Esta crónica es la última de las dos series en las que, en primavera y otoño de 2016, hemos narrado las cosas que hemos hecho con las personas que esperan en Tesalónica para poder cruzar fronteras y con las gentes que les apoyan. A pesar de ser la última crónica, la idea ha estado con nosotras desde el principio: no era el objetivo “dar voz a los refugiados” sino recoger las voces de nuestras conversaciones con la gente y escribir (nosotras) un texto en castellano. Se trata, pues, de que este texto se sume a lo ya producido por otras muchas personas : por ejemplo, Karrar, amigo que aparece en esta crónica, participa en un blog de hackborders y ha filmado un documental sobre el campo militar de Vasilika.
Comenzamos a trabajar en esta crónica después de una entrevista con María, representante del ala de solidaridad de Syriza (Solidarity4All) en Tesalónica. Su discurso, informado pero oficialista, nos empujó a hacer otras entrevistas sobre la realidad que veíamos día a día, y que no encontrábamos en sus palabras. María llamó a los campos militares “campos organizados”, un nombre que decidimos testear con las personas que han de vivir en ellos. De aquí partió el hilo que propusimos a Karrar, Nízar, W., Abuyani y Panagiotis: de la experiencia de Idomeni y EKO a los campos militares y, en algunos casos, a hoteles y pisos en la ciudad o a proyectos autogestionados de vivienda, y cómo se relaciona esto con las formas de hacer política. Al sentarnos a escuchar, transcribir y traducir sus palabras, nos sobrecogió la belleza de ponerlas a dialogar. Por eso agrupamos fragmentos de sus relatos en un hilo temático, sin más edición que la traducción del inglés al castellano.
Somos conscientes de que la calma con la que hemos pensado y escrito es un privilegio para cualquiera que espera en Grecia. La página de Facebook del colectivo refugeestv dice: “We do not make stories but we live and reality” (“no fabricamos historias, las vivimos en la realidad”). La tarea que nosotras nos hemos dado es acompañar esa realidad haciendo cosas juntos para transformarla, también con este texto.
Esto fue lo que explicamos como introducción a las entrevistas y descubrimos que, después de Idomeni, las fotos, las preguntas de periodistas, investigadores y voluntarios no son siempre bienvenidas. W., una amiga siria que prefiere no aparecer con su nombre, lo explicaba así: “No nos gustan las fotos porque todo el mundo nos vende, pero a la vez nos ayuda”. Karrar señalaba que los periodistas estaban en su mayoría surfeando para encontrar una historia y venderla, al tiempo que recordaba cómo en Idomeni la presencia de los medios era clave. Él tuvo la oportunidad de trabajar con un sueldo para una organización internacional grabando un documental, pero le pusieron límites en cuanto al contenido y lo rechazó. Además, no está a gusto con la idea de cobrar, por ejemplo, por las fotos que hace: “No quiero ganar dinero a costa del sufrimiento de las personas”.
Nízar, un amigo sirio, nos contaba que en Idomeni daba muchas entrevistas porque hacerlo contribuía a la lucha por abrir la frontera, que era por lo que estaban acampados allí. Después, ya en Tesalónica, no había tenido buenas experiencias: en respuesta al dinero que le ofrecía una periodista, él contestó que su historia no estaba en venta. Sentía además que, en general, las historias representaban a la gente pidiendo cosas (casa, comida, compasión), cuando lo que ellos quieren es que les dejen cruzar. Una victimización que, sin embargo, Nizar no dudó en complejizar: “Es verdad que hay gente, mucha gente, que está realmente rota”.
Marta Pérez, Irene Rodríguez y Cristina Hernández

W (joven siria): Idomeni era bello porque estaba toda la gente junta. Gente de Egipto, de Marruecos, de Pakistán, de Afganistán.

Karrar (fotógrafo irakí): Veinte mil personas más o menos. Para toda esta gente [Idomeni] era la última opción, la última esperanza para abrir la frontera. Estaba en los medios, no sé cómo decir esto, siempre en los medios: Idomeni, Idomeni, Idomeni, Idomeni… estaba en las mentes y en los corazones, y en los gobiernos, no sólo en el gobierno griego, en todos los gobiernos, en el gobierno europeo. Para la gente, era difícil estar allí, con la policía y entre los [propios] refugiados, pero en general era mejor para todos nosotros […] la gente, me refiero a los refugiados, podían protestar, organizarse, hacer manifestaciones, tratar de hacer algo.

W: Me gustaba Idomeni. Porque allí iba a clase, hacía amigos, la gente europea venía y te preguntaba, te trataba como si fueras humana, no como si fueras un animal. En Idomeni la gente te ayudaba mucho. Pero en Idomeni no había seguridad, porque estaban todos los países, no podías ir al servicio por la noche, y si querías tomar una ducha tenías que esperar horas.

Baños en el campo militar de Vasilika. Autor: Karrar Alazzawi

Baños en el campo militar de Vasilika. Autor: Karrar Alazzawi

María (responsable de Solidarity4All, el ala de solidaridad de Syriza, en Tesalónica): El principal problema vino cuando se cerraron las fronteras: convencer a las personas de que tenían que irse fue muy difícil, porque no querían irse de Idomeni [y eran] quince mil o veinte mil personas en medio de la nada. Nuestra política era hacerles comprender que era mejor venir a la ciudad, dejar ese sitio e ir a los campos organizados […] En Syriza no había voces diferentes en esta materia [de los campos]: el gobierno, con la ONU, creamos los campos, y los militares han ayudado mucho. Y persuadimos a la gente, poco a poco, porque la política era no usar la violencia, y lo conseguimos.

W: La policía decía: “Marchaos de aquí, marchaos de aquí”, id a los campos organizados porque es mejor para vosotros; […] después de eso vino la policía, mucha policía, sí. Destruyeron todo, todas las tiendas, y decían que nos fuéramos, pero no peleando. A alguna gente europea, gente con cámaras, periodistas, quizá les quitaron el pasaporte. Después nos fuimos, nos dijeron que todo iba a estar bien en el campo [militar], nos metieron en autobuses y la policía nos seguía, y nos metieron en Softex.

Karrar: Para nosotros, EKO era nuestro pueblo, nos conocíamos, era como una familia, había radio, cocina, escuela, y de pronto te tienes que ir, dejar tu casa, irte otra vez. No nos dijeron dónde íbamos, sólo que debíamos subir al autobús.

W: [Cuando llegamos a Softex] no veíamos nada, mi madre lloraba, lloraba, lloraba… “no quiero estar aquí”, no había ducha, no había nada… “¿cómo podemos vivir aquí? Esto es para animales”, y mi padre le dijo a mi madre que nos podíamos mover al campo de Oreokastro. […] Allí la situación no era buena, pero teníamos que quedarnos: la comida era muy mala, la ducha muy fría, sólo había un médico para todas las personas, no había escuela para los niños. [La seguridad, en Oreokastro y en Idomeni es] la misma. No puedo ir sola al servicio, voy con mi padre.

Karrar: Cuando llegamos a Vasilika [en el autobús tras ser desalojados de EKO], fue una verdadera sorpresa, ¿dónde íbamos a vivir? ¿Sin libertad? Porque la policía organizaba todo, y estaban los militares, organizando todo, dónde tenías que estar, lo que ibas a comer, bla bla bla. Y el lugar, creo que eran animales los que vivían allí antes, se podía ver la mierda de las ovejas, era horrible. Y habíamos estado en EKO, era como ir del cielo al infierno.

W: [Los campos] no son organizados. Porque si lo fueran, quizá habrían hecho algo bueno para la gente. Esto es para animales.

Karrar: Campos organizados, sí. Estás como en la cárcel. Para mí, cuando entré en Vasilika, perdí la libertad. Por ejemplo, los voluntarios no podían entrar, la gente de EKO Project, habíamos estado juntos, […] éramos como una familia, voluntarios de diferentes países y refugiados, y en Vasilika no podían entrar. Campos organizados. [Se ríe.]

Traductora de María: No hay campos cerrados. No están cerrados para los refugiados, ellos pueden salir y entrar. Pero por ejemplo, si yo [no soy refugiada y] no pertenezco a una ONG, no puedo entrar. Tengo que tener un permiso especial para entrar. No cualquiera puede ir y entrar en el campo. Quizá incluso ahora hay campos donde los militares son responsables del campo, pero no es como si estuvieras en una prisión, no es un espacio cerrado.

Abuyani (padre de familia kurdo sirio): En Idomeni la gente estaba libre. Aquí [en el campo de Sindos Frakapor] tenemos el problema de que a veces los militares no dejan entrar a gente. ¿Qué va a hacer esta gente dentro? ¡Vienen a ayudar! Ahora en este campo no hay problema pero en otros sí hay.

Karrar: [En los campos] estamos separados, no podemos protestar, no podemos hacer manifestaciones, unos están en este campo, otros en otro, otros a las afueras, otro al otro lado de la ciudad […] Y hay algo muy importante, y es que los medios [tampoco] pueden entrar. Mi opinión es que nos dejan en los campos, en los campos militares, para que nos organicen todo, y el nombre es perfecto, organizar, de modo que pueden controlar todo, como dejarnos en la oscuridad, y ahora nadie puede vernos, saber qué nos pasa. En Idomeni y en EKO los medios estaban allí, podías tener tu cámara, tomar fotos, podías hacer lo que quisieras. En el campo militar no, ni de coña, te pillan la cámara y tienes problemas.

Niños contra una de las vallas del campo militar de Vasilika. Autor: Karrar Alazzawi

Niños contra una de las vallas del campo militar de Vasilika. Autor: Karrar Alazzawi

Las soluciones, el gobierno y las ONGs

María: Las cosas ahora están mejor, bueno, esto entre paréntesis: ahora hace frío, es invierno, están en las tiendas sin calefacción, y la comida no es buena. [Pero desde el verano] pueden ir a los hospitales sin tener que pagar […] y los niños han empezado la escuela y hay guarderías en los campos […] en sesiones de tarde para los refugiados. Lo que Syriza está tratando de hacer es mejorar las condiciones de los campos, cambiar las tiendas por pequeñas casas [containers], con electricidad, agua caliente, espacio para cocinar, con su propio baño. [También] Syriza está tratando de encontrar pequeños pisos en la ciudad, para que [la gente] pueda vivir en la ciudad y dejar el campo, en colaboración con los ayuntamientos. Pero es muy difícil. Lo que Syriza no quiere es crear guetos.

Abuyani: Salir del campo es algo bueno. Puedes tener agua caliente, puedes cerrar la puerta. […] Nosotros solicitamos reunificación familiar, así que tenemos que quedarnos en el campo. Sólo la gente de la recolocación va fuera. Quizá es la política de Grecia, o del asilo. Que no quieren refugiados aquí.

W: Cuando fui al piso por primera vez me aburría. Quería ver a mis amigos. Pero después, la misma rutina. Cuando vengo aquí [al campo de Oreokastro], pienso ¡por favor, llevadme al piso! Es mejor para mí, y para mi familia. Ahora mi hermano y mi hermana van al colegio. Una nueva vida. Quizá no para mí, pero yo puedo leer. Y para María [su hermana de un año]. No quiero que María crezca aquí [en el campo].

Karrar: Los pisos… tampoco son la solución. Porque estás solo, en un apartamento. Has vivido con un montón de gente, con tus amigos, todo es una mierda pero estás con tu gente. Pero en el piso estás solo […] Además, depende de la ONG, pero muchas de ellas… por ejemplo, Arsis, te ponen en un piso pero no te dan comida, te dan pasta, estas cosas que no puedes comer si no las puedes cocinar con algo, [si no te dan también] aceite, sal, ¿cómo vas a cocinar? Nos ponen en la ciudad, vivimos mejor que en el campo, pero ¿cómo podemos movernos sin ticket de autobús? Yo no lo entiendo.

Nízar: La diferencia entre otros sitios [los pisos de Praxis, una gran ONG griega] es que aquí en Mikrópolis [en el proyecto autogestionado de vivienda] me siento como si fuera mi casa.

Panagiotis (trabajador de un centro para personas refugiadas de la ONG griega ARSIS): Lo hacemos lo mejor que podemos pero tenemos límites muy grandes con respecto a lo que hacemos [desde las ONGs]. […] Es muy fácil, al principio cuando empiezas a trabajar para una ONG, sentir que estás haciendo algo bueno. Pero cuando el tiempo pasa te das cuenta de que eres un trabajador, sólo un trabajador, y para mí, a veces, muchas veces, no me gusta el trabajo que hago. Es un círculo. Si no hay crisis de refugiados, no habría ONGs [grandes que financian los programas locales de las pequeñas] […] Segundo, si veis cuánto dinero se gasta en cosas que no van a los refugiados […] todos los meses hay tres o cuatro conferencias en Europa […] cuánto dinero cuestan los trabajadores de ONGs que vienen de fuera […] Y mientras ves esto, a veces no tenemos comida para dar a los chavales y la pagamos los trabajadores de nuestro bolsillo. Empiezas a pensar qué pasa aquí.

María: La Unión Europea no da dinero al gobierno griego, todo el dinero viene a través de las ONGs [grandes]. Y este es un gran problema porque muchas de estas ONGs no hacen bien su trabajo, crean muchos problemas […] No podemos controlarlas. Por ejemplo, en la parte médica, a las cuatro se van de los campos, así que no puedes ponerte enfermo después de esa hora.

Panagiotis: El gobierno griego critica a las ONGs para que no le critiquen a él. Pero si las ONGs no estuvieran, las cosas estarían peor, porque el gobierno griego no ha hecho nada por los refugiados, nada en absoluto. Al gobierno le gusta esta manera, porque se desentiende; pero es un círculo que hacen todos juntos: al gobierno le interesa, las ONGs son una parte de cómo funciona el sistema, y a la gente alrededor del mundo le gusta así, que las ONGs vengan y hagan el trabajo.

María: Por supuesto, nuestro esfuerzo [como Syriza] es coger los papeles [de los refugiados] y que puedan irse a Europa. Yo me pregunto ¿dónde está Europa? Porque tenían que llevarse de Grecia 30.000 [personas] y sólo han aceptado seis mil o siete mil, algo así. Esto es lo que tenemos enfrente, es lo que estamos intentando hacer. Pero no depende de nosotros, depende sobre todo de Europa. Y, además, aquí en Grecia no sólo tenemos refugiados, tenemos también gente pobre griega, por la crisis, víctimas de las crisis, y tenemos que pensar en esta gente, que están sin casa […] Cuando todo empezó, cuando se empezaron a hacer los campos, decían que era algo temporal, quizá para algunos meses. Pero ahora podéis ver que las cosas han cambiado. ¿Por qué? Porque Europa no cumple con su palabra.

Panagiotis: [No pusieron a la gente en pisos en la ciudad desde el principio] porque [desde el gobierno griego] presionaron a la Unión Europea para tener más dinero: “Mirad lo que pasó en Idomeni, es vuestra culpa, estamos dejando que pase, así que dadnos más dinero”. […] Tuvieron mucho tiempo desde Idomeni para planificar sitios de acogida adecuados, pero no planificaron nada […] y los campos de ahora son pequeños Idomenis, son absolutamente horribles.

W: No, no, no, no es cierto [que el gobierno griego esté mejorando las condiciones de los campos y que no pueden hacer más por culpa de Europa]. Es su obligación […][El gobierno] dice “somos pobres”, y sí, lo sabemos. Pero quizá ahora son algo más ricos, porque hay refugiados aquí.

Karrar: Por supuesto que hay muchas cosas que el gobierno griego puede hacer. Cuando hablan de campos organizados, y nos dicen que son mejor que Idomeni, no es que sea mejor, es que lo prefieren, porque así nos pueden controlar […] Idomeni no se podía controlar, nunca. Era la última oportunidad de abrir la frontera […] Y ahora no podemos hacer nada, nos rompieron [esa oportunidad].

Abuyani: No veo ninguna lógica en el proceso de asilo [de la UE] […] Algunas personas que llegaron después que yo ya se han ido. Mi primo y yo llegamos juntos. Su entrevista es el 13 de octubre, la mía el 28 de noviembre. ¿Por qué? No lo sé.

Karrar: No sabes cuánto esperarás para la entrevista y, cuando terminas con el registro, no sabes cuándo llegará la respuesta, qué país te aceptará, no sabes nada acerca de tu futuro, te quedas aquí, [para mí] son ya diez meses, más o menos. Y no sabemos nada acerca de nuestro futuro, siempre están mintiendo, jugando juegos con nuestro futuro.

W: Muchas veces, mi padre me dice, oh, Dios, ¿dónde está la verdad?

Protesta en Idomeni. Autor: Olmo Calvo

Protesta en Idomeni. Autor: Olmo Calvo

LAS PERSONAS QUE AQUÍ CONVERSAN:
Nízar está en la veintena, estudiaba historia en la universidad de Homs y es mecánico. En Siria, a su edad es obligatorio entrar al ejército. Nízar no quería y emprendió el viaje con su hermano menor. Estuvo en Idomeni y, tras el desalojo, le llevaron a un campo militar del que se fue a los pocos días. Ahora convive en el proyecto de vivienda del centro social Mikrópolis. Lleva en Grecia algo más de un año.
W. es una joven adolescente que viajó desde Siria con su familia. Estuvieron en Idomeni y, tras el desalojo, los llevaron al campo militar de Softex, cerca de Tesalónica. De ahí se movieron al campo de Oreokastro (1), en la misma zona; y en otoño entraron a una casa que les proporcionó la asociación española Himaya. Desde hace tres semanas, se encuentran en un hotel cerca de Tesalónica, esperando la respuesta para la recolocación. Lleva en Grecia once meses.
Karrar es fotógrafo iraquí en la veintena y vive con su hermana menor. Estuvieron en Idomeni y después en la acampada EKO, de donde fueron desalojados y trasladados al campo militar de Vasilika, a unos veinte minutos en coche desde Tesalónica. De allí pasó a un piso proporcionado por una ONG, pero como estaba en muy malas condiciones se mudó a otro de la ONG griega ARSIS. En marzo cumplirá un año en Grecia.
María Topalidou es responsable de Solidarity4All, el ala de solidaridad de Syriza, en Tesalónica. Como tal, participa de las estructuras culturales y políticas (por ejemplo, un centro social en la ciudad que hace fiestas todos los viernes y reparte comida), y de las acciones del partido en relación a las personas refugiadas. En la primavera de 2016 estuvo en Lesbos, en los campos de Moria y Kara-tepe, y también en Idomeni. Aunque en la entrevista representa al partido, María también nos cuenta que es participante de la Social Clinic of Solidarity (KIA) de Tesalónica, colectivo que ha pedido el cierre de los campos militares. Nos acompaña su traductora.
Abuyani es un padre de familia kurdo sirio. Su hijo, sus dos hijas y su mujer están con él en el campo militar de Sindos Frakapor, a las afueras de Tesalónica. No se moverán de allí hasta que les respondan de Alemania a su petición de reunificación familiar con su hijo menor, que está allí y está enfermo. A las personas que han optado por esa vía no les corresponde el traslado a pisos u hoteles, como sí ocurre con las personas que han pedido la reubicación a otros países de la UE. La familia estuvo en Idomeni. Llevan varios meses en Grecia.
Panagiotis es un joven griego que trabaja en un centro para personas refugiadas de entre 18 y 25 años de la ONG griega ARSIS, cuyos programas para menores y jóvenes se han expandido con el cierre de fronteras. Panagiotis tiene una relación tensa con su trabajo, y piensa que la transformación social se gesta en las prácticas de colectivos autónomos como el centro social Mikrópolis, en el que participa.

(1) El campo militar de Oreokastro ha sido desalojado durante la semana del 30 de enero al 5 de febrero. Según el relato de refugeestv, las personas que vivían en el campo pidieron el traslado a pisos y hoteles. En lugar de eso, el gobierno griego, con la ACNUR y el Consejo Noruego para los Refugiados (las dos organizaciones presentes en el campo) organizó el traslado de todas las personas a otros dos campos militares a una hora de la ciudad de Tesalónica: al campo de Veria irían las familias y al campo de Alexandría los hombres solteros, operación que de hecho separaba a grupos familiares que incluían hombres jóvenes solteros. A 7 de febrero, nueve hombres jóvenes permanecían en el campo como forma de protesta, porque no querían ser trasladados, de nuevo, a otro campo militar, separándose de sus amigos y alejándose de la ciudad. Dos días después, también estos jóvenes salieron de Oreokastro y ahora están en otros campos, en hoteles y uno de ellos fue acogido en el proyecto de vivienda del centro social Mikropolis.

Noviembre en Tesalónica (crónicas desde un limbo europeo I)

Cuando un techo no lo es todo (crónicas desde un limbo europeo, II)

Ser o no ser, ¿esa es la cuestión? Sobre las ONGs y la política de fronteras (crónicas desde un limbo europeo, III)

Transitando el sistema sanitario griego: ¿qué pasa con el derecho a la salud?

Aquí pueden leerse las “crónicas antiheroicas griegas” que escribieron Marta Pérez e Irene Rodríguez en junio