¿Puede organizarse una convivencia sin leyes? Tras escuchar el relato de Raquel y Susana sobre Tabacalera, un hilo de discusión se organizó en torno a esa pregunta. En determinado momento del debate, Jacobo afirma: “la Cebada se gobierna a través de los hábitos”. Es decir, el espacio no se regula a través de un lugar central (tampoco asambleario) que decrete lo que debe ser, lo bueno y lo malo. “El espacio es como es porque lo hacen así quienes están aquí cotidianamente”. Entonces, si la cuestión no es decretar las buenas reglas desde un espacio central, sino que pasa por los hábitos y los cuerpos, ¿cómo suscitar hábitos que respeten o favorezcan lo común? Muchas ideas aparecieron aquí: el uso del mobiliario, el trabajo físico y colectivo sobre el espacio, las infraestructuras abiertas, etc. Entre los varios hilos de debate que hubo aquella tarde en el Campo, hemos transcrito y editado solamente el que tiene que ver con esta cuestión del “gobierno por los hábitos”.
ALEXIA

Manuel (habitante del Campo): Me interesa mucho problematizar el concepto de apertura en el sentido que habéis dicho [Raquel y Susana]: si el espacio se abre completamente, el fuerte va a expulsar al débil. En la ciudad hay una ley que prohíbe beber cerveza en la calle y así se expulsa a los bebedores. Hay toda una serie de actividades que en la ciudad están desterradas, por leyes y convenciones sociales, pero que en un espacio un poco al margen de lo habitual como es el Campo pueden darse. Pero, ¿cómo organizar la convivencia sin leyes? Se me ocurre que la respuesta es la mediación horizontal. Si no hay un proyecto grande de mediación, el que grita expulsa al más tranquilo, el más fuerte domina el espacio.

Amador (Alexia): ¿Cómo se ha pensado ese problema aquí en el Campo?

Manuel: Solo se ha actuado cuando hemos llegado a determinados extremos. Es decir, si son adolescentes los que toman el espacio, pero lo cuidan más o menos y organizan una convivencia pacífica, sin conflictos policiales o peligro para la integridad de las personas, se deja así. No hay fuerza para intervenir y tampoco nos interesa. En todo caso, se intenta intervenir a través de la organización de actividades que atraigan otro tipo de públicos. Pero si se genera violencia o una falta de cuidado extremo del espacio, entonces se interviene de forma drástica.

Susana (ex-Tabacalera): En Tabacalera había una serie de colectivos que organizaban sus actividades y luego muchísimos usuarios. Al haber tantos colectivos arraigados en el espacio, los cuidados se podían repartir entre quienes no eran sólo usuarios. A mí el Campo me recuerda más al patio de Tabacalera, donde había mucha gente danzando, que pasaba simplemente ahí el día al seguro, sin persecución policial por papeles o lo que fuera. El Campo es más como una plaza normal.

Pedro (habitante del Campo): En el Campo ha habido conatos de violencia puntuales: por ejemplo, dos bandas antagónicas se citaron aquí para pelearse, saltaron la valle y vino un montón de policía. Lo curioso es que otros colectivos que están aquí en modo más pasivo, sin participar de las asambleas, son lo que impiden al final que se reproduzcan esos conatos de violencia. Y luego hay actividades en las que todo el mundo colabora, como este mismo lunes que ha habido un acto precioso para recaudar fondos para los familiares de un niño que tenían que operar, organizado por sus amigos. Todo el mundo colaboró, cada cual a su manera.

Amador: Pero esa fuerza que dices que evita esa violencia, ¿de qué tipo es? ¿De dónde viene? ¿De colectivos, de la asamblea, de gente espontánea?

Jorge (habitante del Campo): Lo que estáis llamando colectivos aquí son el conjunto de chavales que vienen. No son un colectivo específico, sino un grupo muy informe. Es algo muy diferente a los colectivos que gestionan, tienen nombre propio: Pepito, Menganito, etc.

Manuel: Esa diferencia que apunta Jorge es muy importante y ha sido un logro llegar hasta ahí. El proyecto arranca con una serie de activistas, gente que queríamos pensar y experimentar el espacio público de otra manera, pero hay un momento en que todos esos activistas somos desbordados por las personas que usan la plaza, bien para jugar al básquet, bien para tomarse una cerveza, etc.

Esa gente ha generado una especie de sentimiento de identidad y el espacio les pertenece en cierto modo, aunque no van a las asambleas, no participan en los turnos, no son activistas, no piensan el espacio, etc.

Pero ese sentimiento de identidad ha posibilitado que, cuando los activistas hemos dado un paso atrás cansados y desbordados, ellos han dado un paso al frente. Al ver que no había nadie más que ellos aquí para organizar las cosas -ni el Ayuntamiento, ni los activistas-, se han puesto a pensar y a organizarse. Ahora son ellos quienes abren la mayor parte de los días, se ocupan más o menos de la limpieza, median en las peleas que pueda haber, etc. Es otro tipo de vecino y usuario, ya no el activista.

Jacobo (habitante del Campo): Me interesa mucho esta diferencia que habéis señalado [Raquel y Susana] entre lo que es y lo que debería ser. Molaría por ejemplo que el patio de Tabacalera se llenase de Linux y el Campo también, claro que sí. Pero la Cebada es lo que es. Y no se gobierna ni a través de la asamblea, ni a través de la palabra, sino que se gobierna a través de los hábitos. Si el hábito dominante en este espacio ahora mismo es jugar al baloncesto, fumar muchos porros y pasar droga, pues así es el gobierno del espacio.

Hay dos mundos: La Cebada y el plató de televisión La Cebada. ¿A qué me refiero? El plató de televisión somos todos aquellos que venimos a hacer actividades, llegamos, estamos y nos piramos, muchas veces sin limpiar. Pero quién está y habita 24 horas al día La Cebada es esta otra gente: los chavales del básquet, los usuarios, los habituales, los no activistas, etc. Y el hábito genera gobierno y formas de institucionalización. Y muchas veces surge el enfado por lo que es este espacio y lo que debiera ser, lo que debiera entrar y lo que no. Pero el espacio no se está decidiendo desde la asamblea, el espacio no se ha construido desde el criterio de ninguno de nosotros, sino desde los hábitos de quien está.

Susana: Pero entonces quien tiene más tiempo para estar tiene la legitimidad y el poder.

Jacobo: Nosotros podemos decir que no, pero ya te digo yo que sí.

Susana: Pero si queremos que el espacio esté abierto a todos, hay que pensar que mucha gente no puede estar cada día presente en el espacio tantas horas. Y pensemos también que hay mucha gente que aporta sin estar presente: en Tabacalera, por ejemplo, todos aquellos que se ocupaban de contestar los correos, mantener la web, subir la información de todos los colectivos, trabajar en el mantenimiento de las listas de correo, etc. Esa gente no era visible y no tenía legitimidad por no estar físicamente presente, pero aportaba mucho trabajo.

Sara (de Esta Es Una Plaza): Yo quería hacer dos apuntes. Uno sobre los usos del mobiliario. El mobiliario tiene mucho que ver con el uso del espacio: si tú montas cuatro columpios vienen niños porque faltan un montón de zonas verdes y de juego en el centro. El mobiliario es una forma fácil de atraer otras gentes al espacio, nosotros tenemos cuatro columpios y siempre hay niños.

El segundo apunte es que la gente que usa nuestro espacio no lo cuida como si fuera algo propio, sino como si fuesen invitados. Creo que es algo común con el Campo. Entonces, lo que venimos haciendo últimamente es hacer jornadas de puertas cerradas de trabajo. Solo pasas si estás dispuesto a coger una escoba o a ayudar un poco en el mantenimiento.

Jacobo: Al principio aquí también venían muchos niños, en buena parte porque la Cebada se gesta por los vecinos y las madres del colegio de La Paloma. Los sábados por la mañana esto se llenaba de niños. Pero el habito de que entre otro tipo de gente, jóvenes y adolescentes, expulsa de alguna manera a los niños. Es la naturaleza del momento, aquí no hay nadie que pueda decir: “Tú puedes entrar, tú no”. Así ha pasado, se han ido unas personas, han venido otras, no se ha forzado.

Israel Lope: Yo vengo de Quito (Ecuador) y participo en un colectivo que junto a otros grupos gestiona un espacio cerrado. También somos más pequeños que Tabacalera y el Campo, pero quería aportar algo a la discusión sobre cómo se podría generar una apropiación y un cariño por el espacio. Porque algo a lo que se tiene cariño no se lo va a ensuciar o a dañar.

Nosotros estamos en el primer año y quizá aún en la fase de enamoramiento, pero una herramienta que nos ha dado buen resultado es el concepto de la Minga. No sé si están ustedes familiarizados con él, pero la Minga es un método de trabajo andino de los indígenas. Es un trabajo comunitario casi obligatorio, pero no por ley, sino por una cuestión cívica. Cada mes hay una obligación de trabajar el espacio. Nosotros cada dos semanas armamos la Minga y es obligatoria, si no se acude, se queda fuera del espacio.

La gente va y limpia los baños, por ejemplo, y se da cuenta de lo difícil que es hacerlo si llevan más de dos días sin limpiarse. Es un método de apropiación del espacio: uno se da cuenta de lo que pasa experimentándolo físicamente. Otro ejemplo: uno de los colectivos construyó una tarima y el resto le ayudamos. Desde entonces todos sabemos que esa tarima no se puede tocar. Los espacios son lo que son, no se pueden dirigir desde el deber ser, pero sí que pueden mejorar y crecer.

Grabadora y algo para comer y beber. Autor: Jorge Martín.

Agua, pipas y grabadora. Autor: Jorge Martín.

Manuel: Estamos repasando varias claves distintas. No es lo mismo gestionar un espacio comunitario de 3000 m2 que uno de 500: hay una cuestión de escala. Otra cuestión es el diseño: si pones columpios, la gente se columpia; si no hubiéramos puesto canastas no habría nadie jugando al baloncesto. Otra diferencia a tener en cuenta es la que hay entre una comunidad donde todos nos conocemos más o menos, y si alguien no participa según las reglas se le puede dar un toque, y un espacio público donde puede entrar cualquiera y la apuesta es precisamente “infraestructurarlo” de tal modo que la persona al entrar cambia el chip y hace cosas que no pueden hacerse normalmente en la ciudad. Ahí hay un desafío de comunicación gigante: cómo se transmite que este espacio es diferente a Tirso de Molina, que no hay nadie encargado de limpiarlo, etc. En la comunicación de la particularidad de este tipo de espacios hay un trabajo creativo muy grande por hacer.

Amador: Pero algo de eso se ha conseguido, aunque sea medio espontáneamente, con los chicos del básquet, por ejemplo, ¿no?

Manuel: Sí, cuatro años después se han afianzado muchísimo. Yo tengo un recuerdo muy bueno del Migue, que es uno de los chavales del básquet que trabaja en una pizzería. Vino un domingo casualmente a casa a traerme una pizza y me dijo: “tío, nos hemos juntado y nos estamos planteando dar un paso hacia adelante, pero vamos a necesitar ayuda porque no tenemos ni puta idea de cómo gestionar un espacio así”. Ese día me di cuenta de que a esa gente le había cambiado el chip. Y no lo hacen ni por altruismo ni por conciencia social, sino porque este sitio es súper-importante para ellos y no pueden perderlo. Entonces tienen que organizarse de otra manera y madurar en cierto sentido, hacerse responsables del lugar y empezar a tomar una serie de medidas.

Pepe (Alexia): ¿Qué diferencia lo que pasa aquí y lo que pasa en otras plazas? Y otra pregunta: ¿qué hay de político en la Cebada?

Manuel: Cada uno te dirá una cosa. Yo te diría que, aunque sean detalles pequeños, aquí tienes las infraestructuras abiertas: un grifo que puedes usar para regar, un enchufe que te permite conectar desde la luz hasta cargar el móvil, un almacén con una serie de herramientas, puedes pedir un proyector para poner una peli, etc. Aquí se dan usos de las infraestructuras que normalmente no tienen lugar porque generan conflicto. Fuera de aquí ese conflicto se elimina: si en un banco duerme un mendigo, se quita el banco y ya está. En la Cebada tratamos de trabajar ese conflicto de otra manera. Para mí esto es la gran política.

Susana: Creo que es lo mismo que se pretendía en Tabacalera: que los mismos que usasen el espacio lo gestionaran. Suscitar una apropiación. El problema es que se daban usos incompatibles: un recital de poesía en una sala junto a la nave central y en la nave una fiesta.

Raquel (ex-Tabacalera): Una cosa que se hizo en Tabacalera, salvo en casos dramáticos, fue renunciar a los mecanismos sancionadores. Hubo una voluntad política de evitar la sanción y el castigo. Se puso en marcha mucha tarea de mediación horizontal y funcionó durante algún tiempo. Lo que ocurría es que las tareas de mediación recaían en muy pocas personas y tenían un coste emocional muy fuerte. Pienso, por ejemplo, en la comisión de turnos que hizo una tarea muy buena explicando a la gente que venía en qué tipo de espacio estaba y el conjunto de lo que pasaba ahí. Pero costaba mucho organizar el relevo. A mí me encanta escuchar que después de cuatro años en el Campo la gente se ha apropiado el espacio, ha hecho cuerpo con él y ya sin necesidad de ideales o abstracciones o voluntarismos lo cuida porque es importante para sus vidas. Pero, ¿tenemos que esperar cuatro años? Es mucho tiempo.

Pedro: Es largo y costoso. Pero sólo si estás implicado día a día en actividades tu palabra tiene legitimidad. El primer día nadie te va a hacer ni caso, tampoco el segundo, pero al mes… Si no estás, no te calan, no les calas y no hay respeto mutuo. Hace alta muchísima paciencia, emotividad e implicación. Si no vienes en tres meses y te encuentras esto lleno de mierda o algún conflicto, no tienes fuerza moral para decir nada de lo que “habría que hacer”. El proceso es muy lento, muy tedioso. Si no estás e interactúas, habrá choque siempre. “¿Puedes bajar la música?” Ni caso. Hay que venir, estar e interactuar. Lo demás no funciona.

Chico de Tabacalera: Yo hablo ahora desde un colectivo de Tabacalera, que es un taller en la nave Trapecio. Lo que nos planteamos cuatro años atrás es que se trataba de un espacio en construcción. Existe desde entonces esa dinámica de irlo construyendo tanto orgánica como políticamente. Tengo conocimiento por compañeros míos de que los momentos más bonitos de la Cebada se dan también en esos instantes de construcción conjunta: la cúpula geodésica, el huerto, etc. Ahí se puede hacer un llamamiento público y la gente se acerca, habla mientras se pasa el martillo, etc. Es construcción de lo físico hacia lo político. Tabacalera empezó al revés: de lo político a lo físico. Y los que estamos ahora también agradecemos ese trabajo inicial, porque ese primer decálogo sigue valiendo. Pero sin duda lo físico ayuda a construir en lo político.

Jacobo: Si quitásemos la asamblea del Campo no pasaría nada. Aquí no se ha generado un decálogo ni, en este momento, falta que hace. Porque el gobierno del Campo se deriva de la gente que usa el espacio. Quien gobierna es quien más está, no exactamente quien organiza actividades.

Israel Lope: A eso me refería yo cuando traía la historia de la Minga. La comunidad no se empieza a generar y organizar automáticamente por estar juntos en el espacio, pero empieza a tener una estructura más orgánica que unas leyes. Empiezan a surgir más orgánicamente las normas. Sin imponerse, pero definiéndose. No por un consenso, sino por una necesidad.