Son días de muros, visibles e invisibles, de personas que los construyen, personas que los saltan y personas que luchan por eliminarlos. A veces consiguen ocupar alguna primera plana de los periódicos algunos migrantes y refugiados, como los mexicanos en EE.UU. o los sirios en Europa, pero ¿qué ocurre con otros menos conocidos?, ¿se puede hablar de refugiados de segunda clase?
Rosanna Moreda se fija en ellos, en los afganos que viven en Budapest concretamente, a raíz de una cosa que puede parecer mínima, un lángos, una especie de torta frita, pero que puede traducirse en algo muy grande, el hambre. Y tirando de ese hilo cuenta el día a día de las personas migradas, de su relación con la ciudad, la bella Budapest, ese gran purgatorio en el que conviven con los turistas, las redes de ayuda y la xenofobia. “Lo mínimo también es político” recuerda ella, porque incluso los actos más insignificantes modifican la realidad, para mejorarla si son para bien, y la destrozan, si son para mal.
Rosanna se define a sí misma como “doctoranda censurada, precaria conectada por la palabra, nómada de la tierra, de la vida y de mí misma”.
Rosanna Moreda

Gracias a María Teresa Romero Quintanilla por la información brindada

El detonante básico de lo que ahora pasaré a escribir fue un lángos. Se trata de una especie de torta frita, muy grande, comida popular de varios países de Europa del Este, que cubren de diversos y deliciosos gustos. Específicamente un trozo de lángos que mi amigo no quiso comer y aunque yo le rogué que me lo dejara, él tiró con jactancia a la basura. Esto ocurrió en el lago Balaton, el pasado agosto. Uno de los lugares más visitados de Hungría, el preferido para el turismo interno veraniego. Pocos días después, el contexto fue muy otro. Dio la casualidad de que me encontraba también comiendo en la calle, pero en una zona céntrica de Budapest. Esta vez un bollo de masa hojaldrada relleno, de la conocida cadena pastelera Mlinar de la ciudad. Se trata del segundo detonante. Y lo que ocurrió a continuación, fue precisamente la cruda antítesis de la reacción de mi amigo. Porque el rostro del hambre es implacable, no hay discurso o intelectualidad que lo abarque. Se siente o no se siente, y precede a casi cualquier acción. Es decir, en términos rotundos, gramaticales, todo acto, incluso el delito, está subordinado al hambre. No alcancé a hincarle el diente por tercera vez al bollo, cuando un chico joven, muy joven, envuelto en una manta gruesa a pesar de estar en verano, y sobre todo teniendo en cuenta que el verano aquí es un horno, se acercó sin que apenas me diera cuenta, y casi me arrebató el bollo mientras repetía, como disculpándose:

I am hungry, sorry but I am very hungry…

Es cierto eso que dicen de que cuando tenemos un disgusto o presenciamos una escena terrible y estamos a punto de tragar, el bolo en cuestión se triplica en dureza y se vuelve intragable. En instantes, diversas emociones relacionadas directamente con ese gran activador de cambios que es el odio se sucedieron en mi interior: odié a mi amigo por permitirse el acostumbrado exceso de turista pijo de tirar comida a la basura (colaborando por otra parte con la absurda fermentación de desperdicios ambiental) en un país donde el promedio de un salario no llega a los 300 euros mensuales. Donde, de hecho, una cajera de supermercado en una jornada de trabajo completa obtiene un neto de 75000 ft a fin de mes, lo cual no excede los 225 euros.

También odié este país igual que odio donde nací (España) por normalizar ambos la indigencia extrema. Teniendo en cuenta que me pagan en un centro de enseñanza la ridícula cifra de cuatro euros la hora -puesto que es un hecho sabido que casi la mitad de un salario contributivo va a parar a los bolsillos del Fidesz (una modalidad extravagante de neo-feudalismo) y puedo dar gracias de no estar todavía en situación de calle-, la cosa no está precisamente para tirar manteca al techo como decimos en Uruguay. O en este caso en concreto, lángos al contenedor.

Pero más que nada me odié con fuerzas a mí misma por haber tenido el primer despreciable impulso de quejarme por dentro porque un indigente me había pillado el desayuno. Y me odié también, y esto luego de la reflexión inmediata que siguió a dicho despreciable impulso, por haber ignorado que existe el hambre con mayúsculas fuera de África y por no haberlo sufrido en otros pellejos hasta ese momento. Y ahora hablaré muy brevemente del tercer detonante, el decisivo, el que me llevó a escribir este artículo: su mirada. Porque aquel chaval, que apostaría a que era afgano, me miró con una desesperación y un agradecimiento inmensos. Me arrebató la comida de las manos como último recurso, probablemente harto ya de pedir y no obtener nada.

Y mientras todos estos odios iban transitando en mi interior, furiosos, resentidos de tanta impotencia, chocando unos con otros, me vinieron los ecos, como tantas otras veces, de Kate Millet. Solo que ahora también pude oír la letanía de Nuria Güell, con aquello de que lo mínimo también es político, porque incluso los actos más insignificantes modifican la realidad para mejorarla si son para bien, y la destrozan, si son para mal. Y aquí entramos en el terreno de las emociones, que en medio del caos se filtran, instigadoras, implorantes. De cómo las emocionalidades irrumpen entre burocracias y un millón de formalismos que, aislados, no sirven para mejorar esta sociedad altamente zombi. En su momento, Amador Fernández-Savater nos sorprendió con la entrevista que le realizó a John Beasley-Murray, quien sostiene que el avance social proviene de los afectos y de los hábitos. Y esta idea, que parece muy simple, es fundamental y debemos trasladarla a la educación, a la acción social y a todos los ámbitos.

Cuerpos que ya no transitan

Se sabe que muchas de las personas indigentes de Budapest, que en los meses más fríos permanecen la mayor parte del tiempo viviendo subterráneamente, en grupos y al amparo del calor de las bocas de metro, y que pueden contarse por decenas en determinadas estaciones como la mítica Blaha Lujza, no son húngaras. Destaca, por otro lado, el número elevado de mujeres de edades avanzadas que hay en este colectivo. Y el hecho de que la extrema pobreza tenga una infinidad de tonalidades, lo cual la acerca más todavía a nuestras muy precarias burbujas de confort.

Desde que el Fidesz endureció la ley hacia la gente refugiada (aunque aclaramos que aquí, en una rama de los círculos de las izquierdas activistas, se habla de personas migradas y no de personas refugiadas, justamente para lograr una inclusión/normalización mayor de lo que este fenómeno representa o debería representar), toma relieve una situación extremadamente preocupante que es el cese del tránsito en personas que huían de un país para entrar en otro. Pasan gradualmente de ser cuerpos en tránsito, móviles, nómadas, para ingresar en una tierra que los rechaza, pero que tampoco les ofrece alternativa alguna, es decir, una no-land donde las haya. Y al no encontrar ninguna salida se convierten en cuerpos que ya no transitan, porque ya no tienen fuerzas y principalmente han llegado al fondo, allí donde todas y todos tememos llegar.

Cuerpos ahora inmóviles, hambrientos, obligados a morir en vida, con lentitud corrosiva, en esta ciudad que no alcanza a ser purgatorio que es Budapest. Dejados de la mano de… (Dios?!). Peor que un purgatorio, porque este es un lugar acuoso que puede llevar al Paraíso, mientras que la bella Budapest pareciera ser el destino final, un eterno pabellón donde impera la mendicidad-castigo, un no-transit para cuerpos que hasta hace muy poco buscaban, pero ahora ya perdieron lo que nunca encontraron. Recordemos el imprescindible documental que el cineasta australiano David Fedele realizó hace tan solo un par de años: The Land Between, para hacernos una idea de esta alarmante situación. En dicho documental, las montañas del norte de Marruecos son para las personas migrantes, que pretenden entrar a Europa, esa tierra de nadie entre dos mundos, un lugar de paso pero que luego de una semana, y de otra, y de otra, parece convertirse en el lugar de destino.

La diferencia es que las calles, estaciones y bocas de metro de Budapest están pobladas de personas que, como decimos, ya no tienen fuerzas para continuar moviéndose porque viven en la más absoluta miseria e invisibilidad.

Cazadores de fronteras, mayormente conocidos como gorras rojas. Autora: Amira M Deli.

Cazadores de fronteras, mayormente conocidos como gorras rojas. Autora: Amira M Deli

Los afganos, refugiados de segunda clase

Tal y como afirman Márta Pardavi y Gábor Gyulai, periodistas del Open Society Foundations, hasta el año pasado, más del ochenta por ciento de las personas solicitantes de asilo que llegaron a Hungría escaparon de las peores guerra actuales del mundo: la de Siria, la de Afganistán y la de Iraq. Para Pardavi y Gyulai, hay una diferencia clara entre aquello que el Estado húngaro cree que son estas personas (inmigrantes económicos) y lo que son en términos de derechos humanos: solicitantes de asilo que Hungría tiene obligación legal de otorgar. En septiembre del año pasado, entraron más de 170000 migrantes al país. Si tenemos en cuenta que Hungría tan solo ofreció asilo a un nueve por ciento de solicitantes en el 2014, en gran número provenientes de Siria y Afganistán, y teniendo uno de los ranking más bajos de la Unión europea en otorgamientos, ¿qué destino le depara al resto? La mayoría logra continuar hacia el Oeste, mientras unos cientos, que carecen de medios y sucumben ante patologías varias debidas a la extrema situación de vulnerabilidad en que se encuentran, se quedan aquí, en las inseguras guaridas de esta ciudad no-transit. La situación de la comunidad afgana es especialmente angustiosa. Se consideran como second class refugees, pues sostienen que Europa presta más atención al drama sirio.

Dicen que son “los restos de la ayuda” y que, como todo resto, a los ojos de Europa ya no merecen un lugar.

Aseguran que el temor a los talibanes, entre uno de sus muchos temores, les ha dejado sin habla, sin resistencia. Que simplemente esperan, esperan a lo que venga.

Pues es tristemente cierto que el terror tiene el poder de paralizar de manera irreversible, incluso las funciones vitales básicas. Familias enteras afganas que ya no tienen adonde ir, subsisten gracias a la comida otorgada por grupos voluntarios húngaros como es el caso de Food Not Bombs que se basa en gente que cocina a turnos para después ofrecer la comida a quien lo necesite. Pero cabe destacar, entre estas necesarias redes simultáneas y proactivas de solidaridad emergente, las que se gestan en las redes sociales y tienen objetivos de actuación muy claros y diversificados. Los mensajes movilizadores suelen ser con poca anticipación y se concretan en diversos lugares, desde la histórica e imponente Estación de tren Keleti del distrito VIII hasta un determinado centro social. Allí se reúnen las personas que donan ropa, zapatos, comida, y las que reciben. Pero como decimos, estas actuaciones son diversas, van más allá de las necesidades imprescindibles. Ofrecen también actividades lúdicas como puede ser el teatro, destacando los proyectos del centro social Auróra, ubicado en una zona también del distrito VIII donde reside un número significativo de población gitana.

No obstante, estos flujos de ayuda, desafortunadamente, continúan siendo muy escasos, y no bastan para lograr un mejoramiento de la calidad de vida de las personas migrantes más castigadas. Es urgente una modificación radical de las leyes de protección estatales y, principalmente, que aumente la estrategia de presión de la Unión europea para que la situación se modifique de una vez por todas en Hungría. Claramente, la situación aquí es de emergencia, puesto que la policía húngara está actuando con total impunidad repartiendo propaganda en colegios, en revistas como József Város, donde invitan a formar parte nada más y nada menos que de “los cazadores de fronteras”. No sería arriesgado afirmar que la indigencia extrema, combinada con la nefasta situación de las personas migradas, son dos de los problemas más acuciantes de este país y se necesita actuar rápido y principalmente ya. Sin protocolos, sin los discursos huecos y pomposos de Viktor Orbán, cuyo cometido es distorsionar la realidad y librarse de culpa, con la finalidad de fomentar una xenofobia que ya está muy asentada en el país. Y lo peor de todo es que lo está logrando. La prueba está en la existencia del grupo neonazi Jobbik, que si bien proviene de otra rama muy consolidada de la derecha, todavía más violenta, es alimentado y legitimado por las ideas del gobierno actual, que de manera indirecta alientan su peligroso actuar.

Carteles islamófobos y homófobos en la frontera con Serbia.

Carteles islamófobos y homófobos en la frontera con Serbia

Imprevisibles aleaciones culturales del siglo XXI

Hace unos días pedí una tortilla en la conocida calle Ráday del distrito IX. Nuevamente la comida aparece en escena. Pero no diría como hilo conductor, pues la metáfora de este último no es lábil en absoluto aunque hablemos de un hilo, mientras que la metáfora del alimento lo es hasta la locura. Podemos afirmar en cierto modo que la comida es la excusa para denunciar determinados hechos, pero siempre sin olvidarnos desde donde escribimos: desde el desproporcionado privilegio de gente que tiene la barriga llena y posee un ordenador para teclear. Siguiendo con Ráday, esta es una calle donde el acelerado proceso de turistización (concepto que utilizan bastante y desde hace ya tiempo activistas en antropología urbanística de Portugal) es muy notorio. No tengo suficiente conocimiento para afirmar si en ese enclave del distrito podemos hablar de gentrificación o no. Pero es un hecho que la actividad comercial en la zona está centrada en manadas de turistas que luego de comprar la paprika en el Mercado Central, caminan unos metros y deciden, o bien comer el goulash (si no lo han comido ya en el Mercado Central, el más visitado de Budapest), o tomar el café en Ráday.

El garito donde pido la tortilla es humeante, minúsculo. Solo caben cuatro personas de pie y tres sentadas, muy juntas. Veo antes de entrar, descoloridas y desflecadas banderas de España por todos lados con toro incluido, pero acciono el parabrisas ocular y entro igualmente. Porque con un salario de cuatro euros la hora no me puedo permitir grandes manjares. Y aunque pudiera permitírmelos, me niego al menú para turistas y a que me miren raro si lo rechazo. En el garito hay tortillas que van desde veganas a “de chorizos” (así, en plural). Pero no son españolas (con todo y las banderetas) si no tipo mexicanas. Mientras decido cuál pedir, pienso que urge un nuevo término, pues el abusado hasta el infinito “melting pot” ya no es capaz de representar estas imprevisibles aleaciones culturales del siglo XXI. La tortilla me la prepara un adolescente. Mientras la adereza a cien por hora con todas las salsas y picantes habidos y por haber, desde pesto a chili, siento curiosidad por preguntarle de dónde es para verificar que no me equivoco, aunque me aguanto. Pero poco después, cuando mastico lentamente, como él me lo saca a mí luego de preguntarme si me gusta la tortilla y yo contestarle que sí, hago otro tanto, pues me escudo en la siempre bienvenida curiosidad mutua.

Me cuenta en un inglés rústico, vibrante, y con voz muy suave, que es afgano y que solo trabajará ese día porque su amigo está enfermo y lo está sustituyendo. Que la vida es muy dura en Hungría. Que luego cree que “volverá a…” no termina la frase, pero puedo imaginármela. Como si no se atreviera a terminarla, como sabiendo que yo ya estoy imaginando la segunda parte. Cuando me voy, lo miro para despedirme pero él no levanta ni por un segundo la cabeza de la plancha. La sonrisa que tenía destinada para él, se me queda adherida a la cara. El dueño del localillo está a su lado y le da indicaciones en voz baja. Me pregunto si en farsí o pastún. O en otra lengua que, con absoluta seguridad, no es ni árabe ni húngaro. Muy probablemente fuera farsí o pastún.

Cuando ya tengo un pie en la calle y les digo Köszönöm! Szia! (Gracias, chao), quiero saber si la tortilla sería su única forma de pago. De no ser así, pienso en la extrema ductilidad de la plusvalía en estos tiempos del capitalismo más hardcore. En mis cuatro euros por hora en otros cuerpos, en otras mentes todavía muchísimo, muchísimo más violentadas.

** Hay que tener en cuenta que el presente artículo fue escrito en el verano del 2016 y hace referencia a las corrientes migratorias intensas que experimentó Hungría a lo largo del 2015 y hasta principios del 2016. La situación en la actualidad es más laxa. En estos meses de fuertes nevadas, diversos organismos de ayuda mutua se solidarizan con las poblaciones indigentes. Pero insistimos en que corresponde al Gobierno implicarse a fondo para solucionar el problema, que sigue siendo mayday. Agradezco a Gina Moreno sus constructivas críticas.