Afloran afortunadamente las voces críticas que nos explican qué pasa con la Universidad cuando se vuelve empresa: la docencia relegada a actividad de segunda, la investigación disciplinada por criterios y rankings que valoran principalmente lo cuantificable, etc. ¿Y la filosofía? ¿Qué pasa con ella concretamente cuando es sometida a criterios de calidad y competitividad? María García Pérez, que estudió filosofía en la Universidad de Murcia y aspira a la docencia, nos lo cuenta desde dentro, vivencialmente, corporalmente incluso. A través de su relato, no sólo comprendemos y sentimos de qué modo se mata la pasión filosófica, convirtiéndola en un asunto elitista y desconectado de la vida, sino también cómo se resiste e incluso se subvierte ese destino. Y cómo los conceptos con los que se trabaja pueden servir para pensar problemas existenciales y apuntar a otros modos de relación con la saber y la comunidad. El combate del pensamiento como lucha contra la estupidez, es decir, contra el pensamiento desconectado, automático y pacificado, sin instante de peligro.
María García Pérez

Hace tres años inicié mi tesis doctoral en Filosofía. Desde entonces buenas y grandes compañeras de viaje han ido renunciando a continuar ese camino. Las razones no han tenido que ver ni con la falta de vocación filosófica ni con la escasez de ayudas y recursos a la investigación. Es más, lo cierto es que la primera siempre desbordó las apreturas de la segunda haciendo que ésta nunca fuera un obstáculo. La opción del abandono cristalizó poco a poco de la mano del virus de los rigores académicos, hoy convertidos en auténticos monstruos burocráticos que tiñen de gris todo lo que tocan y que, como dispositivos a la foucaultiana, producen una determinada subjetividad que entra en contradicción directa con esa pasión, apaciguándola hasta no dejar ni un resto. Sin embargo, ninguna de ellas ha desistido ni de las lecturas y ni del ejercicio del pensamiento filosófico. Basta quedar para tomar un té cualquier tarde y allí comienza a bullir todo con exuberante naturalidad. No hay notas al pie de página, no hay criterios de calidad ni búsqueda de indexaciones de impacto, no hay acreditaciones de méritos ni convocatorias competitivas, no hay firmas ni sellos a estampar por el funcionario de turno. Hay Filosofía.

Yo misma he sido y soy un mar de dudas a este respecto. Tras finalizar un Máster de investigación allá por 2012 me aparté durante un tiempo de la institución académica, de la Facultad en la que había pasado siete años de mi vida. La consecuencia, al retomar, fue la imposibilidad de solicitar ayudas y becas del Ministerio para la investigación doctoral. Había esquivado la mirada del panóptico y ahora era sospechosa. Si me decidí a volver fue porque encontré un director de tesis capaz de devolverle la dignidad a la Filosofía, de bailar sobre aquellas ciénagas como si fueran prados.

Pero mi carácter díscolo (nótese la ironía) no se reduce a ese periodo en el que, por lo demás, pude perderme en lecturas e ideas sin más horizonte que ellas mismas. En 2010, acabando la Licenciatura y junto a un grupo de colegas, rescatamos del olvido una asociación de estudiantes que tiempo atrás había sido fundada en nuestra región. Lo cierto es que la pusimos patas arriba. Sin saber ni cómo ni porqué decidimos que allí no habría grupo directivo ni cargos representativos. Cada cual proponía temas y formatos de discusión e investigación al resto de compañeros y a todo interesado, fuera estudiante de Filosofía (reglada, académica) o no. La consigna era sacar la Filosofía de las aulas, esto es, de los exámenes, las prácticas, los créditos, los títulos… de una carrera que ya observábamos con dudosa finalidad, en la que a veces parecía más importante una calificación numérica conseguida a base de memorizar y vomitar textos que la discusión viva de las ideas.

En medio de ello sobrevino el 15M, la horizontalidad, las plazas y toda ese caudal de energía atravesándonos de parte a parte. Ahora era todo lo que estaba patas arriba. En la propia Universidad introdujimos prácticas de difusión distintas. Las grandilocuentes conferencias magistrales dieron paso a espacios de debate abiertos donde la verticalidad del atril desaparecía. Pero también la calle misma, los bares, los espacios okupados. No había rincón de la ciudad estéril. De días cuyo horario sabido de antemano se dividía en clases tipo: de 8:30 a 10h, Historia de la Filosofía Antigua; de 10:00 a 11:30h, Pensamiento político contemporáneo, etc., pasamos a días con una temporalidad distinta, no lineal y no preestablecida, hecha a empellones de nuestros propios encuentros: asambleas, debates, talleres, jornadas, concentraciones. Días sin horas, días llenos de vida, días de probar hasta dónde puede un cuerpo. Días, en suma, que nos forzaron a pensar más allá de lo aprendido en el aula.

Un instante de peligro

Atrás en mi memoria quedaba una anécdota que siempre he considerado disparador, en mi vivencia particular, de todo esto. Ocurrió a penas unos meses antes de dar vida a la asociación de estudiantes. Estaba inmersa en la solicitud de una beca, la cual no sólo consistía en un aporte económico sino que por sí misma constituía un mérito importante de cara a comenzar la senda investigadora en adelante, para el Máster y el Doctorado venideros. El último día de entrega de la documentación me encontré en el despacho de secretaría de la Facultad a un colega de promoción. Eramos las dos únicas personas que la íbamos a solicitar, y allí estábamos, con el sudor de las manos ya calando en los documentos a entregar y que tantas noches de insomnio nos habían producido. Nos saludamos afectuosamente y comenzamos a relatarnos nuestra mutua odisea.

Entonces me di cuenta, le faltaba un documento. Si esa misma mañana no lo adjuntaba a su solicitud le denegarían la beca. En apenas tres segundos pasaron mil variables por mi cabeza para tratar de evaluar la situación. Él mismo acababa de enseñarme su calificación global de licenciatura… unas décimas superior a la mía. Tenía más probabilidades que yo de obtenerla. Además me había estado informando y lo usual en otras convocatorias era que se otorgara una beca por Facultad, sólo una. Cinco años de esfuerzo de Licenciatura pesaron ahora como una losa sobre mis costillas. Cinco años de vocación denodada que quería continuar como fuera. Cinco años de exámenes, prácticas, trabajos y créditos que, además, no había tenido más remedio que compaginar con trabajos precarios: camarera, cuidadora de niños o ancianos, limpiadora, dependienta. Porque yo (igual él también) venía de una familia con escasos recursos económicos. Si me callaba, si no le informaba del documento que le faltaba, mis posibilidades se multiplicaban; si por el contrario se lo decía y él aun estaba a tiempo de conseguirlo y entregarlo, podía ir despidiéndome. Una gota de sudor resbalaba por su sien, como El corazón acusador de Poe transformado en líquido y epidérmico elemento, en ella me resbalaba yo. Entonces abrí la boca:

-Necesitas el documento acreditativo de la matrícula de tus últimos créditos de licenciatura firmado y sellado por el director del departamento, si subes a la segunda planta te lo pueden hacer allí.

Me dio las gracias como cinco veces y salió corriendo escaleras arriba. Respiré y procedí a entregar mi documentación casi como un autómata. En el autobús de vuelta a casa recuerdo que sentí un terrible cansancio.

Lo reseñable de esta anécdota no es quién obtuvo finalmente la beca, lo importante se sitúa en esos instantes de indecisión. La institución universitaria se edifica hoy en torno a dispositivos de excelencia y competitividad que producen subjetividades determinadas. Como las cárceles, las escuelas, las fábricas, el hospital, etc., que Foucault relataba en sus análisis acerca de las sociedades disciplinarias y de las que luego, también Deleuze, observó una mutación hacia las sociedades de control, de la evaluación continua y del endeudamiento. Ese lapso, esos segundos, eran la prueba de que algo se movía dentro de mí. Había entrado en la lógica del cálculo de méritos objetivos y contables. Ello, conjugado con la precariedad que ya por aquel entonces asomaba, con la crisis que amenazaba con recortes, nos (me) lanza(ba) a una lucha encarnizada por la supervivencia, académica y vital. En ese momento me resistí y, a partir de ahí, el de resistencia fue un concepto clave para mí. Resistirme a un falso elitismo, el del currículum académico engordado a base de items desconectados de la realidad, desconectados del sudor de la frente del otro, del momento de angustia en que una colega decide tirar la toalla (académica o cualquier otra toalla) y de una pasión filosófica que se agosta y reclama otros espacios, otros modos de ejercerse.

Pensar (desde) lo que nos afecta

¿Hacia dónde comenzó a virar mi interés investigador con todo esto? Georges Bataille y Gilles Deleuze, protagonistas, andando el tiempo, de la tesis en la que luego me embarqué no sin tribulaciones académicas. Comunidad e intensidad: comunidad abierta, comunidad de derroche, acéfala, improductiva y transgresora; y caosmótica intensidad de deseos, de afectos que en su encontrarse, por mor de su diferencia, generan nuevos mundos y conceptos y, así, resisten. ¿A qué resisten? A lo intolerable, decía Deleuze, a la estupidez (bêtise), a un pensamiento que, creyendo moverse, no mueve nada, tan sólo falsos problemas por no ser capaz de crear a partir de aquello que verdaderamente nos afecta. Pero también, con Bataille, a las pretensiones de reducirlo todo a mero cálculo, a resultado y beneficio, a lo que nos es útil, hasta convertir la alteridad en objeto. Buscar más allá del sujeto de la representación propio de la lógica del capital, hoy tan globalizada como criminal, que nos ha llevado hasta aquí, que me llevó a mi a aquél instante de un peligro

La idea principal quedó plasmada, aun a pesar de toda esa arquitectura que requiere una tesis para su presentación, aun a pesar de las horas perdidas en papeleos burocráticos, aun a pesar de las lágrimas, los dolores de cabeza y las vomiteras por el estrés. Caosmunidad y erosofía: un tipo de pensamiento filosófico y un tipo de comunidad atravesados por los afectos y no tanto por la razón calculadora, donde se recupere la soberanía del non savoir en su derrocharse, esto es, donde no prime la utilidad y la instrumentalidad, la disposición de medios para un determinado fin, sino donde lo impensado nos impacte como aquél límite, más allá de lo sabido y de lo planificado, que nos empuja a deshacernos y a rehacernos cada vez, a ponernos en juego.

¿No es eso acaso el otro, cualquier otro? ¿Un impensado, una exterioridad que esconde una pluralidad de mundos interafectivos que se nos escamotean? Aquella gota de sudor de mi compañero de Facultad no era más que la punta de iceberg de todo lo que él escondía. Esta es la interpretación que tanto Deleuze como Bataille ofrecieron de la Albertina de Proust en En busca del tiempo perdido. Así, pensar y ser-con es tanto como ser un amante y un artista, un amante herido de soledad que nunca llega a aprehender al otro pero que, justamente por eso, no puede más que verse concernido por él, insidiosa pregunta, y que cesa de amar en el momento exacto en el que cae en el dominio; y un artista que se crea y se recrea a sí mismo en esos encuentros con lo que le es extraño, jugándose como el niño ante un misterio. Ahí, en ese punto exacto en que Eros se hermana con Thanatos para desfondar la propia identidad y sus pretensiones de cierre emerge la verdadera pasión para el pensamiento y para nuestro ser-en común. En suma, lazos interafectivos que en su impacto nos transmuten, nos violenten hasta convertirnos en otros, hasta devenir aquello que no somos, hasta hacer estallar los dispositivos de poder/saber que moldean nuestra subjetividad y nos dan una determinada y meritoria identidad según parámetros impuestos, kafkianos y excluyentes.

Ahora, finalizada la tesis, ante mi se abre la senda del ser-doctora… y ya atisbo sus modos de constricción: la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y la Acreditación), institución por la que todo doctor debe pasar para optar a alguna plaza universitaria medio decente y, para ella, la compulsión por hacer publicaciones e ir a congresos que cuenten para el currículum, las convocatorias postdoctorales y sus laberínticos requisitos y papeleos… Los instantes de peligro se multiplican a mi vista pero, también, las oportunidades de resistir. Como afirmó Foucault, la lucha por la libertad es siempre agon, una batalla sin final.