Para entender una figura tan excesiva y mediática como Donald Trump no basta con aplicar las claves políticas habituales. La imagen de Trump ha acompañado a los telespectadores estadounidenses desde hace tantos años que, para bien o para mal, forma parte de sus vidas. Se le ha llegado a comparar con personajes históricos reales, como Hitler, y con personajes de ficción como Lex Luthor o Bane; pero, ¿el Trump que vemos en televisión tiene más de persona o personaje?
Para tratar de entender el fenómeno, Rubén Díaz trae a colación sus recuerdos de telespectador infantil, cuando los luchadores de Pressing Catch lo llevaban todo al extremo con el fin de crear un espectáculo que no defraudase a sus audiencias. Esa experiencia personal frente al televisor le lleva a hacerse algunas preguntas sorprendentes: ¿cuánto le debe la carrera política de Trump a la creación de un personaje caricaturesco diseñado para dar espectáculo al estilo de Pressing Catch?, ¿puede que el fracaso de Sanders o Clinton haya sido no saber construir su propio personaje para combatirlo en el ring de la política-catch (mucho más extrema que la política-espectáculo a la que ya estábamos acostumbrados)?
Como el mismo Díaz afirma: “¿Quién me iba a decir en aquellas mañanas de los noventa que el Pressing Catch me terminaría sirviendo de excusa para hacer una crítica a la ideología y para tratar de comprender algunas razones del porqué y cómo un tipo como Donald Trump ha podido ganar las elecciones en un país como los Estados Unidos?”. Sin embargo, nunca hay que subestimar la mirada infantil de un fan: puede ser reveladora.
Ruben Díaz

Hace tiempo que llevo dándole vueltas a una idea que se hace cada vez más obvia: Donald Trump es un gimmick llamado Donald Trump. ¿Os acordáis del Pressing Catch y el inconfundible estilo de Héctor del Mar animando los combates de tipos como El Último Guerrero, Terremoto Earthquake, Los Sacamantecas, Hulk Hogan, Tito Santana, El Enterrador, André el Gigante o El hombre del millón de dólares? Todos esos tipos eran gimmicks, personajes, caricaturas que llevaban al extremo el espectáculo de la lucha libre. Porque de eso iba todo aquello: de llevar las cosas al extremo.

Aquellas mañanas de Pressing Catch televisivo recuperaban en realidad una tradición de espectáculos en vivo y en directo que los niños de entonces no habíamos conocido, y que nuestros padres casi no recordaban: las veladas de catch (lucha libre) de los cincuenta y sesenta. En aquellos mismos años, un escritor francés llamado Roland Barthes observó que tras este espectáculo de la caricatura y el exceso se hallaba una representación simplificada y despolitizada de los relatos que daban sentido a su tiempo. Lo que obsesionaba a Barthes a lo largo de sus Mitologías (un clásico que reúne artículos sobre el catch, el strip-tease, los juguetes, los marcianos o el bistec y las papas fritas, entre otros) era precisamente desmontar —desmitificar— la normalización de unas representaciones-imágenes que tienen siempre un origen ideológico, es decir, que obedecen a una construcción histórica, cultural, y no a una esencia natural. Quién me iba a decir en aquellas mañanas de los noventa que el Pressing Catch me terminaría sirviendo de excusa para hacer una crítica a la ideología y para tratar de comprender algunas razones del porqué y cómo un tipo como Donald Trump ha podido ganar las elecciones en un país como los Estados Unidos.

En los noventa, Telecinco adquirió los derechos de emisión para España de la productora WWF (hoy WWE, World Wrestling Entertainment, Inc.), la empresa más grande del mundo dedicada a la producción y explotación de espectáculos y productos derivados de lucha libre. Tanto es así que las acciones de su millonario propietario, Vincent McMahon, cotizan en la Bolsa de Nueva York. El negocio de la lucha libre mueve millones de dólares cada año, además de otros tantos espectadores, y no es necesario recordar que allá donde hay mucha pasta y grandes audiencias en EEUU suele estar Donald Trump. El nuevo presidente es, efectivamente, un viejo conocido del mundo del wrestling: a finales de los ochenta fue el anfitrión de dos ediciones de WrestleMania —el evento anual más importante de la WWE— que se celebraron consecutivamente (1988 y 1989) en su hotel-casino de Atlantic City, el Plaza Trump. Y no es ninguna locura afirmar que la carrera hacia la Casa Blanca de Donald Trump es indisociable de la construcción de un personaje diseñado para dar espectáculo al estilo de la WWE.

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El código de la pantomima

La lucha libre no es un deporte. Es un espectáculo. Más concretamente, es un espectáculo carnavalesco, donde los excesos de sus personajes y sus tramas están al servicio de la transgresión de toda regla y la suspensión de cualquier autoridad. Los nombres de los luchadores, sus cuerpos, sus ropas, sus gestos, sus palabras, sus acciones: todo es excesivo y ostentoso porque cada elemento debe saltar a la vista claramente, debe ser fácilmente comprendido sobre la marcha por todos los espectadores. Así, todo es evidente en la narrativa de la lucha libre: cuando los luchadores se retan verbalmente antes del combate, no se interrumpen. Estoicos, cada uno aguanta todo lo que el otro tiene que decirle y disciplinadamente aguarda su turno, sabiendo que podrá despacharse a gusto. Cuando un luchador cae sobre la lona no trata de zafarse de su adversario de inmediato, sino que alarga su propio sufrimiento a propósito, tanto como el otro luchador demora su remate, y así los espectadores tienen tiempo de ver y disfrutar enloquecidos toda la secuencia.

Las llaves y artimañas para vencer —y a menudo humillar al contrario, porque el catch es una historia entre el bien y el mal, una caricatura de las pasiones humanas— se preparan minuciosamente para el regocijo de los espectadores, cuyos gritos y excitación nunca son suficientes para librar al luchador favorito del ataque de su adversario. Ese sufrimiento del bueno es necesario para luego disfrutar de la venganza de los que la merecen. El combate nunca es justo, porque la formalidad y el respeto a las reglas haría morir de aburrimiento al público. El camino hacia la catarsis final incluye necesariamente el perfeccionamiento de la deslealtad. La irritación y la indignación del público a lo largo del combate obtiene la esperada recompensa final: la naturaleza unívoca de la justicia, sin contradicciones, “el gesto puro que separa el bien del mal y revela la figura de una justicia finalmente inteligible”, escribirá Barthes. Y en esta pantomima no hay lugar para la imaginación, porque todo está ya imaginado. El público acumula a lo largo de la contienda una serie de convenidas y ansiadas sorpresas que se renuevan episódicamente, una suma de breves espectáculos que conforma una iconografía comprensible. La virtud de la lucha libre es la complicidad con que trata a su audiencia, a quien nunca defrauda.

Y sí, en la lucha libre todo es sobreactuado porque todo es falso. Pero al público eso no le importa porque el placer de la lucha libre no está en lo que se cree, sino en lo que se ve. En un combate de catch el público no busca la autenticidad, sino la imagen de la autenticidad, el espectáculo de la autenticidad: su representación simplificada. Para ello, en la lucha es fundamental que, como los personajes de la comedia del arte italiana, los luchadores estén claramente codificados y regidos por tramas de perogrullo. Como Pantalone o Il Dottore, los personajes que encarnan los luchadores son caricaturas.

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Un gimnick llamado Donald Trump

En el universo de la WWE, Donald Trump es un gimmick llamado Donald Trump. Como miembro del Salón de la Fama de la WWE, en la sección Superstars de la web oficial se dice de él que es “un cautivador millonario que lucha en la sala de reuniones con la misma agresividad que en el cuadrilátero. Es un icono de la cultura pop que ha paseado su sonrisa de superioridad por programas de televisión de éxito e innumerables portadas de revistas. Por encima de todo, es un declarado macho alfa (sic) cuyo mayor placer reside en pronunciar dos palabras: ¡Estás despedido!”. Tanto la sala de reuniones como el grito You’re fired! son guiños transmedia al reality The Apprentice, un concurso televisivo con audiencias masivas, varias veces nominado a los premios Emmy, en donde una serie de aspirantes compiten desde 2004 por un premio de 250.000 dólares y un contrato para dirigir una de las empresas de Trump.

Una biografía ostentosa se combina con un nombre, un físico y un comportamiento a la altura: la palabra Trump significa “triunfo”, está grabada en letras gigantes de oro en los rascacielos de las ciudades más grandes del mundo, su pelo está ridículamente oxigenado, la blancura de sus dientes es demasiado blanca, el moreno de su piel es anaranjado, su racismo es tan exacerbado que su propia esposa es extranjera, su falta de respeto y su machismo “grab us by the pussy”, y sus propuestas políticas parecen las de un auténtico loco… todo forma parte de un Donald Trump indistinguible de su obsceno y camaleónico avatar que le permite hacer de promotor inmobiliario, de promotor de lucha libre, de jefe implacable en un reality y hasta de político republicano —quizá habría alcanzado la perfección siendo el candidato demócrata— que, llevado a sus últimas consecuencias, protagoniza un escalofriante spinoff en la reciente carrera presidencial.

Todo este espectáculo de mutaciones es también parte de la gramática del mito de la lucha libre: las transiciones de un personaje a otro encarnado por la misma persona. Trump hace lo mismo que John Cena, uno de los luchadores más famosos, que ha peleado como un Marine encantador o como un rapero arrogante, dependiendo de la ocasión. Los luchadores son en realidad franquicias que, en el caso de Donald Trump, maneja él mismo. Son productos industriales que dependen de sus audiencias, y lo normal es que tengan varios gimmicks durante su carrera. Son máscaras que hacen dinero. Y hemos comprobado que también pueden ganar elecciones.

A diferencia de la corrección política —que procura a toda costa atemperar palabras y gestos, ocultar aquello que pueda resultar ofensivo—, la función del mito es la de mostrar las cosas claramente: “las cosas como son”. Como una caricatura que exagera hasta el paroxismo los rasgos más característicos del retratado, el personaje construido por Trump (su carne hecha imagen) se muestra en plenitud, ostentosamente, obscenamente, pornográficamente.

Ese hacer ver que ofrece el espectáculo de la lucha libre, que pone en práctica Donald Trump hasta sus extremos, más que explicar, nos permite comprobar su naturaleza: como el voyeur que necesita desesperadamente ver aquello que espera ver, el show nos permite comprobar que ya sabíamos el final de la película, que efectivamente las “cosas son como son”, que “no hay ni trampa ni cartón”, y que por fin se habló claro. Todo es tan evidente y tan previsible en la lucha libre, y todo está tan empaquetado, es tal el confort que al final de la emoción y el caos que ofrece la pelea nos aguarda la ansiada certeza. La lucha libre nos promete la calma, el regreso a una normalidad que se presenta en su forma más pura y eterna. Toda la transgresión, los trucos sucios, las trampas y demás artimañas que vemos a lo largo de la pelea son momentáneas porque suceden en el código de lo burlesco, lo carnavalesco, lo circense. La normalización que produce el mito del catch se fundamenta precisamente en que sabemos que el combate se acaba: que la fiesta termina. ¿Quién puede resistirse a la certeza y plenitud del mito frente a la decepcionante verdad?

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Cuando quien gana es el supervillano

No hay luchador carismático que se precie que no tenga un archienemigo con el que desafiarse. ¿Se acuerdan de Vincent McMahon? El millonario propietario de la WWE también es, por supuesto, una franquicia de su propio negocio. En enero 2007, Donald Trump pasaría a ser el chico malo más querido de la WWE interrumpiendo la “Fan Appreciation Night” de Mr. McMahon. Este, visiblemente enfurecido ante la afrenta, desafió a Trump a una “Batalla de los billonarios” en la vigesimotercera edición de WrestleMania. El perdedor del combate acabaría con la cabeza afeitada al cero. Así fue como terminó el episodio: el mismísimo Donald Trump haciendo de Hulk Hogan (no es de extrañar que Hogan haya sido una de las pocas celebridades que ha querido mostrarle su apoyo públicamente). Y así fue como verdaderamente dio comienzo la campaña política de Trump. Un vez humillado McMahon, el turno era para Bernie Sanders (y su gimmick asignado por Trump, “el viejo amigo comunista”) y Hillary Clinton (la “nasty woman” que él mismo se encargará de enviar a prisión). Por cierto, justo esa narrativa en la que se insertan sus códigos (la exageración y el desparrame) hacen que haya sido perfecto para convertirlo en carne de meme (a favor de sí mismo).

El éxito de Trump, la clave que le ha llevado a la Casa Blanca ha sido convertir a sus adversarios políticos en personajes de un universo en el que él, por ahora, es el ganador (con el permiso de Snoop Dog). Puede que el fracaso de Sanders o Clinton haya sido no saber construir su propio personaje para combatirlo en el ring de la política-catch (mucho más extrema que la política-espectáculo a la que ya estábamos acostumbrados). Tanto el exceso en las formas (las burlas o las obscenidades como el “grab her from the pussy”) como el uso indiscriminado de artimañas para desmontar el discurso del contrario (las amenazas, las mentiras, los bulos, los rumores, las interrupciones en los debates..) lo han ido haciendo cada vez más fuerte ante la excitación de un público más indignado por los aguafiestas que trataban de demostrar que el espectáculo era una farsa que por los propios abusos de Trump. Recuerden: cada participante del espectáculo ha de comportarse exactamente como se espera que se comporte. Sanders y Clinton quizás defraudaron porque no quisieron forman parte del espectáculo. Y al luchador, como al político que se sube al ring, ni se le premia por su franqueza ni se le castiga por sus actos. Se le rechaza si se esconde. Se le admira si deja ver todos su trucos.

El mito de la lucha libre no es obra de Donald Trump, claro. El mismo Barack Obama era casi una caricatura perfecta: el primer presidente negro, el yerno perfecto, el marido perfecto, el primer luchador Premio Nobel de la Paz. Hace cinco años Donald Trump intentó jugársela a Obama tratando de desmontar su gimmick mediante el rumor de que el presidente no había nacido en Hawai, sino en Kenia. Hay que reconocer que fue un movimiento espectacular. La Casa Blanca se apresuró en mostrar el certificado de nacimiento de Obama, supongo que con la convicción de que un documento legal sería más fuerte que la ignominia de Trump. Pero nada más aburrido para el público que la legalidad, la formalidad y el respeto a las reglas. ¿Cómo consiguió Obama verdaderamente contrarrestar el golpe de su archienemigo Trump y recuperar el destino de su personaje? Esperó a la cena de corresponsales, lo más cerca de una “Fan Appreciation Night” o una edición de WrestleMania que se puede permitir protagonizar un presidente (al menos hasta entonces), se aseguró de que su oponente estaría allí, delante de todos, que miles de personas estarían viendo la televisión, y entonces, sólo entonces, usó la transgresión y la imaginación para humillar y ridiculizar a su contrario, para tomarse la venganza que, en el fondo, la mayoría de los espectadores, incluso los que se habían excitado con la idea de Obama no fuera realmente americano, estaban esperando: la venganza que cerraría la velada y daría por terminada la fiesta. Un gesto que no podía defraudar, una respuesta “a la altura de las circunstancias”: el famoso vídeo del nacimiento de Obama en exclusiva. Normalizar es gobernar. Su avatar era de nuevo suyo. Y así ha seguido actuando otras noches frente a Trump, que nunca consiguió derrumbar a su oponente.

En la estructura episódica del mito de la lucha libre, como en la telenovela, es posible que estemos ante un impasse en que el malo se ha salido con la suya. Ahora tiene por delante un tiempo precioso para perfeccionar su deslealtad, para no defraudar en su papel de malo, de supervillano. Tras ganar las elecciones, Trump se apresuró en celebrar de forma excesiva la muerte de Fidel Castro (“Fidel Castro is dead!”), ese gimmick revolucionario que con el tiempo mutó al personaje de abuelo en chándal. El rojo comunista nunca falta en el imaginario de la lucha libre. Y desde que ha entrado en la Casa Blanca no podemos decir que haya decepcionado: ha colgado el teléfono al presidente australiano por considerar una estupidez un acuerdo previamente alcanzado con la anterior administración, ha vetado la entrada a EEUU de refugiados e inmigrantes de varios países de mayoría musulmana, ha demorado el anuncio de los nombres de su equipo como si fuera un programa de entretenimiento, ha amenazado a la Universidad de Berkeley con suspender las ayudas federales como respuesta a unas protestas, y ha retado a México a enviar tropas para hacerse cargo de los “bad hombres”. Gobierna sin complejos a golpe de tuits. Ahora leo que se enfrenta al mismísimo Terminator.

Está por ver si es posible re-politizar la esfera pública norteamericana, que ha mutado de plató a ring en apenas en unos meses. Está por ver también si es posible desmitificar sin re-caricaturizar (lo que sería, de algún modo, normalizar a Trump). Está por ver si, como ha pasado a menudo con otros fenómenos culturales (y como Vicente Verdú nos advertía en su Planeta Americano hace ya una década), el resto del mundo no termina siendo una parodia de los Estados Unidos. Mientras tanto, hagamos como dijo el propio Roland Barthes, reclamemos vivir plenamente la contradicción de nuestro tiempo, que puede hacer de un sarcasmo la condición de la verdad.

* Desde hace seis años, Rubén Díaz da clases a universitarios estadounidenses que pasan uno o dos semestres en España (en la Universidad Pablo de Olavide). Imparte diversos cursos en torno a los Media Studies, cultura visual, cultura digital, etc. El semestre pasado vivió con ellos su frustración y su incomprensión por lo que estaba pasando en su país con las elecciones (y la autocensura en algunos de ellos que sí apoyaban a a Trump). Y en este semestre cuenta que nadie en los cuatro cursos que tiene (con 75 estudiantes repartidos entre ellos) se atreve a dar su opinión abiertamente aunque no haya clase en la que no se mencione a Trump. Convivir con los estudiantes estadounidenses cada día, y leer con ellos a autores como Barthes y textos como “El mundo del catch”, son el origen de esta reflexión.