En la conversación que tuvimos después de hablar con Javier Olmos “Jabuti” sobre la cocina de Tabacalera surgió la idea de imaginar, como forma efectiva de autogobierno del Campo de Cebada, una posible asamblea de jefes de bandas o tribus, por inspiración de lo que sucedía en la mítica película The Warriors. Se nos ocurrió pedirle a nuestro amigo y habitante del Campo de Cebada, Lucio Compau, que desarrollara esa idea en forma de ficción, y aquí lo tenemos. Un relato que desprende más verdad que muchas tablas de datos.
LUCIO COMPAU

Un domingo soleado de final del invierno.

La cancha llena, los músicos bajo la canasta de baloncesto, donde da más el sol. Botellón de los buenos.

Allí estaban reunidas todas las tribus de La Cebada: hipsters del barrio, jipis con hijos, turistas despistados, señoras que se asoman a preguntar sin llegar nunca a entrar, gente de Pozuelo de Alarcón que han venido de domingodecañasporlalatina, los del básquet que bajan también al solete, a jugar en media cancha, o tomar el sol, o dar una vuelta, el que vende las litronas a gritos, los bangalíes que venden birra silenciosa y constantemente, algunos fumetas que bajan un rato pero se piran a comer con sus abuelas, las hortelanas, los arquitectos, los de Podemos, un par de grupos de chavales sanos que bajan a hacer picnic sentados en el hormigón, algunos perros y unos pocos padres con bebés a los que no dejan tocar el suelo.

¿Están todas? No. Faltan los mendigos, los locos y los indeseables. Nadie los ha invitado, pero ahí bajan la rampa, como quien entra en su casa. Habría que estudiar el impacto que tiene en la vida de La Cebada esa rampa que convierte en emperador a todo aquel que baja al agujero, un paseo ni muy largo para ser penoso ni tan corto para ser un mero trámite. Esa rampa desde la que se divisa todo el espacio, hasta que uno la baja, perdiendo poco a poco la perspectiva y hundiéndose entre la masa, que se convierte entonces en muros de personas que te hacen mirar hacia el cielo. Ahí parados, a media rampa, sacan los punkis costras una escalera y subidos en ella, se ponen a gritar: ¡Consejo de sabios! ¡Consejo de ancianos! ¡Consejo de tribus!

Sin comprender mucho, seguramente sin siquiera escuchar, la mayoría no les hace caso. Pero de repente, de cada círculo de amigos se levanta uno y se encamina como poseído, entre obligado y comprometido, con un cierto aire de suficiencia mezclado con el del condenado. Se reúnen abajo, en la pantalla de cine, en la zona ahora umbría, cada cual coge una silla, se apoya en la pared, se encarama a algún resto de mueble, cuatro se asocian para mover una grada, dos traen un banco que quedaba un poco lejos, comienzan a rular las pipas y alguna birra a medio terminar, y el espacio se convierte en un improvisado hemiciclo, más parecido a una reunión de vecinas en el portal que al parlamento como lo conocemos.

Todos se van presentando: soy Julia, de los hipsters; Shakur, banglas; Fer, básquet; la Mone, camellos; la Rata, costras; Jorge, bricolaje; Pepa, jardín; Luis, músicos. Se suceden muchos nombres y muchas filiaciones: libros, deportes, marcianadas, actividades, bailes. Carlos, de los vecinos buenos, Javier, de los vecinos asociados, Piedad, de los vecinos línea dura, hasta que termina un chaval diciendo: soy Alberto, de la asamblea. Y ahí se hace un espeso silencio. Nadie ha vuelto a hablar de la asamblea desde que se reconoció su invalidez y se impusieron los Consejos para tratar de hacer de la Cebada no ya “un lugar mejor”, sino un lugar del que cada cual pueda sacar lo que desea, sin por ello privar a los demás de sacar también lo suyo. De eso fue hace tanto que nadie sabía que la asamblea seguía activa como tribu.

Se conocen de otros Consejos, se reconocerían desde muchos metros de distancia, sus estéticas son tan reconocibles, sí, pero también tienen tantos que las siguen… Se respetan entre ellos porque saben que otros les respetan. Sin embargo, hoy se tienen que presentar porque se da una cita triple de Consejos —de sabios, de ancianos y de tribus—, ocasión que sólo se repite cuando dos lunas llenas seguidas caen en sábado noche o en situaciones extraordinarias. La última fue hace tanto tiempo que algunos ni la recuerdan, pero todos conocen las normas: cuando tres jefes convocan Consejo, hay que acudir. Puede que sea para celebrar el cumpleaños de uno, puede que sea para estar hablando durante varios días, con varias paradas obligadas por falta de luz o por lluvia, como sucede también en los partidos de cricket.

En este caso, la propuesta puede ser rápida, pero también puede ser eterna. Alguien de los convocantes, Rata, toma la palabra para anunciar: único asunto a tratar acabar con la guerra entre bandas o no se podrá disfrutar del espacio este verano. El Organismo Regulador de los Espacios Públicos (OREP) les ha dado un ultimátum: si los Consejos no lograban gobernar el Campo, serían asimilados al resto de espacios públicos, donde sólo rige la ley municipal. Los Consejos dejarían de ser soberanos y el recurso del que todos disfrutaban se agotaría, les sería arrebatado o terminaría inservible.

En el siguiente instante, una algarabía de insultos, medias palabras, silencios, miradas asesinas y empellones se eleva como un tsunami en el Consejo; todos veían claro que muchos años de convivencia sin consenso conducirían, algún día, a la conversión de este espacio común en un espacio público donde se impusieran unas reglas, las que fueran, en lugar de funcionar todas las reglas, cada una en su momento, en su espacio, gobernando a cada uno de los grupos humanos. Ya se habían intentado esbozar, en acuerdos previos, normas que regulasen las relaciones entre bandas, es decir entre momentos, espacios, prácticas, olores, ruidos e imaginerías, pero las disputas estaban cada vez más centradas en la violación o no de esas normas que en conflictos sobre los hechos en sí, casi siempre poco importantes, y lo que es peor, esas disputas se propagaban muy rápidamente entre los miembros de las tribus, siempre abiertos a medias verdades e informaciones desgastadas.

El OREP apretaba a esta vieja forma de gobierno de un espacio, por Consejos, con el objetivo de asimilar el espacio a las leyes “superiores” que pretendían ser universales para todos los espacios. Eso conduciría a que cada tribu de La Cebada pudiera irse, cada una a su lugar, allá donde pudieran hacer lo que quisieran, en soledad, sin molestar a otros, por un lado y, sobre todo, en nombre de la igualdad de oportunidades, a garantizar una accesibilidad mayor a este espacio a aquellos nuevos usuarios que no pueden sentarse en los Consejos, por no tener legitimidad, es decir, respeto por parte de nadie.

Así que el Triple Consejo sabía que debía su supervivencia a terminar con esa guerra que ahora, en medio de esta inmediata jauría desatada, parecía completamente imparable. Los perros de los punkis se ponen a ladrar como locos hasta que un joven skin, que la lía cada viernes por la noche, los hace callar con una patada, y con su enmudecimiento parece que todos se dan cuenta de cuánto se juegan y, malqueriendo, se impone el silencio. Rata, que aún tenía la palabra, continúa, tranquilamente, desgranando las leyes que se aplican para hacer uso de la palabra en los Consejos.

Se habían intentando acuerdos previos entre las bandas más cercanas, para poder copar el Consejo y lograr una paz duradera que incluyera el destierro de una o varias bandas, a sabiendas de lo difícil que sería llenar el hueco que dejaría la tribu desterrada y el alto riesgo de que la tribu que la sustituyese fuese aún peor. Se había intentando hacer llamamientos vacíos a la paz por el bien de todos, se había tratado de demostrar que la guerra ya había perdido su sentido, que no era ya más que una disputa sobre una disputa hoy en día ya olvidada. El Consejo fue desgranándose, dejándose caer por la tarde y la longitud creciente de las sombras, y aunque el frío de esos días soleados, cuando el cielo está despejado, parece cortante, nadie se mueve de La Cebada, todos esperando a que sus jefes vengan a informarles, en cascada, de cómo deben comportase en lo sucesivo.

Foto aérea del Campo

Surgen argumentaciones de todo tipo con el fin de zanjar los conflictos abiertos, se recuerdan casos previos, soluciones creativas, atajos y reparaciones, más o menos efectivas, realizadas en los años que el Consejo lleva juntándose. El Consejo de ancianos tiene mucha memoria y capacidad de escucha, pero está un poco desfasado, tiene muchas ideas, mucha lectura y mucha capacidad creativa, pero resulta a veces teórico. El Consejo de tribus tiene mucha calle, muchos cuerpos en movimiento, mucha capacidad resolutiva, pero ahora resulta demasiado crispado. Su suma produce un cerebro político multifuncional que busca un solución ecuánime, creativa, avanzada, valiente, que responda a todas las sensibilidades que se vienen dando cita en este espacio.

Alguna tribu ofrece su destierro con el afán de desbloquear un acuerdo de paz para todos, pero eso no permite que otras tribus, que usan el espacio con otros tiempos y otras formas, depongan las armas de sus propios conflictos, que mantienen con terceras tribus. Algunas tribus proponen fusionarse, otras dar un paso atrás. Ninguna de esas soluciones permitiría ser presentada al Organismo Regulador como exitosa, ya que no todos los que aprovechan el espacio común lo podrían seguir utilizando. Según la tradición, un espacio común debe expandirse, ser más denso o más rico, para no perder su derecho de ser autogestionado.

Al filo de la noche, se decreta una parada para comprar café y algo de comer para el tramo nocturno. En ese rato, los jefes aprovechan para charlar con sus tribus, que esperan ya, abrigadas hasta los dientes y muy aburridas, arriba, sin acechar al Consejo, pero sobrevolándolo. Se han ido reagrupando sin respetar sus posiciones habituales: líderes de grupo que se conocen se han prestado comida, espacio, calor, alimentos. Vistos a la salida del Consejo, todos los usuarios de La Cebada se han convertido en una especie de tribu variopinta, de masa informe indistinguible a contraluz, una especie de nueva tribu cruzada, formada por aquellos que se (re)conocen del espacio. Esta camada no está exenta de conflictos, pero la sensación crepuscular de aquel Triple Consejo, del que no ha vuelto a salir una voz más alta que otra desde que los perros dejaron de ladrar hace horas, les acalla. De alguna manera, todos ellos entienden que estar al raso, en un pozo de hormigón rodeado por una estúpida valla blanquiazul, esta noche y día tras día, noche tras noche, aunque no se vean nunca y sólo encuentren, de vez en cuando, los restos de los otros, odiosos, o se vean obligados a compartir su preciado terruño con aquellos que lo malgastan o lo mancillan con sus prácticas inaceptables, es lo que les une.

Sus jefes, que habían pensado ir al Onís para encargar cafés para todos, finalmente se dan la vuelta, porque intuyen que la solución tiene que estar cerca cuando ven que aquellas personas que los respetan están más unidas entre sí que a ellos.

Una chica joven, de street workout, que apenas había hablado por el reparto estricto de tiempos según el disfrute del común, se decidió a usar su turno de palabra, en lugar de pasarlo, como pensaba hacer, hastiada, y alzar su clara voz al grupo que se estaba levantando para el descanso, y entonces dijo: en realidad yo pertenezco a varias tribus, me daría igual seguir una orden de una que de otros. Y los míos pertenecen a varias más, distintas a las mías. Bajan los martes, lo sé. Alguno ha venido con el equipo de su barrio a jugar un partido de baloncesto. No es que charlen con los del jardín o hayan limpiado con los músicos alguna vez. Es que, de hecho, podrían responder a otro liderazgo casi sin darse cuenta. En esta guerra, al ritmo que van, terminarían teniendo que dispararse a sí mismos en bandos enfrentados. Y eso es físicamente imposible. O partimos artificialmente nuestras tribus, o no tendremos cuerpos para llenar todas las trincheras. Terminemos la guerra simplemente volviendo a los tiempos de la convivencia, en el que cada uno podamos seguir siendo miembros de las tribus que queramos, libremente, lo que a su vez nos permitirá disfrutar del espacio común y ampliarlo, densificándolo porque será más complejo.

Gran ovación, más grande que aquella chica menuda subida a una mesa envejecida y tambaleante.

Un sabio, siempre con derecho a réplica, cortó la ovación para preguntar: ¿y cómo aseguraremos esa paz que propones?

No lo sé, dijo ella, apesadumbrada.

Un anciano recordó, por fin, que las tribus las habían inventado ellos en algún momento y que eso no fue en la noche de los tiempos, y que, por tanto, podrían fundar nuevas tribus basándose en las nuevas relaciones que se venían alumbrando y en las que se habían certificado en este largo día que recordarían durante mucho tiempo.

Un murmullo de aprobación recorrió el Triple Consejo y se fue extendiendo de manera imperceptible entre los congregados arriba, que asentían sin entender.

La Rata, para dar por concluido el Consejo, llamó a votación a mano alzada la única propuesta, magra pero consistente que podían convocar: en el próximo Consejo de tribus, se fundarían nuevas tribus. Unanimidad, ovación y servesa amigo para todos, por una vez, a cuenta de la casa.