Existe un viejo restaurante al lado de la plaza Tahrir que estaba siempre abarrotado durante las protestas de 2011, y hoy está vacío y medio cerrado. Wiam El-Tamami, acompañada de sus amigos Hani y Hala, hace un recorrido por escenarios como este para contarnos lo que fue, y está siendo, Egipto desde entonces: a la vez un país en el que cualquiera puede ir a la cárcel, torturado o desaparecido y un país en el que ha surgido un “nosotros colectivo” capaz de recolectar una enorme suma de dinero para liberar a los detenidos en un hermoso acto de desafío; un país desbordante de vitalidad en el que las transformaciones personales y la creatividad artística están a la orden del día y un país desilusionado y temeroso, cínico y agotado; un país en el que se han roto los diques y una ola represiva intenta contener una ola de energía y disconformidad.  “La vida sigue como una resistencia a la erradicación de la vida”, como dice Wiam.
Wiam El-Tamami es escritora, editora y traductora. Ha vivido en Egipto, Vietnam, Inglaterra y Kuwait, y actualmente reside en Estambul.
Wiam El-Tamami

Situación actual

Quería, en primer lugar, daros las gracias por vuestras preguntas. Quedamos impresionados por la reflexión profunda y minuciosa que desprenden, y la forma en que implícitamente parecen trazar una trayectoria que nos refiere íntimamente a los acontecimientos aquí en Egipto, y que no percibíamos que hubiese podido compartirse por otros ‘movimientos de las plazas ‘.

Las preguntas en sí -incluso antes de empezar a intentar una respuesta- nos dieron un sentido de la perspectiva global, y nos hizo sentir menos solos.

He leído las preguntas con dos de mis amigos de más confianza en El Cairo, con los que he compartido todos los acontecimientos de los últimos años desde que nuestra vida diese un vuelco en 2011.

Hani, de 35 años, es un ingeniero químico al que conocí en la plaza Tahrir poco después de la caída de Mubarak. Pocos años antes de la insurrección, ya se había interesado en política y empezó a ser activo en 2010, un año antes; pero el levantamiento lo convirtió en pasión y en una vocación y se unió a dos partidos políticos. Hala, de 55 años, es botánica, conservacionista, y ex profesora universitaria, que renunció a su trabajo a tiempo completo poco después de comenzar la rebelión y dio rienda suelta a sus muchos otros talentos: ahora, entre otras cosas, es una activista de la soberanía y derechos alimentarios y consultora, cocinera vegetariana y especializada en catering, diseñadora con su propia línea de ropa hecha de materiales reciclados/inusuales/locales descubiertos en sus viajes, y profesora de yoga que recientemente abrió su propio estudio en el centro de El Cairo.

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Le leí las preguntas a Hani, mientras paseábamos por el centro de El Cairo. Por un momento, en broma, pensamos en sentarnos en un ahwa (una cafetería), pero sabíamos que no sería el mejor lugar para discutir cuestiones como éstas. Pasamos Bursa, una calle de adoquines que solía estar llena de ahwas, con shishas para fumar y vasos de té y animadas discusiones acerca de todo lo que sucedía en el país; ahora han vaciado la calle completamente de estos cafés. Hani dijo que era deprimente, y apretó el paso. Han detenido a muchas personas cuando estaban simplemente sentadas en los cafés o incluso caminando por las calles del centro.

Finalmente nos sentamos en Felfela: a un par de calles de la plaza Tahrir, este viejo restaurante mal ventilado, una institución en la zona céntrica que solían frecuentar locales y turistas, había sido nuestro lugar de encuentro en esos primeros meses de protestas, abarrotada de gente que cogía un descanso de Tahrir para tomar un bocado o una copa después de marchas que duraban horas.

Felfela estaba sombrío, con pocas mesas ocupadas y la sala en el interior estaba ahora cerrada debido a que ya no vienen turistas a Egipto. Hani señaló a un camarero de pie en la esquina, preguntando si todavía me acordaba de él. Sí -lo había mencionado en un artículo que escribí durante la violenta segunda oleada de la revuelta, una semana de enfrentamientos entre manifestantes y la policía en la calle Mohamed Mahmud en noviembre de 2011. Un día de esa semana llegamos a Felfela y nos sorprendió ver a ese camarero, más joven que los otros, con un signo revelador en su cara de que él también había participado en esa confrontación violenta con la policía, en la que murieron cientos de jóvenes manifestantes: “Un camarero que conocíamos, con un torso erguido y una delgadez lobuna, tenía pequeños agujeros oscuros en la cara. Perdigones, que ya habíamos aprendido a reconocer. No podía imaginarlo sin su formal uniforme blanco y negro. Traté de imaginarlo lanzando piedras”. Y allí estaba, todavía aquí, después de todo lo que había sucedido.

Represión

Efectivamente ha habido una contrarrevolución. La represión ha vuelto con toda su fuerza, peor que todo lo presenciado antes del levantamiento, durante la era Mubarak, peor que cualquier cosa que nuestra generación haya visto anteriormente.

Autor: Ali Mustafa

Autor: Ali Mustafa*

Estábamos intrigados por vuestra pregunta sobre si ha habido “nuevas formas de represión”. La respuesta de Hani fue: “Bueno, la represión es siempre la misma, ¿no es así? Encarcelas a la gente, torturas a la gente, matas a la gente”

En realidad, el régimen que tomó el poder con el golpe militar de 2013 ha estado haciendo todo lo anterior con impunidad. Según Human Rights Watch, “las autoridades han prohibido de hecho las protestas, encarcelado a decenas de miles, a menudo después de juicios injustos, y han ilegalizado al mayor grupo opositor del país, a los Hermanos Musulmanes. Una aplastante ley antiterrorista ha ampliado los poderes de las autoridades. Los agentes de seguridad nacional ejercen la tortura y las desapariciones forzadas, y muchos detenidos han muerto bajo custodia por el maltrato. El gobierno continúa investigando a las ONGs independientes y juzgando a periodistas”.

Y los golpes son cada vez más demenciales. Giulio Regeni, un italiano, estudiante de doctorado de Cambridge, que estaba haciendo una labor de investigación sobre los sindicatos egipcios, desapareció en El Cairo el 25 de enero de este año, el quinto aniversario del levantamiento. Su cuerpo fue encontrado nueve días más tarde en una cuneta. Le habían quemado, torturado brutalmente y mutilado. Un asesinato que tiene todas las características de las fuerzas de seguridad egipcias. Después de muchas historias extrañas e incoherentes, las autoridades hicieron lo que parecía ser otro intento fallido de encubrimiento: matar a 5 hombres egipcios en un tiroteo, alegando que eran una “banda” que había matado a Regeni. Y cuando los miembros de las familias de los asesinados hablaron a la prensa, señalando con el dedo a las fuerzas de seguridad nacional, detuvieron a los familiares (como también detuvieron al asesor legal de la familia Regeni).

En abril, Abdel Fatah al-Sisi firmó un acuerdo para transferir dos islas del Mar Rojo a Arabia Saudita, lo que provocó una ola de protestas. Hubo una ofensiva policial en la que detuvieron a 1300 personas en el espacio de dos semanas, en redadas al azar por calles y cafés, así como visitas a domicilio y detenciones selectivas, entre ellos el destacado defensor de los derechos humanos Malek Adly. En mayo, la policía irrumpió en el Sindicato de Prensa por primera vez desde su creación en 1941, golpeando a los guardias de seguridad y deteniendo a dos periodistas. Los periodistas respondieron organizando una reunión de miles de personas en el Sindicato, para pedir la liberación de todos los periodistas encarcelados y la destitución del ministro del Interior. Fue una declaración enérgica pero, a finales del mismo mes, el jefe mismo del Sindicato de Prensa fue detenido, junto con dos colegas, en lo que Amnistía Internacional denominó “el ataque más descarado a los medios de comunicación vivido en el país en las últimas décadas… [Que] indica la peligrosa escalada de represión draconiana de las autoridades egipcias a la libertad de expresión y pone de manifiesto las medidas extremas que las autoridades están dispuestas a tomar con el fin de reforzar su férreo control del poder”.

Hace unos días participé en una conversación en el que alguien estaba diciendo, así de paso, que “cualquier persona interesada en asuntos públicos debe prepararse a la posibilidad de la cárcel. Hasta tal punto es ahora una posibilidad”. Hablaba de la detención de su propia hermana y de la ‘logística’ que hace unas prisiones mejores que otras, cómo sobornar a los guardias, recibir paquetes, conseguir una llamada telefónica, etc. Ahora todo ello es parte del vocabulario de nuestra experiencia.

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Y ahora pienso, mientras escribo esto, cómo el nacionalismo se ha convertido en un instrumento para la represión. Desde el golpe militar, el discurso ha consistido casi totalmente en “O estás con nosotros o estás contra Egipto. Si no estás con nosotros, tienes intenciones terroristas de destruir este país”. Pienso en cómo se desplegaron los medios para romper el movimiento, para abrir brechas tras el frente unido de Tahrir, creando divisiones y convirtiéndolas a continuación en polarización extrema.

Hacia finales de 2011, el ejército comenzó a erigir muros compuestos de bloques de piedra bruta por el centro de El Cairo, para bloquear las principales calles y, por tanto, supuestamente, detener el flujo de las protestas; la gente reaccionó pintando los muros con magnífico arte callejero, en un acto de desafío creativo. Luego, construyeron una enorme barrera con una verja de hierro para cerrar la calle Qasr el-Ainy, una de las arterias principales. Las autoridades, muy inteligentemente, decidieron pintar esa barrera con los colores de la bandera egipcia. Algunos especularon que esto se hizo con el fin de disuadir a los artistas de calle, ya que la pena por profanar la bandera sería mucho más pesada que la de la de pintar una pared.

Autor: Ali Mustafa

Autor: Ali Mustafa*

Y lo mismo ocurre con el discurso de este régimen militar, cuyo mensaje central es Masr fo’ el gamee’ (“Egipto está por encima de todos”). Durante sus muchos y cada vez más megalómanos discursos, Sisi a menudo expone, con esa voz suya suave y escalofriante, cómo hace todo esto por el bien de Egipto y que todos hemos de dejar a un lado nuestras pequeñas necesidades y deseos por el bien de Egipto, y que entre nosotros hay algunos que pretenden destruir Egipto, por lo que no debemos escucharles, sino asegurarnos de entregarlos a las autoridades, etc.

¿Nuevas formas de represión? Tal vez los nuevos medios de vigilancia. En la actualidad existe el riesgo de que te detengan por una publicación en las redes sociales. Quizás el caso más notorio al respecto ha sido la de un estudiante de 22 años de edad, Amr Nohan, que fue detenido y condenado a 3 años de cárcel por usar photoshop poniendo orejas de Mickey Mouse en una imagen de Sisi. La imagen, por supuesto, se hizo viral.

[Nos sorprendió, por cierto, que no hubiese preguntas específicas acerca de las redes sociales, que han sido un elemento crucial en estos movimientos, en Egipto y en otros lugares.]

Pero aquí también Hani tiene un punto de vista más positivo: esta enorme ola de represión sin precedentes es una reacción salvaje y brutal de pánico aparente a una enorme ola de energía y disconformidad sin precedentes que hacen lo posible por reprimir. Tratan de que todo vuelva a la zona cero, a la zona pantanosa de estancamiento y letargo que era la situación general en Egipto antes de 2005. Y, a pesar de sus mejores esfuerzos, creemos que no pueden sino fracasar.

Miedo

La cuestión del miedo es muy interesante. Sí, en muchos sentidos, el miedo ha sido reintroducido, inculcado en la sociedad.

Hay varias capas o aspectos del miedo. Sobre todo para los que participaron en el levantamiento, sus vidas y sus libertades parecen estar en riesgo, más que nunca anteriormente. La carga psicológica que muchos padecen es inmensa; muchos parecen estar cediendo ante su peso. El sentimiento colectivo de gran fracaso, la pérdida y destrucción de nuestros –vistos desde ahora, aparentes– sueños de juventud, nuestra audacia al creer que las cosas podrían ser diferentes, es paralizante.

Aparte de esta sensación de inseguridad personal y miedo, también existe un estado general de inseguridad y temor en la que toda la sociedad parece estar sumida en el momento actual. En medio de una economía en ruinas, de la amenaza del terrorismo, de una región donde muchos Estados parecen estar haciendo implosión, hay un pánico latente, subyacente, de que Egipto también sobrepasará los límites, se hundirá en un caos del que no habrá retorno y, por supuesto, el régimen se beneficia de ello. Sigue jugando con esa sensación de pánico para mantener su control sobre el país. Esto supone un estancamiento político para el que no parece haber actualmente ninguna solución, ya que creo que la gente en general no quiere hacer nada que pueda desestabilizar aún más el país, y no parece haber otra alternativa hoy en día salvo nuestras queridas fuerzas armadas, sólidas como una roca.

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Mi temor personal: no iría a una protesta ahora. El riesgo es demasiado elevado. Trato de decirme que mi batalla está en otra parte, y de hecho lo está. Y sin embargo, no puedo decir que no crea que sea todavía importante que algunas batallas se expresen en las calles y los otros, los que todavía se atreven, están pagando un alto precio por mantenerlas.

De las personas que fueron detenidas en las protestas de las “islas” el mes pasado, 33 fueron condenadas a 2 años de cárcel, y 47 a 5 años de cárcel. Por participar en una protesta.

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Y, sin embargo, en algún momento de 2011 y en los meses y años posteriores, se rompió un dique. No se puede erigir otra barrera en su lugar y pretender que no ha pasado nada. No puedes hacer que la gente no vea lo que ha visto.

Junto con el miedo antes mencionado, hay una conciencia -incluso un sentido de legitimación- que no puede simplemente apagarse.

Autor: Ali Mustafa

Autor: Ali Mustafa*

Nuestros horizontes se han ampliado más allá de cualquier posibilidad de “arreglo”. A través del levantamiento, ha surgido un “nosotros” colectivo que no sabíamos que existía y estas esferas sociales ampliadas siguen sosteniéndose a través de las redes sociales. Somos capaces de seguir, conocer, interactuar y hacer campaña y sentirnos responsables de tantos a los que consideramos “nuestros”: nuestros compañeros, nuestros detenidos, los secuestrados y asesinados, desaparecidos y puestos en libertad. (Como señaló Hani, esto también puede ser tan enormemente agotador y extenuante que no se sabe si seremos “humanamente capaces” de atenderlos y llevar las cargas de tantos, sobre todo en un momento de crisis)

Aparte de esto -y no sólo para aquellos que estuvieron directamente involucrados en el levantamiento–, se han desvelado las posibilidades y alternativas contenidas en la caja Pandora, tantas voces y críticas de cualquier discurso hegemónico que el Estado desearía imponer, tantas ideas, proyectos y recursos, un sinfín de destellos en lugares más allá de la vida de cada uno, de círculos conocidos y del país. Tantos mundos.

No se puede colmar esta toma de conciencia con promesas vacías. La subida de precios, la inflación, la desintegración de la economía, la huida del turismo… cada día hay una nueva crisis, una nueva catástrofe en las noticias locales. A pesar del estancamiento político antes mencionado, la sociedad en general va aceptando que se critique a Sisi, que en el pasado fue exaltado como alguien irreprochable; y los rumores van en aumento.

“Conocemos el camino de vuelta a las calles…”. Mi impresión es que la idea de manifestarse, de hacer huelgas, de actuar colectivamente, de expresar objeciones, aunque no tan activamente como lo fue hace unos años, se ha incorporado ya en la sociedad y está siendo utilizado por diferentes comunidades en diferentes contextos. Reflexionando con Hani sobre los últimos ejemplos, él citó tres casos -uno en Luxor y dos en diferentes barrios populares en El Cairo- de violencia policial contra un vecino, a lo que los residentes en la zona respondieron levantándose en masa contra la policía. Un ejemplo es el de Darb al-Ahmar, donde un policía mató de un disparo a un joven conductor de tuk-tuk (moto-coche), supuestamente por una discusión sobre la tarifa. Todo el barrio se encendió, con la gente manifestándose furiosa frente a la Dirección de Seguridad y usando las consignas del levantamiento (como ‘baltagiya el-dakhliya / las fuerzas de seguridad son unos matones’). Fue particularmente curioso, señaló Hani, porque no fueron necesariamente las áreas que se sabía que eran pro-cambio durante el levantamiento.

La acción colectiva parece haberse convertido en un instrumento más accesible en el vocabulario público. Desde las continuas huelgas en las fábricas, a la campaña para boicotear el pago de las facturas de electricidad durante los masivos cortes de energía de 2013-2014, a una huelga de taxistas de este año para protestar contra las aplicaciones de transporte compartido Uber y Careem que invadían el mercado. Otro ejemplo reciente y bastante inusual es el de Khaled Ali -un prominente abogado disidente y activista que se presentó a la carrera presidencial de 2012- que presentó una demanda para impugnar la transferencia de dos islas, Tirán y Sanafir, a Arabia Saudí. Todos pensamos que era un caso imposible, especialmente por la dificultad de encontrar los documentos que demostrasen la soberanía egipcia sobre las islas -hasta que pidió ayuda a la población y comenzaron a llover en todas las direcciones documentos enviados por cientos de ciudadanos, lo que ayudó a reforzar el caso. El Consejo de Estado se negó entonces a apoyar la transferencia de las islas, y el caso está bajo revisión: “sigue siendo un gran desafío y todas las posibilidades siguen abiertas”, dice Ali.

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Junto con el miedo, hay un enorme desafío.

El humor ha sido uno de los elementos fundamentales de nuestro levantamiento desde el principio. No es de extrañar, ya que es parte integral de esta cultura: a los egipcios se les conoce como los cómicos de Oriente Medio. Pero continúo sorprendiéndome por el incesante torrente de chistes ingeniosos y bromas a las que se da rienda suelta en las redes sociales, incluso en días oscuros como estos, también -y sobre todo- después de un desastre. Recuerdo una ocasión en que lo describí de la siguiente manera: “Después de cada giro absurdo, los chistes comenzarían a surgir como una exhalación colectiva para alzar el cielo nuevamente a su lugar”.

Con la actual represión sobre cualquier forma de disidencia, hay menos expresiones de este tipo en esferas más públicas que los medios sociales, pero sigue habiendo ejemplos notorios. Atfal Shaware (Niños de la Calle) es un grupo de seis jóvenes amigos que grabaron triviales vídeos satíricos con la cámara del teléfono móvil, estilo selfie, burlándose de las normas sociales, del gobierno, del fervor nacionalista, e incluso, con más audacia, del propio Sisi, y las subieron a YouTube. Los detuvieron el mes pasado. A la detención le siguió una amplia campaña en las redes sociales, con gente que se hacía fotos con sus móviles delante de la cara, dirigiendo un reto desafiante al general mismo: “¿Le asusta la cámara del teléfono móvil”?

Los días previos al 25 de enero de 2016, el aniversario del levantamiento, la policía realizó una oleada de detenciones y visitas domiciliarias, en un intento de disuadir a cualquiera de pensar siquiera en salir a las calles. Frustrados por la imposibilidad de salir o pasar a la acción en modo alguno, un joven comediante infló condones para que pareciesen globos y los presentó a la policía que cubría la plaza Tahrir, a los que rodeaban escasos “ciudadanos honorables” pro-régimen ondeando banderas y entonando canciones nacionalistas. Les dijo que eran “un regalo del pueblo” para “celebrar el Día de la Policía.” [El levantamiento del 25 de enero fue deliberadamente planeado para ese día porque su semilla inicial fue una protesta contra la brutalidad policial].

Después de que subiese el vídeo a YouTube, la reacción en contra de este comediante otrora popular fue enorme, incluyendo su despido del show televisivo en el que aparecía en horario de máxima y amenazas a su seguridad personal. Pero de ahí pasó a publicar un estado de gran alcance en Facebook, que fue compartido y comentado por decenas de miles de personas. Comienza como un desafío: “¿Qué pasó? ¿Por qué os habéis enojado todos? Estoy de broma… Ni siquiera he disparado al ojo de un manifestante o arrastrado a una chica por la calle ni le he arrebatado su ropa…”. Continúa hablando de su participación en la revuelta, de toda la violencia de las fuerzas de seguridad de la que fue testigo y de su posterior sentimiento de depresión e impotencia; cómo la mayor parte de sus amigos se han hundido en un profundo silencio, tratando de olvidar. Afirma que no queremos ni podemos olvidar, y que, a pesar de estar completamente aterrorizado y de la sensación de que sus días fuera de la cárcel están contados, continuará haciendo lo que cree que es correcto. Cierra el estado diciendo “nos vemos en otro mundo en el que podamos ser libres, en el que podamos reír sin que nos metan en la cárcel”. Al final, no le detuvieron.

Sobre actos de desafío: Sanaa Seif, una activista de 22 años, acababa de salir de la cárcel en septiembre de 2015, después de cumplir 15 meses por participar en una protesta, pero esto no logró disuadirla de arriesgarse a que la detuvieran de nuevo emprendiendo una manifestación individual por las calles desiertas el 25 de enero de 2016: caminando sola, con audacia, en el quinto aniversario del levantamiento, volviendo sobre la ruta que los manifestantes habían tomado en ese día y muchos otros, de la mezquita de Mostafa Mahmoud a la plaza Tahrir, llevando un suéter en cuya parte posterior decía: “¡Todavía es la Revolución de Enero!”. Unos meses más tarde, cuando fue convocada para ser interrogada, acusada de incitación a manifestarse, se negó a responder a las preguntas del juez de instrucción. Le dijo que no participaría en esa ‘farsa’ y que todos los tribunales y fiscales seguían la voluntad del gobierno. Aturdido y ofendido, el investigador no le acusó de incitación; la acusó en cambio de insultar a un empleado del gobierno en el desempeño de sus funciones. En cuestión de días, Seif fue juzgada, declarada culpable y condenada a seis meses de prisión. Ella se negó a asistir al juicio y luego se negó a apelar el veredicto. El 14 de mayo, se entregó a las autoridades y ahora está cumpliendo su condena en una prisión en las afueras de El Cairo. “No es un acto de bravuconería. Ser encarcelado no es fácil y lo sé”, escribió Seif en su página de Facebook antes de entregarse.

¿Qué clase de libertad personal es esta? Un amigo publicó una foto del mar en Alejandría en Facebook, con un único pájaro volando alto por encima las olas, iluminado por un rayo de luz solar. La imagen era lo suficientemente bonita para pararme en ella, hasta que me di cuenta del pie de foto que le había dado: “Sanaa”.

Hubo otro acontecimiento increíble, un acto colectivo de desafío, la semana pasada. Se apeló el veredicto de 5 años de prisión para 47 personas detenidas en las protestas por las islas y en su lugar cada uno recibió una multa de 100.000 libras egipcias, que suma un total de 4.700.000 (aproximadamente unos 10.000 € cada uno, 470.000 € en total). Se trata de una enorme cantidad de dinero para Egipto. Y, sin embargo, los activistas se mostraron firmes en unirse y recolectar ese dinero para liberar a los detenidos. Esto se complicaba al no permitir las autoridades que se pudiese recopilar el dinero en una cuenta bancaria centralizada: se contactó con varios partidos políticos con este propósito, pero todos declinaron. Así comenzó una campaña de mano en mano, recogiendo pequeñas cantidades de dinero de miles de personas, de boca en boca y a través de mensajes en las redes sociales, y en una semana se había recogido la totalidad y todo el grupo de detenidos podía ser liberado.

Un día después del éxito de la campaña, otro grupo de 33 personas que habían sido condenadas a 2 años de prisión por la protesta de las islas, fue absuelto en apelación. La eufórica interpretación de mi madre (que bien pudiera ser cierta, pero vete a saber) es que las autoridades querían evitar dar a la gente otro motivo para juntarse.

Cuando pienso en ello me sigue sorprendiendo, especialmente la manera en que se consiguió, en esta acción clandestina, así como si nada, físicamente, de mano en mano, poco a poco, contra todo pronóstico. Como dijo Hani, somos todavía tantos los que deseamos un cambio en este país, somos tantos que sabemos que las cosas podrían ser diferentes. La victoria de la campaña de esta semana -ese juntarnos- parece haber vigorizado a muchos. Aunque actualmente no seamos capaces de organizar movimientos de masas en las calles, hay energía y movimiento en muchos otros ámbitos.

Las ausencias

El asunto de las ausencias es crucial. “¿Las grandes ausencias en estos movimientos (es decir, la ausencia de líderes, estructuras y programas) fueron ventajas o limitaciones?”

Hay muchas maneras de ver esto, pero es interesante la perspectiva de Hani de que el levantamiento buscaba en su esencia la “destrucción de ídolos y leyendas”. Interpreto esto como el aplastamiento, en su sentido más básico, el temor y la reverencia que rodea a la figura del líder. ¿Cuántas veces levantamos la vista durante una manifestación y vimos que la persona que gritaba en ese momento las consignas, que iban recorriendo la multitud por oleadas, era una niña de 12 años, o un niño, o cualquier persona, cualquiera? Independientemente de quienes fuesen, independientemente de su sexo / edad / clase y de todas las otras categorías que definen el nivel jerárquico en esta sociedad. Creo que el hecho de que el levantamiento no tuviese líder significaba que cada uno era un líder y esto suponía un sentido inconmensurable de empoderamiento personal. Lo que ha ocurrido ahora con este empoderamiento es una pregunta abierta, pero sí creo que no es algo que vaya a desaparecer con facilidad, que todavía se está expresando en la vida de muchas personas.

Mientras hablábamos en un contexto diferente, Hala mencionó un poema que yo había olvidado y que ahora me doy cuenta de que también puede relacionarse con esto. Salió de la revuelta, escrito por un joven llamado Ibrahim Moustafa, y más tarde se convirtió en una canción. Se llama Fulan el-Fulany, que literalmente significa “Fulano de tal”. El poema comienza:

Fulano de tal que estaba junto a mí ese día,

el día que comenzaron los disparos,

Fulano de tal cuyo nombre no sabía,

Y al que sólo llamé ‘primo mío’.

Y continúa contando cómo Fulano le dio el resto de su sándwich cuando tenía hambre; Fulano le te dio una manta y preguntó si había un espacio a su lado en el pavimento; Fulano empapó su bufanda en vinagre y le dio botellas para llenarlas con gasolina; Fulano de tal que nunca apareció en un programa de televisión, cuya voz sólo se escuchó en el corazón de las protestas; Fulano de tal cargó contigo el día que te dispararon…

Se tarda un par de líneas en entender que el poeta -él mismo un desconocido- no está hablando de una persona, sino de muchos, que este levantamiento fue todo de seres sin nombre, de pie uno al lado del otro. El hecho de que no hubiera líderes significaba sólo eso: todos éramos una sola persona, sólo uno. Éramos muchos y uno. Y lo hicimos nosotros mismos.

Iniciativas

Sobre la gran cantidad de iniciativas que nacieron en la plaza, Hani responde: “Sí, muchas se han desvanecido, pero el impulso de hacer algo está todavía muy vivo y se expresa en multitud de formas”. Se refería a la acción colectiva, juntarse para hacer algo: incluso algo que denomina “la idea por antonomasia”, el acto de generar ideas colectivamente, que Hani afirma que es actualmente todavía un impulso muy activo en su partido político. Mi tendencia es pensar en las cosas desde un punto de vista más personal, a nivel individual, y así también me parece que el impulso de hacer algo en la propia vida, para instaurar un cambio personal, ha sido un aspecto fundamental de este movimiento.

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Bebé egipcio protestando contra el Gobierno. Fuente: www.wikimedia.org

Es curioso que usemos esta palabra -“movimiento”- lo que significa también, sencillamente, movimiento, el acto de cambiar de lugar o posición, lo contrario de estático; es igual en árabe, haraka (y una palabra basada en la misma raíz, hiraak, se utiliza para describir la energía política, este toma y daca de vitalidad, debate y pensamiento, lucha, movimiento). Ahora que el movimiento se ha frustrado en muchos aspectos, con tanta violencia física y psicológica, muchas personas han quedado en un estado de trauma profundo, incluso de desesperación. Pero sí creo que cuando decimos “la revolución ha fracasado” estamos dejando de lado algo tan fundamental, tan delante de nuestras narices que ya no conseguimos verlo. Hemos perdido en muchos sentidos. Pero acordémonos de cómo era Egipto antes de 2005: una zona pantanosa de corrupción, estancamiento y pasividad. El sentimiento general era de inercia, que las cosas estaban en un punto muerto, sofocante; sentíamos como si nada fuese a cambiar y que no había voluntad de hacer nada al respecto. Que había muy pocas posibilidades.

Aunque hayan tratado de aplastar nuestro movimiento, y de aplastarnos, aunque estemos pasando por una fase de profunda desilusión y cinismo, aunque sintamos haber envejecido más allá de nuestra edad, hay todavía tanta energía, tanto movimiento, tanta lucha y vitalidad, a nivel personal, interno, así como a nivel colectivo. Y se está expresando de otras maneras, seguramente menos obvias.

Las formas de vida

El levantamiento fue un estallido que abrió la sociedad. Arrojó gran parte de su contenido a la esfera pública para que todos pudiéramos verlo: todos los males sociales, la hipocresía, violencia, prejuicios, fragmentación. Sobre todo en una sociedad como ésta, donde los buenos modales y la “corrección” social tienen prioridad en el sistema de valores comunes sobre la verdad, donde se hizo tanto ‘de tapadillo’. Es tanto lo que ha hecho erupción…

Creo que para muchos de los que participamos en el levantamiento, en medio de este confuso y loco alboroto, llegó un momento crucial de confrontación con uno mismo: ¿Quién soy? ¿Qué creo, en qué creo? ¿Quiénes son las personas que me rodean? ¿Cuál es mi relación con ellos, con la sociedad, con los códigos y jerarquías y sistemas de creencias? ¿Cuál es mi papel -y quién elijo ser- dentro de esta matriz social más grande?

Ha habido gran cantidad de dolorosos y laboriosos derribos; reconociendo y luego comenzando a despojarnos de cosas antes invisibles o que se daban por sentadas, incuestionables. Cuando llegó la revuelta, todo se sacudió. Yo y cada uno de mis amigos atravesamos enormes transformaciones personales: en nuestras vidas, en nuestros sistemas de creencias, amigos y familia, el trabajo, interiormente. Hubo mucho de lo que liberarse, de los vínculos de las ideas recibidas y limitaciones: la familia, la religión, los códigos sociales que rigen el comportamiento, la sexualidad, las trayectorias profesionales, etc. Se torpedeó todo tanto hasta hacerlo trozos y añicos que hemos tenido que recomponerlo en nueva imagen de cómo queríamos continuar a partir de ahí.

Salió mucho a relucir de las personas que nos rodeaban. Y cuando las cosas se pusieron difíciles, se revelaron diferencias irreconciliables en valores. Cuando matan a un grupo de gente y una persona reacciona celebrándolo y otra con el luto (marido y mujer, o el padre y la hija, o dos personas que pensaban que tenían lo suficiente en común para ser buenos amigos), ¿qué sucede a continuación? Hubo divorcios, distanciamiento y grandes rupturas en las familias. Hubo un divorcio dentro en mi grupo familiar: la mujer era partidaria de los Hermanos Musulmanes y su marido pro-ejército.

También hubo un sinfín de reconfiguraciones de otro tipo en las relaciones familiares. Veo la forma en que ahora mi primo pequeño se enfrenta a su padre y se le opone abiertamente en muchas decisiones cotidianas, sobre todo -y de manera especialmente clara y grosera- cuando se trata de un comentario sobre el levantamiento. Un nuevo amigo, con el que hablaba el otro día, dijo que llegó a sentirse muy próximo a sus hermanos después de la revolución, desde que comenzaron a ir juntos a las manifestaciones. En mi caso, al igual que otros que conozco, la relación con algunos miembros del grupo familiar se hizo algo tensa ahora; recuerdo una confrontación con mi tío, un militar, en el momento de la matanza de fútbol de Port Said, cuando dijo que “esa joven escoria se lo buscó” (escribí sobre ello aquí).

Muchas personas que conozco también tuvieron un gran cambio en sus carreras, dejando sus puestos de trabajo convencionales / en empresas, para hacer cosas más acordes con lo que son.

Curiosamente, también veo mucho de esto en Estambul. Desde que me trasladé allí hace dos años, he conocido a muchas personas en medio de un gran cambio en sus vidas. Gente que ha dejado sus puestos de trabajo de 9 a 5 y las vías convencionales para empezar a encontrar o crear un espacio alternativo para sí mismos, cuestionando sus principios, buscándose la vida fuera de la ciudad, tratando de vivir una vida más natural, una que se parezca más a quienes creen ser. Estoy convencida de que tiene que ver con el movimiento de Gezi.

Había mucho espacio para expresarse, expresarse, expresarse; a veces hasta que la voz se volvía estéril, sin aliento. La idea de expresarse era muy fuerte: exteriorizarlo todo, exponerlo, con tanto que había permanecido silenciado en una sociedad tan dualista… aunque no pretendo que todo lo dicho fuese auténtico o tuviese valor. Se vociferó mucho y no creo que esto propicie el pensamiento o el entenderse. Tenemos que admitir que el movimiento por sí mismo implica su propia dinámica: llegó en muchas oleadas, fue una ola que nos impulsó todo el trayecto. Que las protestas en algunos momentos se convirtieron en reuniones sociales. También que en algunos momentos fuimos polémicos. Que nos opusimos a cosas o a gente sin reflexionar. Que repetíamos lo que que se suponía que debíamos decir, reaccionando ante situaciones de la misma manera en que reaccionaban los demás, haciendo eco de la ira colectiva, el pánico, la victoria, el miedo o la tristeza antes de detenernos a pensar si compartíamos esos sentimientos, o si en ese momento estaban justificados. Que apenas había espacio o tiempo, sobre todo al principio, en el primer y tal vez el segundo año, para tomar distancia y averiguar realmente cómo nos sentíamos o qué postura tomar.

Parece como si ahora las cosas se hubieran calmado y la gente hubiese tomado distancia. Ahora aparece más como una opción: ¿Cuánto quieres implicarte? ¿Cuánto quieres arriesgarte? Con las cosas más fragmentadas -menos “ven con nosotros” o “quedas fuera”- hay más espacio para averiguar cómo te defines y cuál es tu punto de vista. ¿Cómo puedo expresar lo que quiero expresar en mi propia vida, o integrar lo que he aprendido? (O cómo puedo salvarme a mí mismo, en un lugar como este?)

Tal vez ahora es la oportunidad para asimilarlo todo. Mucha gente se ha derrumbado. Muchos han abandonado el país. Muchos se han retirado a sus propias vidas. Y muchos otros se preguntan todavía cómo y a dónde ir desde aquí.

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Respecto a la fealdad saliendo a flote: el acoso sexual, que ha alcanzado niveles epidémicos en Egipto en las últimas dos décadas, creo que es un terreno en el que empezamos a ver un cambio de comportamiento / actitudes a nivel social. Pasó de ser generalmente no reconocido por la sociedad -ni siquiera había un término para ello, la gente solía llamarlo ‘mo’aksa‘ (algo así como ‘coqueteo’ o ‘burla’) en lugar de acoso- a llamar la atención sobre ello en los medios y en el debate público, gracias a los esfuerzos de muchos activistas y grupos de la sociedad civil en los últimos años.

El Círculo del infierno. Autora: Salma El Tarzi

El círculo del infierno. Autora: Salma El Tarzi

El verano de 2013 fue una momento particularmente sombrío para todos nosotros: esta lacra -y la hipocresía de la sociedad al respecto y la culpabilización de las víctimas- alcanzó su espantoso punto crucial cuando, a la altura de las celebraciones pro-militares después del golpe, comenzaron una serie de ataques sexuales multitudinarios contra las mujeres en la plaza Tahrir. Y ante la ausencia de respuesta alguna por parte de la policía o del ejército, jóvenes voluntarios crearon grupos de trabajo para luchar contra la crisis y sacar a las mujeres y las niñas atrapadas en las garras de estas turbas, complementando a las salas de control, las líneas telefónicas, los equipos de intervención, las casas de seguridad, la atención médica y legal para las víctimas, fue lo único alentador durante ese repugnante período).

Al año siguiente, en 2014, se aprobó una nueva ley penalizando el acoso sexual y la Universidad de El Cairo adoptó una política contra el acoso sexual. Ha habido otras conquistas al respecto desde entonces. Y visitando Egipto este año, me parece que algo ha cambiado en las calles. Esto es puramente subjetivo y anecdótico, pero a partir de mis observaciones y un cuestionario rápido entre amigas, el acoso parece ser menos omnipresente de lo que solía ser. Todavía hay un largo camino por recorrer, pero parece que se ha llegado a cierto punto de inflexión.

Creación y expresión cultural

Ha habido una explosión de la expresión creativa a partir del levantamiento. Se inició en la plaza en sí: recuerdo lo sorprendidos que estábamos todos por los carteles que la gente había pintado a mano y recorrían la plaza para expresar quiénes eran y su frustración ante el statu quo, por esa explosión de humor y creatividad, de color y elocuencia. Recuerdo el sentimiento común de que no teníamos ni idea de cuánta imaginación había en este país: imaginación, espíritu crítico, individualidad y diversidad, que no estaban entre los valores que esta sociedad más bien conformista cultivaba previamente.

Y luego, la transformación de las monótonas y grises paredes de esta ciudad, especialmente las esparcidas por el centro de El Cairo y que rodean la plaza, cómo empezaron a estallar con palabras y color, algunas en magníficos y poderosos murales callejeros que representan momentos de la resistencia, cuestionando y desafiando, conmemorando las vidas perdidas.

Desde entonces ha habido un auge en todas las formas de arte y expresión creativa, y un creciente interés en la producción de arte alternativo e independiente (aunque haya dudas sobre su calidad). Para mí, personalmente, ha sido más visible en el arte de la calle, en la música y en el cine.

El cambio en la escena musical independiente ha estado notorio. Recuerdo, llegando a Egipto cada verano cuando era niña y adolescente en los años 80 y 90, como todos esperaban el lanzamiento de la nueva cinta de una estrella del pop y eso era lo que todos escuchaban; podía oírse a todo volumen en cada coche en un semáforo. Ahora, la música independiente ha ganado mucho empuje. Hay sellos para los músicos independientes; algunos están de gira por todo Oriente Medio y por Europa y se han ganado una gran base de seguidores locales. Dos de mis favoritos son Youssra el-Hawary y Maryam Saleh, dos mujeres cuyas vidas se han transformado en gran medida desde que comenzó el levantamiento (Youssra ni siquiera era cantante antes del levantamiento, trabajaba como diseñadora gráfica). La irrupción de Youssra fue con una canción subversiva, El-Soor (El Muro), en el que se burla de los muros construidos por las fuerzas de seguridad por el centro de El Cairo en un intento por detener el flujo de protestas. Cosechó decenas de miles de visitas en YouTube poco después de lanzarse. Youssra sigue haciendo canciones que creo que están abriendo nuevos caminos, con su acordeón, sus letras, su típica voz de chica, y esos delicados, encantadores e ingeniosos modos suyos; canciones que, entre otras cosas, se burlan del sistema, el poder, las sofocantes costumbres sociales, la hipocresía y el status quo. Su canción ‘En la calle’ detalla todo lo que sucede en las calles de esta ciudad -cómo las personas que se pegan y matan entre sí- y termina con un giro:  “pero ¡qué escándalo sería si distraídamente nos diéramos un beso en la calle!” En ‘Máscaras‘ se burla de la gente en posiciones de poder; en ‘Hato Kteer‘ (Cómpralo todo), satiriza la afición egipcia por el desorden y acumular cosas inútiles. Una temporada tuvo su propio programa popular de radio donde recibía a músicos independientes, conversando con ellos y presentando su música. La música de Maryam Saleh es muy diferente, una fuente inagotable de diferentes influencias que creo que empezó verdaderamente desde el levantamiento a conectar con su poder interno, incluso con su rabia, canalizándolo hacia una música cruda y potente.

Parece que también hubo un cambio en la industria del cine. Se están haciendo más películas alternativas e independientes (incluyendo documentales), y se difunden más ampliamente, incluso se han mostrado películas muy inusuales en cines comerciales. Una película egipcia, ‘Clash‘, que se desarrolla íntegramente dentro de una furgoneta de la policía antidisturbios, fue muy bien recibida en el Festival de Cannes de este año. Incluso los medios audiovisuales tradicionales -películas comerciales, series de televisión (que antes se componían en su totalidad de telenovelas melodramáticas) y anuncios televisivos- están mostrando mucha innovación y progreso técnico en respuesta a los cambios en los gustos del público (audiencias expuestas a medios de todo el mundo y con sed de impresionantes efectos visuales y nuevas ideas).

Cuando le pregunté a un amigo realizador acerca de estos cambios, me ijo que algunos han empezado a introducirse poco a poco desde 2005, por lo que, a su juicio, se han desarrollado paralelamente a la lucha política, más que como un resultado directo de la misma. El mar de fondo existía ya, pero no se puede negar que el levantamiento galvanizó todas estas energías.

Un amigo al que también conocí en los primeros días del levantamiento, un bailarín y coreógrafo, se decidió a establecer la primera escuela profesional de danza contemporánea en Egipto. Incluso se inició bajo los auspicios del gobierno, en la estatal Casa de la Ópera, poco después del levantamiento. Pero, tras una discusión con esa institución, la escuela tuvo que seguir su propio camino después del primer año y logró encontrar un espacio independiente y financiación para poder continuar.

Curiosamente, tanto Hani como Hala (con quienes hablé en diferentes momentos) plantearon la cuestión de la apropiación. Hala habló largo y tendido sobre los artistas y otros responsables culturales que se habían apropiado de los levantamientos para su propio beneficio (puso el ejemplo notorio de ‘Una chica gay en Damasco’ y cuánto había dañado a la causa); Hani dijo -algo más suavemente pero sigue siendo una declaración bastante fuerte- que “el arte que salió del levantamiento se benefició del levantamiento, pero que no benefició a éste” y que, a su juicio, están carentes todavía de calidad y contenido.

Opino diferente. Por supuesto que todavía tiene lugar mucha introspección, artistas emergentes y en busca de su voz, y la calidad es inconsistente, pero opino que las artes creativas están pasando por una época rica y fascinante de regeneración y exploración.

El amigo realizador con el que hablé también mencionó otro punto interesante: desde el levantamiento, los artistas independientes de todo el mundo árabe están más conectados. Veo esto en la música -parece haber un montón de giras y entrecruzamiento de músicos independientes a través del mundo árabe- redes comunes, muchos músicos árabes de Amman, Beirut, Túnez actúan en El Cairo y tienen a sus seguidores locales, y viceversa – así como nuevos proyectos de cooperación, como el Alif Ensemble.

También me habló sobre cómo está ocurriendo también en el cine independiente: ahora hay una red de distribuidores independientes en todo el mundo árabe y cómo su experiencia al participar en talleres de colaboración con otros cineastas árabes después del levantamiento le hizo sentir que “tenemos mucho en común, que nuestras circunstancias y experiencias son colectivas”.

¡Se han abierto tantos espacios culturales! Zawya, el primer cine de arte y ensayo de Egipto, se abrió en un antiguo teatro de la ciudad y proyecta una maravillosa selección de películas. Y un sinfín de otros espacios, demasiados para poder contarlos. Cada vez que vuelvo a El Cairo me sorprende todo lo que está pasando: siempre hay proyecciones de películas, conciertos, inauguración de galerías, charlas, multitud de talleres y clases -tantas cosas a las que asistir cada semana- y a menudo es difícil elegir qué hacer en una noche cualquiera. ¡Y el fervor con que la gente lo absorbe todo!

Esto, sobre todo, que existan estas audiencias, es el gran cambio, creo. Hay tanta gente con hambre de algo diferente, algo que no sea convencional y condescendiente, algo que exprese su identidad emergente y estética, sus preguntas y sus luchas. Cosas diferentes de la homogeneidad sofocante de lo que estaba disponible antes. Y siento que la gente aquí en El Cairo se impregna de esta aportación creativa que les habla con la urgencia de aquellos a quienes falta aire fresco: obras de libre pensamiento, obras de color y originalidad en este aire tóxico, contaminado, opresor (es curioso que en árabe el tubo de escape de los coches se llame ‘aadam’, la misma palabra que para la ausencia, la falta, la nada). Cuanto más se estrechan los espacios para la discrepancia y la expresión, más vitales y vivificantes parecen ser estas cosas.

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Un elemento fascinante de la revuelta –acerca de lo que de verdad espero que se realicen estudios- es la forma en que ha mudado el lugar del lenguaje. La mayoría de los jóvenes de las clases privilegiadas de Egipto hablan un idioma extranjero (inglés, francés, o incluso alemán); en muchos casos, es su primer idioma, más fluido que el árabe, considerándose el árabe inferior. Con el levantamiento esto cambió. El árabe ganó una posición de prominencia y ha pasado a utilizarse mucho más ampliamente por muchos jóvenes de estas clases, ya sea en una conversación hablada o en las redes sociales (la gente que escribía online en árabe solía ser escasa, ahora es muy común). El orgullo nacional, el sentimiento de necesidad de hablar y llegar a todo el espectro social y desarrollar un lenguaje local para los acontecimientos… debió de haber muchos factores, demasiados para tratarlos aquí (incluso me han hablado de gente que utiliza Yamli, un “teclado árabe inteligente” para aquellos que no saben escribir en árabe o que no tienen un teclado árabe, donde se pueden escribir las palabras árabes transcritas en caracteres latinos y las transcribe en caracteres árabes).

Actualmente, también hay una tendencia para los lugares que presumen de productos “locales”, especialmente de alimentos. Esto bien puede ser un reflejo de la tendencia mundial para la comida local, y aunque hasta ahora en Egipto es una tendencia algo pretenciosa / elitista, también es interesante y parece ser una mirada hacia adentro en la cultura propia en lugar de una occidentalización masiva. Algunos ejemplos son Cairo Kitchen y Zooba, y se están abriendo muchos más.

Una nota final, y una observación puramente personal: desde que llegué a El Cairo esta vez, hace dos meses, también noté un cambio en la apariencia de la gente en la calle. Me parece que las mujeres visten lo que quieren más de lo que lo hacían antes y veo un montón de hombres con pelo largo, rastas, etc, que solía ser un espectáculo poco común en esta ciudad donde la apariencia de la gente solía ser bastante homogénea y conformista en el último par de décadas.

Cómo continuar

Este vídeo, llamado “La vida continúa en Damasco”, expresa algunas de las cosas que me han preocupado últimamente.

Un estudio de baile, un bar recién abierto… por alguna razón no me sorprenden. La vida siempre continúa y siempre ha continuado: esto es lo que no se ve en las noticias, todo lo que sucede más allá del primer plano, del titular, todas las formas en que la gente sigue adelante, incluso en medio de la agitación y el trauma y el desastre. Aun cuando la violencia esté presente, quizá sobre todo cuando la violencia está presente, la vida sigue como una resistencia ante la erradicación de la vida.

El vídeo no endulza la situación ni profiere un enfoque de edulcorada esperanza. Sigue presente la mujer que perdió a sus 6 hijos; la joven bailarina sigue teniendo profundas ojeras.

“Ella dice: ‘Hacer lo que nos gusta nos salva’

Hala también dijo esto:

‘¿Qué podemos hacer?

Tenemos que vivir.

Tenemos que celebrar la vida.

Tenemos que hacer cosas.”

Estaba por ahí con algunos amigos el otro día cuando alguien dijo: “Supongo que hemos llegado a un punto en el que o morimos o vivimos de verdad”.

Estoy pensando en el intercambio de cartas entre Alia Mosallam y Lina Atallah, cómo Alia habla de ir a observar aves en el aniversario del 25 de enero (Hala también me recordó de esto). Casualmente, ese día yo también me adentré en la naturaleza, y estaba escuchando a los pájaros.

Alia Mossallam. Fuente: www.madamasr.com

Alia Mossallam. Fuente: www.madamasr.com

He estado pensando mucho acerca de la idea de espacio. Espacio, espacio, espacio. Cuando todo alrededor se está volviendo tan angosto -mientras “los espacios se van estrechando más y más”, como el aire expulsado ​de una tráquea-, ¿cómo es posible crear espacio dentro de nosotros?

Cada vez más, creo en hacer lo que nos gusta. Creo en la creación de microcosmos, nuestros propios espacios que expresan lo que somos y cómo creemos que podría ser todo, ejerciendo nuestras ideas del mundo, anti-sistema, alternativas a las instituciones.

Como el Café Naboo en Estambul. Dos de mis amigos estambulitas, un abogado y un ingeniero informático, renunciaron a su trabajo poco después del movimiento Gezi y comenzaron a buscar un modo diferente de estar en el mundo. Entre otras cosas, decidieron abrir este café. Rápidamente, se convirtió en un espacio de libertad que atrajo a todo tipo de gente y por donde pasaron muchas actividades diferentes y se experimentaban y ensayaban ideas; y los que estábamos allí, nos sentíamos como en nuestra propia casa. Un oasis, un mundo en sí mismo.

Al igual que Fasahet Somaya en El Cairo. Llamado sencillamente “espacio Somaya”, un pequeño restaurante con una pequeña sala en el centro de El Cairo, con un menú que cambia cada día de comida egipcia, recogido en el mercado diario y hecho partiendo de la nada por una mujer que lleva la batuta; un concepto bastante revolucionario en una ciudad donde el tipo de alimentos disponibles para fuera suele ser muy diferente de lo que se sirve en casa. También es un lugar que siempre estuvo abiertamente a favor del levantamiento y se convirtió así en un pequeño oasis-lugar de reunión en el centro de El Cairo para esos círculos. Cuando lo busqué hace poco, me sorprendió ver que este pequeño rincón con 3 mesas tiene 58.000 seguidores en Facebook.

Han surgido innumerables centros creativos.

En este momento, también veo en El Cairo una ola de interés por el ejercicio y el cuidado del cuerpo. Muchos amigos y conocidos (la mayoría de ellos involucrados en el levantamiento, entre los cuales pocos tenían con anterioridad interés alguno en los deportes) hacen ahora de todo, desde el yoga al CrossFit (un entrenamiento de alta intensidad), desde correr una maratón a la natación, o las artes marciales mixtas o al entrenamiento con pesas o a la bicicleta (hay una creciente subcultura de ciclismo en El Cairo), y, recientemente, incluso he oído hablar de un nuevo grupo de kayak en el Nilo.

Me pregunto acerca de esta tendencia. ¿Se deriva del deseo de estar físicamente fuerte y saludable para desafiar a un régimen que está tratando de aniquilar nuestra fuerza y ​​voluntad, incluso nuestras vidas? ¿O se trata, siendo menos optimistas, de una retirada a preocupaciones por el ser individual después de que el colectivo haya fallado? ¿O es acaso, después de esta temporada de confrontación desconcertante con todo, una opción para centrarse en lo que uno puede cambiar/se a uno mismo? ¿O, más cínicamente, un escape, una obsesión con lo que uno puede controlar ahora que la inseguridad nos rodea, cuando alrededor todo parece estar cayéndose a pedazos?

Entrenamiento de CrossFit en El Cairo. Fuente: http://www.crossfitstars.com/

Entrenamiento de CrossFit en El Cairo. Fuente: www.crossfitstars.com

Tal como lo veo, el cuerpo, la mente y el ser individual son el primer frente de resistencia; resistencia literal a todas las presiones, opresiones y distorsiones de la naturaleza que nos exige la vida urbana capitalista moderna: la contaminación, el hacinamiento y la bestial agitación de una megalópolis como el Cairo son un ejemplo extremo de esto. El intento de proteger el cuerpo y la mente de este aluvión –buscando formas alternativas de vivir, pensar, respirar y ser- es un acto fundamental de resistencia contra el estado actual de las cosas, social, económica y políticamente.

Por supuesto, dicho todo esto, no puedo evitar preguntarme acerca de las clases y los medios. En El Cairo, pensar en los deseos individuales cuando muchos ni siquiera pueden satisfacer sus necesidades más básicas, nos parece a menudo un lujo, como mirarnos al ombligo. Tantas personas han sido aplastadas bajo el peso de este levantamiento y la inestabilidad en la que se ha visto arrojada todo el país. Mientras escribo esto, me parece un lujo tener algo de tiempo y espacio mental para pensar en la idea de “espacio” y en cómo “hacer lo que te gusta”… pero intento evitar pensar de esta manera. (Como también señaló Hala, Internet también ha permitido el acceso a las redes, ideas y recursos que permite esquivar la necesidad de dinero)

Y aparte de “actividades” específicas, todos tenemos recursos de los que sacar provecho, todos necesitamos encontrar la manera de salir adelante. Humor, familia, amigos, amor. Para seguir encontrando pequeñas cosas que nos den cierto grado de felicidad o placer. Para encontrar esa libertad en nuestras propias vidas, esa independencia en nuestra mente. Para vivir, a pesar de todo, de modo que de alguna manera pueda representar lo que somos y en lo que creemos.

Hace unos días, un amigo publicó esta entrevista con dos norteamericanos, activistas de los derechos civiles. No puedo asegurar que estoy de acuerdo con todo lo que se dijo, pero esto me parece verdad: “El cuidado personal, recuperar la salud, la atención al cuerpo y la dimensión espiritual, todo ello forma parte ahora de la lucha radical por la justicia social. Y antes no era el caso. Creo que ahora reflexionamos seriamente en la conexión entre la vida interior y lo que sucede en la esfera social”.

Me gustaría creer que, en este levantamiento, hay un elemento de resistencia a través de la introspección, a través del encuentro con uno mismo y que este es un elemento principal de estos movimientos. Esto me gustaría creer.

En palabras de Junot Díaz en La maravillosa vida breve de Oscar Wao: “Pero si estos años me han enseñado algo, es esto: nunca se puede huir. Jamás. La única salida está dentro”.

El legado de las plazas

La idea de hacer frente a la sociedad y a los códigos, valores e ideas recibidos y no demandados. De enfrentarse a las jerarquías y a las normas, polemizando sobre personas y cosas que estaban en posiciones incuestionables de poder.

El concepto de poder personal y poder colectivo. De la heterogeneidad y la creatividad. Este caleidoscopio infinito de alternativas -vidas alternativas, formas de ver y de ser- que ha surgido y continúa surgiendo.

También un legado de agotamiento profundo, de cinismo y desilusión colectiva (una exposición artística colectiva en una de las galerías del centro de El Cairo el mes pasado se titulaba ‘Crónica: El agotamiento como un estado colectivo‘). Muchos sienten que han envejecido en el último par de años, dejando detrás de manera irrevocable su juventud o una parte esencial de la misma, en esta espiral descendente cuyo final aún no se puede vislumbrar. Muchos han experimentado de cerca la violencia, la brutalidad, el encarcelamiento, el poder y el alcance de la opresión, la forma en que sus largas garras pueden alcanzarnos o alcanzar nuestro cuerpo, nuestra vida, o la de un ser querido.

Y todavía, todavía, ¡todavía hay mucho movimiento, mucha energía! A veces siento que El Cairo es realmente una tragedia: toda esta gente que tiene que luchar para hacer o realizar algo en lo que crean, vaciándose de vida en el proceso; en esta megalópolis implacable, en este ambiente en el que se intentan frustrar sus esfuerzos, pasión e individualidad a cada paso por quienes deberían celebrar sus talentos y apoyar sus ideas, por los que deberían ayudarles a canalizar sus contribuciones para un mayor bien. Me parece que la salud y la juventud de uno, la voluntad y dinamismo que uno tiene, tienen más valor de lo que nadie debería tener que pagar.

Sin embargo y a pesar de todo, cada vez que vengo me sorprende la vitalidad de este lugar. Recuerdo que, en una visita a El Cairo el año pasado, asistí a un maravilloso concierto en directo de Youssra el-Hawary, lleno hasta los topes con jóvenes riéndose de sus chistes improvisados ​​y entonando sus canciones, y luego a una conferencia dada por un viejo amigo que comenzó como arquitecto y se convirtió en investigador y activista en urbanismo y justicia social. Salí de estos dos eventos sin saber si estar triste o desafiantemente contenta. Me sorprendió que a diferencia de otros lugares donde hay menos crisis, el trabajo aquí parece tan vital, en el sentido de esencial, necesario, urgente, y también en el sentido de dar y estar impregnado de vitalidad, de fuerza vital. A pesar de esta abrumadora ciudad que te aplasta el cuerpo con su aire tóxico, sus multitudes, el tráfico y un ruido insoportable, y un estado que trata de aplastar tu voluntad a cada paso, hay sin embargo tantas actividades, tanto humor, ingenio y arte. Gente que sigue pensando y discutiendo y creando y que resisten y luchan con todas estas cuestiones. ¿Es un testimonio de la tenacidad de la vida y la creatividad humana y la capacidad de adaptación y perseverancia? ¿O acaso el precio es demasiado elevado?

***

No sé cómo responder a la pregunta de si esta etapa es una “preparación” para otra ola de protestas. El hecho es que no ha desaparecido ninguno de los problemas contra los que nos levantamos; sólo han empeorado. Ninguna de las demandas del levantamiento, tipificado en su consigna más sobresaliente: “Pan, libertad, justicia social, la dignidad humana”, se han cumplido. Y, como escribí en algún momento: “Las generaciones más jóvenes son aún más francos, despiertos y sensatos que nosotros. A medida que las cosas se deterioran, me aferro a este pensamiento”. Así que no puede sino haber otras oleadas. Pero con la situación precaria en la que se encuentra toda la región, quién sabe cuánto tiempo llevará; quién sabe cuántas más cosas se desencadenarán antes de que haya otro intento masivo de buscar soluciones diferentes.

Plaza Tahrir en febrero de 2011. Fuente: www.wikimedia.org

Plaza Tahrir en febrero de 2011. Fuente: www.wikimedia.org

Pero todo está todavía sucediendo, aún hay movimiento. Y esta energía está mucho más allá de cualquier posibilidad de control: la tecnología actual nos permite estar en contacto los unos con los otros, organizarnos, de maneras mucho más ágiles, fluidas y creativas que su estolidez, torpeza y vieja escuela.

Después de la increíble recaudación de 4.700.000 libras egipcias (unos 470.000 euros) en una semana para liberar a 47 detenidos, hace pocos días se citaba con frecuencia la frase de una famosa canción de Sheikh Imam, el viejo bardo ciego de la resistencia que fue encarcelado bajo Nasser y Sadat y cuyas canciones se cantan aun en contextos revolucionarios: “oh Egipto, todavía somos muchos”.

Me acuerdo también de The Choir Project, un proyecto de arte comunitario en cuya génesis me involucré en 2010-2011, donde las canciones se producen al improvisar la letra y la música colectivamente en talleres abiertos a todo el mundo y que, por lo tanto, surgen de un espontáneo impulso colectivo, expresando lo que necesita ser exteriorizado en ese momento. A menos de dos meses de que comenzara el levantamiento, surgió del proyecto una canción llamada ‘El Faraón’ (cuya letra resultó ser misteriosamente profética: “… El diluvio está al llegar… el diluvio está al llegar”) La canción termina con estas líneas: “echaremos barro en la pared e incluso si no se pega, dejará su marca.” Me parece una buena descripción del momento en que estamos ahora. No se ha pegado, pero está dejando marcas indelebles.

Se habla mucho del “fracaso” de la revolución -ahora vacilamos con la palabra “revolución” y en su lugar decimos ‘desde 2011’ o empleamos cualquier otra fórmula. Yo misma no dejo de recordarme omitir la palabra “revolución” cuando escribo esta pieza y sustituirla por la palabra “levantamiento”. Pero creo que la transformación, el cambio radical, ha sido tan fundamental que ya no conseguimos verlo porque es muy grande, y está en todas partes y en uno mismo.

Y, por supuesto, con toda transformación (incluso en nosotros mismos) hay momentos de retroceso, hay una reacción violenta, hay miedo. Actualmente estamos en un momento difícil, pero deseo y creo que en la profunda conciencia de este lugar, y de este mundo tal vez, las cosas están cambiando, y no hay vuelta atrás.

A partir de un texto en verso que escribí en 2014:

Nos pueden faltar las palabras,

pero no estamos mudos

no estamos sin cuerpo

no estamos sin canciones.

                                                                    Traducción del inglés de Elena Libia

Índice del dossier: “De Tahrir a Nuit Debout, la resaca de las plazas”


*Ali Mustafa fue un periodista independiente egipcio-canadiense que documentó algunos de los acontecimientos más importantes de la revolución egipcia. Ali no fue un periodista ordinario. Fue un hombre del pueblo, compartía su sufrimiento y siempre estaba al lado de su lucha, a pesar de la ilusoria objetividad del periodismo. El periodismo de Ali fue más allá del conflicto. Abarcó las huelgas de los trabajadores, los abusos en las prisiones, las familias de los mártires, la violencia contra las mujeres, el arte callejero y las elecciones.

Algunas de las fotos más emblemáticas de la revolución egipcia fueron sacadas por Ali durante la Batalla de la Calle Mohammed Mahmoud en el 2011 y 2012 y en la Masacre Rabya Adawaya en el 2013. En ésta, Ali fue herido y casi asesinado por las fuerzas de seguridad mientras intentaba llegar a las morgues temporales.

Después de sobrevivir a Egipto, Ali viajó a Siria para cubrir la guerra en el norte del país. Cubrió las misiones de rescate de los Cascos Blancos mientras que los ayudaba en sus esfuerzos por rescatar a los heridos y recoger a los muertos. Ali fue bienvenido por el pueblo de Alepo y lo vieron como uno de ellos.

En marzo de 2014, Ali regresó a Alepo para cubrir la guerra y la crisis humanitaria. El 9 de marzo, mientras ayudaba a los Cascos Blancos en sus misiones de rescate, una bomba de barril lo mató. En el momento de su muerte, Ali estaba trabajando de forma independiente y apenas tenía suficiente dinero para salir de Alepo.  Su legado se recuerda aquí.

Durante el tiempo de Ali en Egipto, cultivó relaciones cercanas con muchos egipcios que se convirtieron en su familia revolucionaria. Se puede ver un vídeo de tributo de la familia revolucionaria de Ali en Egipto aquí.

Y aquí puede leerse un artículo sobre Ali y los peligros a los cuales todos los periodistas que no sean blancos se enfrentan en la región.