acto de creación se volvió muy evidente. Alguien, creo, llegó a afirmar que se haría politeísta, otros descubrieron la pluralidad de un acercamiento filosófico-cultural a un asunto que conocían exclusivamente por su enfoque moral. Fue un experimento interesante, pues salieron con la mente un poco más abierta como me dijeron y espero que hoy sean capaces de valorar de otra manera el hecho religioso y en qué medida se pone al servicio de lo peor y lo mejor.

El boom actual de los rituales

Me he acordado de esta excentricidad biográfica al ponerme a pensar en la actual proliferación de eventos de carácter ritual, espiritual y festivo en el mundo del arte y la cultura. De un tiempo a esta parte puede percibirse algo así como un boom de citas para encontrarse y celebrar en el marco de un rito inventado o secreto. Seguro hay gente que lleva mucho en esto y no son pocas las exposiciones que han abordado el tema en los últimos años, pero para ilustrar este impulso (ignoro si en auge o decadencia) y teniendo siempre en cuenta que se trata de una ola amorfa y diversa, cito sólo en Madrid: El Culto en Vaciador 34 (“Salmos, bailes ritualizados”); la Reserva Espiritual de Occidente (“Fuerza y Belleza al servicio de la transformación del ser humano en milagro”); los exitosos encuentros de La Felguera (“Una editorial que, bajo la apariencia de una sociedad secreta, se dedica a revelar los mejores secretos de su tiempo”); la Sociedad Secreta de la Ciudad de las Damas de Coco Moya, revisando artísticamente la memoria y la historia de las mujeres en el arte (un proverbio chino introduce su práctica: “Los mandarines obtienen su poder de la ley; el pueblo, de las sociedades secretas”); la internacional Order of the Third Bird revoloteando con sus prácticas de “aisthesis sostenida” también en Madrid; agrupaciones de covenants, brujas, neopaganos conformándose aquí y allá, fraternidades, sisterhoods, grupos ecosóficos y feministas, círculos… y quién sabe cuántas “sociedades” más se están reuniendo.

Tengo la sensación además de que esto está ocurriendo desde hace un tiempo ya no sólo en Madrid, sino que en muchos otros lados están teniendo lugar celebraciones ritualizadas de toda clase, más o menos heterodoxas y más allá de los estilos o movimientos musicales, escénicos o televisivos que desde hace años implementaban gestos o estéticas del ritual y la magia de forma más o menos minoritaria. Me pregunto, con total sinceridad y sin resistirme a abordar mis propias contradicciones, qué motivación histórica podría llegar a explicar el resurgir de estas prácticas, esta inclinación al rito, la celebración, la reunión ceremonial y a la experimentación con uno mismo, los objetos y la realidad.

​​El ritual acuático de los sueños húmedos. Velada de apertura del Programa público de la Documenta 14 en Atenas con Annie Sprinkle y Beth Stephens. (34 Ejercicios de Libertad: #25). 25 de septiembre 2016. Autor: Stathis Mamalakis.

​​El ritual acuático de los sueños húmedos (velada de apertura del Programa público de la Documenta 14 en Atenas con Annie Sprinkle y Beth Stephens). Autor: Stathis Mamalakis.

Los “cálculos” históricos del inventor de utopías apasionadas que fue Charles Fourier -que, al tiempo que advertía de una gran transformación biofísica global en nuestra era, auguraba también la aparición de centenares de sectas confusas– no sirven para explicarlo del todo. La experiencia es muchas veces compleja de narrar: si se acude a alguno de estos encuentros, posiblemente se bailará una música extraña y fascinante, puede que cantemos o degustemos un ágape misterioso o quizá experimentemos con la toxicidad de alguna planta maestra, mientras nos damos las manos y maldecimos al enemigo (sea el que sea) emitiendo conjuros en su contra y deseos y protección para los nuestros (seamos como seamos). Casi seguro, como en el viejo poema sufí, “no seremos ni de Cristo ni de Alá sino del amor, el libre albedrío y la jarana”. Será un encuentro bello, rico, sonoro, sorprendente, sensible, muy cuidado como son los buenos ritos. Euforia, belleza pura, magia, misterio y comunión en un mundo cuya fealdad crece a pasos agigantados y cuya supervivencia nos exige a todas luces una nueva relación con la materia.

Encuentros de este tipo y otros juegos esotéricos están en auge y se vienen incluyendo de un tiempo a esta parte en las agendas de las instituciones y fundaciones culturales, becas y residencias artísticas de todo el país. No es acertado a mi modo de ver llamarlo simplemente “moda”, si no partimos del hecho de que las modas expresan también anhelos, preocupaciones históricas, carencias. Hay que admitir que las celebraciones y rituales son en algún sentido la apoteosis de la cultura participativa: su versión más lúdica, más suculenta estéticamente y más llevadera en comparación con el esforzado trabajo que supone organizar la vida y la acción en común, con sus bellas pero enormes dificultades. Más emocionantes y amables también si lo comparamos con la discusión pública (tan dura en ocasiones para los procesos de subjetividad colectiva) o con el anodino (pero a veces decisivo) gesto de votar en una urna.

Yo mismo he participado o participo de alguna de estas cosas, desde el lado más free rider al más institucional. De modo que aquí estoy tratando de pensarme honestamente también y al hacerlo y compartirlo creo que también puede pensarse algo más colectivo que está pasando ahora, desde hace un tiempo quizá, a más gente.

El ritualismo en el flujo de la política

Como tantas veces se ha dicho, estas prácticas ceremoniales y festivas repercuten de manera intensa en el individuo, la socialidad y los grupos. Son purititas fórmulas de agregación de cuerpos deseantes, de voces acumuladas que “producen comunidad” en base a una serie de convenciones gestuales, perceptivas, materiales pactadas de forma explícita o implícita. Como se ha analizado desde la antropología, el ritualismo (y sin decirlo despectivamente, ni referirme necesariamente al religioso) tiene ese punto participativo que cristaliza en la “vivencia” personal y colectiva, intensificando los sentidos de pertenencia a un grupo o comunidad. A mi modo de ver, todos los comentarios optimistas sobre la cultura rave, o la trituradora de cuerpos que fue la llamada ‘ruta del bacalao’, necesitan apoyarse de partida en torno a ese brillo de lo comunitario/rupturista para poder ser presentados hoy como prácticas culturales deseables -y seguro que en muchos sentidos lo son.

Jordi Carmona nos recuerda que el término griego eklessía del que deviene ‘iglesia’ significa en origen “reunión”, “asamblea”; así pues, al elaborar las comunidades sus celebraciones y sus rituales a partir de un sistema de creencias y una práctica, están también conformándose a sí mismas, autoperformándose. Unos se inventan a las otras y viceversa en un circuito que desborda lo cultural, lo sentimental, lo cotidiano y cuyos “templos” levantados pueden servir a muchos fines. Pueden convertirse en el lisérgico opio de la trascendencia con que se chuta el pueblo, a razón del desvío de su fuerza que algún tipo de carisma en punto de hervor tuerce de un destino autónomo o emancipado; o bien, por otro lado, ese impulso espiritual puede ser su alegre y jubilosa dinamita con la que comienza el estallido de aquellos que buscan cambiar el mundo en términos inmanentes, aquí y ahora. “Materias”, es el nombre que reciben en muchos lugares de Latinoamérica, las entidades espirituales.

Aunque a muchas personas ateas o escépticas en cuanto a la espiritualidad les cueste admitirlo, la religiosidad, convertida en movimiento experimental o heterodoxo, cuando se infiltra y combina su perspectiva del “poder de lo sagrado” con determinados átomos de lo popular, produce también oportunidades para la inversión, para la revolución. En muchas ocasiones, y pese al ignominioso servicio que las iglesias han dedicado tantas veces a los poderes para justificar lo injustificable, esta religiosidad experimental ha servido en bandeja la ruptura social mediante enfoques mesiánicos de toda clase, la experimentación psicofísica, los usos extáticos del cuerpo y las inmersiones estéticas totales. Admitir ese tránsito entre las prácticas religiosas o espirituales y la ruptura o revolución es importante.

Tabla del curso del movimiento social de Charles Fourier. Extraída de la Teoría de los cuatro movimientos (1808). Bilblioteca de Rescate. Barral editores, Barcelona, 1974, p. 61. Fotografía: Rafael SMP, mayo 2011.

Tabla del curso del movimiento social de Charles Fourier. Extraída de la Teoría de los cuatro movimientos (1808). Bilblioteca de Rescate. Barral editores, Barcelona, 1974, p. 61. Fotografía de Rafael SMP, mayo 2011.

Además de las herejías medievales de carácter disruptivo, puede recordarse en este sentido la escritura automática y mediúmnica de comuneras como Louise Michel o el frenesí iconoclasta y barricadista de los espiritas catalanes en tiempos de la Anarquía obrera de comienzos del XX que tan bien ha estudiado Gerard Horta, cuya práctica religiosa no sólo impugnaba la jerarquía del saber monopolizada por maestros y jerarcas nacionalcatólicos, sino que predisponía los cuerpos a llevar a cabo los gestos rebeldes (barricadas, autonomía obrera) encaminados a la destrucción de un orden viejo y la construcción de uno nuevo. La oración esconde un golpe transformador que puede volverse colectivo y profundo. No es una promesa, es una experiencia histórica. Así se entendió posiblemente en las iglesias presbiterianas en tiempos de la lucha por los derechos civiles en Norteamérica en los 60 o la Teología de la Liberación en la guerrilla latinoamericana, así como en otras luchas de los desposeídos o sin poder, desde los campesinos medievales de Münster, a los creyentes de la redención de la noche anticapitalista de Tarnac.

Sin duda alguna, la contemporánea “crisis de la presencia” terminó topándose con las potencias de la magia y el espíritu para revertirla y estimular la experimentación de formas de vida alternativas. La jerarquía del poder se encuentra con los “herejes” que protestan y discuten, los “creyentes” celebran con fuego unos gestos antiguos que envisten de sentido y esperanza su resistencia presente. Recordemos por ejemplo aquel Exorcismo a Bankia bajo las Torres Kío de Madrid, cuando se trataba de sostener la onda 15M al más puro estilo yippie (como el “ataque psicológico” que pretendía hacer levitar el Pentágono en 1967 y todas las acciones similares que diversos colectivos llevaron a cabo en la era antiglobalización contra oficinas del paro, bolsas y otras instituciones del “imperio”). Estas situaciones son, como afirma Leónidas Martín, fórmulas para invocar el retorno de la misteriosa fuerza sin nombre”.

Todos ellos, todos nosotros, somos como “desposeídos” que nos damos una religión-comunidad de la “posesión” (del saber y del poder que nos fue arrebatado por algún tipo de opresión) y una idea de lo sagrado que compromete a las relaciones que mantenemos con la materia, con ánimo de recomponer la presencia y la existencia en tiempos de expropiación de lo común y sus bienes. Puede entenderse bien esta potencia subversiva con Silvia Federici o, más cerca, con Manuel Delgado; o también con el Amador Fernández-Savater lector de Tiqqun-De Martino; o acaso en los estantes de la heterodoxa biblioteca post-anarquista. De todas formas, no es un asunto meramente teórico; mientras duró la ola de desobediencia del 15M, pudo experimentarse de diversas maneras esta “magia” a gran escala, por ejemplo de forma muy intensa durante aquellos atronadores “gritos silenciosos” que se “oyeron” en las plazas, una forma de ritual que, en opinión de Julia Ramírez, funcionaba como intenso catalizador colectivo.

El ritualismo en el reflujo de la política

Pero las sectas confusas y su ritualismo aparecen con intensidad en momentos no sólo revolucionarios, sino también en las resacas post-revolucionarias, participando de la negociación en el presente de lo que fuimos o no fuimos en el pasado, con especial intensidad cuando las cosas no han ido como esperábamos. Pensemos en los tiempos de la utopía pseudoreligiosa del XIX y la ola teosófica tras la represión de la Comuna de París; o la segunda ola órfica y antroposófica tras la primera guerra mundial; así como el movimiento new age post 68, fascinado por un orientalismo que acaso pudiera, como alternativa a la costosa vida política, oponerse un poco al racionalismo tecno-económico y la violencia estructural sufrida durante aquellos años de contra-cultura y revolución.

Si como dice Adolfo Colombres, estas celebraciones “permiten ritualizar el optimismo humano, reforzar su fe en la victoria de la esperanza sobre el temor y el prevalecimiento de la estabilidad sobre la incertidumbre, de la confianza sobre la duda, de la euforia sobre el pesimismo”; cabe preguntarse qué temor buscaríamos con ellas mantener a raya, qué pesimismo. Me pregunto también (aunque no tengo una respuesta clara) si esta proliferación de nuevos ritualismos y celebraciones comunitarias no son los efectos retardados y mágicos del “eclipse de Solque habría señalado Amador Fernández-Savater (al que muchos frecuentamos, pese a su comprensible y sensata resistencia a ser encasillado ahí, como “el sabio gurú” de nuestro tiempo). Eclipse del 15M, eclipse del Sol colectivo, amorfo y diverso que fuimos, opacado por lo que se supone teníamos que ser; o determinaron (los que impulsados por un carisma indiscutible se erigieron como líderes) que debíamos ser. Un conocido de la asamblea política en la que participé en acampadasol sufrió duramente la crisis y hoy es coordinador social de un templo bastante heterodoxo habitado por “los miserables” de Madrid. Y otro amigo, que se esforzó desde la filosofía en pensar lo político, es hoy una especie de “iluminado” que explora las inercias perceptivas que constituyen eso que llamamos realidad.

Los rituales colectivos son a veces el último reducto de la comunidad, pero cuando empiezan a incluirse en las agendas culturales me pregunto si no son también la espectacularización y teatralización de lo comunitario, el disimulo de su herida. No me cabe duda de que mucha gente que anda con estas cosas está absolutamente comprometida con lo que hace y, como dice Wences de Reserva Espiritual de Occidente, cualquier desvirtuación cultural de este asunto quizá es secundario frente al rico campo de cultivo experiencial, personal y colectivo que se abre: “lo importante es que no se acabe la experimentación con la experimentación”.

​Anuncio del Ayto de Madrid. 1987 (Extraído de la Revista Teatra #6)​

​Anuncio del Ayto de Madrid. 1987 (Extraído de la Revista Teatra #6)​

Haciendo también autocrítica, no es sólo sobre su evidente belleza y su potencia de afectar júbilo a un grupo, ni al respecto de su hermanamiento con experiencias rupturistas que redefinen la realidad en torno a lo que me parece importante reflexionar, sino que en verdad debemos fijarnos también en la falta que en parte esconde este “movimiento estético”. Y no sólo porque quizá los ritos de hoy aparecen enmarañados (no más de lo que parece estarlo todo en tiempos del capitalismo) en las redes de trabajo y consumo cultural, de las que tan difícil es zafarse, es decir, en cierta manera amenazados en ese contexto por la “desgalvanización” en cuanto a la búsqueda de algún tipo de “verdad verdadera”, radical, intempestiva. Celebraciones relativizadoras, divertidas, creativas, ignoramos de qué malestar son medicina, de qué desencantamiento creemos cura. ¿No estaremos intentando, mediante los rituales y su re-encantamiento del mundo y la realidad, sobrevivir y reconstruir la “experiencia” de vida o de comunidad de la que quizá hemos sido despojados o que no supimos o sabemos sostener y alimentar de forma ordinaria y cotidiana y la sublimamos mediante la preparación ritualística de una “vivencia” estética extraordinaria que supla esa carencia y esa experiencia devaluada, proyectándose al mismo tiempo como un deseo de futuro?

Me parece una pregunta importante para todas las personas que andamos enroladas en esto y también para aquellas que se interrogan de forma más general por lo colectivo y lo común, también respecto de su relación con lo individual o lo íntimo. Yo mismo percibo en mi propia práctica este mecanismo: formo parte de un grupo de exploradores de la percepción cuyo silencioso ritual de observación colectivo sólo puede ser explicado a razón de un deseo de querer revivificar una experiencia que creemos herida como es la experiencia estética, el conocimiento por los sentidos y la percepción compartida. Y pese a constituirse en algún sentido en una falta, y por ello en un anhelo, siento que estas prácticas sensibles son útiles para reaprender la experiencia y rearmar las relaciones con el mundo, la materia y las personas de otro modo.

El ritualismo, entre verdad y compensación

Según la estructura elemental del rito, cuando éste acaba todo vuelve al orden, pues su función también es administrar y regular la normalidad: su celebración nos permite pasar lo buenamente que podamos por el calendario, negociar un orden temporal inyectándole ciertas dosis de “desorden organizado”. Se nos permite o nos permitimos darle la vuelta a todo de forma provisional para encajar mejor el hecho de que el resto de días seguiremos como estábamos. Que la guerra (con su ritual de muerte para muchas vidas de este planeta), el fascismo (y sus nuevos y aún confusos rituales de poder) y el colapso material y biológico se encuentren a la vuelta de la esquina, vuelve acaso más deseables o necesarias estas reuniones con vocación transformadora en términos individuales y colectivos, con sus invitaciones a reorganizar los vínculos con una naturaleza que, en opinión de la llamada ecología profunda o radical, no puede más que interpelar a una conciencia espiritual y religiosa.

Pero quizá nos tenemos que preguntar si este deseo se encuentra orientado por la potencia política que hemos descubierto en estas prácticas, o por su prometedor e instantáneo hedonismo. El hecho de que en un mundo que parece hundirse y dirigirse hacia el desastre global prefiramos un poco de gozo no requiere ser justificado pues es muy comprensible, y además la alegría (el esfuerzo por “vivir bonito” como dice Wences) es ya una forma de resistencia, pero es importante preguntarse si tras este legítimo y digno deseo, capaz de reunir a cualquiera, no hay más que el “sálvese quien pueda” de siempre; el ensalzamiento de unas “fuerzas naturales” de las que, pese al esfuerzo que estas prácticas dedican a restituir un vínculo, estamos ya completamente desgarrados; la ficción comunitaria que disimula la evidencia de que efectivamente la idea de una buena vida en este planeta se encuentra gravemente en peligro y lo cierto es que no sabemos cómo evitarlo.

Sabemos que la ausencia de la vida social y lo colectivo pueden hoy camuflarse suficientemente bien entre los brillos que permiten emitir las redes sociales. Jaime Cuenca ha descrito muy bien este proceso organizado y dirigido por una nueva economía de la experiencia y la subjetividad que cerca nuestras vidas haciendo de nuestros malestares un nuevo negocio y cómo con alegre displicencia las tomamos como un vehículo relacional inofensivo, muy útil para comunicarnos y autopromocionarnos, cuando en verdad estamos facilitando la capitalización de nuestras relaciones. De modo que, de la misma manera, quizá con este tipo de reuniones corremos el riesgo de conformarnos con el consumo de una “vivencia” fantasmagórica, conformarnos con los efectos de una transformación personal nunca decisiva o con simples “efectos de la comunidad”, desatendiendo la verdadera potencia de los “afectos comunitarios” o colectivos, tan divergentes y conflictuados la mayoría de las veces.

Conformarnos, pues, con la asistencia a una de estas citas que ponga en estado de asombro, trance y excitación a nuestros cuerpos, que nos descubra, al menos durante un rato, esa dimensión de lo mágico, para suplir esa carencia de pertenencia a una comunidad armónicamente ensamblada o impregnada radicalmente por lo ordinario maravilloso, o para disimular que efectivamente la fractura en nosotros está larvada, introduciéndonos momentáneamente en una magia de la participación o la revelación personal que amenaza con no dejar más huella que la de una comunión descafeinada y soluble en el proceso de explotación ininterrumpida de nuestros días. Sería un error pensar que estas prácticas son por descontado emancipadoras. Si bien conservan un cachito de revolución, de posibilidad en ellas , también pueden ser revolucionarias de forma conservadora y es algo a lo que me parece importante estar atento. Puede que Benjamin, cuyas aportaciones para comprender el fino hilo que une la redención y la utopía son fundamentales, percibiera algo similar en los encuentros secretos de los antifascistas reunidos en torno a la mítica Revista Acephàle en el Colegio de Sociología de París.

Ritos de primavera: el nacimiento de un nuevo museo. Museo de Arte Moderno de Varsovia, Polonia, 2014. Performance de la artista Grace Ndiritu. (Performance realizada también en el marco del proyecto "Objections",Soñando que el museo vuelve a la vida: la vida interior de los objetos (Parte 1, en la Fundació Tàpies de Barcelona, 17 de marzo 2017) Extraída de la web de la artista.

Ritos de primavera: el nacimiento de un nuevo museo. Performance de la artista Grace Ndiritu (Museo de Arte Moderno de Varsovia, Polonia, 2014). Fotografía extraída de la web de la artista.

Coincidiendo con mucha de la gente a la que he preguntado sobre esto, pienso que lo decisivo en el ritual (como prácticamente de todo, la política, el arte, la amistad, el amor…) reside en su compromiso con la verdad y sinceridad y con ello el grado de fidelidad que desde nuestra existencia, desde nuestra acción, podemos establecer con ellas. Sólo con voluntad de hacer una experiencia sincera y honesta, convencida y desarmada ante lo posible que por la celebración y el ritual (del tipo que sean) se abren, tendría quizá sentido confiar en este tipo de gestos. Sólo si de verdad confiamos en ese silencio sagrado o en ese ruido profano. Sólo si suspendemos nuestro descreimiento para que la “ficción” pueda resultar efectiva, libre de toda intención o interés. Ese silencio podría ayudar a “habilitar una reflexión sobre la práctica”, como era al parecer la función de la oración en el campamento-trinchera de Standing Rock, y en general sobre la vida misma, con sus luces y sus oscuridades.

El riesgo reside también en el desencantamiento de la magia ritual y su experiencia. Salvando todas las distancias, el desgaste absoluto de una celebración puede verse muy claramente en el agotamiento de la misa cristiana, desvivificada y desmaravillada por el catolicismo y sus jerarcas, del canibalismo mágico, autónomo y colectivo que quizá alguna vez fue instrumento útil para las comunidades de la bondad y hospitalidad de dios en la tierra. Quizá todo esto es algo que yo necesito escribir, compartir, precisamente para reforzar ese compromiso conmigo mismo y con mi gente: verdad, sinceridad, fidelidad, acción…

En esa otra familia de comuneros llamada Los Indianos, se preguntan si en el mundo de la inteligencia artificial y la informática cuántica que viene “la vida cotidiana estará gobernada por criterios que difícilmente sabremos corregir o reformar” pues “evolucionarán mucho más rápido que nuestra capacidad para evaluar sus resultados”. Una transformación que amenaza con una vida sometida “bajo el poder omnímodo de unos dioses invisibles, incuestionables e irreformables que no seremos sino nosotros mismos… completamente alienados de nosotros mismos”. No podemos aceptar su implantación como un hecho de la naturaleza, por lo que quizá sólo cabe esperar invocar sus fuerzas, tan bellas como monstruosas… o acaso esperar que los seguidores de una nueva Joanna Southcoutt estén reuniéndose en algún lado ya para preparar, mientras entonan sus himnos y salmos, su fantástica celebración ludita.

Sierra de Guadarrama, marzo 2017.