En la segunda jornada de encuentro entre Tabacalera y el Campo de Cebada, habló Javier Olmos, a quien todos sus amigos conocen como Jabuti. Jabuti viene de participar en otras experiencias de centros sociales (como el Laboratorio de Lavapiés), habita desde hace ya muchos años en el barrio de Lavapiés al que ama, y es cocinero popular y maestro de ajedrez.
¿Cómo tejer una convivencia entre diferentes? ¿Cómo generar lo común? Puede pasar -y a menudo pasa- que esas preguntas no encuentren una respuesta práctica en los mecanismos organizativos formales que supuestamente las deben dar. Puede pasar -y a menudo pasa- que haya más elementos de respuesta en iniciativas micro, informales o muy laterales, pero que sin embargo no las consideremos ni valoremos porque no es “donde hay que mirar”.
Es el caso de la cocina de Tabacalera donde participó Jabuti. Pegados a la práctica y a lo material, Jabuti y sus compañeros de la cocina hicieron una experiencia extraordinaria de lo común que fue capaz de atravesar los conflictos más graves y desgarradores que se dieron en Tabacalera, poniendo en primer plano lo que une y no lo que divide.
ALEXIA

Primera parte: Tabacalera

Jabuti: Cuando se abrió Tabacalera, era una experiencia muy novedosa, participaba mucha gente y el espacio era más grande que ninguno que se hubiese autogestionado antes. El acuerdo [con el Ministerio de Cultura] era que la seguridad era privada, pero la gestión la llevaba la asamblea de forma independiente.

Durante la primera época, había miles de personas participando y haciendo cosas, pero el mantenimiento, la limpieza, las puertas… recaían en poca gente.

En esta etapa, yo no participaba en el proyecto, así que no conozco bien el proceso y seguro que hay errores en mi relato. Se ensayaron muchas formas de organización porque, a mi parecer, casi desde el principio, la asamblea estaba en crisis con respecto al uso del espacio. Allí era donde se tomaban las decisiones, pero no era tan fácil llevarlas a cabo y que todo el mundo las asumiera. Se derrochó mucha inteligencia para intentar buscar fórmulas: la organización por proyectos (taller de bicis, nave trapecio, el molino rojo de danza, circo, biblioteca, la sala para niños), la “pulpiflor”, que era una forma de autoorganización sin centro de la que hablaron el otro día Raquel y Susana… Hubo muchos intentos de organizarse de manera no tan clásica como una asamblea, pero no era sencillo.

La Tabacalera estaba organizada en tres patas:

Una era la asamblea, con el poder legislativo, pero sin poder ejecutivo. Controlaban las llaves, la economía, etcétera, pero no eran capaces de implicar a todo el mundo en las decisiones.

La segunda era la cafetería, que funcionaba mediante el autoempleo. Había tenido épocas peores antes de llegar yo, pero entiendo pero iba evolucionando hacia más transparencia y más rotación en puestos, que eran deseados aunque se cobraba poco, porque mucha gente que usaba Tabacalera estaba muy escasa de dinero. La cafetería abría la puerta, la cerraba, llevaba la bitácora del día, sabía lo que pasaba. En el Campo se puede saber lo que ocurre de un vistazo, pero en Tabacalera estás en una parte y no ves lo que ocurre en la otra. Puedes no enterarte de nada. No hay un centro físico. La cafetería, como tenía los tiempos de trabajo, sabía si quien se había comprometido a limpiar lo había hecho o no, si había habido algún problema, alguna bronca. Tenía el registro y lo llevaba a la asamblea semanal. Era el nexo de unión.

Y por último, estaban los turnos de cuidados, muy importantes, no solo de limpieza y mantenimiento, sino también para cuidar Tabacalera y cuidarse unos a otros.

Apertura y diversidad: la puerta y la calle

En la Tabacalera había, y hay, una diversidad muy grande y mucho conflicto de intereses. Por un lado, había gente que intentaba llevar adelante un proyecto de autogestión y ver cómo éramos capaces de convivir y estar en común (esta era gente que participaba más en la asamblea y la autoorganización) y otra que quería militar aunque no de modo clásico, pero sí hacer labor social, colaborar un día a la semana o dos; por otro lado, había personas sin dinero, para quienes era una batalla conseguir un euro al día, y muchos días ni lo conseguían, personas sin papeles, que vivían en la calle o que estaban mal de la cabeza y encontraban ahí un espacio donde la policía, que los hostigaba, no podía entrar, un espacio no tan duro como la calle pura, aunque Tabacalera era muy la calle también.

Inauguración. Autor: Alberto de Pedro. Licencia CC.

Inauguración. Autor: Alberto de Pedro. Licencia CC

Uno de los conflictos era por la apertura. En un sitio que tenía tanto éxito como Tabacalera, que generaba tanto trabajo de mantenimiento, la gente que intentaba organizarlo-manejarlo-controlarlo un poco más tendía siempre a cerrar el espacio para abarcar menos y para que fuera más viable, más humano, el mantenerlo. En cambio, la otra gente se empeñaba mucho en mantenerlo abierto, porque cuando se cerraba el espacio, la alternativa era mucho peor para ellos. De hecho, cuando se ha cerrado Tabacalera ha sido a costa de mucho enfrentamiento, de mucho sufrimiento, de muchos desencuentros. Había por tanto un conflicto muy fuerte de intereses.

Otro problema es la convivencia, cómo crear el común. En el planteamiento que se tenía en ese momento había una “idealización” de la convivencia: si tú usas el espacio colaboras al espacio común. Los que ya lo creían antes de empezar lo seguían creyendo después, pero poca gente que viniera de otro lado tenía la misma idea. Eso era un problema: cómo organizas el común, la convivencia, sin que sea competencia entre unos y otros.

La asamblea como centro y sus problemas

Además, yo creo que no vale el modelo sobre el que está montado la asamblea, el consenso vale de poco, más bien quien impone unas condiciones es quien tiene el poder de abrir o cerrar la puerta, de fijar los horarios o de que una actividad se realice o no, y las otras partes las aceptan. Ahí se crea un común que es muy débil, porque siempre está lleno de recelos y desconfianza. Aparte de eso, se llegaba a acuerdos en la asamblea y había gente que directamente los rompía. Entonces valían de poco. Costaba mucho esfuerzo llegar a ese acuerdo y luego esos acuerdos se rompían sistemáticamente.

Y en las asambleas el lenguaje también es muy importante. La gente que tiene estudios o que está acostumbrada a reuniones, asambleas y hablar en público tiene ventaja, es mucho más fácil que convenza y que argumente y que lleve a cabo lo que quiere. Sin embargo, en estas situaciones de pobreza, los sin papeles o la gente que no hablaba español o muy poco no eran iguales al resto, estaban en una situación inferior.

Yo por esa época partía de la base de que la autogestión como forma de organización ya no funciona. Me refiero a la autogestión clásica, como la hemos pensado, centrada en una asamblea, etc. Y luego veía que había un problema entre lo ideológico, lo que se quería que fuera, lo que se quería montar, y lo material, estas desigualdades materiales de las que estoy hablando…

Guerra civil entre formas de vida

Había también una comisión de actividades que regulaba cuáles se hacían y cuáles no, para que no se superpusiesen varias cosas a la vez. Toda esa gestión en un sitio tan masivo llevaba mucho tiempo y era bien complicada.

Por ejemplo, se pusieron seis o siete ordenadores funcionando con conexión a Internet de acceso gratuito para que la gente los usara y quien los venía a usar, que era la gente más tirada, te echaba en cara cuando no funcionaba el ordenador o te recriminaba que el ministerio te pagaba una pasta, aunque todo el trabajo era voluntario y gratis. Te recriminaban por cosas de las que tú no tenías obligación. Finalmente, ¿cómo se solucionó eso? Pues se quitaron los ordenadores. Muy triste, pero comprensible porque quienes mantenían ese trabajo voluntario de mantenimiento solo se llevaban broncas. La solución iba en su propia contra, en contra de todo el mundo.

Zona de ordenadores en la cafetería.

Zona de ordenadores en la cafetería.

Cuando ya estaba funcionando la asamblea, cuando la cafetería se había ampliado y los turnos de cuidados funcionaban más o menos bien, se produce la crisis. Uno de los colectivos, el Templo Afro, desde un principio intentó crear una Tabacalera dentro de la Tabacalera, pero enfrentado a ella. Eso la demás gente de Tabacalera no lo veía, pero se estuvo lidiando con ello porque partía de un problema real, que era que la gente africana sin papeles ni recursos necesitaba un espacio donde desarrollarse. Y un día subió tanto el grado del enfrentamiento que los del Templo Afro ocuparon la cafetería con mucha violencia y se vino abajo todo el proyecto de Tabacalera. Porque realmente la cafetería era el esqueleto en el que se basaba toda la organización. Eran ellos quienes estaban allí desde que se abría hasta que se cerraba. Entonces, a la gente de la cafetería no le merece la pena seguir porque era mucho trabajo por poco dinero. Esa gente desaparece, ya muy quemados. Y al desarticularse la cafetería y crearse un vacío de poder, mucha gente de la asamblea que ya estaba quemada también sale de allí. Y los turnos de cuidados se vienen también abajo, al ser la situación mucho más violenta y haber mucho más enfrentamiento físico.

Ahí se creó una especie de “guerra civil entre distintas formas de vida”, entre la gente que quiere construir la casa común y los que quieren usar el espacio porque es su mejor alternativa pero no les preocupa en absoluto construir ese común. Ahí se crean dos bloques enfrentados y muy en guerra: o estás con nosotros o contra nosotros, sin términos medios. Y casi nadie lo supo encajar, o te colocabas en un bloque o en otro. Y de una forma muy generalizadora, poco individual.

Yo creo que esa ocupación instrumentalizó un malestar que era real, es decir, que tenía un punto de verdad. ¿A qué me refiero? Por ejemplo, dentro de la cafetería había muy poca transparencia en las cuentas, y no por maldad, sino porque cuesta organizar una “empresa”. Que la bebida esté fría y todo funcione, que todas las cámaras estén llenas y hacer el esfuerzo de sacar las cuentas a la luz, etc. Y es verdad que esa transparencia había mejorado mucho, pero muy lentamente.

También es cierto que era un puesto muy deseado pero solo había gente “militante”. Y quienes lo ocupan son más gente de la calle y otros militantes (negros) que intentan instrumentalizar el malestar por esas desigualdades. El conflicto se plantea como un problema entre negros y blancos. Se usa mucho el victimismo, haciendo referencia al esclavismo y jugando con esa paranoia. Hay una parte de realidad ahí importante, pero también una utilización populista de todo eso. También hay un interés de esta gente, que se desenvolvía mal en los mecanismos de Tabacalera, que eran la asamblea y el lenguaje político, en que todo lo que se haga pase a través de una persona que sea el jefe. Que él los represente. Ese es el conflicto que estalla y es muy duro, peligroso en el sentido incluso de violento.

Poner el dinero en el centro

Hubo asambleas muy tensas, un tira y afloja entre quien quería quedarse con Tabacalera, a los que querían echar, etc. Al final de ese verano, la asamblea ya tenía muy poca fuerza y se nombró a cuatro coordinadores: dos africanos del Templo Afro, un colombiano que estaba en un grupo que organizaba eventos reggae y fabricaban sus equipos sound system y uno de República Dominicana. Así que, de repente, la Tabacalera dio un cambio muy grande con respecto a los años anteriores, la gestionaban cuatro personas negras que no habían tenido un papel principal hasta ese momento. Se decidió todo lo contrario a lo que se había hecho hasta entonces. Antes, la asamblea asumía que sacar dinero era un mal menor, y tenían sus buenas razones porque hubo gente al principio que se montó su chiringuito y sacó un montón de pasta y era solo para su propio beneficio. Se pasó entonces de que solo la cafetería pudiese sacar dinero a que el dinero estuviese en el centro de todo. La idea de estas cuatro personas que gestionaban ahora era basarse en la gente más tirada de la calle y pagarles por todo, por ejemplo, por abrir la puerta. Pensaban que había mucho más dinero del que había, pero no era así. Para que lo hubiese, habríamos tenido que funcionar como una empresa, una máquina de sacar dinero para resolver esas necesidades básicas de la gente o, al menos, intentar paliarlas.

Y se cerró Tabacalera. Paradójicamente, la gente que cerró Tabacalera era la que no quería cerrarla ni un minuto, pero se cerró durante un tiempo, para acondicionarla y ponerse a producir como una máquina de sacar dinero. Eso coincidió con el desalojo del Hotel Madrid, donde también había gente muy tirada y violenta. Y con el deseo un poco ingenuo de incluirla en el común, vinieron. Esa máquina de sacar dinero no llegó a funcionar. Tabacalera siempre fue intensa, pero ese verano quizás fue más conflictivo que nunca, hubo agresiones físicas y de todo. Y no acabó funcionando. La gente que se había puesto a gestionar para pagar por todo no podía pagar por nada. Porque no había dinero. Y en el reparto del dinero hubo también muchos problemas, tantos que los cuatro coordinadores dimitieron.

Hubo un vacío de poder, más situaciones conflictivas, otro golpe de mano, otra gente que se puso a gestionar y, finalmente, la asamblea se reconstruyó, volvió gente, entró otra nueva y se hizo la refundación de Tabacalera con los pilares básicos del principio: copyleft, cooperación… Y el dinero se sacó de circulación, se prohibió cualquier actividad que produjera dinero.

Segunda parte: la cocina

Ahora vuelvo atrás para contaros qué hicimos en la cocina. Cuando yo llegué, llevaba ya un año y medio la experiencia de Tabacalera. Entré por casualidad: un amigo me invitó a cocinar con él y luego me quedé solo, tirando de amigos que me venían a ayudar.

Cuando yo entré, el funcionamiento era más espontáneo. Por ejemplo, alguien iba al mercado, compraba un poco de comida, la preparaba para los demás y cobraba un poquito o la voluntad, y al final se montaba su negociete. Eso se cortó y se intentó organizar de otro modo: que cada día cocinara un colectivo. Excepto el día que cocinábamos mi amigo Josetxu y yo, el resto de días cocinaba gente que no tenía ningún ingreso, muchos de ellos ni siquiera tenían casa. Cada uno tenía la obligación de venir los lunes a una reunión en la que estábamos todos. A esa reunión la gente venía porque, si no, no podía cocinar, pero no le interesaba a nadie.

Era unos contra otros, imaginaos cuando se comparte un piso, pues eso era la cocina; cuando llegabas tenías que ir a comprar una bombona, estaban los platos sucios del día anterior… Todo hecho una mierda. Lo primero que tenías que hacer era limpiar. Era la ley del más fuerte.

Yo soy cocinero popular y he participado en otras cocinas de centros sociales y en mi tradición siempre se cocina un plato con carne y otro vegetariano. Entonces, viendo la composición de Tabacalera, me lo planteé de otra manera. No cocinaba vegetariano, y eso me lo criticaron. Yo cocinaba para judíos, moros y cristianos. Siempre había una opción para los inmigrantes que no comían cerdo, que es la mayoría de los africanos. No daba la alternativa vegetariana, sino sin cerdo. Y era un deseo de querer incluir al sector de Tabacalera que estaba en otro ciclo de interés. Fuimos despacio, muy poco a poco. Empezamos a integrar a gente de la que vivía en la calle o venía a golpear la puerta y amenazaba para poder entrar.

El grupo de Josetxu y yo éramos los únicos que no cobrábamos nada, el dinero lo metíamos al común de la cocina, pero cuando venía gente que tenía problemas de dinero graves, entonces sí que lo repartíamos, pero no de forma asistencial, yo cobraba igual que ellos.

Otra cosa que hacíamos era dar comidas gratis a la gente de la cafetería, en reconocimiento y apoyo al trabajo que hacían, y también dábamos comidas gratis a la gente que pensábamos que estaba haciendo algo por el común dentro de Tabacalera. Y luego, parte del dinero que no nos quedábamos lo usábamos para diferentes historias de solidaridad. Que no eran solidaridades internacionales, sino con gente concreta. Por ejemplo, una amiga cogió una enfermedad grave y le dimos el dinero que llevábamos recaudado, 300 euros, que era una miseria, pero bueno.

Una bombona para juntarlos a todos

Esas reuniones semanales las dejamos de hacer. Y empezamos por una cosa muy pequeñita: la bombona de butano. Ese proceso duró por lo menos seis meses. Consistía en pasarse por cada grupo que cocinaba y decir que cada vez que se cocinase había que poner cinco euros para la bombona de butano. En cambio, lo que hasta ese momento planteaba el Templo Afro era que cada uno tuviera su bombona de butano, porque tenía la imagen de la Tabacalera negra dentro de Tabacalera, de manera enfrentada y sin colaboración. Al cabo de seis meses, estaba todo el mundo convencido y aportando los cinco euros.

Aviso.

Aviso en la ventana de la cocina.

Pasamos de tener que ir a comprar bombonas de butano cada vez que nos tocaba cocinar a juntarnos con doce bombonas de butano. Eso todo el mundo de la cocina lo vivió como una mejora. El siguiente paso fue juntarnos una vez al mes, pero no para hablar, sino para comer y limpiar juntos. Eso también fue un proceso largo.

Al principio no venía mucha gente. Había un grupo que se negaba a venir porque era de los que no querían colaborar con el resto. Entonces, lo dejamos fuera del común de la cocina. Y los otros seis grupos nos empezamos a nuclear ahí.

Hasta ese momento, cuando venía un colectivo de fuera y pedía que les preparásemos una comida, había una pelea por ver quién se llevaba el pastel. Entonces, un amigo nuestro se murió. Había un fondo de solidaridad para mantenerle durante los últimos años de su vida porque tuvo una enfermedad muy larga, y la gente que le estuvo cuidando y colaborando económicamente quiso darle un homenaje con parte del dinero que les sobró. Nos pidieron hacer un catering y les pedimos que nos pagaran bien para que funcionara bien el proyecto de la cocina. Dani Wagman era un amigo muy generoso y con mucha sensibilidad social, a él le habría encantado eso. Y, en vez de quedármelo yo u otro grupo de la cocina, lo que hicimos fue coger dos personas de cada grupo y organizamos un super-cátering que funcionó muy bien. Y pusimos un tope de dinero: lo que pasaba de diez euros la hora iba al común de la cocina. Ese cátering entre todos los grupos de cocina nos unió mucho. Dejamos fuera al grupo que no había colaborado en las limpiezas. Cuando hubo dinero, siempre quisieron colaborar, pero la verdad es que ya no dio tiempo para integrarles, aunque mejoró mucho la relación.

Imaginaos: de una cocina en la que todo el mundo está luchando por dejarlo más sucio que el anterior a una cocina en la que todo el mundo está buscando que esté limpio, que funcione lo mejor posible y se pueda repartir lo más posible hay una diferencia abismal. Todo eso fue creando unos lazos muy potentes entre gente que éramos muy diferentes.

El “taco”: otra forma de dinero

Los que cocinábamos los martes nos inventamos una cosa que se llamó el CM, luego “taco”, que era una moneda para nosotros y equivalía a un menú. Con esa moneda lo que hacíamos era pagar. Por ejemplo, había que arreglar el calentador de la cocina y como no teníamos dinero le pagábamos al fontanero con tacos, que equivalían a diez o doce comidas. Pusimos en circulación unos 50 tacos.

Nosotros dábamos de comer muy barato, desde uno o dos euros. Eso hacía posible que viniese también mucha gente a trabajar.

También había buena relación con el resto de grupos de cocina, pero había gente con una situación muy precaria y muy dura y para la que el dinero era muy importante. Por ejemplo, recuerdo a un compañero senegalés que le detuvo la policía cuando iba a hacer la compra y se pasó tres días en comisaría. Ese día le habían encargado diez comidas y puede que ese fuera el dinero que iba a ingresar en toda la semana. Y, de repente, desapareció y no sabíamos qué había pasado. Aun así, conseguimos que todos los grupos, poco a poco, aceptaran la moneda como propia. Eso fue creando un común.

Pintada en Tabacalera. Autor: Alberto Pérez. Licencia CC

Pintada en Tabacalera. Autor: Alberto Pérez. Licencia CC

Espacio libre de guerra, espacio de palabras

Y cuando estalló la crisis de la cafetería y la división en dos bloques, en la que había amenaza física real entre negros y blancos, la cocina fue el único espacio dentro de Tabacalera en el que nos sentamos a hablar de lo que pasaba. Gracias a todo ese pequeño e invisible lazo que he contado resultó que la cocina era de pronto el único espacio libre de guerra. Porque hacía falta hablar de lo que pasaba, sin consensuar ni llegar a terrenos comunes, no se trataba de ponernos de acuerdo y decir “este ha hecho esto mal, aquel ha hecho esto mal, y yo te reconozco eso y a ti lo otro”, no se trataba de una negociación. Se trataba simplemente de poder hablar. En un momento en el que no se podía hablar en ningún lado.

Como la cafetería se había quedado desarticulada, la cocina, que estaba dentro de ella, no podía funcionar. Un cátering se nos vino abajo porque no había condiciones para hacerlo. Y desde la cocina, que éramos un proyecto débil, pequeño y muy lateral en el centro social, lo que hicimos fue empezar a abrir la cafetería —que era una patata caliente que nadie quería tomar— para posibilitar que otros cocinaran.

Como había mucha suspicacia y la guerra estaba ahí, todo el dinero que sacábamos de la cafetería lo metíamos en la caja común y no nos quedábamos nada. Pero, por ejemplo, si hacíamos bissap, que es una bebida senegalesa, o sorbetes, que se beben más en Sudamérica, esas cosas las vendíamos en cafetería y eso sí se lo quedaba la gente que lo había hecho. Pero era como un extra, solo para posibilitar que los compañeros de otro día pudieran cocinar y hacer su negocio; y el negocio es que, a lo mejor, trabajabas siete horas y ganabas veinte euros, pero ese día comías con la gente del turno que había cocinado y estabas como a salvo, en tu espacio.

Hay una diferencia brutal entre “yo voy a cocinar el miércoles y los cabrones del martes me han dejado la olla sucia y sin butano” a “yo voy dedicar cinco horas a abrir la cafetería para que los del miércoles puedan ganas cuatro euros”.

Sí veíamos problemas, por ejemplo, el mencionado antes con el lenguaje. Hubo una cosa muy simbólica que fue ordenar todos los cubiertos y cuchillos, y ponerlos en varias lenguas (castellano, francés, portugués, fang y otros idiomas africanos como el ronga…) para visibilizar que allí había una pluralidad de lenguas.

El fin de la cocina

Cuando se hizo la refundación de Tabacalera, dimos la batalla para seguir funcionando con dinero, pero es verdad que había sido un problema muy grande y finalmente nos retiramos. También tuvimos una visita de la Inspección de Sanidad que nos obligaba a hacer unas obras muy costosas y muy difíciles para poder seguir funcionando y, si no, nos cerraban. Tampoco había la energía suficiente como para hacer un desafío a Sanidad y desobedecer eso, ni para emprender las obras, sin dinero de por medio.

Desde mi punto de vista, lo que me planteaba en la cocina era no tratar de abarcarlo todo, no intentar que funcione la totalidad, sino intentar que funcione bien algo pequeño, y defender esa cosa pequeñita con uñas y dientes; partir de mi interés para encontrarme con el de otros e ir construyendo desde ahí.

Lo que ha quedado son las relaciones entre la gente que estuvo implicada en la cocina. Seguimos colaborando y cooperando de vez en cuando con mucha potencia.

Todos en la cocina.

Javier Olmos (Jabuti) con sus compañeros de cocina / Foto sacada con el móvil por Ana Mina.