¿Cómo se encuentra una buena historia?, ¿y cuál es la mejor forma de contarla? Cada periodista o narrador intenta responder a estas cuestiones en cada uno de sus trabajos, pero solo Robert S. Boynton ha conseguido respuestas directas de diecinueve de los mejores periodistas narrativos actuales de EE.UU en El nuevo Nuevo Periodismo.
Aquí os ofrecemos un resumen de los métodos y modos de acercamiento de cada autor
como «inspiraciones» que pueden servir(nos) para ensayar otros modos de contar-pensar el mundo.
Distintas voces, distintos temas, distintas técnicas, para abordar una realidad que es también compleja y múltiple.
José Miguel Fernández-Layos

El Nuevo Periodismo, con Tom Wolfe, Norman Mailer, Hunter S. Thompson y Truman Capote a la cabeza, es bien conocido, pero quizá el llamado nuevo Nuevo Periodismo no lo sea tanto.

No hay duda de que «nuevos Nuevos Periodistas» como Ted Conover, Jon Krakauer o Susan Orlean beben de los hallazgos que hicieron Capote y compañía, pero van más allá. Su novedad suele radicar más en el reporteo que en la escritura, es decir, más en la aplicación de métodos de ciencias sociales que en la de técnicas literarias (ya asumidas). Para muchos de ellos, la sociedad es un fenómeno complejo que hay que estudiar como lo haría un antropólogo o un sociólogo. Otra novedad sería su mayor preocupación por lo cotidiano, por «las minucias de lo común». Y una más: el tono informal que, en muchas ocasiones, eligen a la hora de narrar los hechos.

Pero vayamos uno por uno.

Ted Conover

El primer reportero que aparece en el libro decidió trabajar nueve meses como guardia carcelario en Sing Sing para contarlo después en Novato. En vez de limitarse a entrevistar a guardias, pensó que hasta que no hubiera visto a alguien haciendo el trabajo, no sabría nada al respecto:

«Supongo que lo que estoy planteando es algo como la distinción entre ‘turista’ y ‘viajero’. La experiencia del turista es superficial e indirecta. El viajero desarrolla una conexión más profunda con su entorno. Está más comprometido con este; el viajero permanece más tiempo, hace sus propios planes, escoge su propio destino y habitualmente viaja solo: el viaje y la participación en solitario, aunque es lo más difícil emocionalmente, tienen más probabilidades de producir una buena historia.»

A la hora de contar cada historia, Conover maneja los mismos elementos que utilizaría para una buena ficción, personajes, conflicto y cambios a través del tiempo:

«Y si realmente eres afortunado, consigues un desenlace, pero generalmente la vida no funciona de esa forma.»

Adrian Nicole LeBlanc

En Random Family habló sobre drogas, delincuencia, vida y amor con los vecinos de South Bronx. Para su investigación, intentó mantenerse alejada de los expertos, al menos al principio, porque pensaba que si iba con las ideas de un experto en mente, eso podía distraerla y evitar que viese realmente las cosas que sucedían frente a sus ojos:

«Paseo en coche y observo. Luego me armo de valor para acercarme y presentarme a las personas sobre quienes estoy reporteando; les explico dentro de mis posibilidades lo que estoy haciendo y que simplemente quiero ‘estar’ con ellos y no ‘hacer’ necesariamente algo. Hago un paralelismo con la elaboración de una película: “Imagínate que estoy haciendo una película sobre tu vida. Muéstrame los lugares que sean más importantes para ti: tu habitación, el patio de la escuela, cualquier lugar donde te guste estar. De modo que alguien que no sepa nada pueda tener una percepción de tu vida”».

Adrian Leblanc. Fuente: www.wikimedia.org

Adrian Nicole Leblanc. Fuente: www.wikimedia.org

A LeBlanc le gusta entrevistar a las personas donde son más felices (aunque sea en una calle ruidosa) y, en ocasiones, utiliza la técnica de dejarles su grabadora para que la usen como quieran.

«Me enteré de un montón de cosas que dudo que hubiera descubierto de otro modo. A veces, Coco me contaba cosas en la cinta que le avergonzaba decirme en persona. A veces leía a la grabadora las cartas que César le mandaba desde la cárcel, o se distraía tratando de que sus hijas se cepillaran los dientes. Acostaba a las niñas y luego hablaba de cómo se sentía con respecto a algunas cosas; y todo a la grabadora. Fue fantástico porque accedí a su perspectiva de otro modo. Era ella contándome lo que ella elegía compartir de su vida, no yo preguntándole lo que yo creía que pudiera importar.»

Leon Dash

Su método es convivir con las personas de las que suele escribir, y puede llegar a entrevistarlas durante meses, o incluso años. Exactamente cuatro, de 1990 a 1994, tardó en escribir Rosa Lee, una serie de reportajes sobre una mujer heroinómana que cumplía condena por vender heroína para alimentar a dos de sus nietos.

Para intentar ponerse en mayor igualdad de condiciones con los entrevistados, les cuenta todo sobre sí mismo:

«Por ejemplo, entrevisté a Joyce Jackson, una chica que era madre de dos niños a la edad de quince años, para When Children Want Children. Le pregunté: “Cuando cumpliste trece años, tu madre te dijo que debías avisarla si te volvías sexualmente activa, de modo que pudiera suministrarte píldoras anticonceptivas. ¿Por qué no acudiste a ella?” No paraba de darme largas con respuestas estúpidas. Pero yo seguí preguntándole una y otra vez. Finalmente me dijo: “Sr. Dash, déjeme hacerle una pregunta. ¿Cuándo usted era adolescente y estaba a punto de empezar a tener sexo, le pidió a su padre que le diera condones?.” Y yo le contesté: “No, yo jamás hubiera hecho eso!”. Y ella añadió: “Bien, ¿qué le hace pensar que yo soy tan distinta? Pues claro, mi madre me hizo la propuesta. Pero yo no iba a anunciarle que había decidido a empezar a tener sexo”. No me hubiese contado la verdad si yo no hubiese estado dispuesto a sincerarme con ella.»

Jonathan Harr

Siete años le dedicó a Demanda civil, donde hablaba de un caso judicial en el que ocho familias sostenían que algunos de sus hijos habían enfermado, o incluso muerto, por beber agua contaminada por una curtiduría y una fábrica cercana.

A la hora de realizar entrevistas, Harr prepara un cuestionario de una sola página para hacer ver al entrevistado que no quiere hacerle perder el tiempo, pero muchas veces vuelve para preguntarles detalles que había dejado pasar por alto. Cuando quiso reconstruir un viaje en coche, preguntó quién lo condujo, qué tipo de coche era, si era muy viejo, cuánto duró el viaje, qué tiempo hacía ese día, de qué hablaron, etc. Aunque parezcan detalles triviales, él los utiliza para dar textura a la narración.

En la entrevista que le hace Robert S. Boynton también hablan sobre ética y la importancia o no de mantener distancia con la personajes:

«Joe McGinnis tenía una frase simple pero acertada sobre esto. Tuvo que defenderse contra la acusación de que su libro Blind Faith había traicionado al personaje principal, Jeffrey MacDonald. McGinnis había llegado a un acuerdo con MacDonald para escribir sobre su juicio por asesinato y en un principio declaró creer que MacDonald era inocente. (Esto, por cierto, nos retrotrae por qué los acuerdos son una mala idea.) En cualquier caso, al final del juicio, McGuinnis se defendió diciendo: “Cuando te sientas frente a la máquina de escribir, es entre tú y la máquina de escribir. Tienes que ser fiel a lo que tú crees”.»

Cubierta del libro de Joe McGinniss

Cubierta del libro de Joe McGinniss

Lawrence Wright

Otra cuestión ética surge en la entrevista a Wright, premio Pulitzer conocido por historias como La torre elevada. Al Qaeda y los orígenes del 11-S. Boynton habla con él del perfil que hizo de Walker Railey, un pastor metodista de Dallas sospechoso de haber matado a su mujer, y le recuerda cuando le dijo a Railey: «Creo que eres culpable… Confiesa o te perseguirá para siempre, te hará enloquecer». Boynton le cuestiona «eso no me suena muy imparcial o neutral» y Wright le responde:

«Sencillamente no pude mantener una actitud impasible ante él. Pero no creo que un reportero deba permitir que su humanidad se comprometa. Si estás en una situación que es fundamentalmente injusta, tienes que plantar cara. Sin duda, eres un “testigo”, pero también eres un representante de tu comunidad. Representas lo que tu comunidad quiere saber, lo cual implica que a veces tienes que abandonar la neutralidad para suscitar respuestas que tu lector está esperando escuchar. En el caso de Walter Railey, la mayoría de la gente en Dallas pensaba, o creía, que era culpable. Desafiándole directamente, le di una oportunidad de responder a la pregunta que todo el mundo quería hacerle.»

Jane Kramer

Según la revista Newsweek, combina las habilidades de una historiadora social con las de una novelista. Escribe sobre la América profunda en The Last Cowboy o de los que malviven en Europa en Unsettling Europe, y confiesa que donde más aprendió fue con su marido, antropólogo de profesión:

«Justo después de casarnos, viajamos a Marruecos a hacer un trabajo de campo, y mientras estábamos ahí terminé escribiendo una gran cantidad de historias de vida de mujeres. Me volví sensible a la forma en que la gente cuenta sus historias, por los detalles aparentemente no relacionados que las conectan. Aprendí que estar alerta a esos detalles -anotando precisamente dónde y cuándo las personas elegían empezar sus propias narraciones- era lo que daba riqueza a cualquier relato de sus vidas.»

Su forma de abordar las entrevistas aparece una y otra vez en la conversación con Boynton:

«En principio, nunca envío preguntas escritas de antemano. Ni permitiré jamás que las personas revisen sus citas. Si le das a un político la oportunidad de que revise una cita, la cambiará. ¡Punto final! Cuando empiezo una entrevista, me gusta analizar al sujeto. No quiero darle la oportunidad de preparar un yo público. Quiero ver cómo es él cuando entro por primera vez en su oficina. Si es acogedor. Si está relajado. Si es sexista o si es condescendiente en cualquier forma. Me interesan las personas en el momento en que cae su máscara

Richard Ben Cramer

Los dos temas sobre los que más le gusta escribir son, precisamente, los que mejor domina: béisbol y política. Para su libro sobre las elecciones presidenciales de 1988, What it takes: The Way to the White House, se pasó un año entrevistando a los primos, abuelos y amigos de un candidato antes de aparecer en el autobús de campaña.

A la hora del reporteo, suele practicar lo que el llama la teoría del periodismo «de los pies»:

«Si quieres hablar con un ascensorista de algo que ha sucedido en el edificio el pasado martes no entres y le preguntes qué ha sucedido en el edificio el pasado martes. Pregúntale por sus pies. Porque si hay algo en lo cual piensa un ascensorista son sus pies. Y si quieres llegar a conocer a ese ascensorista, todo lo que tienes que hacer es preguntarle por sus pies.»

Jon Krakauer

Este famoso periodista y montañero es conocido, sobre todo, por reconstruir la ruta seguida por el aventurero McCandless que le llevó a la muerte, en Hacia rutas salvajes.

Autorretrato de Chris McCandless encontrado en su cámara de fotos tras su muerte.

Autorretrato de Chris McCandless encontrado en la cámara que llevaba al morir

Krakauer siempre trata de grabar las conversaciones y todo lo que pasa a su alrededor, por eso no entiende a quienes no graban sus entrevistas porque considera que, a menudo, en esos casos suena más la voz del redactor que la del entrevistado:

«Cuando grabo y tomo notas, la persona a la que estoy entrevistando por lo general piensa que utilizo la grabación como respaldo. De hecho, la mayor parte de lo que escribo son mis observaciones: la ropa que lleva el tipo, la forma en que me fulmina con la mirada, la forma nerviosa en que se toquetea los lóbulos. Si no utilizo una grabadora, tengo que enfocar mi atención en anotar todo lo que el entrevistado dice, lo que me imposibilita hacer esas otras observaciones de crucial importancia.»

De esta forma, cuando después se siente a escribir, tendrá muchos recursos con los que poder jugar en la narración.

Alex Kotlowitz

A la hora de preguntar, Kotlowitz siempre prefiere a personas que nunca antes han sido entrevistadas, niños incluidos. Todo un reto.

«Recuerdo que cuando estaba reporteando por primera vez para There are No Children Here les pregunté a Lafeyette y Pharoah (los dos personajes principales): “Chicos, ¿qué hicisteis ayer?”, y sencillamente se encogieron de hombros. Pensé: “¡Oh no! ¿Cómo diablos voy a sacar esto delante?”. No tenían un buen sentido del tiempo. No sabían exactamente cuándo algo les había sucedido, ni siquiera qué había sucedido. Y mis preguntas eran tan generales que no sabían cómo empezar a contestarlas.

Aprendí cómo hacerles preguntas, cómo refrescarles la memoria, cómo evitar las preguntas imprecisas. Descubrí que si entrevistaba a los adultos que formaban parte de sus vidas (quienes sí tenían una noción de cuándo los acontecimientos habían tenido lugar) antes de hablar con Lafeyette y Pharoah, obtendría la información que necesitaba para poder hacerles preguntas más precisas a los chavales.»

Él describe su trabajo como “periodismo de empatía”. Trata de meterse en la piel de los sujetos sobre los que escribe, de ser capaz de mirar y entender el mundo a través de sus ojos, sin ideas preconcebidas, para que después sus lectores puedan empatizar también con ellos.

William Finnegan

El autor de Cold New World escribe a menudo sobre adolescentes porque ha comprobado que, casi en todas partes, hay una desconexión entre lo que dicen ellos y lo que dicen los adultos:

«La historia juvenil es siempre la historia que pasa por debajo de la historia oficial. Rastrearla es una forma de anticiparse a los conocimientos heredados, de dar un salto, por así decirlo, hacia la historia del futuro.»

Su técnica más habitual es guardar la libreta y la grabadora durante días e intentar que la gente se olvide de él:

«Paso rato y más rato con ellos. Hago muchas preguntas, cuento algunas historias, hago cualquier cosa que están haciendo, ya sea ver la televisión, salir a discotecas, hacer snowboard, cortar leña o acudir a mítines políticos. Paso tanto tiempo sin ocupación fija que a veces la gente parece olvidar realmente qué hago ahí de verdad.»

William Finnegan. Fuente: Punavisión.

William Finnegan. Fuente: Punavisión

William Langewiesche

Esa idea de no interferir mucho encaja también con este periodista. Para el reporteo de trabajos como American Ground, donde contó el desmantelamiento del World Trade Center tras los ataques del 11-S, su técnica consistía en escuchar a la gente con mucho cuidado:

«El secreto es: deja que el tipo hable. Uno nunca sabe adónde quiere ir a parar y la cosa se vuelve realmente interesante cuando les sigues la corriente. Cada cierto tiempo dicen algo que me da ganas de interrumpirlos ―”¡Espera, cuéntame más de eso!”―, pero resisto el impulso, porque podría perderme las perlas que están a punto de caer de sus labios. En vez de eso, anoto mentalmente el tema para volver a abordarlo más tarde.»

Michael Lewis

En cambio, Lewis intenta serle útil a la gente para poder así introducirse en sus vidas.

«En Moneyball desarrollé relaciones con los jugadores, los entrenadores y los directivos mientras estaba reporteando para el libro. Podía decirle a los directivos cosas que los jugadores estaban pensando y diciendo y que ellos no habían oído. Y podía decirle a los jugadores cosas que los directivos estaban pensando y diciendo y que ellos no habían oído. El hecho de que yo les resultara útil a todos hizo que se mostraran menos reacios a hablar conmigo cuando yo aparecía en el campo de béisbol. Yo tenía algo que intercambiar. No tenía una relación parasitaria con ellos. Tenía una relación simbiótica.»

Y a la hora de entrevistarles, considera que son mucho más interesantes cuando van de un lado a otro que cuando están quietos:

«Les pregunto si tienen pensado ir a alguna parte, y si puedo acompañarlos. Aunque lo que estén haciendo resulte irrelevante para lo que escribo, sencillamente quiero participar en algo con ellos.»

Lawrence Weschler

En su búsqueda de protagonistas de historias, tiende a elegir personajes «marginales» que le proporcionan una perspectiva descentrada con la que abordar temas muy amplios. Por ejemplo, en Boggs. La comedia del dinero no trata la cuestión del dinero de frente, sino que trata de «triangularlo», es decir, de abordarlo desde distintos ángulos: el ángulo del arte, el ángulo de un artista de performances y diseñador de moneda, etc.

Cuando Weschler empieza un proyecto se pasa las primeras semanas juntando material y haciendo entrevistas. Es lo que llama «fase de excavación»:

«Una de las cosas más útiles que nadie me haya dicho nunca fue lo que comentó un biólogo marino en la universidad Todd Newberry. Yo estaba escribiendo un ensayo para él sobre un tema enorme y de difícil manejo y estaba totalmente a ciegas. Y me dijo: “Cuando estás lidiando con un tema inmerso y amorfo, es como si pasearas por la playa, te encontraras con una morsa muerta y sintieras curiosidad por saber por qué ha muerto. Puedes hacer dos cosas. Puedes recoger ese palo de madera a la deriva que hay allí y empezar a golpear a la morsa, pero lo único que conseguirás es que tú y la morsa quedéis hechos un desastre. O puedes llevarte el palo hasta aquella roca, sentarte, coger una piedra y empezar a afilarlo. Te tomará horas y horas, probablemente toda la tarde, para afilar el palo. Pero al final del proceso tendrás un estoque. Y entonces puedes usar ese estoque para hacer una autopsia y comprenderás lo que ha pasado en cinco minutos”.»

La moraleja de la historia es que si te enfrentas a un tema inmenso y amorfo, no debes plantear preguntas inmensas y amorfas: «Dedícale el 95% de tu tiempo a afilar la pregunta.»

Richard Preston

Este periodista científico defiende que la única forma de describir algo es experimentarlo por uno mismo:

«Yo quería saberlo todo sobre el ADN: a qué sabía, a qué olía. Así que encargué un poco de ADN de ternero a una empresa de suministros de laboratorio. Llegó en forma de polvo y me lo coloqué en la lengua. Era ligeramente salado, con un punto dulce. Utilicé ese detalle en el artículo y creo que contribuyó a que los lectores se hicieran una idea general más concreta del ADN.»

Richard Preston: Fuente: USA Today

Richard Preston: Fuente: USA Today

También suele experimentar a la hora de montar el texto. En Zona caliente comienza con una narración fría en primera persona, luego pasa a monólogos interiores más íntimos, después cuenta la historia desde la perspectiva de cada personaje principal y, finalmente, acaba el libro en tercera persona. Y a veces, incluso cuenta con la participación de sus entrevistados:

«Les digo: “¡Este libro me está volviendo loco! Estoy teniendo todo tipo de problemas!”. Eso convierte la entrevista en una experiencia participativa. Disfruto cuando un sujeto se interesa en los aspectos literarios de la composición. Algunos de los científicos sobre los que escribo lo ven como otro ‘problema’ que pueden resolver. Me hacen sugerencias de cómo debería escribir la pieza. Algunas son terribles, otras bastante buenas.»

Eric Schlosser

Los temas que aborda son la comida rápida, la economía sumergida y las cárceles en títulos como Fast Food y Porno, marihuana y espaldas mojadas.

La mayoría de sus entrevistas son solo conversaciones, sin libreta ni grabadora, para aprender más sobre el tema. Después, si hay algo que le llama tanto la atención como para querer citarlo, vuelve a contactar con la persona en cuestión para recordar la frase o hacer una entrevista más formal.

Ya en la fase de escritura, tendrá que enfrentarse a la difícil relación entre el crítico y el escritor que hay en todos nosotros:

«Mantener al crítico a raya es esencial, pero tenerlo cerca es importante también. El escritor siempre está diciendo “¡Sí!” y el crítico “no, uh, uh”. A menudo el escritor está equivocado y la página que escribiste, amaste y luego descartaste merecía que la descartaras. Al mismo tiempo, cuando no puedes escribir ni una palabra, es porque el maldito crítico está siendo demasiado duro. En última instancia el crítico tiene que callarse para que yo pueda dar a conocer públicamente la obra. Puede que no sea la prosa más hermosa y perfecta, pero al menos ve la luz. Si tan solo atendiera al crítico, estaría perdido.»

Calvin Trillin

El autor de Killings y Alice, Let’s eat resuelve esa lucha con una especie de preborrador que escribe el primer día después de regresar del reporteo. Lo llama «la vomitera»:

«Lo escribía sin molestarme en consultar ninguna de mis notas. Solía escribirlo en un papel amarillo canario para distinguirlo de los borradores posteriores. Generalmente empezaba con un inglés razonable, pero a medida que avanzaba el lenguaje se iba deteriorando. Por una parte, eso me hacía arrancar. Asimismo, me proporcionaba un inventario de lo que necesitaba incluir en la pieza. Podía darme también una vaga idea de lo que no funcionaría; que la pieza debería ser en primera persona en lugar de tercera, por ejemplo, o que empezar con el juicio no me permitiría presentar ciertos hechos que necesitaba presentar acerca del crimen.»

Trillin, según el New Yorker.

                  Trillin, según el New Yorker

Susan Orlean

Es la más conocida de las únicas tres mujeres que aparecen en el libro, y lo es gracias a El ladrón de orquídeas.

Los temas que le atraen suelen caer en dos categorías: «La parte de la vida en la que uno nunca se para a pensar y alguna subcultura totalmente desarrollada de la cual no sé nada».

«Tengo una especie de celo misionario por contarle a mis lectores que el mundo es un lugar mucho más complejo de lo que ellos piensan, e infundirles curiosidad por cosas en las que ellos nunca habían reparado. Tengo la habilidad de decir: “El hombre de al lado, el taxista que tú pensabas que no era nadie, ¡es en verdad un personaje fascinante! Ven conmigo y te lo demostraré…” Mis lectores no tienen tiempo para observar estas cosas, pero yo sí lo tengo.»

Cuando le toca hacer alguna pregunta extremadamente incómoda o personal, prefiere hacerla por teléfono:

«Siento que eso preserva algo de dignidad y seguridad si la persona no está sentada enfrente de mí. Por ejemplo, cuando una vez tuve que preguntarle a alguien sobre el incesto en su familia.»

Ron Rosenbaum

Muy diferente a Orlean, Rosenbaum prefiere escribir sobre misterios o enigmas, como el origen de la maldad de Hitler en Explicar a Hitler, aunque él también critica el periodismo de gancho porque cree que no es una buena razón para hacer una historia:

«No estoy en contra de una historia que tenga relevancia. Pero pienso en la relevancia en unos términos más amplios que el periodismo de gancho. Relevancia definida de manera que no necesariamente se manifieste de forma inmediata, o venga determinada por el chisme de turno o por una celebridad que acapara el centro de atención. Creo que las mejores historias son las que crean su propio gancho. Las historias que tras las cuales los lectores dicen: “¡Guau! No tenía ni idea de todo este mundo, me alegra mucho aprender algo al respecto”.»

Gay Talese

El último reportero es, en realidad, el primero, pues ya aparecía en la antología El nuevo Periodismo de Tom Wolfe. Para empezar sus historias, el escritor neoyorkino siempre busca escenas prometedoras:

«Cuando escribí The Bridge, traté de visualizar el puente de Verrazano y los hombres que están colgados en el cielo, como una foto. La primera escena de El reino y el poder retrata a un editor jefe en una oficina. La primera de  Honrarás a tu padre, a un portero mirando, pero sin ver realmente, un disturbio en la calle. La mujer de tu prójimo abre con la escena de un niño observando a una mujer desnuda en un quiosco de revistas en Chicago. En Los hijos, abro con una escena en la que yo estoy en la playa. Todas esas podrían ser películas. Supongo que esencialmente estoy tratando de escribir una foto.»

Su rutina para escribir es bien curiosa. Empieza cogiendo un bloc de hojas amarillas y trata de escribir una frase en letras mayúsculas. La revisa las veces que haga falta, y cuando consigue tener cinco o seis frases las pasa a máquina y sigue escribiendo y reescribiendo las veces que haga falta hasta que tiene una página entera. Luego toma la hoja y la clava en la pared con alfileres. Y repite todo el proceso hasta tener varias páginas escritas, unas junto a otras:

«Eso me ayuda a lograr una perspectiva diferente: puedo ver cómo las escenas se mueven, cómo funciona el lenguaje, cómo fluyen las frases. Me pierdo cuando reescribo y quiero mirármelo otra vez. Lo quiero mirar fresco, como si otra persona lo hubiese escrito.»

Talese en su casa. Autor: David Shankbone. Fuente: www.wikimedia.org

Talese en su casa. Autor: David Shankbone. Fuente: www.wikimedia.org

La edad de Talese nos da pie a formular una última duda que nos deja este libro. En 1932 nació el reportero más viejo de la antología: precisamente él, Gay Talese. Y en 1963, la más joven, Adrian Nicole Leblanc. Dicho de otra manera, ninguno de estos «nuevos Nuevos Periodistas» son precisamente jóvenes. Pero, ¿quiénes serán los «nuevos Nuevos Nuevos Periodistas» nacidos en los 70, 80 y 90? ¿Qué técnicas de investigación utilizan? ¿Qué temas eligen? ¿Y cómo estarán escribiendo ahora?

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El nuevo Nuevo Periodismo

Autor: Robert S. Boynton.

Editorial: Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona.

Colección: Periodismo Activo.

Tapa blanda: 438 páginas.