¿Cuántos asesinatos se requieren para que la sociedad proteste? ¿Qué se necesita para salir de la indiferencia? ¿Cómo se mide el exceso que caracteriza a los asesinatos de mujeres en los últimos años? ¿Existen muertes peores que otras? El 19 de octubre, las acciones contra la violencia feminicida en México lanzaron al aire todas estas preguntas decisivas. Mariana Berlanga y Amarela Varela relatan en esta “crónica íntima” las concentraciones en el emblemático Ángel de la Independencia y en barrio de Coyoacán. Las potencias y la alegría del encuentro (“encontrarse es sanador”, dijo una de las asistentes) en una ciudad que violenta el cuerpo de las mujeres día a día en la escuela, en la casa, en el transporte público, pero también las dificultades para hacer un paro “literal” de mujeres y de interpelar cada vez a más y más mujeres concernidas.
Mariana Berlanga y Amarela Varela

Este 19 de octubre en México también hicimos huelga, pero le dijimos paro. Una de las muchas traducciones que se hizo de la convocatoria latinoamericana replicó una frase instalada en nuestro imaginario cuando las transnacionales de la agroindustria atacaron el maíz queriendo producir maíz transgénico. En ese tiempo, nosotrxs, hombres y mujeres de maíz, nos movilizamos entonces para explicar por qué “sin maíz, no hay país”. Bueno, algunas mujeres tradujeron aquello de “parar el mundo” a la idea de que sin mujeres de maíz, sin nosotras, no hay país.

Partimos de preguntas más que de certezas. ¿Cuántos asesinatos se requieren para que la sociedad proteste? ¿Qué se necesita para salir de la indiferencia? ¿Cómo se mide el exceso que caracteriza a los asesinatos de mujeres en los últimos años? ¿Existen muertes peores que otras?

La brutalidad con la que Lucía Pérez fue asesinada en Mar del Plata, Argentina, prendió la mecha. Pero la violencia contra las mujeres en América Latina hace tiempo que traspasó los límites: en cantidad, en crueldad y, sobre todo, en falta de atención por parte de las autoridades.

No es ningún orgullo decir que en México hemos tenido muchas Lucías: adolescentes que murieron en manos de sus violadores después de haber sufrido todo tipo de vejaciones. De hecho, es una vergüenza decir que llevamos más de 20 años denunciando este tipo de crímenes y que no hemos logrado revertir el problema.

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Unirse a las argentinas en el clamor de “ni una menos”, en ese sentido, resultó casi natural. Suponemos que lo mismo sucedió en Guatemala, Chile, Bolivia, Honduras, El Salvador, Perú, Paraguay, Uruguay, Panamá, Nicaragua y Venezuela. La convocatoria para realizar un paro de actividades el miércoles 19 de octubre nos interpeló a muchas. No sabíamos muy bien cómo, pero teníamos la certeza de que había que “parar”.

En el Ángel de la Independencia

La idea de la concentración en el Ángel surgió en una comida entre amigas el domingo anterior al paro. Cinco mujeres decidimos juntarnos en un lugar visible y llamar a nuestras conocidas. Iniciamos una convocatoria en las redes sociales a través de un documento en Word. Con la aparición de otras convocatorias, hubo un momento en que pensamos en cancelarla y sumarnos a otra, pero entendimos que eso todavía generaría más confusión. Además, el hecho de que las mujeres tomáramos varias plazas públicas en lugar de una, nos pareció más contundente.

El primer obstáculo con el que nos enfrentamos fue con la dificultad de “parar” literalmente. Varias de nuestras compañeras nos respondieron que les hubiera encantado, pero que tenían obligaciones en su trabajo o en la casa que eran inaplazables. La primera reflexión que surge aquí es: realmente parece que las mujeres somos indispensables en este sistema, que éste no marcha sin nosotras. Pero por otro lado, la cadena de responsabilidades que constituye nuestra vida cotidiana es tremenda.

Ante la convocatoria recibimos varias negativas: de colegas académicas que consideraban que no podían faltar a sus obligaciones, de nuestros estudiantes que temían que les descontaran el día en el trabajo, de amigas que son madres y que simplemente no pudieron delegarle a otra persona la responsabilidad de llevar y recoger a lxs niñxs de la escuela. Todos argumentos válidos que nos hablan de la imposibilidad de “parar” para la mayoría de nosotras.

A pesar de este escenario, nos lanzamos al Ángel ese miércoles 19, pensando que era posible que sólo llegáramos nosotras cinco. Si llegaban dos o tres amigas más ya nos daríamos por bien servidas. Para nuestra sorpresa, poco a poco fueron llegando más y más compañeras. Cabe decir que el evento estuvo marcado de principio a fin por la improvisación. Por suerte, de última hora conseguimos un megáfono. Ese aparato sirvió para que muchas se animaran a tomar la palabra, para escucharnos y para hacer evidente que la mayoría de nosotras ha sufrido la violencia en carne propia.

Vestidas de negro, nos apropiamos de la escalinata del Ángel con carteles pintados a mano y con nuestros testimonios. Para nuestra sorpresa, llegaron una veintena de periodistas a cubrir la concentración. También llegó un contingente de la Universidad del Claustro de Sor Juana y, después, otro de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Para entonces, la magnitud de la concentración ya había rebasado –por mucho- nuestras expectativas.

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Las diferentes voces que pudimos escuchar dieron cuenta de la dimensión del problema. Vivimos en una ciudad que nos resulta tremendamente peligrosa, donde se nos violenta permanentemente: en la casa, en la escuela, en el transporte público. Al grado de que una de las jóvenes confesó que estaba feliz por poder llevar una falda corta que nunca se pone para “no ponerse en riesgo”.

Otra confesó ser parte de ese gran porcentaje de las mujeres que llega a los 10 años sabiendo lo que es el abuso sexual. Otra relató todo lo que hace para evitar ciertas calles cuando regresa del trabajo, porque sabe que su integridad está en peligro al pasar por ahí.

Uno de los testimonios más fuertes fue el de Mayra Jorge, madre de Marta Karina Torres Jorge, estudiante de la UACM asesinada en el 2013: “Si esto no le hubiera pasado a mi hija, lo más probable es que yo no hubiera venido. Pero a mi hija le arrebataron la vida y yo ya no pude ser la misma. No podemos permitir que esto le suceda a otras”.

Mayra relató el asesinato de su hija que fue perpetrado en su propia casa y en frente de un tío discapacitado. A este testimonio se sumó el de Irinea Buendía, madre de Mariana Lima, asesinada en 2010. La señora Irinea se ha convertido en una de las luchadoras más importantes en la denuncia del feminicidio.

También se leyó la carta que el hermano de Lucía Pérez escribió para denunciar las amenazas de muerte que ahora sufre la familia en Argentina. Es decir, se habló de la violencia contra las mujeres como un problema latinoamericano, porque al parecer la muerte de las mujeres no sólo no importa sino que es redituable en un sistema que las considera cuerpos explotables y/o objetos sexuales.

Las mujeres pobres y racializadas son las más vulnerables, es verdad, pero también es verdad que la violencia cada vez toca a más sectores: a universitarias, mujeres de clase media, profesionales, etc. Ya no se trató de pedirle justicia al Estado como en años anteriores. Se trató de exhibir su complicidad con el crimen organizado, con las redes de trata de personas, con las empresas y con todos los negocios que se enriquecen a partir de la devaluación de la vida de las mujeres.

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Después de escuchar decenas de voces entrecortadas por el dolor o por la rabia, las mujeres de negro nos fundimos en un solo grito: “Vivas nos queremos”. El entusiasmo nos llevó a cortar la circulación de la avenida Reforma en varias ocasiones. La policía nos reclamó que hubiéramos anunciado que se trataba de una concentración y no de una marcha. La pequeña manifestación le dio varias vueltas al Ángel. Para entonces, las que habíamos convocado ya habíamos perdido el control de la protesta colectiva. ¡Qué más podíamos pedir!

No fuimos un mar de mujeres como en otros países de América del Sur, pero nos fundimos en el grito simultáneo de “ni una menos”.

En la plaza de Coyoacán

A la misma hora, siguiendo con la idea de “parar” simultáneamente, se organizaron manifestaciones en otros puntos: lo mismo en universidades, plazas públicas, centros de trabajo en la capital mexicana y en ciudades como Guadalajara, Monterrey y Puebla, San Cristóbal de las Casas, Oaxaca, esas que sepamos.

En la Ciudad de México, aparecieron convocadas desde la urgencia, concentraciones en los “zócalos” o plazas centrales de delegaciones como Tlalpan o Coyoacán. De ésta última es de la que tomamos parte un grupo de madres que venimos organizándonos para, como muchos otros miles de mexicanos, abrazar a los padres y madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos desde 2014. Como en el caso de la movilización del Ángel, anunciamos la convocatoria por redes electrónicas y afectivas, entre los grupos de crianza de la ciudad y, también como entre las compañeras que se citaron en el Ángel de la Independencia, nos sorprendió la participación activa de centenares de vecinas, madres de mujeres asesinadas, amigas de jóvenes asesinadas conformadas en colectivo, mujeres sobrevivientes a violaciones y secuestros, activistas de esfuerzos como “las bordadoras”, mujeres que bordan en pañuelos las muertes que se cuentan por centenares de miles en el México contemporáneo.

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Supimos quiénes éramos porque, vestidas todas de negro, con pancartas y volantes en mano, conformamos una especie de asamblea espontánea donde algunas se animaron a contar ante el megáfono que las convocaba a la “huelga de mujeres”. Luego de esta asamblea decidimos caminar en círculos en la plaza, gritando consignas, para llamar la atención de los transeúntes. De pronto éramos muchas y diversas, algunas trajeron sus voces y actuaron una performance con poesía urgente, otras nos regalaron una adaptación de la canción “La bamba” para narrar el odio que expresan las violencias contra las mujeres. Como dijo una de las sobrevivientes que ofreció su testimonio, “encontrarnos fue sanador”.

Si bien fue una convocatoria que trajo a vecinas de clase media, mujeres adultas en su mayoría, como las convocatorias que se hacen por redes, lo que reconocimos como desafío para el paro que organizáremos mes con mes, un día concreto, para seguir visibilizando las violencias que nos asfixian. Quedamos en buscar caminos, formas, estrategias para sumar a las más jóvenes, a las mujeres de los barrios, a los vecinos también. Es decir, juntarnos nos dejó con ganas de seguir construyendo formas de conseguir que muchas más abracen (más allá de sus muros de redes sociales) maneras de hacer visibles las demandas de #VivasNosQueremos y #NiUnaMenos. Nos despedimos convencidas de que vamos a convertir esas ganas en organización.

Un nosotras diverso y en expansión

Conviene destacar que en México, además de contra el feminicidio, el 19 de octubre nos movilizamos para denunciar los transfeminicidios que van en alarmante aumento de un tiempo a la fecha. Sabemos además que al día siguiente del “paro de mujeres” las compañeras transgénero paralizaron algunas céntricas calles de la ciudad para demandar el alto a los asesinatos de mujeres transgénero.

Por la tarde del día 19, sabemos que una concentración convocada también por redes electrónicas (pero sobre todo afectivas) tomó el emblemático Monumento a la Revolución (mexicana) y las mujeres ahí reunidas marcharon desde ese punto hasta el Ángel de la Independencia (la sede de la protesta matutina). Esperamos la crónica de alguien que haya participado de esta convocatoria (una de las más nutridas por haberse convocado por la tarde y, por lo tanto, cuando muchas mujeres habían cumplido la jornada de trabajo).

Después, por la noche, ya desde nuestras casas, leímos, oímos, vimos las mareas humanas que marcharon en las ciudades argentinas y latinoamericanas, deseando, con todo el corazón, ver pronto manifestaciones de esa magnitud en nuestras ciudades. Las grandes corporaciones mediáticas que espectacularizan la violencia contra nosotras no hablaron de nuestros “paros”, pero un nosotras muy diverso resurgió una vez más, como cuando la marcha del 25 de abril de 2016, en las que miles nos vimos en las calles y en el marco de la cual otras miles de mexicanas narraron por redes sociales “#MiPrimerAcoso”.

Los días que han seguido a este paro son como los que les antecedieron, la violencia persiste y nosotras nos organizamos en redes de autocuidado, se masifican las clases de “defensa personal”, los ministerios públicos no imparten justicia, siguen matando en promedio a 7 de nosotras cada día, pero a diferencia de otros días, después del 19 de octubre nos sabemos menos solas.

En definitiva, el “paro de mujeres” que narramos es otro episodio de los ejercicios de poner en común nuestro dolor, convertir la rabia en fuerza, tomar aire y, desde la ternura de sabernos muchas y diversas, darle vida a las luchas de las mujeres por nuestro derecho a vivir, como dicen muchas, y a que la vida sea vivible y gozable.

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