La llegada de las personas refugiadas a Grecia ha traído consigo un fenómeno del que no se habla con tanta frecuencia: el “boom” de las ONGs. Como no se han cansado de recordarles a Marta Pérez, Irene Rodríguez y Cristina Hernández, las ONGs son las únicas autorizadas para entrar en los campos, y esto también trae problemas, tensiones y no pocas preguntas. Para abordar este espinoso tema, ellas han conversado con trabajadores de ONGs, participantes de un colectivo autogestionado de Tesalónica y una representante del Gobierno griego de Syriza.
¿Qué relación se establece entre el Gobierno y las ONGs? ¿Y entre las ONGs grandes y las pequeñas? ¿No repiten muchas organizaciones un mismo patrón —mezcla de burocracia, paternalismo y desconfianza— en su relación con los refugiados, sea cual sea su situación? ¿Existe otra forma de hacerlo o hay que inventarla? Muchas son las preguntas que surgen en el terreno, también algunas respuestas, y un interrogante final: ¿Qué pasaría si las ONGs rompieran la baraja?
Marta Pérez, Irene Rodríguez y Cristina Hernández

“Es un poco como la construcción hace unos años en España”, comentaba Cristina. Hay un asunto que, aquí en Tesalónica, aparece constantemente en las conversaciones sobre el limbo europeo en el que están las personas refugiadas en Grecia: el “boom” de las ONGs, que comenzó en verano de 2015 y se ha expandido desde que la Unión Europea cerró aún más las fronteras en marzo de 2016. El 19 de abril de 2016, la Comisión Europea anunció una transferencia de fondos, 83 millones, para proyectos con una duración de entre 9 y 12 meses del Instrumento de Asistencia en Emergencias, que se han repartido entre ACNUR y siete grandes ONGs1. Estas grandes ONGs externalizan después programas a otras ONGs griegas que también han crecido en estos meses. Si Praksis ya era una organización no gubernamental grande en Grecia, otras más pequeñas, como Arsis, han crecido al calor de este despliegue, tal y como nos explicaba en una entrevista un trabajador de esta organización.

Esta expansión es bien visible sobre el terreno. Cuando visitamos el campo de Sindos-Frakapor por primera vez a principios de junio, las ONGs estaban llegando: la que se ocupa de la asistencia sanitaria, SAMS (una ONG norteamericana), llegó a mediados de mes, al igual que Save the Children, que gestiona una escuela y un “espacio de mujeres” dentro del campo. En este momento, además de esas dos, tienen presencia en el campo: International Medical Corps, la asesoría legal de Greek Council for Refugees (la organización griega que trabaja con ACNUR) y la pequeña asociación suiza Swiss Cross, que tiene una relación estrecha con la gente a través de diferentes actividades (tienda de alimentos que se pagan con un cupón, escuela, distribución de algunas cosas, visitas a tiendas). Además, Médicos sin Fronteras trabaja en una consulta psicológica que rota por cinco campos de la zona, y financia esta presencia sin fondos de la UE: los rechazó en abril de 2016 porque no quería participar de la política europea de fronteras.

Como nos han repetido muchas veces —la policía en las puertas de los campos, pero también personas con las que hemos charlado en la ciudad— las ONGs son las únicas autorizadas para entrar en los campos. En la entrevista que tuvimos con Maria Topalidou, representante en Tesalónica del área de solidaridad de Syriza, su traductora nos dijo: los campos son “abiertos para los refugiados pero no para la gente de fuera, y esto está bien”.

Tensiones en el Gobierno y las ONGS

No es ningún secreto (tampoco para las propias ONGs) que su presencia en los campos se usa desde diferentes lugares para legitimarlos. Basta con leer, por ejemplo, el cartel que cuelga a la entrada del campo de Oreokastro que dice que, con el dinero del Fondo europeo para el Asilo, la Migración y la Integración (52 millones de euros), el Ministerio de Defensa griego puede proporcionar a las personas refugiadas un alojamiento con las necesidades básicas y sanitarias cubiertas. Para ello, además de con los militares, se ha contado con las ONGs. Pero la relación discursiva y práctica que se establece con las ONGs es más complicada. Como nos contaba el trabajador de Arsis, el gobierno griego de Syriza es uno de los actores que más critica a las ONGs. María, de Syriza, nos decía en la entrevista que las ONGs no estaban haciendo bien su trabajo. A la pregunta de cuáles eran los problemas que ella veía respondió que el dinero va directamente de Europa a las ONGs, y el gobierno griego y el partido Syriza no tienen control sobre ellas.

¿El problema reside en lo mal o lo bien que hagan el trabajo las ONGs? Creemos que no. A la luz de las experiencias vividas en Tesalónica, pensamos que no se trata de sentenciar si las ONGs son buenas o malas sino de preguntarse qué bien (y qué mal) pueden hacer, y hacen las ONGs a la gente, formando parte como forman de esta red de recursos que la UE ha puesto en marcha acompañando el cierre de fronteras. Esta tensión entre lo que se necesita, lo que se puede hacer, lo que se genera cuando se hacen cosas, y de qué manera, la viven de forma diversa las diferentes ONGs y, dentro de ellas, sus trabajadores; y todo esto alimenta una política de fronteras que es todo menos humanitaria,

Hay una posición que se ciñe al rol prescrito, a lo que el saber experto dice que ha de hacer la organización, siempre igual en cualquier lugar y contexto. Esta posición está repleta de desconfianza hacia la gente y vacía de diálogo con la gente. Por ejemplo, en el campo de Softex, los compañeros de la Social Clinic of Solidarity de Tesalónica nos relataban su conversación con el médico de la Cruz Roja, que les explicaba que nunca se dan las cajas de medicamentos a las personas, sino solo dos o tres píldoras, y se les dice que vuelvan a por más al día siguiente. Es un protocolo establecido en todas las misiones de Cruz Roja en campos de refugiados. La razón: la sospecha de que las personas vendan a otras esas píldoras. Aunque suene muy violenta, esta mezcla de burocracia, paternalismo y desconfianza que genera dependencia no es una excepción. Este tipo de reparto a dosis es la norma, también con otras organizaciones como Save the Children: por ejemplo, en Sindos-Frakapor, reparten varias toallitas húmedas para limpiar a los bebés en lugar del paquete entero, porque entonces “lo podrían usar para más cosas que para los bebés”, y la misión de la organización está circunscrita a cuestiones relacionadas con los bebés y las madres.

Hay otra posición que busca las vueltas para intentar hacer cosas que tengan que ver con las necesidades de la gente, más que con los protocolos. Es la que toman algunas ONGs, más pequeñas, que lo tienen cada vez más difícil para operar pues ahora han de tener un NIF griego, pagar una cantidad de dinero y resolver varias cuestiones legales. A estos problemas se suma la relación difícil con las ONGs grandes: como nos contaba una amiga que ha trabajado con la pequeña ONG española Olvidados, que ha sido expulsada por los militares de los campos de Katsikas y Filipiadas2, al noroeste de Grecia, más que colaboración lo que hay es una lucha en la que las pequeñas, que son las que tienen una relación más cercana con la gente, pelean y presionan a las grandes.

Y más allá del trabajo concreto que realizan y los criterios que emplean para realizarlo, está la cuestión de la temporalidad de los voluntarios, cuya rotación es, habitualmente, muy alta. Tanto que, por ejemplo, un bebé puede tener un pediatra diferente cada semana. O puedes estar hablando varias semanas con una médica sobre un problema importante y que un día que hayas quedado con ella te digan que se ha ido hace unas horas en avión a América, como le pasó a nuestra amiga Shirin.

El trabajo de las ONGs no es el único posible

Tanto entre nosotras en nuestras tareas diarias como dentro de los colectivos griegos de la ciudad, una reflexión está muy presente: qué cosas hacer con la gente sin hacer el trabajo de las ONGs. Por ejemplo, llevar a amigos de los campos al hospital cuando hay una ONG que se ha de hacer cargo de estos traslados, ¿es hacer el trabajo de la ONG? Más que un análisis en esos términos, quizá la pregunta pase más por averiguar cómo hacer un trabajo diferente sin abandonar uno de los campos de batalla de la política de fronteras europea, los campos militares y los alojamientos que les suceden. Si las ONGs grandes y las que trabajan para ellas han hecho todo en los términos que se esperaba de ellas, a nosotras nos toca imaginar, inventar.

Los colectivos de la ciudad ya lo están haciendo. Está, por ejemplo, el programa autogestionado de alojamiento del centro social Mikrópolis. El trabajador de Arsis con el que hablamos participa en este programa y nos relataba que la forma que tiene de habitar su propia tensión es separar lo que hace en un lugar y en otro, pues tiene muy claro que son diferentes formas de hacer: en Arsis a veces, por retrasos burocráticos, no tienen comida para dar a la gente de los pisos (y los propios trabajadores han decidido pagarla de su bolsillo); mientras que en Mikrópolis la compra se organiza en la asamblea semanal con todas las familias. Sin embargo, por una cuestión de escala y de fuerzas, los colectivos autogestionados no pueden asumir, por ejemplo, el alojamiento, en la ciudad, de todas las personas que están obligadas a vivir en los campos.

Aunque todas estas dificultades parece que forman parte de un callejón sin salida por ahora —los campos se crearon, y toca tirar para delante con ellos intentando hacer lo que se pueda por mejorarlos— esta realidad no es inevitable: es producto de políticas y decisiones concretas acordadas y asumidas por todos los actores implicados. Tanto en junio, cuando estaba aún tomando forma, como ahora, cuando está más asentada, la forma de trabajar de las ONGs entre ellas, con los gobiernos, con las personas refugiadas y con los colectivos que las apoyan no es la única posible. La obra de teatro a representar no tendría por qué estar escrita a priori, los personajes no necesariamente sabrían lo que tienen que decir y hacer, el desenlace podría ser inesperado.

¿Qué pasaría si las ONGs rompieran la baraja?

Noviembre en Tesalónica (crónicas desde un limbo europeo I)

Cuando un techo no lo es todo (crónicas desde un limbo europeo, II)

Aquí pueden leerse las “crónicas antiheroicas griegas” que escribieron Marta Pérez e Irene Rodríguez en junio


1 El reparto es el siguiente: ACNUR, 25 millones; International Federation of the Red Cross, 15 millones; Danish Refugee Council, 8 millones; International Rescue Committe, 10 millones; Save the Children, 7 millones; Oxfam, 6 millones; Arbeiter Samarite Fund, 5 millones; Médicins Du Monde, 7 millones. Además de estos fondos que se entregaron en abril de 2016, según la Comisión Europea, desde 2015 Grecia ha recibido 181 millones de euros del Fondo para el Asilo, la Migración y la Integración, así como del Fondo para la Seguridad Interior, además de los 509 millones de euros que ya estaban asignados desde estos fondos al programa nacional griego para 2014-2020.

2 Durante el verano se había anunciado que se pondrían containers para que la gente no tuviera que vivir en las tiendas en invierno, pues en esa zona del país las temperaturas son muy bajas. Estos containers no han llegado y en estas semanas estos dos campos (Katsikas y Filipiadas) están siendo desalojados.