En esta última crónica desde Grecia, Irene Rodríguez y Marta Pérez se preguntan por lo político de su experiencia de apoyo a las personas refugiadas durante un mes en Tesalónica. Hay que deshacer primero las evidencias sobre lo que es y no es político para encontrar una respuesta que acoja toda la riqueza y la diversidad de la experiencia.
Acompañar sin objetivo previo, compartir la vida entera y no sólo un aspecto, construir una relación de igualdad pese a todas las desigualdades que atraviesan y marcan los cuerpos, manifestar solidaridad concreta y no caridad, cuestionar las legitimidades asentadas, conectar y generar encuentros que potencian, estar disponible, arriesgarse a la impureza, organizar un concierto, bailar, reír… Desobedecer de mil formas posibles, en definitiva, lo que reduce una vida humana al estatuto de la víctima.
Es la política con “p” minúscula o la fuerza de los cualquiera.
Irene Rodríguez y Marta Pérez

Esta última crónica la escribimos desde Madrid, donde llegamos el pasado 30 de junio después de haber pasado el mes en Tesalónica. La esbozamos en el largo viaje de vuelta, con escalas en Atenas y Roma, recuperando algunas de las preguntas que nos hacíamos en el primer texto: ¿es posible acompañar a las personas refugiadas, construir con ellas las formas de apoyarlas?, ¿se pueden encontrar formas y lugares que rompan con la dicotomía asistencialismo vs acción política? ¿de qué están hechos esos lugares?, ¿qué límites y potencias tienen? Nos proponemos el ejercicio de abordar estas cuestiones desde las situaciones de las que hemos formado parte, desde las experiencias que hemos compartido, con la esperanza de que sirvan a otras personas de brújula para el presente.

Acompañar a la gente que está encerrada en Grecia, obligada a vivir en campos militares, es una práctica hecha de incertidumbre, paciencia, cuidados y reflexión continua. A priori no pensamos la importancia que podría tener hacer visitas a la gente que vive en los campos; simplemente visitas, sin una tarea concreta previa. La naturalidad de sentarnos a tomar un té con Shirine, las risas y cotilleos de los cafés con Alise, la acogida familiar de las cenas con Mouna, han sido encuentros de amistad cotidianos. Tanto es así que los primeros días sentíamos cierta rareza, como si con esta forma de acompañar no estuviéramos haciendo nada. Sólo a medida que pasaban los días comprendimos el valor de esas visitas entre amigas que quieren tratarse como iguales, en un campo donde eso es tan difícil. Estas relaciones de amistad en algunos casos se han centrado más en lo personal y en otros han sido la punta de lanza para poder apoyar iniciativas colectivas, como es la escuela de profesores sirios, la organización de proyecciones y el talent show del proyecto refugees.tv en Oreokastro.

“Que quieren tratarse como iguales”, decimos, porque la igualdad constituye un empeño: todas nuestras relaciones han estado atravesadas por la desigualdad, en especial la que existe entre quienes tenemos libertad de movimientos y quienes no la tienen. Ha sido un aprendizaje continuo la búsqueda de encuentros que reduzcan esa desigualdad en vez de ampliarla.

¿Cómo? Con solidaridad. Haciendo cosas que nuestras amigas en los campos no podían hacer solas; conjugando un adentro y un afuera de los campos. Algunos ejemplos: conseguir derivaciones de personas enfermas al sistema sanitario griego a través de la Social Solidarity Medical Centre de Tesalónica (SSMC); hacer llamadas a ACNUR para asegurarnos que las familias iraquíes de Sindos-Frakapor pudieran hacer el pre-registro antes del 30 de junio, fecha en la que quedaban fuera del programa de reubicación; acudir a las reuniones y asambleas de las iniciativas de apoyo a las refugiadas en Tesalónica ofreciendo nuestra tarea y tiempo a las redes de apoyo mutuo de la ciudad; etc.

Fachada de la Solidarity Clinic de Tesálonica

Fachada de la Solidarity Clinic de Tesálonica

Nos han hecho la pregunta, nos hemos hecho la pregunta, de si en todo lo que hemos observado y compartido hemos conocido iniciativas “políticas” llevabas a cabo por los propios refugiados; una suerte de ejemplo de cómo los propios refugiados se “constituyen en sujeto político”. Sin embargo, a medida que iban pasando los días y las relaciones se hacían más cotidianas, se nos hacía menos necesaria esa búsqueda. ¿Nos servía para entender la situación que viven las personas que habitan los campos? Por ejemplo, cuando Ahmed en el campo de Oreokastro se preguntaba si vivía en una cárcel porque la policía no nos dejaba entrar a cenar con su familia, ¿es la pregunta sobre la constitución como sujeto político la que importa? ¿O es más bien la que indaga sobre qué formas de comportarnos nos ayudan a juntarnos y a valorar el estar juntos entre iguales, cuando todo a nuestro alrededor, todas las fronteras, nos separan de forma tan violenta?

Casi por intuición, pero también gracias a la ayuda de las reflexiones conjuntas que, en gran parte, la escritura de estas crónicas nos facilitaban, la forma de escoger por dónde tirar se preguntaba por dónde teníamos que poner el cuerpo, de qué forma de apoyo podíamos participar y cómo.

Por ejemplo, las asambleas preparatorias del No Border Camp se celebraban los lunes en uno de los centros sociales okupados de la ciudad, Orfanotrofio, donde viven alrededor de un centenar de jóvenes refugiados de diversos orígenes. Uno de los temas que más preocupaban en esas asambleas era cómo conectar el evento del No Border Camp, diez días de acampada en la universidad de Tesalónica con concentraciones, talleres y ponencias sobre fronteras, con la gente obligada a vivir en los campos militares alrededor de la ciudad. La desconexión entre acción política y personas que viven en los campos militares que se discutía en Orfanotrofio nos afianzó en nuestra práctica: dedicar buena parte de nuestro tiempo a hacer visitas en esos campos y, en lo posible, a servir de nexo con el afuera.

Un afuera que no es solamente físico, y que tampoco se circunscribe ni a los lugares donde se presta asistencia ni en los que se preparan acciones políticas. El afuera es también, y quizá sobre todo, sentirse fuera del lugar que te separa de los demás y parece que convierte todo lo que eres en una sola cosa: una refugiada en un campo militar.

El pasado 24 de junio, la Solidarity Clinic de Tesalónica organizaba un concierto en apoyo a las personas refugiadas. Algunos de los participantes en la clínica organizaron el transporte de más de 500 personas desde tres campos militares – Sindos Frakapor, Oreokastro y Lagadikia – al puerto de la ciudad, donde se servía comida y bebida y había un grupo de música siria en un escenario al lado del mar.

En el campo de Sindos Frakapor se apuntaron 250 personas en un solo día para ir al concierto. La gente se arregló, se pintó y se subió a los autobuses con una emoción imposible de disimular y que salía a borbotones a medida que nos aproximábamos a la ciudad, cantando y dando palmas. Al llegar al puerto todo eran saludos, encuentros, niños jugando, colas para la comida y la bebida, selfies con el mar de fondo y paseos por el recinto. Los músicos ensayaban y preparaban sus instrumentos y la gente de la Solidarity Clinic repartía folletos de la clínica. Se respiraba un ambiente festivo; un ambiente de celebración, de celebración de vida. Nos encontramos a mucha gente amiga a la que veíamos casi a diario en los campos. Pero nos mirábamos bajo una luz diferente: bailando, riéndonos a carcajadas, cantando canciones importantes con lágrimas en los ojos, divirtiéndonos, sintiéndonos libres, sintiéndonos personas normales que pasan el domingo en un concierto en el puerto de la ciudad. “Here I am not a refugee!” nos decía un amigo.

Gente llegando al concierto que organizó la Solidarity Clinic de Tesalónica

Gente llegando al concierto que organizó la Solidarity Clinic de Tesalónica

Esta belleza no estuvo exenta de momentos de tensión: en las colas de la comida y de la bebida y en las de los autobuses de regreso a los campos. Los cuerpos se encontraban, a veces, con muchas desigualdades: roles de género, dificultades en la comunicación, tensión acumulada en todos los meses de espera y, sí, el conflicto que puede surgir cuando se intenta romper la lógica de posiciones del asistencialismo —está el que da y está el que recibe— por una de solidaridad —hacemos esto juntos, cada cual lo que puede desde su lugar. Tener en cuenta esos momentos de tensión, reflexionarlos sin que impidan disfrutar (y repetir) encuentros como este forma parte de ese empeño en tratarnos como iguales. Los días posteriores a ese domingo en el puerto, en nuestras últimas visitas a los campos, personas que nos reconocían de esa noche nos paraban para darnos las gracias por el concierto. Para decirnos que había significado mucho.

Entrar, estar dentro o no entrar (en los campos militares)

Hemos tenido, y tendremos, discusiones y conversaciones sobre si entrar o no a hacer cosas en los campos militares. Hay compañeras que quieren ir a Grecia y nos dicen que buscan un proyecto fuera de esos lugares. Lo entendemos. Pero ahora sabemos que esa pregunta no se puede responder con un a priori. Porque, por ejemplo, ese concierto en el puerto no habría sido posible sin gente visitando los campos militares y hablando con las personas que viven en ellos. Un estar dentro imprescindible para construir un afuera juntas.

Así, nuestra experiencia nos dice que para salir de los campos con la gente que está en ellos es necesario ir, y que lo que merece la pena buscar es la manera en la que se va. Para entender esto nos puede ayudar la comparación con las ONGs, que están en los campos con una misión en concreto, ya sea la atención sanitaria, el reparto de leche para bebés o la creación de un “espacio seguro” para madres y sus pequeños. Hemos conocido varias personas que colaboraban con ONGs cuyo compromiso es tan grande como su capacidad crítica para intentar romper todos los límites que tiene trabajar en una organización con un enfoque de gestión (del campo). Por ejemplo, en uno de los campos, la ONG sanitaria tenía una oficina contigua a la de los militares donde recibían a la gente, pero no solían entrar al barracón de las tiendas. Esto retrasó el encuentro con varias personas enfermas que necesitaban asistencia y que por desconocimiento y/o desconfianza no se habían acercado a la oficina. Además, estaba el problema de las derivaciones a hospitales de la ciudad: sin acuerdo con las instituciones griegas, durante el mes de junio la mayoría de las personas que se iban en taxi desde el campo a un centro sanitario volvían sin ser atendidas. Es en relación a la efectividad limitada de una organización enfocada a la gestión donde tiene sentido hacerse la pregunta de la legitimación: ¿tiene lo que hago el valor suficiente como para contribuir con mi presencia a legitimar la opción del gobierno griego por los campos militares? Esta pregunta nos la hacemos todas, pero es evidente que el poder de legitimación de una ONG es mayor que el de grupos de visitantes independientes.

Otro ejemplo, el proyecto de escuela en Oreokastro. A pesar de que corría el rumor de que varias ONGs querían construir una, el tiempo pasaba y la escuela no llegaba. Los maestros del campo y la gente de refugees.tv, con ayuda de material comprado con las donaciones que recibimos de amigas, pusieron la escuela en marcha. Merece la pena preguntarse: ¿lo que yo hago tiene alguna conexión con lo que la gente ya está organizando por su cuenta en el campo?

Si tenemos que decir algo con respecto a la política, diríamos que está ahí: en la búsqueda de la manera que permita conocer cómo apoyar las cosas que ya se dan. Contribuir a la fuerza de los cualquiera, con sus límites, sus contradicciones y sus problemas. Una fuerza, por ejemplo, como la del proyecto de acogida de familias en hogares en Tesalónica, apoyado por el centro social Micrópolis.

Dimitra, una compañera de la Solidarity Clinic nos decía que la clínica hace solidarity, no charity; hace política desde lo social, política con “p” pequeña. Nosotras incluimos el acompañamiento que nos habéis hecho en Tesalónica a través de revista Alexia dentro de esa política con “p” pequeña. Y queremos agradecéroslo con una “g” mayúscula: ¡Gracias!

Crónicas antiheroicas griegas (I): tras el desalojo del Idomeni

Habitar la espera, entre los campamentos y los campos (crónicas antiheroicas griegas II)

De cerca, ningún campo de refugiados es normal (crónicas antiheroicas griegas III)

¿Cuál es la fuerza de un gobierno? (crónicas antiheroicas griegas IV)

Making of de las “crónicas antiheroicas griegas”