Comida de mala calidad, racionamiento militar, impedimentos para visitar a las personas refugiadas… Todo esto, y más, es lo que se encuentran Irene y Marta en sus visitas a los campos de Sindos Frakaport y Oreokastro. ¿Ahora esto es una cárcel?, se pregunta Ahmed, uno de los refugiados que vive allí.
En esta tercera crónica, las autoras nos describen lo que están haciendo allí y cómo intentan sostener la normalidad de los afectos sin sostener la normalidad de los campos. Para eso están conociendo muchos cómplices, tanto dentro como fuera de los campos: personas refugiadas que quieren gestionar una cocina colectiva, profesores sirios preparados para montar una escuela, colectivos griegos que están preparando el evento No Border Camp en Thessaloniki, etc. Y es que, como dicen ellas: las personas, además de compartir sus necesidades materiales individuales, también plantean proyectos colectivos.
Irene Rodríguez y Marta Pérez

Are you coming tonight?” Nos pregunta Mouna por el whatsapp.
“Yes, we will visit you!” Le contestamos a media tarde, cuando ya nos hemos organizado el día.

La visita a los campos de Sindos Frakaport y Oreokastro es una parte fija de, al menos, cinco de los siete días de la semana. Nos acercamos hasta allí con el coche, pues no hay transporte público para llegar. Es frecuente tener que pasar unos diez o quince minutos discutiendo con la policía o con los militares para que nos dejen pasar. Nos suelen decir que sólo pueden pasar personas identificadas como miembros de una ONG registrada y con permiso del Ministerio del Interior, por la seguridad de las propias personas que están dentro del campo; que siguen órdenes de arriba, que sólo siguen órdenes… Nosotras insistimos en que, si no se trata de un campo cerrado, ¿cómo es posible que no podamos pasar a visitar a familias amigas? Un día en el campo de Oreokastro tuvimos que quedarnos en la parte de fuera de la nave y uno de los amigos que salió para vernos, Ahmed, se preguntaba: “¿Ahora esto es una cárcel?”

Nuestra impresión coincide con la de otras personas que están en los campos, o que los visitan: el acceso a los mismos se va cerrando para cualquiera que no esté autorizado por el gobierno para llevar a cabo una función concreta que tenga que ver con la gestión.

Gestión de un campo militar de personas refugiadas. Es importante enunciar claramente la puerta que está dejando abierta el gobierno griego para los que quieren apoyar a las refugiadas. Es importante repetir ese enunciado, tomar la distancia crítica suficiente para aprehenderlo, para no normalizarlo. Gestión de un almacén donde esperan personas refugiadas. He aquí una de las claves de la que están hechas nuestras visitas a los campos, que hemos ido desgranando tras múltiples discusiones en el coche, volviendo a la ciudad. ¿Cómo es posible construir normalidad en las relaciones humanas con las personas que viven en el campo sin normalizar el campo?

Necesidades materiales, normalidad humana

Hace unas cuantas noches estuvimos cenando con una familia en su jaima del campo de Oreokastro. Deliciosa comida. Para ellos era la primera del día aunque eran las nueve de la noche, pues estamos en Ramadán. Historias relatadas con los gestos, las manos y la mirada; risas al hilo de los chapurreos en inglés y árabe, entre notas que tomamos para que la próxima vez sea más fácil. Al mismo tiempo, comentarios sobre cómo la comida que tomamos contiene algo, muy poco, de la que les da el ejército: escasa, de bajo valor nutritivo y con una preparación de muy mala calidad. Aquí os mostramos algunos ejemplos:

Cada fotografía corresponde a un desayuno, comida o cena completa.

La familia con la que cenamos, por ejemplo, utiliza las patatas cocidas que les dan de cena como base para cocinar sus propios platos. “Es comida de militares, creo que no entienden que no somos militares”, afirma Rezam, un amigo que está en el campo de Sindos – Frakaport, y que cuenta que las personas que allí viven han pedido varias veces a los militares los útiles para montar su propia cocina colectiva en el campo y siempre se los han negado.

En estos encuentros, conocemos necesidades materiales de las personas que visitamos, cuyo abordaje discutimos luego: si todas las familias de un campo recibieran estas visitas no tendríamos problema en comprar, por ejemplo, un ventilador para una o dos de ellas, las que más conocemos. Pero la realidad es que hay pocas visitas. Así que tenemos que discutir en cada ocasión si eso que una familia necesita se podría conseguir para todas las personas del campo y cómo, o si no es posible y entonces qué decisión tomamos en cada situación. Por ejemplo, vamos a comprar zapatos para una mujer anciana que tiene los pies delicados a causa de su diabetes y tiene unas sandalias que casi no le caben. Esto nos llevó a plantearnos si podríamos comprar zapatos nuevos para todo el campo de Sindos-Frakaport, en el que viven 568 personas y muchas de ellas van descalzas o llevan zapatos de invierno con los 40º de temperatura que se alcanzan estos días. Preguntamos a algunas personas que conocemos allí: el tipo de zapato que de verdad sería útil para esta época del año y para el lugar, sandalias deportivas, tiene un precio por unidad que no podemos asumir. Los amigos con los que lo discutimos nos proponen otras cosas, como por ejemplo intentar conseguir útiles y el permiso de los militares para poder montar una cocina.

Y es que las personas, además de compartir sus necesidades materiales individuales, también plantean proyectos colectivos. Es aquí donde vemos muy claro ir al super y comprar cosas. Por ejemplo, en el campo de Oreokastro conocemos a Mustafa, que nos enseña una lista de veinte profesores sirios preparados para montar una escuela para los 219 niños y niñas que hay allí. Sólo necesitan algo de material: cuadernos, bolis, lápices, gomas de borrar, pinturas de colores, dos pizarras, dos mesas, y que los militares les dejen usar dos jaimas para montar todo.

Siempre el permiso de los militares. Para montar una cocina o una escuela y construir algo de normalidad humana dentro de un campo. Esto siempre está presente y a veces se hace visible con gran intensidad. Una de esas noches que compartimos cena en Oreokastro íbamos comentando la velada mientras cruzábamos el campo lleno de tiendas y con muy poca luz, saliendo de la nave y andando por el cemento hasta la verja, dejando la garita de los policías y los militares a un lado. Cruzamos la carretera contigua y nos metimos en el coche para volver a casa. Miramos al frente en silencio, unos segundos, y vimos, otra vez y desde fuera, el lugar en el que habíamos compartido esas horas de amistad. Nos bajamos del coche un momento para hacer esta foto:

Oreokastro_noche

Lazos con los colectivos griegos

Visitar, compartir, apoyar a la gente que está en los campos sin dejar de ver el campo. Igual que ellos lo ven todo el rato. Resistir, con cada aliento, a la normalización del campo: cada sonrisa atravesada por el campo, sonrisa fuerte, verdadera, no de pena, ni de heroicismo, sonrisa de afecto, de reconocimiento, sonrisa de lucha. Queremos visitar los campos, y para poder hacerlo sin que se nos acabe el aliento es fundamental para nosotras estar en contacto con colectivos griegos de la ciudad, aquellas gentes que ya estaban construyendo espacios mestizos y de solidaridad con las personas migrantes y que, en cuestión de veinte días, han visto cómo sus diversos gobiernos (local, regional y nacional) han decidido trasladar a la fuerza a miles de personas a campos militares a las afueras de su ciudad, donde viven en condiciones deplorables.

Como forma de hacer ese contacto con colectivos griegos, hemos asumido tareas concretas: hacer un informe que actualizamos cada dos o tres días sobre la situación en los dos campos que visitamos, y que compartimos con varios espacios de la ciudad que discuten qué hacer con esa información. El número de campos y la magnitud de los mismos dificulta mucho estar al tanto de lo que ocurre en todos ellos, y esa tarea de observar y contar es útil y necesaria, ya que permite pensar juntas dónde poner la mirada y cómo actuar.

Acudimos a asambleas de varios colectivos que se plantean diversas acciones y que pueden hacer uso de lo que sabemos de los campos y de los contactos extranjeros y griegos que hemos podido ir haciendo en estos días. Vincularnos con colectivos griegos está siendo gozoso. Son encuentros llenos de alegría y, tras unos momentos para establecer confianza, se convierten en experiencias de reconocimiento mutuo. Esto también implica hacerse cargo, con ellos, de su situación. Implica asumir y compartir tareas. En la ciudad hay muchos frentes abiertos: la defensa de la fábrica autoorganizada Vio-me, símbolo de la lucha obrera; la lucha por el cierre de la mina de oro de Skouries, el sostenimiento de iniciativas autogestionadas en salud (como la Solidarity Social Medical Center of Thessaloniki, SSMC), la preparación del evento internacional No Border Camp, que tendrá lugar en el campus de la universidad de Tesalónica del 15 al 24 de julio, y muchas más.

Hemos discutido, pero sobre todo intuido y sentido, la necesidad y la posibilidad de un hermoso internacionalismo muy concreto y muy práctico: el trabajo de los que vienen de fuera impulsados por el deseo de apoyar a las gentes que quieren cruzar las fronteras es también apoyo a los griegos para que puedan buscar formas de sostenerse en el sinfín de luchas en el que viven. La barbarie de los campos militares es inmensa, inabarcable para las personas que hemos conocido que habitan en la ciudad. Al tiempo, esta gente increíble siente esos campos a 15 km de su casa como algo profundamente intolerable. El deseo, el tiempo y el trabajo concreto de las que venimos de fuera es también fuerza y aliento, sonrisa plagada de lucha compartida.

Crónicas antiheroicas griegas (I): tras el desalojo del Idomeni

Habitar la espera, entre los campamentos y los campos (crónicas antiheroicas griegas II)

¿Cuál es la fuerza de un gobierno? (crónicas antiheroicas griegas IV)

La política con “p” pequeña… o la fuerza de los cualquiera (crónicas antiheroicas V)

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