La intervención de Javier Olmos (Jabuti) disparó una discusión apasionante. ¿Qué hacemos cuando la complejidad y la pluralidad de un espacio desborda las formas clásicas de la autogestión (asamblea, etc.)? Alberto dice: “hay que atreverse a delirar por fuera de lo políticamente correcto”. Es decir, imaginar otros modos de gestión, auto-gobierno o des-gobierno de lo común.
Modos que tengan más que ver con la materialidad misma de lo que acontece día a día en espacios de complejidad como la Cebada: proliferación de personas y grupos, perfil mayoritariamente no activista de los usuarios, multiplicidad de modos de comunicar (no solo el discurso), legitimidades en red, etc.
Y, así, desfilan a lo largo de la conversación imágenes delirantes de otras formas de auto-gobierno: consejos de ancianos, asambleas de los jefes de las bandas, cooperativas dudosas como en The Wire, etc. Formas policéntricas de gobierno del espacio, formas de gestión complejas e impuras para espacios complejos e impuros. O, más precisamente, en palabras de Jabuti: para el mundo en que vivimos.
ALEXIA

Manuel (habitante del Campo): Creo que el modelo de Tabacalera que nos estáis contando se parece a lo que la Cebada era al principio, cuando los que habitábamos el espacio éramos un núcleo más o menos cohesionado aunque con perfiles diferentes. La diferencia entre los que venían a la Cebada y los que se organizaban en asamblea no era abismal. Había un grupo motor muy grande y plural. Eso se descompensó luego, por la quemazón de mucha gente del grupo motor y también por la misma apertura como condición básica del espacio.

Entonces, lo que se ha intentado es que sea la propia gente que usa el espacio la que dé un paso al frente en los cuidados. Eso es lo más “político” en la Cebada. Que las personas que usan el espacio lo cuiden sin necesidad de ninguna asamblea ni grupo motor que les diga lo que hay que hacer. Yo no tengo ni idea, ni creo que nadie la tenga, de los grupos que usan ahora mismo la Cebada. Viene muchísima gente que yo no conozco. Cómo construir conexiones entre todos esos grupos y personas diferentes es un desafío mucho más complejo y difícil, pero también muy interesante.

Amador (Alexia): Jabuti, dices que la autogestión no funciona: se toman decisiones y no se pueden aplicar, el lenguaje es lo central pero eso excluye a ciertas personas (había personas en Tabacalera que ni siquiera sabían castellano), el consenso no vale, etc. La cocina funciona diferente: hay un continuo entre decir, decidir y hacer, la comunidad se organiza en torno a cuestiones muy prácticas, no se pretende abarcar todo o pensar por todos, etc. Entonces, se me ocurre hacerte esta pregunta: ¿crees que un espacio como Tabacalera o el Campo puede gobernarse a través de “muchas cocinas interconectadas”, sin espacio o lugar central como la asamblea?

Jabuti (ex-Tabacalera): ¿Por qué no funciona la autogestión? No lo sé, no sabría decirlo, es un problema que veo ya desde hace muchos años. La cuestión es encontrar el común, hacer lo común, y el común no sale de afuera, sino desde adentro. Es decir, si no hay, ni se encuentra, un interés común, pues lo común no existe y la convivencia es una pelea. Si yo limpio esto, no es porque haga un razonamiento de que lo común es mejor tal y cual, sino por una demostración práctica y real de que es lo que me interesa. Si no, es una imposición. ¿Cómo se construye eso? No lo sé y menos en un espacio que se parece tanto a la calle como Tabacalera o la Cebada.

Pero creo que los militantes vamos dando demasiadas lecciones, porque creemos saber qué es lo bueno: lo bueno es lo común, nosotros estamos por lo común y, por tanto, somos buenos mientras que los demás van a lo suyo. Creo que eso no funciona. Nosotros tenemos que ir también a lo nuestro y ver desde ahí cómo te encuentras con el otro que también va a lo suyo, hay que ser más egoístas y menos buenos.

Jorge (habitante del Campo): Llevo tres meses aquí, a pie de calle como dices. Y me quedé pensando en el comentario de Manu sobre la cantidad desconocida de colectivos que hay aquí. No todo el mundo reconoce la legitimidad de todos los que participan aquí. La cosa no va así. Lo que hay es una concatenación de legitimidades, una legitimidad en red en cierto modo. Es decir, a Jacobo le reconoce una serie de gente que a mí no me reconoce, a Manu le reconoce una serie de gente que a Jacobo no le reconoce, etc. Pero finalmente, desde cualquier sitio se llega al punto conflictivo. Es verdad que aquí no hay lenguajes comunes, no hay intereses comunes en muchos casos, pero el espacio se sostiene en una especie de equilibrio inestable todo el rato. Es decir, nunca se rompe del todo, aunque haya habido momentos críticos. Y la asamblea está fuera de todo eso, últimamente se limita a dar fechas.

Amador: No todo el mundo reconoce a todo el mundo, ni todo el mundo reconoce legitimidad al mismo espacio (la asamblea, por ejemplo), pero todo el mundo sabe de alguien a quien acudir si hay algún problema. Muchos centros, muchas figuras…

Jorge: Algunos de esos centros se reconocen entre sí, pero no todos. Alguien reconoce a uno que está en la asamblea, entonces de la asamblea emana una cierta legitimidad, pero solo llega hasta a aquellos que reconocen la asamblea como legítima. Igual la siguiente generación no sabe ni que existe la asamblea, pero reconocen a otro que sí reconoce la asamblea como legítima. Y así, una concatenación.

El otro día, uno de los chavales que hay aquí decía: “Ah, así que el que abre limpia, pues paso de las llaves”. No conocía esa regla y él tiene llaves, pero le han llegado a partir de una segunda o tercera generación de esa red de relaciones. Es probable que uno de su grupo sí que sepa la regla pero no la haya contado o transmitido.

¿Hay conflictos entre la asamblea y los otros grupos? Lo que hay son superposiciones. Peleas no he visto en todo el tiempo que llevo aquí. Pero hay superposiciones: la música que suena allí se superpone a la reunión que se hace allá, entonces hay que moverse, etc. Son materialidades, materializaciones de ciertas cosas…

Joncar (habitante del Campo): Estoy de acuerdo con parte de los análisis que voy oyendo sobre que no hay un reconocimiento, una legitimación, un gobierno legítimo de la Cebada. La asamblea no tiene un poder real como para poder sentirse reguladora única de este espacio. Hay varios grupos, varias asambleas y estoy de acuerdo en que la autogestión no funciona si los intereses particulares no se suman y construyen un común. El común se remite al espacio y ahí yo creo que la asamblea cumple una función que va más allá de dar fechas.

Por ejemplo, uno de los conflictos más importantes y típicos en la Cebada es la gestión de ruidos. Lo que la asamblea intenta hacer aquí es una gestión adecuada para minimizar impacto entre los vecinos. Habitar el conflicto, mediante la mediación horizontal continua, es una manera de bloquear la vía policial. Pero no es fácil: el otro día le pedí a un muchacho que bajase el volumen de su equipo porque ya eran más de la 11 de la noche y él me respondió: “¿Qué pasa, si fuera Ismael Serrano te gustaría más?” (risas) Pero no era cuestión de selección musical, hoy llevo todo el día escuchando electro-cumbia; es un ejemplo de cómo se percibe la asamblea a la que no todo el mundo reconoce legitimidad.

Alberto (habitante del Campo): Me pregunto qué es lo común en el Campo. Creo que probablemente es estar de otra manera en un espacio. Esa no es su debilidad, sino su proyecto. Un espacio que es como una calle o una plaza, pero al mismo tiempo es distinto: no entra la policía, se autoorganiza de algún modo, etc.

Pero si lo pensamos bien, las asambleas son muy malas para gestionar los comunes. Las gestiones de lo común que conocemos -los bosques comunales, los tribunales de agua que aún existen y gestionan el regadío en las tierras del Ebro donde se producen toneladas de arroz, etc.- no son asambleas, sino que tienen otro modelo: tribunal de aguas, tribunal de regantes, otras formas de gestión que no son puramente asamblearias. Igual aquí también tenemos que inventar otros espacios de gobierno o gestión. Deliremos un poco: imaginemos una asamblea donde se reúnen los “viejos del lugar”, los jefes de banda que tienen esas legitimidades de que habla Jorge. Pienso en la cooperativa de vendedores de droga que se monta en The Wire: qué locura, oye, pero qué bien funciona, ¿no?

Entre los regantes del Delta del Ebro todos son productores de arroz, no hay diferencia. Pero aquí, sí. ¿Qué relación tiene lo común con “el otro”? Lo más potente del caso de la cocina de Tabacalera es esa capacidad de coser distancias (entre negros y blancos, etc.). Aquí también hay distancias: entre viejos y jóvenes, entre los habituales y los turistas que vienen los fines de semana, etc. Vamos a imaginar otro tipo de sistemas de gobierno, o des-gobierno, de gestión del común. Sin miedo a salirnos de lo políticamente correcto. Una asamblea de jefes de banda, que es lo que hay aquí: bandas o grupos de amigos. Que venga cada líder de banda, uno con una pluma, el otro con un símbolo verde, el tercero con una máscara azul, como pasa en The Warriors. Tenemos que atrevernos a imaginar, a delirar.

Jabuti: Me gusta mucho esa imagen que pones, el consejo de ancianos, el encuentro de las bandas en The Warriors y tal. Yo creo que una asamblea sirve para expresar las fuerzas, ¿no? En las viejas asambleas obreras, se expresaban las fuerzas de los diferentes sectores en lucha del proletariado y sobre ello se hacían las alianzas o se construían las hegemonías que luego se expresaban en las luchas. Eso no existe ahora, no tenemos ese funcionamiento. A mí lo del “consejo de ancianos” ya se me ocurrió para Tabacalera, porque además allí había mucha costumbre entre varios grupos de funcionar por jefes. Estoy de acuerdo: hay que inventar la manera, no está dada. Hay que imaginar cosas poco ortodoxas.

Altavoz contra el ruido del Campo. Autor: Jorge MArtín

Altavoz contra el ruido del Campo. Autor: Jorge Martín.

Jorge: Yo querría añadir algo a propósito del lenguaje. En cierto modo, aquí estamos reunidos los que nos gusta hablar de cierta forma, escuchar ciertas cosas, etc. Somos la tribu de la asamblea y estamos cómodos en este espacio. Hay mil tribus y una es la de la asamblea, todos con gafas de pasta y tal (risas). Lo fundamental es reconocer que hay otros mecanismos y lenguajes, hay otras prácticas. Hay quien comunica a través del rap o los graffitis, por ejemplo. Entonces, una forma de cruzar mundos sería intercambiar papeles: un día se rapea la asamblea, si lo hacemos nosotros seguramente sería un desastre, pero algunos de los chavales que hay por aquí sabría hacerlo sin duda muy bien. Los mismos problemas que se hablan en asamblea, pero expresados mediante otros lenguajes. Distinguir los contenidos y los medios, usar el medio que controlas pero con otro contenido o al revés, intentar esos cruces. Una asamblea que sea una pelea de gallos, yo qué sé…

Alberto: Yo propondría incluso: olvidemos los lenguajes y pensamos en prácticas espaciales. Cómo usa la Cebada el vendedor de droga, el joven que empieza a salir, el que pone pelis, el que hace asambleas… Como prácticas espaciales: cuánto espacio ocupan, cómo se relacionan las personas, cómo se comunican en el espacio, poniendo entre paréntesis los lenguajes. Yo no tendría ni idea de por dónde empezar, pero tú eres muy listo, Jorge, ¡y arquitecto además!

Manuel: ¿No estaremos siendo demasiado ambiciosos? Queremos que sea una plaza, pero que pasen otras cosas. Queremos que haya enchufes, se puedan poner pelis y los chavales puedan autogestionar su cancha de básquet, pero a la vez que todo forme un común, que todo el mundo se conozca y debata y… Es imposible, ni las empresas cooperativas tienen una asamblea semanal.

Entonces, esa voluntad de lo común, de los de la tribu de la asamblea, ¿no está forzando a este tipo de espacios a generar lugares como la asamblea donde debatamos todo, incluso cuando no hace falta y no sea buena idea? Podríamos debatir una vez al año una serie de pautas comunes y trabajar más bien para asegurar una serie de servicios, bien porque se hacen públicos, bien porque los gestiona la gente interesada (la gestión de los muros por los graffiteros en la Cebada es infalible), o bien porque se profesionalizan algunos tal vez.

Imaginemos esto como una plaza más, sin asamblea ninguna. Tiene una serie de reglas: el horario, el ruido, etc. Hay una serie de puntos: la gestión de la cancha de básquet, los muros, el huerto, la comunicación, la limpieza. Y las demás personas vienen aquí a estar simplemente, a disfrutar, a proponer actividades…

Un chico que habla en francés: No sé si consigo decir algo inteligible, por el idioma o mis ideas confusas, pero quería decir que lo que me ha gustado mucho de la narración de la cocina es ese momento del catering común, cuando toda la gente que trabajaba en distintos días se junta y se consigue sacar adelante el desafío. Creo que un elemento muy fuerte, muy importante en tu relato, son los afectos. En la cocina se escuchaba a la gente, se daba cariño, había un calor humano, había quien se pasaba para contar sus problemas. Es un elemento muy fuerte que hasta ahora no ha salido en la discusión y yo quería subrayar. Sabemos que ahí también hay problemas: los africanos se dan calor humano entre ellos y no con otros, los jóvenes de la Cebada lo hacen a distancia de los viejos, pero también hay momentos en que nos juntamos, por la necesidad y los afectos…

Carmen (habitante del Campo): Soy la primera mujer que hablo, también habría que pensar estas cosas. Bueno, yo estaba pensando en qué es lo que podríamos nombrar un común en la Cebada y que haya sido identificado en algunos momentos y por algunas personas como un espacio importante, a cuidar como si te fuera la vida en ello. Y creo que quizá en su momento fue el huerto. Después de todos los conflictos que ha habido, de mucho quemarse y agotarse, quizá el huerto se abandonó un poco, pero yo vengo ahora casi después de año y medio sin pasar y el huerto está precioso, con unos girasoles increíbles y lo cuidan personas diferentes a las de antes, creo. Ahora es un espacio súper chulo, me parece un espacio de respeto, se cuida lo que ahí está pasando porque es importante, esas flores son importantes. Y me parece clave que existan estas pequeñas cosas que cuidar.

Una mujer (habitante del Campo): Yo participo aún en el Campo, antes estaba en el huerto, pero veo que hay cansancio en el grupo, se ha ido marchando la gente… Yo creo que, más que ambiciosos, a veces somos demasiado autocríticos. Miro lo que hay a nuestro alrededor y digo: “Funciona, a pesar de todo”. En Tabacalera no lo sé, pero aquí no hay tantos conflictos, la semana pasada hubo una pelea, pero para el volumen de gente que pasa por aquí esto es la normalidad absoluta. La asamblea es una herramienta entre otras, el whatsapp, las redes, el boca a boca, etc. Me parece estupendo así.

Jacobo: Yo creo que ha sido súper-interesante lo que nos ha contado Jabuti y lo que se ha generado. A mí lo que me preocupa es cómo irse de aquí. Yo me quiero ir de aquí, no quiero ser imprescindible. Irse de un espacio de manera cómoda y no enfadados. Esa es la pregunta que me hago. Me quiero pirar, sabiendo que se queda un montón de otra gente súper maja que piensan y cuidan lo común, que hacen afecto de este espacio. Cómo irse de estos lugares de manera amable y que vengan otras generaciones, no de edad, sino de otro tipo. Porque el problema es que mañana nadie va a abrir si no bajo yo.

Raquel (ex-Tabacalera): Cómo dejar a un novio y seguir siendo amigos (risas).

Jacobo: ¡Toma!

Alberto: ¡Y seguir acostándote con él o ella de vez en cuando!

Jacobo: ¡Claro que sí, esa es la frase!

Jabuti: Solo decir para acabar que me parece que lo que estáis haciendo aquí, como lo que se hace en Tabacalera, es sumamente interesante e importante, diría incluso que es lo que hay que hacer, vaya, porque los espacios cerrados y controlados ya los conocemos y llegan a un límite, están muy bien que sigan existiendo pero para otro tipo de cosas. Estos espacios de complejidad son necesarios porque más complejo aún es el mundo, ¿no? Lo que pensemos, lo que aprendamos aquí va a servir de algo seguro.