Segunda crónica de Marta Peréz, Irene Rodríguez y Cristina Hernández desde el limbo europeo en que se ha convertido Grecia para las personas refugiadas. A su llegada, muchos de los refugiados convivieron en el campo de Idomeni, un lugar de acampada informal que llegó a albergar a 20.000 personas durante tres o cuatro meses. Tras el desalojo de Idomeni, las familias fueron repartidas entre los distintos campos militares, donde la comida de mala calidad, el racionamiento militar y los impedimentos para recibir visitas son la tónica habitual. Ahora, este otoño, han empezado a mover a las familias de los campos a hoteles y pisos, pero sigue la incertidumbre (a dónde voy exactamente, por cuánto tiempo, con quiénes). Desde fuera, la impresión que tienen las cronistas es de improvisación y parcheo constante. Y lo que peor, esta secuencia contiene una lógica de control perversa que, sea o no deliberada, genera efectos devastadores sobre el lazo social.
Marta Pérez, Irene Rodríguez y Cristina Hernández
  • “We are in hotel, after Athina in three hours.”

M. nos manda una ubicación por wasap para decirnos dónde está: el Galaxy Hotel, uno de los lugares donde el gobierno griego está trasladando a algunas personas de los campos militares ahora que llega el invierno. Es un hotel que queda a 670 km de Oreokastro, el campo militar donde ella y su familia han estado durante casi 5 meses. Hicieron su entrevista de asilo en septiembre y ahora continúan la espera en este hotel junto con muchas familias que han sido trasladadas desde otros campos, como el de Vasilika. Las compañeras de EKO Project, que trabajan con la gente del campo de Vasilika, relatan que el hotel está alejado de cualquier núcleo urbano, que los chavales no van al colegio, que la gente solo sale para ir a comprar, con los cupones que les dan, a un supermercado que está a 45 minutos en autobús. Las personas allí alojadas reciben 90 euros al mes si son adultos y 45 si son menores. El gobierno griego junto con la ACNUR pagan 23 euros al día por cada persona alojada a media pensión.

Hoteles y pisos, nuevos destinos para los refugiados

Los hoteles como el Galaxy son una de las opciones que el gobierno griego, con ACNUR, está utilizando para alojar a gente que saca de los campos militares. Los menos van a pisos en la ciudad, que gestionan diversas ONGs grandes y pequeñas.

A pesar de que lo hemos preguntando incesantemente, no hemos logrado conocer si existen criterios de selección de las familias que están siendo escogidas por ACNUR para vivir en hoteles o pisos. Sabemos que la mudanza sólo puede ocurrir tras realizar la entrevista para el programa de reubicación, y que después pueden pasar semanas o meses hasta que se sale del campo a esperar en un piso o un hotel la decisión del país de destino. Existen decenas de rumores acerca del tiempo que pasa entre la entrevista y el hotel, o con más suerte, el piso: que si como mucho pasan tres meses, que si depende de si hay una persona enferma o un bebé recién nacido en la familia… Para las personas que, en lugar de reubicación, han optado por solicitar la reagrupación familiar, no hay alternativa prevista a la estancia en los campos.

N. era vecina de M. en el campo militar. N. está en Grecia con sus padres, que han solicitado reagrupación familiar con su hijo menor de edad que vive en Alemania. Pero como N. es mayor de edad, no puede acogerse al mismo programa y ha tenido que optar por la reubicación. Poco después de hacer su entrevista, ACNUR le ofreció un piso, pero sus padres tenían que quedarse en el campo. Como cada cual estaba en un programa de asilo, las opciones eran diferentes para los miembros de una misma familia. N. rechazó el piso para ella sola y se quedó en el campo, hasta conseguir unas semanas más tarde que una ONG, al margen del programa de ACNUR, les ofreciera otro para los tres en Tesalónica.

Tres semanas después, a N. la llaman para decirle que tiene que ir a Atenas esa misma noche. Que coja todas sus cosas y se despida de sus padres porque en Atenas le van a decir a qué país viaja: quizá a Alemania, donde está su hermano y donde viajarán sus padres, o quizá a otro lugar. “Casi diez meses esperando, y en unas horas tu vida cambia del todo”, comentó N. de camino al lugar donde el autobús recogía a todas las personas que esa noche viajaban con ella a Atenas. Finalmente, N. viajará a Alemania, aunque no sabe cuándo. Sus padres siguen en el piso en Tesalónica, a la espera de que les llamen para emprender el viaje. Tampoco saben cuándo. N. nos decía en un audio de wassap que estaba contenta, pero a la vez no acababa de entender por qué no podían viajar, ella y sus padres, todas juntas.

Una cadena de montaje incierta y macabra

El abordaje del cierre de fronteras en Grecia se está convirtiendo en una cadena de (des)montaje macabra, en la que las familias van moviéndose de un lugar a otro, sin saber a dónde, sin saber por cuánto tiempo, sin saber con quiénes. La incertidumbre engarza cada una de las fases, cada uno de los lugares por los que van pasando: algunas, como N., se van solas dejando a su familia, que sigue esperando; a otros los trasladan de lugar pero siguen sin moverse realmente del sitio de espera en el que se encuentran desde marzo.

Primero fue Idomeni, donde convivieron en la frontera con Macedonia durante tres o cuatro meses. En junio, las familias fueron repartidas entre los campos militares. En otoño, han empezado a mover a familias de los campos a hoteles y pisos. Desde fuera, la impresión es de improvisación y parcheo constante; y a la vez esta secuencia contiene una lógica de control perversa que, sea o no sea buscada, genera efectos devastadores.

Para la gente que está en pisos, hoteles y, sobre todo, en campos, la idea de que todavía les quedan muchos meses, incluso años, antes de moverse de aquí, está muy presente; y sin embargo coexiste con el hecho de que, en cualquier momento, pueden partir. ¿Cómo manejar esto? Pensando en la siguiente etapa en lugar de en el proceso completo, para no desfallecer. Porque cada etapa es suficientemente intensa, se juega mucho en cada una de ellas. Según pasa el tiempo, y les toca pasar a la siguiente, la desconfianza acerca de cuándo, cómo y cuánto durará va en aumento.

Hace una semana, A., una amiga del campo de Sindos Frakapor, relataba que había hecho la entrevista hacía casi tres meses: ya no le quedaba nada para que trasladaran a su familia a un piso. Dos semanas más tarde, como no tenía noticias, fue a preguntar qué pasaba, por qué no les habían llamado todavía. Resulta que no estaban en la lista para ser trasladadas: les habían perdido en el sistema. Tras tres meses esperando, el contador se había puesto otra vez a cero. O casi a cero, porque les han dicho que “intentarán acelerar las cosas para que salgan (del campo) en unas semanas”. Otras personas, como K., ya no pueden confiar en que se cumplan los plazos y los pasos, y buscan opciones de vivienda y asesoramiento legal de forma incesante, sin confiar en ninguna de las apuestas, pero necesitando hacerlas para sentir movimiento, sentir un avance que nunca llega.

Individualizar el malestar

La gente que está en campos piensa mucho en la entrevista: cada cual, sobre todo, en la suya. Este proceso de individualización tiene efectos. El campo de Softex fue uno de los más activos en las protestas del verano: una chica de 18 años convulsionó y permaneció sin atención en los baños hasta que murió antes de que llegara la ambulancia. Esta muerte fue el detonante de una serie de manifestaciones en el centro de la ciudad, y de un proceso de interlocución con responsables de ACNUR y del gobierno griego para presentar varias demandas: conocer las fechas de las entrevistas, permitir a las propias personas refugiadas autoorganizarse en el campo para mejorar las condiciones y, para poder hacerlo, tener una paga. Solo se atendió la primera.

Ahora, nos contaban hace dos semanas compañeros de Softex, prefieren no levantar mucho la voz mientras esperan su entrevista, pues piensan que puede influir negativamente en su proceso de asilo. En Softex, estimaban, es donde más familias han visto denegadas sus solicitudes de reubicación, y tienen miedo de que esto tenga relación con las protestas. Tras la denegación, les dan dos opciones: solicitar asilo en Grecia y quedarse aquí, o retornar a Turquía. Muchos deciden volver a Turquía. El miedo y la desconfianza va en aumento según pasan los meses y se materializan los planes de gestión del cierre de fronteras.

El desajuste entre lo que, a primera vista, pudiera parecer una solución (vivir en un hotel o un piso) y la importancia que tienen en la vida real es muy grande. Además de que hay diversidad de experiencias, algunas muy malas, con los hoteles y también con los pisos, no se trata solo de eso. Ir al hotel o al piso puede suponer un avance en el viaje, pasar a otra etapa en la que poder empezar a construir proyectos vitales; pero a la vez, depende de la forma y los lugares a los que se está llevando a gente a pisos y hoteles. Para quienes están en medio de la nada, los días son parecidos a los de los campos; quienes están en la ciudad a menudo están aislados de las personas con quienes habían construido vínculos y afectos en las etapas anteriores. Según van quemando etapas, crece el desgaste y se está más sola. Como nos decía un amigo que vive en un campo, no se trata solo de tener un sitio donde dormir y comer…

Noviembre en Tesalónica (crónicas desde un limbo europeo I)

Ser o no ser, ¿esa es la cuestión? Sobre las ONGs y las políticas de fronteras (crónicas desde un limbo europeo III)

Aquí pueden leerse las “crónicas antiheroicas griegas” que escribieron Marta Pérez e Irene Rodríguez en junio