Raquel y Susana participaron en el centro social Tabacalera durante el primer año y medio, combinando siempre el interés por vivir la experiencia con el deseo de pensarla y transmitirla. En el relato que elaboraron para compartir con los habitantes del Campo de Cebada, en verano de 2015, propusieron pensar la vivencia con las metáforas del amor: el encuentro y el enamoramiento inicial, la convivencia y sus conflictos, la crisis y la separación. Como analizador, como mirador desde el que pensar toda la experiencia, se colocaron en un lugar tan importante como inusual: ni más ni menos que el retrete de Tabacalera. El lugar que mejor da cuenta de la importancia de la fisicidad y materialidad de los lugares, los procesos y las personas. El lugar que sostiene el espacio, pero al mismo tiempo es invisible. El lugar que pone a prueba, definitivamente, las reglas de lo común.
ALEXIA

Raquel: Quiero empezar situando brevemente desde donde voy a hablar. Mi experiencia parte del hecho de haber conocido otros centros sociales. Me animo a participar en el proceso de Tabacalera porque, desde el año 2004, se había venido pidiendo la cesión del espacio al barrio y a las redes sociales (1). Cuando finalmente ocurre, gentes diversas que venimos de esas otras experiencias de centros sociales vemos que se abre una oportunidad muy buena para seguir experimentando. Eso en primer lugar. Además, parte de la gente que se implica al principio en Tabacalera es gente muy afín, amigos, amigas: esta dimensión afectiva era importante para mí. Y por último, había algo que me interesaba de este proceso: en otros centros sociales, la fragilidad de los proyectos se había achacado a las incertidumbres de la ilegalidad y la amenaza del desalojo. Me parecía atractivo el reto de partir no desde esa fragilidad, sino desde una cierta seguridad: la cesión del espacio por parte del Ministerio (2). Esta es mi entrada en el proceso de Tabacalera.

Susana: Yo aparezco en Tabacalera recién llegada a Madrid. Nunca había estado en un centro social ni nada parecido, vengo de la institución educativa y académica. No conocía a la gente que estaba en Tabacalera ni donde me estaba metiendo, ¡así que no puede ser más distinta la manera que tenemos las dos de entrar!

Primera fase: encuentro y enamoramiento

Nuestra experiencia dura año y medio: desde comienzos de 2010 (antes de que el espacio se abriese al público oficialmente en junio) hasta mayo de 2011 (coincidiendo con el 15M). Hemos dividido el relato en tres momentos. El primero es un momento marcado por la ilusión, por la alegría, un momento de enamoramiento colectivo. Hemos recuperado una cita de la web de Tabacalera, de enero 2010, muy ilustrativa:

Autonomía es la palabra clave de este juego en el que las cosas se hacen porque su necesidad y el lujo de su afirmación se sienten con toda su potencia instituyente.”

Raquel: En esta primera fase, el centro social aún no estaba abierto al público y se llevó a cabo el acondicionamiento material, se hacen pequeños talleres y se empieza a pensar en cómo organizarnos. Había un sentimiento de alegría, de que se estaba construyendo algo entre todos, un ambiente muy bueno y quizá la sensación de que era fácil construir en común. Sin embargo, aparecían señales de lo que, con posterioridad, serían conflictos. Pero en este momento no se les daba ninguna importancia. Quizá pensábamos que todo se iría solucionando, espontáneamente.

Jornada de curro en La Tabacalera (11/04/2010). Autor: Alberto Pérez

Jornada de curro en La Tabacalera (11/04/2010). Autor: Alberto Pérez

Susana: En ese primer momento, multitud de gente escribía ya a la cuenta de correo de contacto que se había abierto para proponer actividades. Y comenzaron a darse debates internos en torno a esto, surgiendo ya entonces los distintos sentidos que se daban a “aportar a lo común”. Había quien pensaba que el hecho de que viniera gente a desarrollar clases de chino, de yoga, a hacer swing o arte callejero era ya una contribución maravillosa al espacio, por lo que se habilitó el patio exterior para ello. Mientras, otros se preguntaban qué pasaba con las tareas más duras, como el propio acondicionamiento del espacio, en qué medida estaban siendo o debían ser compartidas o colectivas estas tareas, o en qué medida no y si eso era justo. De fondo, además, estaba la relación siempre tensa con el Ministerio: una negociación permanente sobre cuándo se abre, qué cabe y qué no.

Raquel: Durante esta fase, de apertura ambivalente y controlada, se estaba pensando en cómo organizar semejante experimento. Desde el principio, se plantearon tres ejes de trabajo considerados transversales: autogestión, autoconstrucción y comunicación. Y se aprobaron una serie de criterios mínimos, comunes, de consenso: las actividades en Tabacalera debían ser abiertas, colaborativas, gratuitas y copyleft. En ese momento no hubo ninguna confrontación al respecto, parecía que se compartía el significado de qué es “lo común” de manera espontánea, aunque se dieran algunos indicios de que no era así.

Susana: Algo que nos ha sucedido al hacer memoria para construir este relato es que hemos advertido que teníamos la temporalidad muy alterada. Pensábamos que habíamos estado en Tabacalera mucho más de un año y medio, teníamos esa sensación.

En marzo de 2010, se convocó el eje de autogestión que era donde se buscaba pensar cómo organizarnos. Inmediatamente surgieron dos propuestas contrapuestas de modelo de organización.

Por un lado, se propuso un modelo que era más rígido, en el sentido de que se planteaba como definitivo, pero que, a su vez, se presentaba como más fluido al apostar por otorgar máxima autonomía a los colectivos y espacios que se estaban generando espontáneamente. Según este modelo, cada colectivo y cada espacio podía organizarse como quisiera, siguiendo los criterios comunes, pero nadie ajeno a esos grupos podía entrometerse en su gestión. Se planteó que hubiera un espacio de encuentro para discutir las cuestiones comunes, pero muy ligero y sólo si se hacía necesario. De alguna manera, lo que se daba como presupuesto era que espontáneamente las cosas iban a encajar bien.

Por otro lado, se propuso abrir un espacio de reflexión permanente, que no fuera una asamblea, para pensar cómo organizar Tabacalera. Ninguno de los dos modelos propuso que hubiera una asamblea que organizara el centro. Este segundo modelo era más abierto en el sentido de que asumía desde el principio la dificultad de organizar de manera horizontal y democrática algo tan grande y complejo como Tabacalera (3).

Un par de meses después se acordó seguir un modelo de consenso: la pulpiflor, o tentapétalos, en el que la gestión de lo común se puso en el centro (4). Ese modelo es un híbrido entre una organización que se distribuye en espacios y colectivos (que no tienen por qué estar vinculados a espacios concretos) y un marco en el que tratar las cuestiones transversales que conciernen a todos: Coordinación. A este lugar de encuentro acudirían representantes de los distintos espacios y colectivos para tratar esas cuestiones transversales y comunes. La idea era dar máxima autonomía a los espacios y los ejes de trabajo. Al principio, se pensó en un modelo rotativo de portavocías, reuniones rotativas en las cuales los portavoces van a las reuniones de Coordinación, vuelcan lo hablado o acordado en ellas en sus respectivos espacios, para volver a poner en común en Coordinación solo si es necesario. Esa fue la primera manera consensuada que encontramos para gestionar el centro social, muy basada en la apuesta por dar la mayor autonomía posible a los espacios y los ejes de trabajo.

Dibujo de la pulpiflor.

Raquel: Los pétalos son los espacios en los que se divide en centro social y los tentáculos son tanto las zonas espaciales compartidas no adscritas a ningún colectivo (por ejemplo, la Nave central) como los ejes transversales (autogestión, autoconstrucción, vecinitos, comunicación…). Por ejemplo, los skaters, cuya actividad se ubicaba en uno de los locales del patio exterior, no iban como tales a Coordinación, sino que acudía alguien del pétalo correspondiente: el ‘patio’. Varios colectivos lo estaban utilizando, por tanto, entre ellos se reunían y elegían quién asistiría a la reunión de coordinación y traería luego de vuelta lo que se hablase en esa reunión entre los distintos grupos.

Se trataba, por tanto, de un sistema “representativo-rotativo”. De hecho, hubo un momento en que se pensó que quizá no hiciese falta reunirse en Coordinación todas las semanas, imaginando que todo funcionaría bien autónoma y espontáneamente, haciendo de estas reuniones algo a convocar de forma extraordinaria para cuestiones puntuales.

Por supuesto, lo que pasaba y lo que se pensaba era un poco más complejo que lo que estamos contando, pero para narrarlo hemos simplificado bastante tendencias, ideas, posiciones, etc.

Segunda fase: la convivencia y sus conflictos

Susana: La segunda fase arranca en junio, cuando Tabacalera se abre al público. Empezaron entonces los roces más serios, las primeras desilusiones y los primeros conflictos. Se evidenció que no todo el mundo pensaba lo mismo, que ese sentido “común” en el que se confiaba no era tal, que no todos hablábamos de lo mismo.

Hemos llamado a esta segunda fase el retrete. ¿Por qué? Por un lado, porque el retrete es un lugar bien importante, a todos nos gusta que esté limpio y que funcione bien, seguramente no se le da mucha importancia pero sostiene cualquier espacio. Por otro lado, en Tabacalera había realmente un problema de pocería. Pronto el centro social se desbordó de actividades y de éxito, y los váteres no aguantaban todo lo que se estaba convocando. El equipo que llevaba fontanería a partir de junio estaba realmente desesperado, no daba abasto ni para limpiar ni para desatascar todo aquello. El retrete se convierte en un símbolo de lo que estaba pasando entonces y también en una especie de lugar desde el que mirar, pensar y contar. Pensamos que es el lugar más físico que da cuenta de la importancia de la materialidad de los espacios, los procesos y las personas, y que es necesario tenerlo en cuenta para pensar lo que se puede y lo que no.

Os traemos una cita de cuanto acabábamos de abrir:

Como es notorio, la Tabacalera es grande, muy grande. Aquí caben muchas cosas, sobre todo si son gratis, copyleft y tienden a cooperar con el funcionamiento del centro social en su conjunto. Con todo, no caben todas a la vez, ni cada una en su sitio perfectamente diferenciado. Así que habrá que asumir ciertas dosis de promiscuidad y habrá que organizarse”.

Como se suele decir, morimos de éxito, la sensación era de continuo desbordamiento. Los primeros síntomas de desacuerdo se hicieron más serios cuando se hizo patente que no todo cabía en Tabacalera. Los múltiples significados de “lo común” empezaron a entrar en conflicto.

Ante este desbordamiento, se pusieron de manifiesto dos tendencias bien distintas: la tendencia a la apertura total para la que toda propuesta debía ser bienvenida porque lo importante era hacer y producir; y la tendencia a la apertura condicionada para la que toda propuesta debía ser bienvenida siempre que asumiera la responsabilidad del cuidado de las cuestiones comunes. Raquel y yo nos situábamos en esta segunda tendencia, porque nos parecía muy importante que se visibilizara todo lo que había que hacer y mantener para que una actividad, por muy sencilla que sea, se pudiera realizar.

Raquel: Hay otra frase muy breve, que hemos encontrado escarbando en la lista de correo de Coordinación, que señala en tono irónico los “roces” dentro del experimento. Pertenece al texto “Todo criterio es político”:

AUTOGESTIÓN no es ‘a-su-bolismo’ de variados individuos amontonados a gustito”.

Susana: Os vamos a contar ahora algunas historias de conflictos concretos, como ejemplos de lo que os estamos contando. Un ejemplo sencillo en torno a la cuestión del retrete es la historia del Coro de Tabacalera. Este era un colectivo de gente muy amable que se reunía en el espacio infantil llamado La Madriguera, situado en el pasillo de la zona de despachos. Limpiar los baños de esa zona era todo un problema, porque la gente iba hasta allí, cagaba y se largaba. No se podía pedir a la gente del Coro que se encargase de la limpieza en todo el centro social, pero creíamos que sí del pasillo donde estaba la sala en la que se ensayaba.

Raquel: Sin embargo, tampoco no se llegó a un acuerdo con la gente del coro y finalmente, el grupo de papás y mamás de los niños y niñas que hacían uso de La Madriguera (no sólo lo utilizaba el coro, claro está) decidieron candar el baño de esa zona, ya que los propios niños no podían usar el cuarto de baño debido a lo sucio que estaba siempre.

Baños de Tabacalera.

Baños de Tabacalera en 2010.

Susana: Otro conflicto que surgió fue el de los graffitis en las paredes de los espacios comunes. Este fue un tema de discusión permanente. ¿A quién le compete el asunto de las paredes? ¿A los graffiteros? Había quien decía que ese era SU espacio. Y había quien decía que no, que era un espacio de todos y que había que hablar acerca de lo que allí se ponía o dibujaba. Existía también el temor a que todo el centro social acabase graffiteado. Ahora parece algo muy divertido, pero entonces había mucha tensión con respecto al tema. Nos preguntábamos: “¿Dónde hay que ir para resolver este conflicto?” Y se apelaba siempre a Coordinación. ¿Se resolvía algo allí? No, porque se daba un grave problema de legitimidades en el ‘órgano’ de decisión. En Coordinación se podía dar una respuesta, una solución de consenso, pero luego esa respuesta no se aplicaba y no se encontraba tampoco el modo de hacerla aplicar.

Raquel: Empezaron a surgir también problemas muy serios en torno a los eventos convocados y el aforo. Durante los primeros meses cualquiera podía calendarizar y organizar una actividad, tan solo comprobando si el espacio donde se desarrollaría estaba libre ese día a esa hora. Pero hubo una fecha en la que se organizaron varios eventos simultáneos con una asistencia masiva, produciéndose en la nave central un problema serio de aforo. En determinado momento de la tarde, la gente se quedó atrapada sin poder salir ni entrar. Poco a poco se consiguió vaciar y afortunadamente no ocurrió nada grave, pero se evidenció que no se podían calendarizar los eventos autónomamente sin tener en cuenta lo que pasaba al mismo tiempo en el resto de los espacios.

Susana: A pesar de estos y otros problemas y conflictos, seguíamos siendo optimistas y en las discusiones que se mantenían se mostraban las dos corrientes que ya hemos señalado. Había quien pensaba que había que darse tiempo y que los problemas se irían resolviendo, mientras que había quien pensaba que se debía de ir hablando ya las cosas e ir construyendo respuestas. Tan optimistas seguíamos siendo entonces que los turnos de cuidado (5) eran voluntarios. Desde Coordinación sólo se sugerían unas pautas acerca de en qué debían consistir esos turnos.

Tercera fase: crisis y separación

Entonces llegó la primera crisis fuerte a la vuelta del verano. Se extendió una enorme desconfianza, se empezó a dudar en serio de que se pudiera construir lo común. El retrete no solo estaba sucio, sino que estaba atascado y nadie se hacía cargo. Se hicieron varios intentos, que no llegaron a cuajar, por crear un grupo que se encargase de la fontanería. Revisando la lista de correo de Coordinación, nos hemos encontrado con que las palabras “retrete” o “baño” aparecen en innumerables correos; continuamente se habla sobre desatascar el baño, la limpieza de retretes, etc.

También surgió en aquel momento la pregunta de quién mandaba en Tabacalera: se habían propuesto unos criterios que se suponían comunes y decididos colectivamente, pero nos dimos cuenta de que no se cumplían. En noviembre, en este clima, se convocaron unas segundas jornadas de reflexión. Entonces, simultáneamente a este continuo acontecer de actividades y conflictos, se estaba intentando pensar cómo hacer. Los problemas de cuidado y mantenimiento se colocaron en el centro, aunque también se trató sobre la relación con el Ministerio, etc.

Sin embargo, en febrero de 2011, se publicó un comunicado de cierre. No había pasado un año y la Tabacalera se cerró por primera vez.

Raquel: ¿Qué llevó al cierre? Durante el verano de aquel año, se agudizó un conflicto: teníamos un compromiso con el Ministerio de cierre del centro social a una hora determinada, pero en verano, la multitud de usuarios del centro disfrutaban mucho del patio por la noche y costaba hacerles entender que debían abandonarlo. La gente se resistía y se enfadaba con nosotras cuando intentábamos que se fuera. Eran tareas de “policía”, arduas y conflictivas.

Puerta que da a la Glorieta de Embajadores.

Puerta que da a la Glorieta de Embajadores.

Susana: Tabacalera era el garito de moda en Madrid, por ahí pasaba muchísima gente. En el patio había un bar que posteriormente desaparecería al convertirse en algo ingestionable, ya que el colectivo que lo llevaba no estaba de acuerdo con cerrar a la hora acordada con el Ministerio. Allí se organizaban fiestas y conciertos que duraban hasta altas horas y nos llegaban quejas de los vecinos continuamente. El conflicto con este bar fue un enfrentamiento durísimo.

Raquel: Luego estaba la cuestión económica y los usos que se determinaron para la nave central. Habíamos decidido que fueran actividades gratuitas, pero empezaron a surgir propuestas de recaudar fondos para apoyar actividades “guays”. Pero, ¿qué actividades son “guays” y cuáles no? ¿Cómo distinguirlas? ¿Cómo decidir cuáles se hacen y cuáles no?

Susana: El debate sobre la distribución del dinero es un ejemplo de la diversidad enorme de Tabacalera. Cuando empezó el debate sobre el modelo económico, se pusieron seis propuestas totalmente distintas sobre la mesa. En el centro de la discusión, el asunto de si tendría que haber una caja común, o si se debía distribuir por espacios. Si se debían calcular porcentajes, cuánto se quedaba la caja común y cuánto el colectivo que venía a hacer la actividad. Lo que acabó ocurriendo con todos estos conflictos fue que se sintió la necesidad de un espacio de discusión y resolución. Nadie había propuesto al principio que necesitábamos una asamblea, pero al final la tuvimos. Una asamblea donde iba muchísima gente y una lista de correo en la que participaba muchísima gente. Cada vez más personas se sentían interpeladas por los problemas existentes y querían ir al sitio dónde se podía decidir algo, o donde se sentía que se estaba decidiendo algo que le atañe.

Se fueron creando comisiones: de economía, de turnos (que censó los colectivos en Tabacalera, muchos de los cuales no teníamos ni idea de que estaban allí). Los turnos empezaron a ser obligatorios. También se formaron comisiones en torno a temas que, creíamos, estaban claros desde el principio como, por ejemplo, las licencias libres, que fue otro foco permanente de conflictos.

Raquel: A las asambleas acudían entre 80 y 100 personas. Dependiendo del tema, cambiaba mucho el número de ‘asambleados’. La reunión más masiva se dio cuando Alejandro Sanz quiso grabar un vídeo en Tabacalera y se convocó para decidir el tema en asamblea. No se cabía en la nave central. Quizá muchas asambleas no fueran representativas, dada la desproporción entre el número de quienes acudíamos a las asambleas y la cantidad de gente que había en Tabacalera: cinco veces un centro social “normal”. Se intentaba trabajar por consensos y no por votación, llegar siempre a acuerdos que fueran vinculantes, pero, desde luego, no siempre se conseguía. La asamblea era el poder legislativo, pero el poder ejecutivo que aplicaba después las “leyes” sobre el terreno era muy limitado, como decíamos antes.

Susana: Intentábamos hacer un seguimiento. Yo puedo hablar de licencias libres, que es la comisión donde estaba. Lo que ocurre es que una es humana y la capacidad para discutir con un montón de gente distinta es limitada, sobre todo cuando, además, es gente con la que estás compartiendo el espacio. Emocionalmente se tienen límites, pero los turnos intentaban hacer un seguimiento del cumplimiento de los criterios comunes.

Raquel: Según lo hablado, las personas que formaban cada turno de cuidado debían ser responsables de que los acuerdos comunes se cumplieran. Por ejemplo, si a las doce el centro debía estar vacío y cerrado, o si no se podía superar un cierto nivel de ruido, la gente del turno se tenía que responsabilizar de que así fuera. Había turnos que se encargaban de la tarea con más rigor y turnos que menos. El turno era, por tanto, el poder ejecutivo. Todos los colectivos debían tener su turno. La comisión de turnos hizo un gran trabajo hablando con cada uno de ellos.

La asamblea era un sitio ambivalente porque no tenía suficiente legitimidad para hacer que toda la gente se vinculara a todas las decisiones que se tomaban, pero a la vez, cuando había un conflicto, todo el mundo apelaba a la asamblea para resolverlo. No había otro modo.

Susana: Esta historia de amores y desamores sigue su curso. Llega el momento en que se decide cerrar: el desbordamiento es grande, los turnos no se cumplen, empiezan a darse situaciones de violencia. En febrero de 2011, como ya hemos apuntado, se cierra. No fue una decisión fácil, no todo el mundo estaba de acuerdo, no tanto muchas veces por mantener el espacio abierto como por una cuestión bastante egoísta de “seguir con mi taller”. En la web de Tabacalera se publicó un escrito pidiendo un poco de comprensión. Hubo bastantes roces pero se le echó paciencia. Muchos dijeron que su actividad era su forma de aportar al común y lo defendió incluso en estas situaciones límites.

4941637596_93fcd5b752_o

Pintada en Tabacalera. Autor: Carlos Sánchez

Raquel: Vamos acabando. No quisiera dejar de decir que nosotras no tenemos un balance tajante, muy preciso. Hemos hecho esta visita por la memoria, quizá en un tiempo esa memoria sea distinta y otra la manera de contarla.

Susana: Uno de los problemas que vemos en nuestro relato es que contado así, linealmente, parece que el proceso estaba abocado a la ruptura (amorosa). Nosotras rompimos con Tabacalera cuando surge el 15M más o menos. Ya no podíamos más físicamente, nuestros cuerpos ya no lo resistían. Pero, seguramente, podrían haber pasado otras cosas. Ahora vemos posibilidades que en su momento no atendimos y que tal vez habrían podido funcionar.

Otro problema de este relato: parece que todo fue un suplicio, pero hubo momentos que disfrutamos muchísimo. Se dieron situaciones maravillosas, encontramos gente estupenda de la que seguimos siendo buenas amigas. Por poner un ejemplo de las cosas bonitas que pasaron y que nos enganchaban al espacio: preparando esta charla hemos recordado un día en el que hubo un espectáculo de ópera muy chulo en la nave central y a la vez se celebraba el cumpleaños del hijo de uno de nuestros amigos. Pensamos que esa confluencia de una actividad de arte contemporáneo mezclada con algo tan vinculado a la vida cotidiana como un cumpleaños infantil es un ejemplo de las cosas que queríamos que pasasen. Nos hemos enfocado más en los problemas porque empujan el pensamiento, pero no queríamos dejar de decir esto.

Preguntas, entre gobernar y habitar

Susana: Esta vuelta a Tabacalera que nos habéis propuesto que hiciéramos, nos ha planteado una serie de preguntas que os vamos a lanzar. Para elaborar estas preguntas, hemos querido recurrir a la distinción que lanzó Amador, en su charla en la Universidad Popular de la Cebada de hace unas semanas, entre gobernar, aquello que se hace pensando con un modelo abstracto de referencia que se trata de aplicar o llevar a la práctica, y habitar, es decir, tratar de ir al núcleo de la situación, vivirla y ver qué se puede hacer desde ahí.

Nos preguntamos: ¿se puede construir sin tener un modelo? ¿Cómo no convertir el deseo, lo que nos gustaría que pasara, en un Ideal, con mayúscula, en un “deber ser” que constriña, bloquee lo que se está dando y nos haga infelices? Porque muchos conflictos en Tabacalera surgían también porque había choques entre diferentes “deber ser”, gente que pensaba que las cosas tenían que ser de una manera y otra gente que pensaba que tenían que ser de otra. ¿Cómo se consigue confluir o consensuar o convivir? Sentimos que no se llegó a un consenso nunca, lo que se consiguió fue convivir mejor o peor, dependiendo del momento. Y, finalmente, nosotras nos rendimos, no llegamos a “consensuarnos” con el espacio. De la gente del principio, de quienes ‘abrimos’ Tabacalera, no queda nadie hoy en el centro social.

No hemos encontrado la solución, lo que encontramos son más preguntas. ¿Se puede habitar sin gobernar? ¿Cómo se hace posible el habitar? ¿Cómo cuidar y propiciar lo deseable? ¿Cómo impedir, sin gobernar, lo no deseable (violencia, tristeza)? La solución extrema era cerrar la puerta, que no entrase nadie y la violencia se fuera a otro sitio, porque no sabíamos gestionarla. ¿Cuántas cosas se pueden hacer que sean compatibles? ¿Cuánto cierre necesita la apertura? Nuestro aprendizaje ha sido que si abres la puerta completamente, no todo es compatible ni cabe en el mismo sitio, por muy grande que sea el espacio. Lo más fuerte se acaba haciendo hegemónico: si alguien está produciendo mucho ruido, por ejemplo, no vas a poder tener un recital de poesía al lado.

Raquel: Otra cosa que estaría bien pensar también es esta tendencia que hubo en Tabacalera a producir, producir, producir. Tabacalera como fábrica, frente a ese otro modelo de hacer que se pregunta qué queremos hacer, cómo lo queremos hacer. Muchos discursos feministas recuerdan ahora la contraposición entre esa lógica de acumulación y producción frente a los cuidados y la sostenibilidad que requieren las vidas. Creo que en ese afán de abrirse y abarcar todo entramos en la lógica de la acumulación.

Hemos encontrado un texto con el que queríamos cerrar nuestra intervención. Es de enero de 2010, antes de abrir Tabacalera, y demuestra que ese tema de cuidar de las vidas se tenía presente y se deseaba. Pero seguramente no supimos cómo llevarlo a cabo:

La coexistencia entre diferentes tipos de producción (material, cultural, política) es tan importante como la coexistencia de diferentes tipos de usos y ritmos. Esta coexistencia no es solo, no es en absoluto, un prurito metodológico. Se trata de una necesidad a la hora de generar un dispositivo vivo y sostenible. Nos interesa hacer cultura sin dejar de vivir, sin ignorar que tenemos que organizar y hacer habitables nuestras ciudades y barrios, que tenemos o podemos tener hijos, que nos hacemos mayores -unos más que otros- y que todo eso hace cultura, es cultura”.

 

Niña frente a una pintada de Tabacalera.

Notas:

  1. Nuestra propuesta es sencilla: Que desde hoy mismo se abra un debate público, amplio y participativo sobre el destino, sobre los usos que queremos darle a este edificio público. Y que ese debate se produzca desde dentro, viviendo y conociendo el espacio, produciendo en el mismo debate lazo social, compromiso, comunidad, para que la experiencia directa dé fundamento a un proyecto ciudadano integral para la Fábrica de Tabacos.” Más información.
  2. “La Tabacalera, articulada como proyecto autónomo, solicitó a la Dirección General de Bellas Artes, la ejecución de un convenio de cesión de uso que diese estabilidad, en el edificio y en el tiempo, a esta experiencia de participación ciudadana.” Los detalles de la cesión se pueden leer aquí.
  3. El Centro Social La Tabacalera ocupa 9200 metros de los 30000 que son la superficie completa del edificio.
  4. Se puede consultar la imagen que representaba esta propuesta organizativa en el documento del Dossier de Tabacalera, página 108.
  5. ¿Qué era un turno de cuidado?