El movimiento de Standing Rock, a cuya historia y análisis dedicamos un largo artículo recientemente, no ha brotado de la nada. A este Standing Rock le han precedido otros, que no ha sido ni es uno, sino muchos. Desde las Guerras Indias, podríamos citar la revuelta de Wounded Knee en 1973, tras el asesinato de un joven indio a manos de un blanco borracho; los distintos movimientos culturales que convierten la vergüenza que sienten muchos jóvenes por su herencia nativa en afirmación orgullosa y desafiante; o las grandes individualidades que han sabido pasar con su testimonio (cultural, creativo, poético) la intensidad de la historia y la espiritualidad indias. Se cumple así lo que dijo Nana, alias Pie Roto, jefe de los apaches mimbreños, en su lecho de muerte: «Mientras haya un apache con vida habrá esperanza».
¿Y quién mejor para ponernos en antecedentes que Javier Lucini, amante y activo rescatador de ese mundo?  Sus viajes por el Oeste norteamericano comenzaron a partir del año 2007. Visitó las reservas indias y se sumergió en la realidad nativo-americana. Los primeros frutos de dichos viajes fueron la traducción de las memorias del apache Gerónimo (Soy Apache), la traducción, selección y prólogo de los cuentos de O’Henry (Puro Far West) y la autoría de Apacherías (obra galardonada con el Premio de Literatura de Viajes Camino del Cid, 2010). En 2013 tradujo la monumental obra Apaches, de Donald E. Worcester para Península.
De él podría decirse lo mismo que dijo Borges de Andrés Amoa en aquel poema: «Ya es incapaz de jinetear un bagual, pero le gustan los caballos y los entiende. Es amigo de un indio».
Javier Lucini

Ocho años han pasado desde la publicación de Apacherías, unos cuantos más desde nuestra visita a la Casa Verde de Henry Real Bird (nombre de nacimiento: Baugeewuchaitchish, «el Jefe de la Madera» en lengua apsáalooke) junto al río Little Big Horn, la reserva de los indios crow. Al final, el libro, pese al premio (Mejor Libro de Viajes Camino del Cid, 2010), acabó corriendo la misma suerte que tantas tribus. Se agotó y la editorial desapareció. Desde entonces, ha nevado mucho y han pasado muchas cosas, pero lo cierto es que, pese a la lejanía, sigo echando de menos a Henry.

Tras aquel viaje que luego fue libro y documental, Henry se convirtió en una figura tutelar. Por suerte, conservo su voz, sus poemas y los totales de aquellas grabaciones en vídeo que se descartaron en el montaje final de Cowboys I Know, dirigido por Jaime Rodríguez (documental que nunca llegaría a estrenarse más allá del pase único que se programó en el Cowboy Poetry Gathering de Elko, Nevada) y aún hoy recurro de vez en cuando a ese material, «medicina buena», como el productor de documentales Clifford Stern, el personaje que interpretaba Woody Allen en Delitos y faltas (1990), que se ponía una y otra vez en su moviola los veinte mil metros de película en los que atesoraba las sabias palabras de Louis Levy, su viejo profesor de filosofía. Al igual que Clifford Stern, yo también recibí una llamada intempestiva y me temí lo peor, pero no, no era que Louis Levy se hubiese suicidado, era que Henry había sido nombrado «Poeta Laureado» por el estado de Montana. ¡Bien por Henry!

En el verano del 2010, Henry Real Bird, autor del torrencial Rivers of Horses, indio cuervo y viejo cowboy de rodeo, recorrió 415 millas a lomos de uno de sus 70 caballos para distribuir su última obra, Horse Tracks, que al poco tiempo sería nombrado Libro de Poesía del Año en los High Plains Book Awards de 2011. Desde entonces, cada vez que ha sucedido algo, cada vez que se ha desatado una nueva «Apachería», nos hemos escrito (no es fácil comunicarse con él, donde vive no hay cobertura –de ninguna clase–, y se pasa con muy poca frecuencia por la biblioteca de la reserva a revisar sus e-mails, solo cuando se queda corto de víveres o combustible, o cuando le muerde una serpiente…) y hemos comentado las noticias que nos iban llegando. Y es por todos esos fogonazos que hemos ido intercambiando a lo largo de estos años, que he querido titular este texto en plural. No «Standing Rock» sino «Rocks», con una «S» bien grande, porque si bien es cierto que lo del Sacred Stone Camp está siendo un movimiento de lo más potente (tanto por repercusión mediática –ya lleva varias portadas del New York Times–, como por el ilusionante efecto unificador que está provocando en todo el mundo), quisiera subrayar que no ha brotado de la nada, que a este Standing Rock le han precedido otros, que no ha sido ni es uno, sino muchos (y todo apunta a que seguirán siéndolo).

Imágenes. Sobre todo imágenes de nieve. Henry saliendo de la Casa Verde con su pequeña navaja por si volvía a presentarse el puma que había matado a su perro: «Siguiendo el camino está el caballo muerto congelado en la nieve, desde allí arriba obtendréis unas buenas tomas de la casa y del río. Pero no os separéis ni abandonéis el sendero. Esto no es ni el centro de París ni Manhattan».

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El caballo muerto mencionado en el texto. Autor: Jaime Rodríguez

Acabábamos de llegar en medio de una ventisca (no sé ni cómo lo logramos). Los termómetros marcaban más de veinticinco grados bajo cero. Nada más sacarlo, el micrófono Audio Technica AT835ST se congeló y hubo que desecharlo. Henry nos dejó botas y abrigos de verdad. Chicos de ciudad en la intemperie, inauguramos nuestra estancia en la Casa Verde con la imagen imborrable de aquel caballo medio enterrado en la nieve que enseguida nos trajo a la memoria la imagen del cadáver del gran jefe Big Foot tras ser acribillado a orillas del arroyo Chankpe Opi Wakpala, más conocido como Wounded Knee, en la funesta masacre que tuvo lugar el 29 de diciembre de 1890, unos días después de que asesinaran a Toro Sentado en la Agencia de Standing Rock (entre otras cosas por haber apoyado la Danza de los Espíritus). La imagen de los caballos y los indios lakota muertos en el lugar de la masacre, o la posterior, la que cierra la historia, la de los soldados de Casey, ateridos de frío y venganza, regresando a casa desde Wounded Knee.

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Las imágenes, en definitiva, que describió en sus memorias Charles Eastman, el joven médico sioux de la reserva de Pine Ridge cuando llegó en busca de supervivientes: «Encontramos el cuerpo de una mujer completamente cubierto por un manto de nieve a casi cinco kilómetros del lugar de la matanza […]». Aquello fue la revancha por el fracaso estrepitoso de Custer en Little Big Horn, el mismo lugar donde ahora vive Henry, rodeado de relinchos y fantasmas. El sheriff de la policía tribal va a visitarle cada sábado de invierno para ver si sigue vivo o necesita algo. El vecino más cercano se pelea con su caldera a más de quince millas carretera abajo.

Y más nieve casi un siglo después, la del otro Wounded Knee, el televisado, la nieve del incidente que estalló en 1973 tras el asesinato del joven Wesley Bad Heart Bull a manos de un blanco borracho (Darold Schmitz, alias «Perro Rabioso») en un bar cercano a la reserva de Pine Ridge (Dakota del Sur), cuando lo de la ocupación simbólica por parte del American Indian Movement (AIM) y la reacción desproporcionada del gobierno, esta vez con helicópteros y jets Phantom en lugar de cañones Hotchkiss, setenta y un días de sitio y más de quinientas mil balas disparadas. Leonard Peltier encarcelado (ahí sigue) por el asesinato nunca probado de un agente del FBI (Mi vida es mi danza del sol), el desmantelamiento final del AIM de Russell Means, Leonard Crow Dog y Dennis Banks. La imagen, por ejemplo, del indio vigilante apoyado en el muñeco de nieve, con la iglesia al fondo, la iglesia de la pared acribillada tras la que murió Frank Clearwater con el cráneo reventado por una bala.

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Nieve sucia, nieve embarrada y ensangrentada. La nieve de los búnkers y las trincheras improvisadas donde se cobijaron los indios, con sus mujeres e hijos, hasta que el invierno comenzó a remitir y todo acabó con una nueva y muy previsible tanda de promesas incumplidas.

Toda esa nieve la misma nieve. La nieve del primer Wounded Knee que supuso el fin del sueño de Hehapa Sapa (Alce Negro): «No supe entonces cuánto se había perdido. Cuando miro atrás desde las alturas de mi senectud, vienen a mí todavía las imágenes de las mujeres y niños asesinados, amontonados y dispersos por la escarpada garganta. La escena horripilante se me ofrece tan vívida como entonces. Y me doy cuenta, ahora, de que algo más murió en aquel barro sangriento y quedó enterrado en la nieve. Allí acabó el sueño de un pueblo. Era un sueño hermoso. Y yo, a quien tan gran visión se concedió en la juventud… ya me ves ahora, como un viejo digno de compasión que nada hizo, pues el aro de la nación se quebró y se dispersó. Ya no hay centro alguno y el árbol sagrado ha muerto». Y la nieve del segundo Wounded Knee, la que al fundirse supuso el fin del sueño de la renacida Nación Oglala Independiente.

En Implorando un sueño, Richard Erdoes señalaba que, tras lo sucedido en Wounded Knee el AIM (el nativo-americano en general), desapareció de la conciencia nacional. No volverían a aparecer en las pantallas de televisión ni en las primeras páginas de los periódicos salvo cuando algún candidato a la presidencia se acercase en período electoral a la reserva para fotografiarse con un penacho de plumas y un buen puñado de dudosas promesas, a la caza de votos, o cuando se estrenase la última película revisionista de Hollywood y el actor de turno, con no sé qué ridículo porcentaje de sangre probablemente cherokee, se sintiese de pronto concienciado hasta la próxima película… Sus dirigentes se calmaron (en celdas) o los mataron. Pero en 1989, treinta y cinco años después de la histórica ocupación (lo que vino a conocerse como el Incidente de Oglala, que daría título al documental de Michael Apted producido por Robert Redford en 1988), Richard Erdoes seguía viendo en Wounded Knee un símbolo de resistencia y esperanza. «La lucha por los derechos de los indios duerme. No ha muerto. Simplemente hiberna como las semillas bajo la nieve».

Bisonte de nieve en Standing Rock. Autor: Dark Sevier

Bisonte de nieve en Standing Rock. Autor: Dark Sevier

La escritora Louise Erdrich (de sangre ojibwe) en un reciente artículo del The New Yorker («Holy Rage: Lessons from Standing Rock», 22 de diciembre), dice que en el campamento de Standing Rock se han reunido los Oceti Sakowin, «los Siete Fuegos», las siete divisiones de los lakota, los dakota y los nakota, un pueblo, el sioux, conocido precisamente por su resistencia a la colonización (Little Big Horn, 1876), su sufrimiento (Wounded Knee, 1890) y su activismo (Wounded Knee, 1973). Tres particularidades que han vuelto a darse cita ahora en el «Campamento de la Piedra Sagrada» para frenar la construcción del Dakota Access Pipeline (DAPL), el oleoducto bautizado como «Serpiente Negra» que ellos, los «Protectores del Agua», después de varios meses de protesta y violencia policial, ya han conseguido desviar.

Pero la lucha está muy lejos de haber concluido y es mucho más dura ahora, con toda esa nieve cayendo, cuando hoy mismo, a las 18:38h, los termómetros de Pine Ridge marcan veintidós grados bajo cero (frente a los diecinueve bajo cero que, a la misma hora, padecen en la Antártida), cobijados en tipis y en tiendas de campaña, bajo una furiosa ventisca. Lo más granado del turismo activista ya ha vuelto a la confortable calefacción de sus hogares para celebrar la Navidad en familia y solo quedan los valientes, porque, como decía Caballo Loco: «¡Hoka Hey!» («hoy es un buen día para morir»), y aún queda un buen trecho por recorrer. Pero son muchos (la BBC habló de diez mil acampados a principios de diciembre) y en el muro de Facebook de «We Stand with Standing Rock», el 24 de diciembre, mientras tú y yo despedazábamos langostinos, salía publicada una fotografía [la que encabeza este artículo] que remitía a otros tiempos y a otras batallas: los «Dakota Spirit Riders», a lomo de sus caballos («Todos los caballos son indios», como afirmaba Sherman Alexie, indio spokane-coeur d’alene, en uno de sus libros), marchaban por el campamento a través de una intensa tormenta de nieve. Acaba diciendo Louise Erdrich que en el modo de vida lakota la historia es una fuerza viva. Cada uno de los grandes acontecimientos de su destino común incluye la experiencia directa de los antepasados. Y es imposible hablar de lo que está sucediendo en Standing Rock sin tomar en consideración la historia y la intensa espiritualidad que sustenta e inspira la resistencia de «los Siete Fuegos». Allí siguen y allí seguirán, danzando en la nieve con los espíritus.

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Tipis en Standing Rock. Autor: Dark Sevier

Al final tuvimos que adelantar un día nuestra marcha de la Casa Verde. Las previsiones meteorológicas no auguraban nada bueno y corríamos el riesgo de quedarnos atrapados indefinidamente. Además, teníamos una cita con los búfalos de Yellowstone. La pick-up arrancó de milagro y Henry nos siguió en su vieja camioneta para ayudarnos a salir en caso de que nos quedásemos atascados en la nieve. Nos despedimos en el cruce del Rancho Hope y por el retrovisor vi como daba marcha atrás y volvía a adentrarse en aquellas colinas nevadas. El paisaje indómito en el que los sioux de Caballo Loco soñaron una vez con la victoria.

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La casa verde. Autor: Jaime Rodríguez

Desde entonces, ya digo, nos hemos ido comunicando cada vez que sucedía algo digno de ser contado en la «Apachería». Russell Means, uno de los míticos fundadores del AIM, con quien Henry había oficiado la Danza del Sol (en su casa, una noche, repantingados en el sofá mientras veíamos las finales de la asociación nacional de Rodeo y escuchábamos a Hank Williams en un radiocasete cretácico, pude verle las cicatrices en el pecho cuando se inclinó para golpear el televisor) murió en octubre del 2012. Henry lamentaba que al final solo se le conociese por las películas (sobre todo por su interpretación de Chingachgook en El último mohicano de Michael Mann). En diciembre del 2015 le seguiría los pasos John Trudell, el viejo «Johnny Lobo» de la canción de Kris Kristofferson, miembro también del AIM y portavoz de los indios (desde Radio Free Alcatraz) durante los dos años que duró la ocupación de La Roca. Henry también lamentó que al final solo se le conociese por aquella película en la que salía Val Kilmer (Corazón Trueno, de Michael Apted, 1992), no por sus poemas ni por sus canciones. Eso sí, menos mal que Dennis Banks, el otro fundador del AIM, no se prodigó mucho en las pantallas. A sus setenta y nueve años sigue en pie de guerra. En agosto de 2016, sin ir más lejos, fue nominado como vicepresidente del «Peace and Freedom Party» para las elecciones en California (el mismo partido que en 1968 presentaría la candidatura de Eldridge Cleaver, poco antes de huir a Cuba, y en 2004 la de Leonard Peltier, desde la cárcel).

Recuerdo compartir con Henry la alegría de «Tatanka», el búfalo que volvía a las llanuras, después de leer aquel artículo del National Geographic sobre la reserva de Fort Belknap, en Montana, no muy lejos de su casa, donde hace un par de años soltaron treinta y cuatro ejemplares de bisonte americano. Así como la indignación ante la noticia de la prohibición de los libros de Sherman Alexie en las bibliotecas estadounidenses o el orgullo que sentimos al enterarnos de lo de Douglas Miles, el artista de la tribu pima fundador del «Apache Skate Team», jóvenes hermosos y arrogantes que han sabido encontrar un nexo entre el skateboarding y la tradición del guerrero apache: concentración, resistencia y habilidad para soportar el dolor, una imagen muy lejana a esa otra, espeluznante, que me llevé la última vez que estuve en la reserva: jóvenes obesos disfrazados de raperos, alcoholizados y comiendo hamburguesas en la gasolinera como si no hubiera mañana (y, sinceramente, no parecía haberlo), avergonzados de su herencia nativa…

Y así hasta llegar a la esperanza, actualización ilusionante de las palabras de Nana, alias Pie Roto, jefe de los apaches mimbreños, en su lecho de muerte: «Mientras haya un apache con vida habrá esperanza», que brotó bajo las nieves de Canadá en diciembre del 2012, cuando cuatro mujeres, tres nativas de las «First Nations» (las más de seiscientas naciones indígenas, no inuit ni métis, que pueblan el territorio canadiense) y una aliada blanca, fundaron el movimiento de protesta «Idle No More», movimiento de lucha por la soberanía indígena, de nuevo sobre la palestra el viejo asunto de los tratados rotos («Honour The Treaties Org»), y por la protección del medio ambiente, de nuevo sobre la palestra el viejo asunto del agua y la tierra que ya expuso en 1855 el Jefe Seattle, de la tribu suwamish, en su respuesta a la oferta de compra del presidente Franklin Pierce, carta real o inventada tantísimas veces citada: «[…] Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay unión en todo. Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo». Mensaje traducido ahora en el «No a las arenas asfálticas» del «Athabasca Chipewyan First Nation Legal Defense», que acabó trascendiendo las fronteras de Saskatchewan (gracias a portavoces electrificados como Neil Young al frente de sus demoledores Crazy Horse) y recibiendo apoyo internacional (con manifestaciones solidarias en Estocolmo, Suecia, Londres, Berlín, Auckland, El Cairo…), en lo que fue la prefiguración de este Standing Rock que ahora, una vez más, me ha hecho mandarle señales de humo a Henry para compartir la alegría y el entusiasmo.

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Javier Lucini con Henry Real Bird (Baugeewuchaitchish). Autor: Jaime Rodríguez

Tres son las cosas que destaca Henry de lo que está sucediendo en Standing Rock, según me cuenta en su lacónico mensaje.

En primer lugar la unión y la solidaridad intertribal, no solo la manifestada en Isla Tortuga (Estados Unidos), sino también desde puntos tan lejanos como la Amazonia, el Ártico y Palestina, como muy bien señalan todas las crónicas… Más concretamente la solidaridad entre sioux y crows, una alianza impensable entre dos tribus que han sido históricamente irreconciliables desde que los crow sirviesen de guías para el general Custer.

En segundo lugar la visibilidad generada por los medios y las redes sociales. La capacidad motriz y unificadora del lenguaje poético con el que los sioux han sabido convocar a distintos pueblos, no necesariamente nativos, en una causa común. Una lucha que ya no es tanto por la autodeterminación, sino por la destrucción de la «Serpiente Negra» (hoy el DAPL, mañana cualquiera de sus horrendas manifestaciones) que amenaza la vida en el planeta (es de nuevo el mensaje desesperado del Jefe Seattle: «¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció. ¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció. La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia»). Porque ahora todos hemos entrado de lleno en esa fase de supervivencia en la que los nativos de Isla Tortuga llevan instalados desde que De Soto identificase al primer bisonte americano y lo describiese como una especie de «vaca corcovada» poco antes de dar inicio al largo proceso de exterminio e incomprensión que aún hoy sigue su curso. Henry sabe que de no haber sido por las redes sociales, Standing Rock habría acabado en masacre a los pocos días de empezar (de hecho en Dakota siguen recrudeciéndose los episodios racistas; véase, por ejemplo, lo sucedido con los estudiantes lakota durante el partido de hockey en el Rushmore Plaza Civic Center de Rapid City, Dakota del Sur, el 24 de enero de 2015, «I Support the Lakota 57», una de las muchas plataformas que se han unido al movimiento de Standing Rock y que solo ahora han empezado a cobrar visibilidad). Pero cualquier ayuda es bienvenida. No hace falta hundir los pies en la nieve. Susan Sarandon y Mark Ruffalo no se cansan de proclamar por televisión que basta con retirar las cuentas de los bancos que apoyan la construcción del oleoducto. Que la lucha es de todos. Que también se puede participar desde el otro lado de la tormenta.

Standing Rock cuando cae la noche. Bisonte de nieve en Standing Rock. Autor: Dark Sevier.

Standing Rock cuando cae la noche. Autor: Dark Sevier

Y, por último, señala Henry el regreso de las nuevas generaciones al círculo de «los Siete Fuegos». Esto es, sin duda, lo más emocionante. Henry perdió a su hijo en la nieve. Alcoholizado, sin esperanzas, renegando de su sangre, sus cabellos y su lengua. Una noche se mató mientras se dirigía en un coche destartalado al bar de la reserva. Hoy de los seis mil sioux que hablan la lengua lakota muy pocos tienen menos de 65 años. Y Standing Rock, como un avatar de Sierra Madre (la brutalidad policial ha tenido en buena parte la culpa de que así sea), ha vuelto a convocar a los jóvenes guerreros. Jóvenes que vuelven a ponerse las pinturas de guerra y a bailar en los powwows ataviados con los viejos trajes ceremoniales. El árbol sagrado cuya muerte lamentaba Hehapa Sapa vuelve a alzarse fortalecido sobre sus viejas y poderosas raíces. De nuevo todo es mañana. Es el espíritu de Caballo Loco que Dennis Banks vio resurgir en los jóvenes activistas tras la segunda masacre de Wounded Knee: «Vivían desesperados. Llevaban corbatas y el pelo muy corto para parecerse a los blancos. Se avergonzaban de ser indios. Se avergonzaban de su idioma y de sus costumbres. En Wounded Knee volvieron a ser guerreros y empezaron a sentir amor propio, a alegrarse de ser sioux, cheyennes, ojibways, navajos, crees, iroqueses, salteaux, apaches y nisquallis. Se pintaron la cara de rojo, se dejaron crecer el pelo y llevaron con orgullo sus camisas y sus sombreros indios. Se hicieron llamar “skins” y dejaron de ser receptores de la beneficencia blanca. Aprendieron bajo el fuego a respetarse de nuevo y después de casi cien años volvieron a celebrar la Danza de los Espíritus. Aunque el AIM no hubiera conseguido ninguna otra cosa, solo con eso ya habría cumplido su cometido». Standing Rock ha vuelto a despertar ese espíritu en las nuevas generaciones.

Aunque lo cierto es que todavía queda mucho invierno por delante. Lo peor está por llegar. Febrero se postula bastante cabrón. Pero todo parece indicar que los agoreros que aseguraban que todo acabaría con la llegada del frío y la nieve tendrán que ir inventándose nuevos fastidios para cuando irrumpa la primavera. Será ya con la administración Trump. Y da un poco de miedo.

Calor humano en Standing Rock. Autor: Bisonte de nieve en Standing Rock. Autor: Dark Sevier.

Calor humano en Standing Rock. Autor: Dark Sevier

Así que, desde aquí, solo me falta mandarle a Henry un fuerte abrazo. Espero volver a verle pronto en el Cowboy Poetry Gathering de Elko, recitando sus nuevos poemas, o asando carne de búfalo en la Casa Verde (le escribo que tendrá que ser en invierno porque sigo prefiriendo la nieve a las serpientes, y me lo imagino sonriendo al leer lo de las serpientes, una sonrisa que, en su rostro de abedul, cortado toscamente y sin desbastar, será como una turbulencia que hará aullar a los coyotes de las Big Horns). Y yo tampoco podré evitar sonreír cuando al final de su último mensaje se despida hasta la próxima «Apachería» como lo ha hecho siempre desde aquella inolvidable semana de febrero de 2007 que pasamos en su casa incomunicados por la tormenta: «Que en cada invierno de nieve, la belleza camine contigo».

Y así lo hará mientras sigan llegando imágenes de los acampados en la nieve.

Se sigue cabalgando en Standing Rock. Autor: Dark Sevier.

Se sigue cabalgando en Standing Rock. Autor: Dark Sevier