Sonia fue a la manifestación del 9 de octubre en Valencia y vivió muy de cerca la agresión fascista. Temió ver entre los ultras a alguno de sus alumnos de FP, que simpatizan con los Yomus. Eva leyó el post de su amiga Sonia sobre la agresión y la escribió, quería explicarle por qué ella no hubiera ido a esa mani del 9 de octubre. Así empieza un intercambio entre dos amigas que intentan entenderse aunque vean o sientan lo que pasa de modo diferente, un intercambio donde podemos leer las razones de cada una para sumarse o no a lo que está pasando. Razones que intentan explicar afectos y miedos, preguntas que se quieren compartidas, todo eso que nunca aparece en esas discusiones y esos textos donde los argumentos se afilan para intentar convencer y ganar.
Sonia Pina y Eva Fernández

Sonia:

Ayer un alumno nuevo de FP Básica se acercó a mi mesa. “Profe”-me dijo- “que el otro día en la calle estaba haciendo como que disparaba una metralleta y en ese momento pasaste por delante, pero no iba por ti, ¿vale?”. Le dije que efectivamente no me había herido, y le pregunté que a quién disparaba; con una tímida sonrisa me dijo “bueno, a nadie en concreto, es que quiero ser legionario”, y volvió a su mesa. Miré su muñeca y sí, es de los que llevan la pulsera rojigualda; en esa clase son varios: brazos de gimnasio, voces graves impostadas. Yo para ellos debo de ser una mujer extraña que les habla de discriminación en el trabajo, derecho de huelga y tonterías así. Ellos (familias precarias, extrarradio, muchas veces violencia) se suelen poner del lado del empresario en los debates, en un ejercicio de empatía interclase vertical ascendente a la que ya me he acostumbrado.

Yo en clase entro con varias capas de pintura, nunca salgo intacta pero nos compensa, a mí y a ellos, que algo se llevarán también, por si sirve.

Me importa, más que no ser blanco de su metralleta ficticia, no acabar la clase deseando dispararles yo a ellos. No siempre lo consigo.

El lunes se celebraba en Valencia el 9 d’octubre, fiesta autonómica. Cada año, desde que el PP perdió las elecciones, el ambiente es más agresivo. Por la mañana se convoca la “procesión cívica”, un baile de banderas e insultos donde toda esa parte de la sociedad que no aceptó la derrota después de 24 años se viste de valencianismo rancio, cada vez más escorado a la ultraderecha y más catalanofóbico. Fui a la plaza del ayuntamiento a ver el ambiente y pasé por delante de grupos de ultras gritando brazo en alto; buscaba caras conocidas, esperando no encontrar a nadie pero sabiendo que perfectamente podría haber reconocido a un Noel, un Adrián, un Álex, por nombrar algunos alumnos que sé que simpatizan con los Yomus. Imagino que nos hubiéramos evitado; yo, sin mi capa de profe, no hubiera sido más que una roja feminista insultable que caminaba -dejamos de hacerlo- de la mano de otra mujer. ¿Qué haríamos con el afecto que, aunque leve en muchos casos, se crea al acabar el curso? ¿Nos molestaría?

Caminar por la Plaza del Ayuntamiento era violento, estaban muy agitados y el entorno les aplaudía: familias enteras envueltas en banderas españolas, insultando a la comitiva oficial y a cualquiera que no pensase como ellos.

Me fui a casa con una sensación viscosa y una necesidad grande de estar en esas calles, de dejarnos ver, de hacer bulto. ¿Quiénes? ¿Hay un nosotrxs en todo esto? ¿En un día de reivindicación de símbolos identitarios que no siento míos?

Por la tarde volví a salir, esta vez para acercarme a la manifestación convocada por la izquierda. Allí estaban de nuevo, concentrados; ocupaban toda la plaza de San Agustín separados por un cordón policial que en un momento dado se rompió; tuve que correr delante de varios ultras que se le escaparon a una policía lenta y complaciente. Patearon delante de mí a dos personas, muy jóvenes y asustadas, con odio y placer, sólo por sus rastas y su aspecto. Sangre, hielo en la espalda, lágrimas de miedo y rabia.

La actividad política de mi entorno durante décadas ha consistido en una ocupación festiva y autocomplaciente de la calle, con batucada y tráfico cortado para la ocasión. Parecía que lo peor que podíamos encontrarnos eran miradas de asco desde las aceras de la Calle Colón. Hasta el otro día. ¿Se habrán cansado ya de mirar? ¿Tendremos que acostumbrarnos al insulto de la pescadera del mercado, de esa pareja bien avenida que nos adelantó enfundada en sendas banderas y que vimos al rato gritando desencajada?

Hace dos días puse un post público en mi muro denunciando la agresión de la que fui testigo; en estos momentos tiene ya 800 likes y 50 personas sin conocidxs en común me han solicitado amistad. No las estoy aceptando, no quiero redes frágiles; vuelvo a la cueva.

Por otra parte, a mí el feminismo me ha enseñado muchas cosas: me ha permitido sentir ira y al mismo tiempo me ha dado las claves para controlarla y poder vivir, buscando personas afines y caricias. Quizá para mí hacer política es decirnos que no estamos solas, que eso que se crea en común es poderoso. No sé.

Eva:

Cuando te escribí ayer, Laia se había partido la cara contra la pared del colegio, y de repente entro a facebook, donde tú me metiste y te veo pidiéndome apoyo para una causa que no entendía en absoluto, me salías una y otra vez la primera. De repente eras tendencia. Leí toda la conversación y no daba crédito. Qué estaba pasando. Qué hacías tú de repente metida en el “mambo del procés” que dice la CUP en ese vídeo que sí había visto…

Por otro lado, reconocía tu valor. De siempre. Así te conocí, apostada por meses, en ese campamento a favor del 0’7% para el mal llamado “tercer mundo”. Con el mismo gesto acogedor que de contundencia en un “no me voy a ir de aquí”, pase lo que pase. Yo sí me iba a dormir a casa: tú, no. Con todo una y otra vez viendo ese post pensaba: pero a Sonia, quién le manda. Tal cual me salía la frase, evocaba mi franquismo cobarde, tan familiar, y pensaba: ¡joder, qué digo! Entonces te escribí esto que copio ahora tras tu texto. (Es un orden bonito, al revés).

“Me gustaría que si quieres escribamos una conversación. Una conversación honesta entre dos personas… que intentan entenderse porque te digo que yo si estuviera en Valencia, ni hubiera ido a la mani del 9, ni iría a la de hoy a denunciar las hostias que os metieron. Aquí te doy mis motivos.

La política que puedo hacer, no encuentro manera constructiva de hacerla entrar en relación con lo que en estos días nos enciende. O nos apaga. Manifestaciones, contramanifestaciones. Policías garantizando seguridades, votaciones sin urnas, democracias en votos, indignaciones consecutivas de unas contra otros, descalificaciones, bandos, tristeza, desprecio mutuo, generalizado sobre todo contra la gente cualquiera.

Toda acción política parecería ahora útil para teñir de mierda cualquier manifestación concurrida, “popular”. Así agravio tras desagravio, vamos. AmiguEs tras amiguEs en facebook van declarando que se superan líneas rojas, asuntos intolerables, me llaman a posicionarme. Yo no quiero. Me pregunto si soy cómplice del fascismo. Dicen que lo estoy siendo al no posicionarme.

Por mi parte ya sé que no soy guay. Me gana el miedo con demasiada facilidad. Por eso, para contar cuanto puedo conmigo, no participo de política alguna que me niegue. Y por eso no deseo participar en ninguna acción política que obvie que nací en un barrio que ha acogido y tolerado un fascismo creciente en todos estos años, que yo no he enfrentado. Mi vecino de rellano, del noveno piso de mi edificio en el barrio de Orriols donde me crié, simpatiza con el fascismo (que es otro modo de decir que en todos estos años no he averiguado exactamente en qué milita). Los gimnasios de España 2000, tan útiles para combatir la heroína en mi barrio, reparten comida solo para españoles desde hace años.

Con su hermano, recuerdo cuando de niños fuimos juntos al campo del Levante, no recuerdo a qué… Sé que a uno de sus amigos, que entonces nombraba yo como “deficiente mental”, le animaban a quitar con las uñas de las manos los números de los asientos. Cuando comenzaron a sangrarle las manos, le instaban a seguir y seguir. Eran unos bestias. Ahora pienso que nadie les había financiado ninguna blandura, ni autocomplacencia. Se machacaban. Les machacaban. Dos hermanos yonquis tuvo mi vecino. Uno pasó por la cárcel. Otra no, pero perdió los dientes.

Yo he sufrido dos agresiones fascistas en mi vida. Lo que supe, cuando a mis amigos Boni y Juanjo les reventaron la cara a puñetazos por su supuesta homosexualidad, es que o aprendía a boxear (algo tarde) o tenía que dejar de creerme tan mejor que las demás, si quería sobrevivir.

Significa eso que llamo a sustraerse de la política. No. Llamo a encontrar la manera de no participar de “la política” que le dé una excusa a mi vecino para partirme la cara. Ya soy suficientemente pobre como para saber que los nazis nunca dejaron de actuar. Los delitos de odio no han hecho más que crecer en el Estado Español tras el inicio de la crisis, que fue hace muchos años.

También sé ya que los guays tampoco son tan espléndidos como para preocuparse por mí. Sé que es muy difícil salvarnos en un mundo que nos machaca. Y necesito toda la política del mundo para no tener que partirle la cara a mi vecino. Ni que él me la parta a mí, y todo porque dicen las CUP que ha empezado el mambo, y dice el PP que España se rompe, y Felipín que dice Piolín que dice…

Sonia:

Me impresiona el ojo de Laia, pobre… estos días veo violencia hasta en las paredes… Sigo: sabes que el mambo me mueve poco; me carga la retórica nacionalista: “la veu del poble” también es la señora que le dio con la bandera española en la cabeza a María, o las hordas de falleros gritones que detesto. ¿A quién sacamos del concepto “poble” para sentirnos cómodas?

Por otro lado, cuando corríamos el lunes en desbandada al ver que un grupo de ultras se había escapado del cordón policial, un chico gritaba: “¡no corráis, que no somos nenazas!” Definitivamente, correr delante de un mismo facha no te te hace más afín.

Una nenaza ocupando mi trozo de calle: eso quise ser el lunes y por eso fui a la manifestación.

Esto lo ha removido el tema catalán, pero sabes que a Valencia le falta siempre poco para sacar la pus intolerante que duerme debajo de estadios de fútbol, fallas y supuestas agrupaciones culturales. Aquí el baile de banderas es más complejo que en ningún otro sitio, y pocas nos respetan. O ninguna.

El lunes nuestros amigxs con plumas más visibles no salieron de casa, e hicieron bien. Yo no soy ninguna mártir ni creo que a estas alturas me apetezca ser guay, pero sí, me quejo y lo seguiré haciendo; sabes que cabezota soy.

Por otra parte, yo creo que esto ya no es guay, es más bien demodé (correr delante de nazis, Evita, después de tanta deconstrucción… ;-))

Mira, me acaba de llamar A., la chica agredida el otro día. Le duele todavía la espalda y a D. la cabeza de las patadas que les dieron. Ellxs tampoco son nacionalistas, son gente que salió a llenar la calle de otro color al ver el aire tan rojigualdo y violento. También se preguntaban, después de la paliza, qué hacían allí. No hace falta que nos anuncien un mambo para saber que aquí hay gente que odia y pega a cara descubierta, y que nunca hay consecuencias.

Van a denunciar, y me pide que testifique; pues claro.

Eva:

Está bien reírse querida. ¿Demodé…?, jejejeje…. y tanto, me ha venido la imagen de la concentración contra la manifestación contra los extranjeros que se legalizó en Valencia en el 98, organizada por el ubicuo Jose Luis Roberto en Ruzafa. Solo recuerdo que de repente nos estábamos socializando los cuatro permanentemente movilizados de ese momento en la izquierda, tranquilos con el permiso de Delegación de Gobierno bajo el brazo, y sin mediar explicación nos disolvieron a partes iguales la policía y otros mazas que debían de estar esperando a que su manifestación saliera. Yo acabé en el séptimo piso de un edificio en obras, escondida detrás de unos ladrillos por horas. Previo a lo cual había estado en fuego cruzado. Una nenaza. Cagada de miedo.

Sí, hay que reírse. Es lo mejor que podemos hacer. Tomarnos también un poco en broma. Bajar la tensión. Los españoles y sus toros, entrando a todos los trapos como si nos fuera la vida en ello. Pueblo de embestirse. También. De élites genocidas, también. Justo una parte de nuestra generación se crió entre algodones y ahora aparecieron las paredes de hormigón. Cemento armado.

La semana anterior a la de la manifestación que estuve en Valencia, vi mi barrio plagado de banderas de España. Donde vivo en Madrid no había, pero aquello estaba lleno. Al tiempo vi la tele, que ya sólo la veo en casa de mis padres. Fue el día de la votación impedida. En la pantalla, las fuerzas del orden golpeaban a gente por procurar celebrar un referéndum. Lloré todo el día. Al tiempo, enumeraba: mi vecino Juanjo y su bandera de España, Jeromín, el del segundo, el cuarto, la rubia… y tantos más. Luego escuchaba a Colau hablar de lo intolerable y me decía tampoco va por ahí. Lo intolerable hace tiempo que está desatado. El problema no es la amenaza fascista. El fascismo es nuestra normalidad. Los desahucios, la mitad de la población española en caída libre al subsidio social -yo incluida-, el miedo que nunca nos dejó y que nos impidió atajar a tiempo “delitos de odio” que no han dejado de producirse. Odio a lo diferente que despreciamos o que nos amenaza.

Yo estoy obsesionada con la aporofobia; mirar el mundo desde la pobreza. Ayer pensando en “contraprogramarte” la movilización social imaginé para cuándo una manifestación contra la aporofobia. Luego leí un libro en la librería para pensar más y descubrí que es un término que se inventa Adela Cortina para advertir del que para ella es el “desafío democrático crucial”. De repente me puse a sospechar si no estaba practicando también otra forma de buenismo. De ligera superioridad moral. Sospecho de mí. Aunque lo que definitivamente me rebela es que sea más grave pegar a un “progre” que a un “sin techo” y eso no ha dejado de hacerse… Y, sobre todo, no tolero que despreciemos a la gente “humilde”, a los y las cualquieras por no sé qué idea de nación. Sonia, si se trata de enfrentar a mis vecinos, bestias, debo tener muy claro qué estoy poniendo en juego. Y quisiera escoger en la medida de lo posible mi campo de batalla. Así como así, no acepto que me marquen la temática. No hay fuerzas del orden que me vayan a atrincherar. Y tengo que tener claro a qué me arriesgo en un cara a cara.

Y fíjate yo lo que veo todo el rato es gente más que harta. Gente a la que le da lo mismo que le partan la cara. Que no acepta más desprecio, más agravios. Y veo todo eso bien alentado por un poder que prefiere disturbios y peleas por abajo que auténticos desafíos desde arriba. Parece que está siendo así por lo que me cuenta quienes de mi entorno se informan. Yo intento abstenerme de ser una pieza en el tablero de la alta política geoestratégica.

En medio, me tomo el momento como un terremoto. Y procuro atenderlo, comprendiendo que la normalidad terminó. Ahora bien, me sirve la frase que alguna gente comentó de México cuando el terremoto: la normalidad era un problema. Está estallando. Habrá que disponerse. Convendrá saber caer, saber reírse, esperar y también ganar.

Sonia:

Y pensar en nuestra comuna de viejas; allí haremos trapos de cocina con las banderas. A nosotras la normalidad no se nos va porque nunca la hemos tenido.

Muy bueno el recuerdo de nuestra heroica huida por Ruzafa. A los pocos años, España 2000 volvió al barrio a manifestarse y se acordó no hacer contramani, por miedo a que la policía volviera a apalear al bando… ¿equivocado?. Recuerdo que en esa ocasión un vecino sacó los altavoces al balcón y puso Imagine a un volumen muy alto; tendrías que haber visto a aquellos neonazis mirando hacia arriba, confundidos. De lo mejor que he visto.

Igual mi optimismo legendario me está haciendo ver que somos más que hace 20 años, que quizá ahora la administración de aquí está con nosotras (ayer me pidieron del ayuntamiento el teléfono de los chicxs agredidos porque el alcalde quería hablar con ellos, y lo ha hecho. Bueno, me parece bien) y que esto no es alta política, sino salud de la calle, defensa de espacios y diversidades.

O igual lo que me enfada es que, más allá de las paredes de mi clase, no tengo potestad ni autoridad. Que el miedo se invierte. A saber.

Y sí, convendrá, sobre todo, quererse.

Besa a Laia.

Eva:

Sonia me quedé pensando que no se trata de todos modos de disculparse por ser nacionalistas. Tampoco nos molesta eso. Está bien que la gente quiera fórmulas de gobierno a las que suma una tierra delimitada y unas gentes a las que cree amar. Y es comprensible que en tiempos de crisis, la gente quiera controlar sus recursos, los que considera sus recursos. El problema es que defender lo que crees propio es conservador. Y en tiempos de escasez ser conservador implica que fuerzas a otro a perder, a otro que no eres tú. Yo lo leo así. A mí me decía gente a la que respeto de la izquierda abertzale que ellos no eran nacionalistas, que lo que querían era autogobierno, espacios de democracia radical, donde conocer al policía que le va a partir la cara a tu hijo para poder solucionar el asunto también socialmente. A mí la explicación me convenció. Hasta ahí.

Ahora bien, como yo lo veo, en el estado español, como las nacionalidades “históricas” decidieran cuál es su tierra y su cultura, ni Vallecas sería española. Cobraría una forma rara España, llena de islotes. Hay que atender que el nacionalismo español es agresivo, supremacista… eso no lo debemos olvidar… para cuando tengamos nuestra comuna, disponernos a que de repente por la colina aparezcan las columnas… La guerra civil, mi abuela en su pueblo, me la contó así. Llegaron unos por un lado bien armados y otros por otro resistieron apenas. Y ellas en medio. La vida en medio, sucediendo, mientras los hombres se pegaban tiros. Yo para sobrevivir es verdad que soy poco estruendosa. Bastante tengo con mi estrépito cotidiano. Entre hormiga y cigarra estoy. Me enternecen los elefantes en las cacharrerías, pero les quiero lejos. Lejísimos. Cuando caigan y estén a mi altura ya veré si puedo hacer algo por ellos. Cantarles una canción. Buscar unas gasas si algo ha quedado. Nada más.

Millones de besos. Y bueno, estaré atenta a tu deriva. Aunque los despropósitos no se arreglan judicialmente. El nacionalismo español, como los otros, van a crecer y crecer. En su momento me leí el sumario del juicio del 18/98 y me di cuenta de que le queda demasiado al poder (incluido el judicial) para ser justo. Tú sabes mucho más que yo de “derecho”. Y “del revés”. Ya me contarás si llegado el momento he de ponerme a enfrentarme con mis vecinos. Solo espero, que lo podamos hacer mejor.

Sonia:

Hoy leía que han detenido a 12 de los ultras del otro día. Bueno, les han dejado sueltos con cargos, claro. No dejaba de pensar en nuestra conversación. Estas cosas alivian en cierta manera a la pequeña leguleya que llevo dentro: el peso de la ley, las consecuencias de los actos y bla bla. A pesar de todo, vacío en el estómago.

Por detrás, siento tu lucidez astigmática y canosa, sospechando, y me alivia.