Mafe Moscoso

Soy una recién llegada. El día antes, Ana, que me acoge, mira documentales en pijama sobre la transición en España. Para entender el presente, me dice. El 1 de octubre yo también voté en el Referéndum Catalán.

Pero no es la primera vez que vengo a Barcelona. La inestabilidad del mundo académico me ha obligado, durante los últimos años, a vivir y viajar a más lugares de los que yo elegiría, dejando atrás, continuamente, vínculos y afectos, una vida. Llego el miércoles 27 de septiembre, con dos maletas y mi ordenador. A quedarme un tiempo. Los amigos de Madrid me dan la bendición antes de la partida y me piden que escriba.

Mientras Ana mira documentales se escucha un bramido. Ocurren cosas le digo y bajamos. En la calle desfilan decenas de personas que gritan “Viva España!”, “Viva la policía Nacional”. Llevo 14 años en España, he asimilado parte de los códigos y prejuicios de las personas con las que comparto la vida cotidiana. Puedo adivinar que muchos son votantes del PP (acuden a las manifestaciones en familia, combinan de modos particulares los zapatos y las camisas, utilizan ciertas fragancias, eligen estilos muy concretos de corte de pelo, ¡el hábitus!) pero hay otras estéticas, me resultan menos familiares, aunque igual de agresivas. Y hay nazis que son protegidos por la policía.

Las banderas, los nacionalismos. Vienen a mi memoria los años que viví en Berlín, en una Hausprojekt. Ecuador había clasificado por primera vez a un Mundial de fútbol. Ecuador, ese país que tiene el nombre de una línea imaginaria, que es casi invisible, que continuamente ha perdido las guerras con Perú, que ha tenido como ídolo a un hombre llamado Jefferson Pérez –el único ecuatoriano que ha obtenido medallas en los juegos olímpicos y lo ha hecho marchando como una gacela. Por una vez en mi vida, decido entonces utilizar la camiseta tricolor de la selección. Sin embargo, después de una asamblea, un grupo de intelectuales, activistas, feministas y veganos de izquierda berlineses me comunican que tengo prohibido utilizar la camiseta de la selección porque es un símbolo fascista. Debatimos mucho, horas interminables. Sostengo que los símbolos se deben interpretar en los contextos en los que son utilizados y que entre el orgullo alemán y el anti-orgullo ecuatoriano hay un océano de lava volcánica incandescente. No nos ponemos de acuerdo y yo no me quito la camiseta de la selección durante un mes, la cual alterno con la camiseta de la selección venezolana, la de la Venezuela de aquellos días en los que el chavismo era un proyecto político ilusionante. Esta es la experiencia más extrema vinculada a algo así como un sentimiento nacional que he vivido. Y honestamente, dudo mucho que se vuelva a repetir. La patria es una idea triste, y vacía de significado.

El día anterior al 1-O vamos a dar un paseo por la Barceloneta, nos encontramos con Emma que es una joven antropóloga catalana que nos cuenta que va a su pueblo a dormir en un colegio. Ella, como muchas personas de diferentes pueblos y barrios en Barcelona, se están organizando para proteger los lugares donde la gente va a acudir a sufragar. Hay un aire de alegría: se cocina, se comparte, se juega. A mí la independencia catalana no me ha supuesto nunca ningún quebradero de cabeza, lo he vivido como algo que no tiene nada que ver conmigo, que soy migrante. Pero ver a tanta gente organizada con el fin de proteger su derecho a decidir empieza a ser emocionante. Ona, que es fotógrafa, va a documentar la jornada junto a otras compañeras de la Agencia de Comunicación Popular. Tengo ganas de ir, de mirar, de participar.

Al siguiente día acompaño a Ana al CCCB a votar. Llegan noticias, mensajes, fotografías, vídeos: la violencia estatal es evidente y parece imparable. En el trayecto nos encontramos nuevamente con un grupo de fascistas cabreados que, bandera en mano, gritan por la unidad de España. Me acerco, coloco mi móvil muy cerca de sus rostros para fotografiarlos. Mi cámara los convierte en objeto. Soy invadida por ese sentimiento simplón y fácil de pertenecer al otro bando. Hay rabia y náuseas. Mucha emoción. ¿Nacional? Imposible.

El cielo es plomo, llueve y caminar por la ciudad es una experiencia extraña. En una esquina hay turistas que fotografían una fachada de Dómenech i Montaner, unos metros más adelante avanzan unos jóvenes independentistas con banderas catalanas amarradas en el culo y, tres calles más arriba, familias latinoamericanas que celebran algún bautizo. Todo al mismo tiempo. Soy una extranjera, una recién llegada que intenta comprender. Arriba de nuestras cabezas sobrevuela un helicóptero cuyo sonido taladra. Caminamos, miramos a nuestro alrededor y recibimos información que confirma que las personas están siendo reprimidas y que todavía quedan muchas horas para que termine un día que empieza a ser largo, quizás demasiado.

Votar está prohibido. Y aburrido pues representa hacer una cola larguísima: el gobierno ha cortado la conexión a internet y todo va mucho más lento. Pero hay un deseo compartido y el pueblo se organiza, como ha ocurrido a lo largo de la historia de las luchas populares contra el poder. Una mujer joven nos da instrucciones y todos las seguimos sin protestar: apagar los móviles, despejar ciertas áreas, respetar la fila, proteger las entradas y salidas. Puedes comer y beber si quieres. Siento una alegría compartida que crece como una ola cada vez que aparece una anciana dispuesta a sufragar. Las aplaudimos, las festejamos, las queremos. Ellas alzan los brazos, sonríen, nos guiñan un ojo de elefante sabio. Sabemos que los antidisturbios pueden llegar en cualquier momento y nos preparamos. Escribo en plural porque yo también me preparo. El sí o el no pertenecen a un plano secundario. No pasarán nos decimos. Lo importante es resistir y hacerlo con júbilo. Allí, en la desobediencia, encuentro mi lugar, mi patria y me quedo.

Votar es desobedecer. Llega Efraín, que es mexicano y tiene el dni español, como yo. Él tiene derecho a votar, yo no pues no estoy empadronada. Pienso en todos los extranjeros sin papeles que viven en este país, que tampoco tienen derecho a elegir y que no le importan nada a los nacionalismos en disputa. Pero la cola avanza y siento que de todos modos yo también quiero participar porque hay un caos que quizás es una llama y que desborda, precisamente, a esos nacionalismos en disputa. Un alboroto que es más grande y más bello. Se abre la posibilidad de un desorden en el que quizás cabemos todas. Pregunto si puedo sufragar y contra todo pronóstico, me dicen que sí así que extraigo mi dni del monedero, lo muestro y voto. Las reglas del juego han sido cambiadas y yo juego.

Durante estos días, Barcelona es una ciudad tomada y parece que cada vez que un policía golpea a una persona, revienta un ramillete de posibilidades para que ocurran cosas inimaginables. A pesar de la prohibición de los independentistas nacionalistas y del estado nacional, yo he votado. Como dice Spinoza, un cuerpo en movimiento ha debido ser determinado al movimiento por otro cuerpo, el cual ha sido también al movimiento por otro y éste a su vez, por otro y así hasta el infinito. Como los elefantes.