Marta Pérez e Irene Rodríguez pasaron el mes de junio acompañando a las personas refugiadas en Grecia y contando desde el terreno en Alexia cómo era la vida en los campos: la diferencia entre los campos informales y los militares, el laberinto burocrático de la petición de asilo para los refugiados en Grecia, el papel (o no papel) que está jugando en todo este asunto del gobierno de Syriza, las formas en las que la vida resiste a pesar de todo, resiste en primer lugar a reducirse al estatuto de la víctima.
Crónicas excepcionales, desde un acercamiento afectivo y no instrumental, fijando la mirada en lo cotidiano (de ahí el título general de “crónicas antiheroicas” que llevaban)  para entender lo que sucede en un lugar de Europa donde ahora mismo se juega la vida de miles de personas en situación extrema y la suerte política misma del continente.
Marta e Irene han vuelto a Grecia, acompañadas de su amiga Cristina Hernández. Lo que se anunciaba como algo “provisional y excepcional” (las estructuras y burocracias que regulaban el paso) se consolida como una especie de “limbo” donde los derechos son negados y los deseos de continuar el viaje se frustran una y otra vez.
Marta, Irene y Cristina van a volver a contarnos durante estas semanas qué ocurre en Grecia en torno a las personas refugiadas. En esta primera crónica, nos ponen al día de los cambios que observan con respecto a la situación de junio: lo que se ha asentado y sigue igual, lo que ha cambiado (la relación con las ONG’s, las entrevistas de asilo, el cambio de ubicaciones, etc.) y en general lo que ha pasado en los campos militares en estos seis meses.
Un auténtico lujo, un auténtico regalo poder mirar la realidad griega -en ese “limbo” que prefigura tanto del destino general de todos – a través de sus ojos.
Marta Pérez, Irene Rodríguez y Cristina Hernández

Estaban ahí, embaladas, bajo la cubierta de chapa levantada sobre las duchas portátiles, calentada por el sol de una mañana de junio. Ellas solas, a la intemperie. Estaban tan fuera de lugar que transmitían cierta fragilidad, como si estuvieran esperando que alguien las sacara de ahí para llevarlas a un sitio seguro. Cuando las trajeron, la gente formaba corrillos, revuelo en el campo militar de Sindos Frakapor. Una amiga nos explicaba que no las necesitaban, ¡ellas mismas podían lavar su ropa! No querían que les llevaran lavadoras. Lo que necesitaban era salir del campo, continuar su tránsito, terminar su viaje. Su demanda era clara y de sentido común.

Llega el otoño y el frío. Es finales de noviembre. Las lavadoras están enchufadas y funcionando. La gente se releva para lavar su ropa. Su demanda sigue siendo la misma: moverse. Pero, al tiempo que siguen sin poder hacerlo, a su alrededor hay cosas que han cambiado, no porque la situación sea muy diferente, sino porque se ha fijado.

Entre junio y noviembre

En el campo gestionado por militares de Sindos Frakapor (en las afueras de Tesalónica), donde han de vivir más de quinientas personas atrapadas en Grecia por el cierre de fronteras, la incipiente organización que se percibía en verano está hoy asentada. La gestión del campo sigue girando en torno a las necesidades básicas, con una rutina de reparto de comidas, reposición de depósitos de agua y limpieza de baños que es también la rutina vital de la gente, que no tiene mucho más que hacer. Pero desde junio además se han montado cuatro jaimas con estructuras de madera que hacen las veces de escuela para los niños menores de catorce años. Tienen pupitres, pizarras, sillas, un par de decenas de voluntarios que les dan clases de inglés y griego. Se han instalado containers que distintas ONGs utilizan como oficinas: uno para los voluntarios de la escuela, otro para la consulta psicológica, otro para consulta jurídica y otro para ACNUR. Otra asociación suiza ha montado una tienda en la que diariamente se da una cartilla con puntos a cada persona del campo, que pueden utilizar para comprar alimentos frescos y productos de higiene. Cada tanto reparten ropa, calzado y mantas. Esta semana han traído estructuras de madera para colocar bajo el suelo de las tiendas de campaña, para elevarlas cinco centímetros del suelo y reducir el frío en su interior.

En comparación con el verano, ahora hay otras rutinas: las de las clases de inglés, las citas con ACNUR o con el equipo psicológico, la de ir a cambiar puntos por comida a la tienda. Sin embargo, la tensa ambivalencia con todo aquello que denote permanencia sigue ahí. Por ejemplo, un día acudió a Sindos Frakapor un representante de Educación para explicar a la gente que el año que viene habría cursos en los que sus hijos e hijas se podrían matricular en escuelas de la ciudad. En la traducción, parte de los que escuchaban entendieron que se iban a tener que quedar un año (más) en el campo. Se marcharon de la reunión.

La espera en un limbo

Y es que el tiempo, la forma en la que pasa el tiempo, es un asunto clave aquí. Los mensajes iniciales de las autoridades griegas y ACNUR, cuando se abrieron los campos en verano, afirmaban que eran una solución excepcional y que la estancia en ellos sería temporal. Que para el otoño la gente estaría en su lugar de destino. Con toda la suspicacia de quien ha sido engañado una y otra vez, y la esperanza de quien necesita confiar para sobrevivir el día a día, la gente quería y quiere creer que es verdad, que en breve estarán fuera de aquí. Pero seis meses después el tiempo pasa, los plazos se amplían, se habla de unos meses más, quizá un año más, y el desgaste se va instalando. “Lo que más me preocupa de toda esta situación es que estoy perdiendo el tiempo”, nos decía K., un joven amigo iraquí. No solo porque tiene varios proyectos vitales que están parados, sino porque en su búsqueda de soluciones se encuentra con multitud de actores (ONGs, organizaciones internacionales, sanitarios, etc.) que le hablan de conseguir papeles que, quizá, podrían servir para que pudiera continuar su viaje. Moverse de un lado a otro por esos papeles es una tarea que mantiene una mínima esperanza. Sin embargo, la mayoría de las veces no surte efecto y se acaba sintiendo como una pérdida de tiempo.

Pérdida de tiempo y pérdida de la noción del tiempo. La espera en un limbo, lleno de rumores y mensajes contradictorios, convierte el tiempo en algo elástico, muy difuso. Cuando volvemos a ver amigos que conocimos hace seis meses, nos expresan su incredulidad: ¿pero no fue hace dos meses, quizá hace tres, que nos vimos? Es un tiempo que se escapa entre los dedos y que, fuera de los campos, también juega a favor de asentarlos, de convertirlos “en lo que hay”. No se dijo desde el principio que esto iba para largo. Y ahora, más de seis meses después, conocemos el plan para mantener cinco de los campos como espacios permanentes, al menos durante cinco años más.

Destino individualizado

A estos campos permanentes llegará gente que está detenida en las islas, ocupando el espacio que han dejado vacío las personas que ahora, por goteo y a través de diferentes vías, están saliendo de Tesalónica. En septiembre se mandaron mensajes sms a quienes aplicaron al programa de prerregistro, en los que se les informaba de la fecha de su entrevista de asilo. Se han dado fechas que abarcan desde septiembre de 2016 hasta mayo de 2017. Hay familias que tras realizar la entrevista, han sido trasladadas a hoteles con programas que gestiona ACNUR con muchas ONG diferentes; otras que han sido trasladadas a pisos gestionados por ONGs, otras que han vuelto a los campos y especulan con los criterios de inclusión en estos programas y los tiempos de traslado a pisos y hoteles. Según los últimos datos de ACNUR, en un año, 7.423 personas de las 62.590 atrapadas en Grecia han viajado desde este país hacia otros destinos europeos a través de los programas oficiales de recolocación y reunificación familiar. En todos los campos que hemos visitado nos dicen que mucha gente está volviendo a Turquía, porque siente que allí, al menos, puede hacer algo de dinero y mantenerse. No pueden permitirse continuar en el limbo. Un limbo en el que es muy difícil estar juntos: la salida de los campos familia a familia hacia lugares diferentes y separados, y la diferencia en las fechas de las entrevista, individualiza los procesos de cada cual.

¿Cómo enfrentarse a esta realidad? Se ha introducido algo excepcional en la vida cotidiana de la gente, no solo en la de quien está en los campos militares, sino también en la de las personas autóctonas que están en la ciudad. ¿Cómo incorporar a tu cotidianidad una realidad en la que existen más de 15 campos militares alrededor de tu ciudad en la que se están almacenando personas? Por un lado, con las personas que hemos hablado y que conocen la situación, está la dificultad del tiempo, de nuevo, del que se dispone para visitar a gente en los campos. Habría que cambiar mucho un día a día ya repleto de trabajo, estudios y militancias. Por otro lado, la memoria está jugando a favor de esta ambivalencia entre temporalidad y permanencia en los campos. Hay un relato que establece un corte entre la memoria de Idomeni, aquel problema de tener a miles de personas acampadas en la frontera, y la de los campos, esa solución temporal que no se conoce y de la que no se habla mucho públicamente. Es como si la presencia de la gente (es la misma gente la de Idomeni y la de los campos) se hubiera atenuado, casi casi borrado. Y, sin embargo, queda un relato en la memoria: el de la gente llegando, el de las masas de gente llegando, el del colapso porque la gente llega.

¿Dónde está la vida?

Pero, ¿qué le pasa a esa gente?, ¿dónde está esa gente? Como dice un chaval en este vídeo del programa de alojamiento para refugiados del centro social Mikrópolis, hay una pregunta-búsqueda, acuciante, apremiante, y muy clara: “¿dónde está la vida?”

Lo que una ve cuando visita a las personas obligadas a estar varadas en campos militares es que incluso en el limbo se construye vida: se buscan, con todas las dificultades imaginables, proyectos vitales “a pesar de” y “precisamente porque”. Una amiga está a punto de dar a luz, y anda arreglando la tienda para recibir a esta nueva vida. De momento nadie se ha ocupado de encontrar una casa que pueda acoger a esta madre con su bebé recién nacido. Es con estos retazos de una vida que, a pesar de todo, se mueve, que podemos construir otra memoria del presente, una de las armas más poderosas en esta guerra que nos imponen las fronteras.

Cuando un techo no lo es todo (crónicas desde un limbo europeo II)

Ser o no ser, ¿esa es la cuestión? Sobre las ONGs y las políticas de fronteras (crónicas desde un limbo europeo III)

Aquí pueden leerse las crónicas antiheroicas griegas que escribieron Marta e Irene en junio