María García Pérez

Parte 1: el triple muro (12/9-29/9)

Escribo esto tras 17 días de protesta ininterrumpida en las calles de Murcia, a los que hay que añadir una acampada previa de 7 días, más lo que está por venir. Los músculos de piernas y brazos cargados de las carreras, las caminatas y la tensión generada por los encuentros con la policía. Me asomo al balcón antes de abrir este documento. El barrio vive, vibra. Hay otra luz. Y una sonrisa se dibuja en mi rostro. Ya no podré volver a mirar al vecindario con los mismos ojos, los ojos de la rutina, de los saludos inerciales, del “cada uno a lo suyo”. Una fuerza hecha de complicidades nos recorre.

Se quiere impedir la construcción del muro de 5 metros programada por el Ministerio de Fomento y ADIF con el beneplácito del Ayuntamiento y la Comunidad Autónoma para el paso del AVE en superficie. Queremos “Soterramiento ya!”. Los barrios del sur de la ciudad se han puesto en pie y el contagio se hace imparable por toda la urbe. Reivindicación histórica con más de 30 años de lucha que se ha sostenido a pesar de las mentiras de las instituciones, de las multas, los palos y las detenciones. Hay que recordar que Murcia lleva dividida por las vías del tren 155 años, desde que en 1862 Isabel II (sí, hasta ahí hay que remontarse) inauguró la Estación del Carmen. Desde entonces y hasta hoy un total de siete barrios se conectan sólo gracias a dos pasos a nivel. Los muertos están servidos… el último accidente mortal por el atropello de un tren tuvo lugar en 2016.

El muro es otra vuelta de tuerca, no sólo ahonda en esa división que empobrece a cientos de miles de personas y pone en riesgo su integridad física (el paso del AVE en superficie supone la instalación de una catenaria eléctrica de 25000 voltios a escasos metros de colegios, institutos, viviendas, etc.), sino que pone de manifiesto otra barrera, la desconexión total entre los intereses de los sucesivos gobiernos y empresarios y la vida misma de las gentes de estos barrios. No parece haber vuelta atrás. El desengaño, el graciano desengaño tan heroico como desencantado, es potencia movilizadora: mil veces prometieron el soterramiento, se hicieron fotos con los vecinos y estrecharon sus manos escenificando acuerdos que nunca se cumplieron. Proyectos sin redactar, partidas presupuestarias que no aparecen por ningún lado, millones de euros que no se sabe dónde fueron a parar, sospechas de corrupción, tribunales que advierten de la posible ilegalidad de las obras, fechas inciertas para una provisionalidad que se prevé eterna. Nadie cree ni una sola palabra. Ahora, ante la inminencia de las obras que ya se atisban en el horizonte, en el rugir de las máquinas y la alzada de los primeros paneles del muro, esa potencia cobra un auge inusitado. Y el primer muro que cae es el del aislamiento, el yermo erial al que el capitalismo neoliberal- individualista nos arroja deshaciendo el tejido barrial, la comunidad afectiva que emerge espontáneamente en el contacto con el otro, con sus temores, sus problemas y sus pasiones.

Día 3: La policía nos cerca. Avanzan mientras se ponen los cascos. Tememos la carga mientras gritamos “¡Somos vecinos, no delincuentes!” Cientos ocupan las vías del tren, muchos se sientan para resistir cuando los antidisturbios están ya a escasos metros. Bajo la vista un momento, siento una mirada intensa que me inquiere. Es un niño de unos 8 años que se agarra a su madre desconcertado. A pesar de la tensión, a pesar de que me tiemblan las piernas y las manos, le sonrío. Me devuelve la sonrisa y respiro por un instante. Unos segundos después ya estaban arrastrando y desalojando a la gente por la fuerza. Quemaduras en la espalda de los arrastres, una ambulancia que llega, alguien tendido en el suelo. Y la policía no ceja hasta evacuar la ocupación al completo. He perdido de vista al niño y a su madre, ahora todo son uniformes y luces azules sobre las vías. Pero en el transcurso de las movilizaciones esa sonrisa se extenderá por doquier…

Los días siguientes la marea humana crece. Todo el perímetro que rodea el paso a nivel se convierte en una enorme fiesta. Sin embargo, los antidisturbios llegan horas antes para acordonar la zona con varios furgones y un despliegue ingente. Imposible volver a ocupar sin un enfrentamiento directo del que nadie saldrá bien parado. De repente, olas en el mar. La ciudad entera se desterritorializa a nuestros pies. Caminatas nocturnas en todas direcciones cortando arterias principales y entradas de autovía. La policía a la zaga, siguiéndonos sin saber a dónde nos dirigíamos cada vez. En realidad, nadie lo sabía. Sin organización previa, improvisando a cada paso, llevados por la confianza en los otros, en los vecinos de toda la vida, sin planificar, riadas iban hacia la plaza del Ayuntamiento, otras hacia el cruce de Ronda Sur. Líneas de fuga hacia la carretera del Palmar, hacia el Paseo Florencia o la Gran Vía. Calles y carreteras colapsadas, trenes que se detenían unos segundos en solidaridad, globos de colores por todas partes. Las risas y la fuerza de abuelos y abuelas, padres y madres, jóvenes, niños y niñas. El barrio resiste e imprime intensidad jovial por donde pasa.

Pero faltaba algo… ocupar las vías era más que un simple acto de protesta o desobediencia, era seguir ahondando en el derribo del triple muro: el venidero, el de metacrilato que ya están construyendo para las obras del AVE, el pasado, el que anidaba en cada vecino respecto a los demás y los dejaba inermes, y el presente, el muro de policías que cada tarde rodeaba el paso a nivel donde nos congregábamos. ¿Cómo hacerlo?

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Día 13: por cuarta o quinta vez, he perdido la cuenta, paralizamos el tráfico a la altura de Ronda Sur y, cogidos de las manos, una cadena humana se despliega para envolver la redonda que da acceso a la Avenida de los Dolores… De repente, deshecha y en tropel, comenzamos a virar hacia la Senda de los Garres, un antiguo camino de huerta estrecho y mal iluminado. Allí camiones y coches detenidos, gente a la carrera… Y otra vez fuimos más listos y más alegres. El paso a nivel de los Garres, a unos 2km en línea recta de donde se encontraba el cordón de uniformes y luces azules custodiando las vías, quedó ocupado por la multitud mientras la policía trataba de rehacerse para alcanzarnos. Antes de que llegaran, un tren procedente de Madrid tiene que detenerse a escasos 100 metros de nosotros. En minutos, ya los teníamos delante y a los lados. Pero la tensión se resuelve en algarabía festiva, en emoción rebosando. Otra vez habíamos confiado, y los saludos anodinos e inerciales del día a día ahora eran abrazos y bailes compartidos. Si cargaban o desalojaban por la fuerza ya daba igual, habíamos ganado. Paradójico, a la represión organizada se le vencía sin estrategias, por desborde.

El barrio se afirmaba, un barrio negado y ninguneado durante años. El sur, donde los salarios son más bajos, la tasa de paro más alta y las viviendas más humildes, ese sur que ahora enarbola una diferencia respecto al resto de la ciudad: pueblo, el pequeño pueblo de toda la vida en el que todos se conocen y son casi familia, en que los afectos circulan, te acarician y te sostienen… en que las verbenas se acaba tarareando a Raffaella Carrá por todo lo alto (“para hacer bien el amor hay que venir al sur…”) mientras se reparten pasteles y bebidas. Verídico, más de una noche se acabó así. Este sur tenaz y jubiloso que está levantando a la ciudad entera.

Parte 2: se levanta el aire (30/9-9/10)

26 días de protesta ininterrumpida. Vuelvo a escribir y en lugar de días parece que han pasado eones. Esa impresión de paso rápido del tiempo suele venir cuando hay un antes y un después, cuando la sucesión de los acontecimientos cambia de naturaleza, cuando, en definitiva, surge otra textura, otro clima.

El sábado 30 de septiembre se convoca una manifestación que terminó por ser masiva. Durante el recorrido, comentando con algunos amigos, teníamos la impresión de que nunca se había dado una movilización tan multitudinaria en las calles de Murcia, ni siquiera con las del 15M. 50.000 personas dijeron los medios de comunicación. A su paso, una orquesta de cientos de músicos interpretaba una versión del tema de Pink Floyd, The Wall. La cola de la manifestación no consiguió llegar a la lectura del manifiesto final, no cabía un alfiler. Fue el final de la fiesta que había comenzado 18 días atrás. O al menos, al parecer, eso fue lo que pretendieron, que fuera el final.

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Día 20: Es lunes, 8:00 de la mañana, aún con el café y por las redes sociales empieza a moverse un mensaje: “El muro está aquí, es la última batalla”. Por las calles del barrio también se oyen voces que despiertan a los vecinos: están levantando los paneles del muro a la altura del paso a nivel de Santiago el Mayor, epicentro de la lucha. Cientos de personas se congregan en minutos y una idea comienza a circular: quieren acabar con las movilizaciones por las bravas, si instalan el muro aquí se acabó. Otra vez todo es del azul oscuro de la policía uniformada que en este caso protege la evolución de las obras. Lamentos, llantos y refriegas con los antidisturbios. Detenidos y heridos. Se paran las obras pero sabemos que seguirán. No es la primera vez que trabajan de madrugada para evitar los ojos del barrio. El día se hace denso, la jornada se alarga y el sol va cayendo. Sin embargo cada vez aparece más y más gente. A las 20:00h somos miles. Desde mi posición se suceden hasta tres estampidas de gente huyendo de las cargas policiales. A las 10 de la noche me retiro. El cansancio, físico y moral, ha hecho mella. Vuelvo a casa pensando que todo está perdido, que al día siguiente lo primero que veremos son las pantallas de metacrilato separándonos y que cada uno volverá a la impotencia cotidiana, a los ademanes callados, a la reclusión acostumbrada…

A la mañana siguiente desayuno con noticias de actos vandálicos, de violentos extremistas que se colaron en las protestas causando enormes destrozos durante la noche. “Versiones oficiales”. Pero lo cierto es que ya no hay muro, no hay nada. Por cada lágrima de rabia e impotencia de los vecinos y vecinas al observar el muro ya a sus puertas y al fuerte cordón policial custodiando las obras, por cada carga y cada golpe de porra, por cada detenido… esa noche cayeron las vigas, se quebraron las piedras y ardieron las vías… En el barrio se escucha un rumor: fue “una ventolera” …“Se levantó aire y se lo llevó todo”… “Versiones extraoficiales”. En cualquier caso, lo que parece evidente es que jugar al aumento del malestar en ningún caso constituye una vía de salida. El sur no puede ser tenido como el enemigo al que obturar y neutralizar a base de lógica reactiva, a base de represión e imposición. Su afirmación es más profunda, primera y sustancial.

Hoy las sonrisas continúan. Es día 27 y ya toca prepararse para volver a ver a los vecinos. Para los afectos, para un tejido barrial que sigue bullendo sin cesar. Se ha levantado una nueva acampada y a las noches volvemos a desterritorializar la ciudad.

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